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PUEDEN NACER RAZAS NUEVAS?

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 96-99)

En nuestra obra E l mito de la sangre el lector podrá ver cuáles razas del alma ha creído C l a u s s poder individualizar y cuáles razas del cuer­ po constituían para él su normal correspondencia. No es el caso aquí de proceder a una discriminación de lo que es en m ayor o menor medida aceptable desde el punto de vista tradicional en las teorías de C l a u s s , las que, por lo demás, constituyen el único intento positivo hecho hasta ahora en este campo. Se puede aquí plantear el problema acerca de si en con­ diciones de mezcla, como las actuales, exista una correspondencia numérica entre razas del alma y razas del cuerpo. Debe también pensarse el caso acerca de si determinadas razas del alma, en razón de ciertas leyes cíclicas reaparezcan en formas nuevas, operando a tal respecto una especie de selección en las mezclas étnicas, con el resultado de una gradual y en mayor o menor medida perfecta depuración de tipos raciales, los que parecen efectivamente nuevos. En su aspecto más externo, éstos son justamente los procesos en los cuales una idea convertida en estado de ánimo colectivo e ideal de una determinada civilización dará lugar a un tipo humano casi como con los rasgos de una verdadera y propia “raza del cuerpo” nueva.

Tales procesos son reales y son una extensión de lo que es positivamente bailable en los sujetos. La fuerza orgánicamente formativa propia de una idea suficientemente .saturada de fuerzas emotivas es aquí demostrada por ejemplos múltiples. Se pueden recordar los diferentes casos bailables en el campo del hipnotismo y del histerismo. Se puede recordar el fenómeno del estigmatismo y otros análogos en la vía mística, determinados por un estado de ánimo y por una idea religiosa. De particular importancia son luego los ejemplos de la influencia del estado de ánimo o de una deter­ minada imagen de la madre sobre el hijo que ella dará a luz y que deja­ rá en él sus rastros. El ca.so límite al respecto está constituido por la lla­ mada telegénesis. Una mujer, cuyas relaciones sexuales con un hombre de color han cesado desde hace años, puede dar a luz un hijo de color en su unión con un hombre de raza blanca como ella: se trata aquí de una idea insertada en condiciones especiales en la subconsciencia de la madre bajo

la forma de un “complejo”, la cual, aun después de varios años, ha actuado formativamente sobre el nacimiento. A tal respecto puede formularse aquí una posibilidad real, podría muy bien pensarse en una repetición de un proceso similar en un ámbito colectivo. Una idea, en tanto actúe con suficiente intensidad y continuidad en un determ inado clim a histórico y en una determinada colectividad, termina dando lugar a una “raza del alma” y, a través de la persistencia de la acción, hace aparecer en las generacio­ nes que inmediatamente le siguen un tipo físico común nuevo, a ser con­ siderado, desde un cierto punto de vista, como una raza nueva. La cosa tiene un carácter efímero cuando, en procesos de tal tipo, no entra enjuego también una evocación de principios más profundos, es decir pertenecientes al plano del espíritu, en el cual, en última instancia, se encuentran las raíces últimas y “eternas” de las razas verdaderas y originarias: sólo entonces la raza nueva no es sino un producto de la coyuntura. Es sin embargo errónea la opinión de aquellos racistas biológicos que, generalizando y, como es habitual, teniendo cuidado sólo por las fuerzas actuantes en horizontes muy limitados, retienen que todos los tipos que surgen por tal vía y que no se reducen a las razas por ellos clasificadas, deben forzosamente disolverse en breve tiempo. En verdad para probar lo contrario se encontraría el caso del tipo hebraico. Este tipo se ha recabado de una m ezcla étnica que comprende elementos raciales muy diferentes bajo la acción de una “raza del alm a” y persiste con suficiente estabilidad desde hace más de dos milenios: cosa que en cambio no es siempre fácil de constatar en las ra­ zas, por decirlo así, “regulares” y “naturales”, de acuerdo a los concep­ tos racistas. Con mayor razón se deben pues admitir posibilidades de tal tipo cuando el proceso de formación tenga por base una evocación, como decíamos, espiritual, puesto que entonces se establece el contacto con algo más originario que no estas supuestas razas naturales y elementales. Y entonces las relaciones se invierten: son tales razas las que se demuestran inestables y que se disocian hasta hacer aparecer, en una raza, nueva y antigua al m ism o tiempo, al tipo verdaderam ente puro, por efecto de fuerzas esencialmente superbiológicas. Es bien visible la importancia de todo esto en lo relativo a un racismo práctico y creativo.

Así como consideraciones propias del racismo de primer grado se pueden considerar decisivas en tanto se trate de las “razas de naturaleza” o de razas convertidas en tales por involución, del mismo modo las consideraciones propias del plano de las “razas del alma” son fundamentales allí en donde es en el elemento “alnK? que un determinado ciclo de civilizaciones ha

hecho caer el acento. Si un ciclo de tal tipo puede representar un “algo más”, un volver a levantarse ante el nivel de las “razas de naturaleza”, ello sin embargo presenta siempre caracteres anómalos desde un punto de vista superior, puesto que, a nivel normal, es el espíritu y no el elemento alma, el que debería constituir el punto extremo de referencia de la jerarquía de los tres elementos del ser humano y por ende también el verdadero principio informador en cualquier civilización verdaderamente “en orden”.

IV. LA RAZA DEL ALMA Y EL “MITO”.

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 96-99)

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