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LA RAZA TELÚRICA Y LA RAZA DIONISÍACA.

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 119-123)

La tercera raza del espíritu, que puede individualizarse sobre la base de las antiguas tradiciones simbólicas, es la “telúrica” o “titánica”. Es un m odo de ser éste que atestigua la adherencia a la vida en toda su inmediatez, instintividad e irracionalidad. Las personas, a partir de este término “telúrico” (de tellus, que significa tierra), más que recordar su etimología, son hoy instintivamente llevadas a pensar en fenómenos sísmicos, asimilación que, bajo un cierto aspecto, podría incluso conducirnos a una cierta justificación. La raza telúrica es aquella caracterizada por una impulsividad explosiva, por mutaciones repentinas, por ensimismamientos absolutos. En la misma medida en que es “intensiva”, ella posee también hondura, pero sin la profundidad y el desapego necesarios para poder también ser trágica. La sexualidad en ella posee un lugar notorio, pero en su as­ pecto más elemental: sexualidad por supuesto no tan sólo fálica, viril; al respecto, si se prescinde de razas verdaderamente inferiores, puede de­ cirse que le resulta más fácilmente a una mujer que a un hombre realizarse según una naturaleza plenamente “telúrica”. El sentimiento de la personalidad en el hombre telúrico está poco desarrollado, el elemento colectivo predomina en cambio en él, en tal sentido se manifiesta aquí el vínculo de la sangre, pero siempre en forma material, atávica, fatalista, lo cual puede reconocerse claramente en algunos aspectos típicos del sentimiento de la raza y de la sangre propios del pueblo judío. En su aparición no en estadios primiti­ vos, sino en lo interior de una civilización ya formada por otros tipos hu­ manos, el telurismo atestigua la faz de la última descomposición de esta misma civilización: corresponde a la liberación y desencadenamiento, en un estado de nuevo libre, de fuerzas precedentemente frenadas por una ley superior.

De acuerdo al aspecto que presentan las revueltas improvisas, puede reconocerse un elemento telúrico en aquella que fue llamada raza “desértica” por algunos racistas y también en aquella caracterizada por una particular inestabilidad interior, denominada “báltico-oriental”. Por su lado oscu­ ro y fatalista, el hombre telúrico es a su vez reconocible en la raza etrusca,

según la magistral descripción hecha por B a c h o f e n . Naturalmente, contra esta posibilidad “telúrica” debe com batir m ucho, aun hoy, el hombre mediterráneo en general, en el momento en el cual él quiera formar la propia vida según un estilo nórdico-ario. Es luego sabido que el atributo telúrico ha sido no equivocadamente usado por K e y s e r l i n g para indicar un aspecto irrebatible de la llamada “revolución mundial” contemporánea ‘.

En los ciclos de las tradiciones primordiales, la raza “titánica” se nos presenta como la natural antítesis de la del “hombre dem étrico”, en el momento en el cual la síntesis solar originaria se perdió: se debe enton­ ces considerar aquí, sobre todo, a la degradación de la cualidad viril, la cual ahora aparece en una forma terrestre y hace propias no sólo las formas de una afirmación salvaje y violenta, sino también algunas fuerzas ele­ mentales de la naturaleza inferior, ligadas antiguamente, al simbolismo y al culto por ejemplo de Poseidón. Y se podría, al respecto, hablar incluso de “raza prometeica” en cuanto otro rasgo distintivo de ciertos aspectos de tal raza del espíritu es el intento de usurpar la dignidad originariamente poseída por la raza solar: de allí los conocidos mitos de la lucha de los titanes en contra de las fuerzas olímpicas, o los recuerdos, contenidos en la tradición indoaria, relativos a los mlecchas, raza de guerreros degradados en revuelta, exterminados por el Paraçu-Râma, exponente de la más antigua y más alta espiritualidad, cuando los progenitores de los conquistadores arios de la India prehistórica habitaban todavía la región hiperbórea.

Al tratar acerca de los diferentes grados de la virilidad y de la solaridad, en especial en el orden de las antiguas tradiciones de los misterios medi­ terráneos, B a c h o f e n distingue muy oportunamente el estadio apolíneo del dionisíaco. También aquí las analogías cósmicas nos servirán de base. Hay en efecto dos aspectos de la solaridad. Uno es el de la luz como tal, es decir como una naturaleza luminosa imnutable y celeste: tal es el símbolo apolíneo u olímpico por ejemplo del culto délfico, a ser considerado como una vena, llegada hasta el Mediterráneo, de la pura esniritualidad hiperbórea; y tal es el estado que, como se ha visto, define a la raza del hombre solar. El otro aspecto de la solaridad es el de una luz que surge y se pone, que tiene muerte y resurrección y nueva m uerte y nueva aurora y, en fin, una ley del devenir y de la transformación. Frente al principio apolíneo ésta es la solaridad dionisíaca. Es una virilidad que aspira a la luz a través de una

' V éase Ke y s e r l i n g, L a revolución m undial y la s respon sabilidades d el espíritu, Milán, 1936.

pasión, que no sabe liberarse del elemento sensual y telúrico así como tampoco del elemento estático-orgiástico propio de las formas más bajas

del ciclo demétrico La asociación en el mito y en el símbolo de figu­

ras femeninas y lunares con Dionisio es a tal respecto sumamente signi­ ficativa. Dionisio no cumple el transpaso, la mutación de naturaleza. Es una virilidad todavía terrestre a pesar de su naturaleza luminosa y está­ tica. El hecho de que los misterios dionisíacos y báquicos se asociaron a los dem étricos, en vez que al misterio puramente apolíneo, nos indica claramente el punto final de la experiencia dionisíaca: es un “mueres y devienes” en el sentido, no de aquel infinito que está por encima de la forma y de lo finito, sino de aquel infinito que se realiza y goza de sí en la destmcción de la forma y de lo finito, remitiendo pues a las formas de la promiscuidad telúrico-demétrica.

El hombre dionisíaco tiene sin embargo también rasgos en común con el “titánico”. Es el que aspira a reconquistar el nivel perdido, que es capaz de superar en parte la condición humana a través de un desencadenamiento radical de todas las fuerzas vinculadas a los sentidos pero que sin embargo no sabe sobrepasar los éxtasis, en donde la cualidad viril vacila y no se puede conservar, en donde lo sensible se mezcla con lo suprasensible y, en el fondo, en donde la liberación es conseguida sólo al precio de un venir a menos del principio afirmativo de la personalidad con el desemboque pues en un modo de ser muy diferente del “solar” y olímpico.

Con las debidas transposiciones de plano, no sería para nada arbitrario e.stablecer una relación entre el hombre dionisíaco y el hombre román­ tico. Ambos pertenecen a la misma raza del espíritu, que se define en su oposición con la olímpica y solar. Y una tal referencia puede ahorrarnos pasar a posteriores detalles caracterológicos, puesto que el lector ya en esto tendrá lo necesario para ir a individualizarlos. Desde el punto de vista racista, no debe asombrar la constatación de que el hombre dionisíaco, bajo la vestimenta de romántico, está muy ampliamente representado por las razas nórdicas, sea germánicas como anglosajonas. Se reconfirma así la ya mencionada oportunidad de distinguir bien a la raza primordial nór-

^ D ebem os nuevam ente remitir para una más precisa com prensión de tales e x ­ presiones a ¿ fl raza solar, capítulo de nuestro ya citado l i b r o contra el mundo m odern o. Es por lo dem ás interesante resaltar que justam ente estos éxtasis de tipo

inferior representan el ápice de la vida espiritual en las visiones de Ki^ g e s, ya m en­ cionadas al criticar la con cep ción vitalista e irracionalista de la raza.

dico-aria de las razas nórdicas de los tiempos más recientes. Ya la parte que en estas últimas, cuando se asomaron al umbral de los tiempos his­ tóricos, tuvo el elemento femenino, demétrico y ginecocrático, es bastante significativa (todavía hoy, la lengua alemana es la única entre las del tronco indoeuropeo, es decir ario, en la cual el sol -die Sonne- es de género fe­ menino mientras que la luna -der Mond- es de género masculino), y nos induce a pensar que, al respecto, se trate de epígonos para nada “en or­ den” no apenas se deje de considerar a la misma raza del cuerpo: sobre el plano espiritual ciertos procesos de involución parecen haberse desarrollado entre los últimos pueblos nórdicos en una menor medida que entre los arianos atlántico-occidentales o nórdico-atlánticos, en los restos mediterráneos de los cuales se encuentran por igual tantas formas divergentes de la pura tradición solar.

C s íte íí íir o

p e rte n e c e a

XI. LA RAZA AMAZÓNICA, LA RAZA AFRODÍTICA,

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 119-123)

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