Y EN EL MEDITERRÁNEO.
XIII. LOS SEXOS Y LA RAZA
En base a las ideas aquí expuestas habría que revisar también y a fondo, la cuestión de las cruzas, haciendo entrar en tema la cuestión de los sexos. También aquí se encuentra en el racismo que problemas de tal tipo casi nunca han sido planteados, resultando ello una notoria contradicción. A pesar de afirmar las diferencias, pero sin em bargo contradiciendo tal principio, el racismo considera desde un mismo punto de vista -es decir como sujetos en la misma medida a las mismas leyes biológicas- a todos los tipos humanos, así pues el mismo parece no haber pensado que, a nivel normal, la herencia y el poder de la raza pueden tener un peso distinto según se trate de un hombre o de una mujer. Alguien, a quien el problema se la ha insinuado, ha llegado a resolverlo nada menos que al revés, suponiendo, en base nuevamente a consideraciones simplemente biológicas, que en la mujer existe un mayor poder de conservación de la raza y del tipo.
Desde el punto de vista de la enseñanza tradicional es exactamente lo opuesto lo que en cambio es verdadero en el caso de una humanidad normal; y esta enseñanza, si fuese digna de una atención por lo menos equivalente de aquella que hoy se concede en cambio a consideraciones biológicas entre las más triviales e insignificantes, podría proveer esbozos sumamente útiles para un problema de no escasa importancia cual es el de la técni ca para la elevación de razas relativamente inferiores a través de diferentes ciclos de herencia. Así pues, en el más antiguo código indoeuropeo -el Mánavadharmagastra- se admite el pasaje de un no-ario a las castas de los arlos luego de siete generaciones de cruzas mantenidas en la línea masculina y este número siete reaparece también en otras tradiciones en circunstancias análogas, del mismo modo que, refiriéndose al ciclo de una vida hum ana particular, es el de los años que, según investigaciones modernas, son necesarios para una periódica renovación de todos los elementos del cuerpo. Del código ya indicado en esta ocasión se decla ra aquello que, desde el punto de vista tradicional, se debe considerar como un punto de partida para la cuestión aquí mencionada: la herencia masculina
vel de principio, la primera tiene la cualidad llamada por el mendelismo “dominante”, la segunda la “recesiva”. Por ende, cuando la mujer es de raza superior, su herencia superior es superada por la mezcla, mientras que la herencia masculina superior, en el caso opuesto, no es necesariamente afectada, salvo casos límites o de excepción, y salvo lo que diremos acerca del hombre. “Cualquiera sea la cualidad de un hombre al cual una mujer le está unida por rito legítimo -se dice en el texto ya citado (IX, 22)- ella la adquiere como el agua de un río al unirse al océano”. Y más aun (IX, 33-36): “Si se compara el poder creativo del varón al de la mujer, el varón debe ser declarado superior porque la generación de todos los seres es diferenciada por la característica masculina. Cualquiera sea la especie de la semilla que se lanza en un campo preparado en la estación conveniente, esta semilla se desarrolla en una planta de particulares cualidades que son las de la semilla (masculina)”. Completando la imagen se pude conceder cuanto más que cuando el campo no está preparado y la estación no es apta, la cualidad masculina en la descendencia será obstaculizada o se pervertirá, o sin más se perderá, pero no podrá nunca suceder por un poder milagroso del suelo o de la estación -es decir, en la analogía, de la mujer y de las condiciones psíquicas de una unión sexual- que de una semilla, ponga mos, de palmera provenga una planta de ginevra. Ello, como lo hemos intencionalmente resaltado, hasta que se tenga en vista un modo normal, siendo ello siempre presupuesto por toda enseñanza tradicional.
Así pues, queriendo saber qué se tenga que pensar hoy al respecto, más que interrogar a la biología habría que precisar la medida en la cual el mundo moderno, respecto del estado de los sexos pueda llamarse en verdad un mundo normal. La respuesta, lamentablemente, no podría ser sino negativa. El mundo moderno no conoce casi más lo que signifique en un sentido superior ser hombre o mujer; el mismo va hacia una indiferenciación de los tipos que es ya visibilísima en el plano espiritual, y, a partir de éste, parece traducirse también en el mismo plano físico y biológico dando lugar a fenómenos preocupantes. No es desde hoy que en Occidente la virili dad y la femineidad son consideradas como cosas simplemente del cuerpo, en vez que cualidades sobre todo del ser interior, del alma y del espíritu. A tal respecto no se sabe ya casi nada en Occidente desde hace tiempo de todo lo que es polaridad, distancia, diferente función y dignidad de los dos sexos. Y así problemas importantísimos relativos a la raza son hoy considerados en sus aspectos exteriores y de meras consecuencias, en vez que en los internos y sustanciales: por ejemplo, nos preocupamos tanto
del problema demográfico y se crean toda especie de instituciones para la higiene y la asistencia social y para el incremento de la raza en senti do estricto, pero se descuida el punto fundamental que es el significado de la relación entre los sexos y el imperativo preciso de que quien ha nacido hombre, sea hombre, y quien mujer, sea mujer en todo y por todo, en el espíritu y en el cuerpo sin mezclas y sin atenuaciones. Sólo en este caso las enseñanzas tradicionales arriba mencionadas poseen validez y se abren, a través de iniciativas de selección y de elevación de las razas por medio de adecuadas cruzas y de procesos hereditarios, posibilidades casi ilimitadas; no por cierto en el caso en el cual, como hoy, se vea respecto del ser hombre o mujer, una mezcla aun más oblicua que en lo relativo a ser de una raza o de otra; en lo cual unos seres son hombres en el cuerpo para ser mujeres en el alma y en el espíritu y viceversa, sin hablar de la difusión de incli naciones sexuales y psíquicas nada menos que patológicas.
Pero aquí debemos remitir al lector a lo que hemos ya escrito a pro pósito de nuestra obra Rebelión contra el mundo moderno, tratando allí también el problema de la muerte de las razas. Puesto que las descendencias no se forman por com binaciones de elem entos hereditarios hechas en laboratorio o en especiales instituciones del Estado, sino que emanan de las uniones de hombres con mujeres, sería lógico que, como premisa para toda concepción activa de la raza y para toda discriminación de una raza respecto de otra, se definiese y separara a la raza de los varones y la raza de las mujeres en la misma plenitud corpórea, psíquica y espiritual, en vista de la cual hemos formulado la teoría de los tres grados del racismo.
Hay que resaltar además una circunstancia singular la cual confirma el hecho ya notado de que las razas, que han conservado biológicamente más de cerca el tipo nórdico, desde el punto de vista interno a veces se encuentran en un grado mayor de involución y de decaimiento, que no otras de la misma familia. Queremos decir que justamente los pueblos nórdi cos -germánicos y anglosajones- son aquellos en los cuales las relacio nes tradicionales entre los dos sexos han sido en mayor medida subver tidas. La llamada emancipación de la mujer -que en realidad sólo significa su mutilación y degradación- ha en efecto tomado inicios en tales pueblos y ha tenido en ellos el mayor relieve, allí donde en los pueblos románicos, sea a través de reflejos aburguesados y convencionalistas, se ha conservado al respecto todavía algo del modo normal y tradicional de ver. El colmo luego es que algunos racistas extranjeros, no sospechando mínimamente hacerse con ello simplemente eco de un estado de hecho anómalo de fecha
relativamente reciente, que se refiere sólo a quienes exaltan como una presunta característica de la raza nórdica la banalidad de las relaciones de compañero con compañera y el denominado “respeto de la mujer”, mientras que a su vez querrían poner en la cuenta de los prejuicios asiáticos de las razas inferiores del Sur toda concepción basada en la debida dis tancia, polaridad y diferente dignidad de los dos sexos. Es necesario reconocer que si tales falsificaciones fuesen asumidas como principios, la vía em prendida conduciría menos al redespertar y a la reintegración del puro tipo nórdico que no a una nueva involución -en el sentido de una banalización y de una interna nivelación de los tipos- de lo que del mismo aun queda en los pueblos germánicos.