• No se han encontrado resultados

LA SUPERACIÓN DEL RACISMO *

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 198-200)

Tal como hoy se presenta en el nacionalsocialismo, el racismo tiene mucho menos los caracteres de una doctrina verdadera y propia que de un mito, de un centro de cristalización de la oscura necesidad de creer que posee un pueblo. Y así como una pasión no se deja resolver en el conjunto de los diferentes argumentos que la han determinado, del mismo modo el mito

man ne una fuerza propia independientemente de la de los diferentes

elementos de carácter filosófico, histórico, antropológico, social, que el mismo arrastra y por los cuales asume forma material. Así pues criticar “olqetivamente” al racismo es por lo demás ocioso. Vale en vez considerarlo como un síntoma, captar el significado de tal síntoma y tomar postura ante el mismo.

En general puede decirse que en el racismo se expresa el producto de una desviación, en sentido biológico-naturalista y también colectivista, de un oscuro impulso aristocrático.

La reacción en contra de la concepción democrático-masónica de la igualdad de todos los hombres, en contra del ideal iluminista-racionalista y en gran medida pacifista de “principios inmortales válidos para todos”, la reacción en contra de la idea de que fuerzas impersonales y deterministas creen la civilización y la historia; en fin, la aspiración a un tipo diferenciado y orgánico de verdad, de moral, de cultura, apto para encontrar corres­ pondencia en las energías más profundas de nuestro ser; éstas son las ten­ dencialidades correspondientes a aquello que en el racismo en tanto exigencia puede haber de positivo. Es correcto poner contra el mito de la masa proletaria sin patria y sin rostro al de la sangre y del derecho de la sangre. Sostener frente a las abstracciones de la cultura laica y profana, a la cual la sociedad burguesa había dedicado un culto supersticioso, el mito de la virtud y de una nobleza que no se “aprenden”, sino que se poseen o no se poseen, que son cualidades de estirpe, condicionadas por una tradición y por la fidelidad a la misma, también ello está bien. Pero en esto, más que de “racismo” en

sentido estricto se trata de principios que en cualquier gran civilización tuvieron siempre una fuerza y que definieron el derecho de toda aristo­ cracia, en manera tan espontánea, que los mismos casi nunca tuvieron necesidad de traducirse en una ideología. El racismo recaba su nota distintiva de ser -en vez y justam ente- una ideología, en la medida en que, junto a una siniestra promiscuidad entre cientificismo y misticismo, tendencias de tal tipo llegan a mezclarse con concepciones niveladoras.

El racismo es nivelador en cuanto en el mismo el concepto de raza permanece indiferenciado, naturalista, antiespiritual. “Raza” es una noción que asume significados muy diferentes según la categoría de seres a quienes se la quiera referir. El racismo no se da cuenta de que para el hombre este concepto no puede ser asumido en los mismos términos y sobre el mis­ mo plano que en el caso de un gato o de un caballo y que ello vale aun mucho más, cuando no se habla simplemente del hombre, sino que nos referimos al hombre superior, al hombre como dominador, creador de civilizaciones y dador de luz. Al referir todo ello a un mismo denominador -al término prom iscuo de “raza” comprendida naturalmente- y al pensar pues que aquellos criterios de “superioridad” biológicamente condicionada, los cuales son decisivos sólo allí en donde la vida posee simplemente un significado biológico, sean también válidos en igual medida para el hombre y para cualquier estirpe de hombres, el racismo es en tal caso nivelador.

La forma más ingenua de racismo es pues aquella en donde, con una defensa y una cultura de tipo casi zootécnico de la raza humana, se piensa llegar en forma milagrosa a algo decisivo y creativo acerca de lo que más importa para un hombre en cuanto tal y para su civilización. Quien va más allá de este plano crudamente materialista, al cual se inspiran buena parte de las aplicaciones prácticas sociales nacionalsocialistas de las premisas racistas, no sabe sin embargo remitirse más allá de un empirismo en el cual se termina concibiendo como solución lo que es en cambio un problema. En efecto es inútil decir que “en el concepto de raza comprendemos a aquella plenitud de la vida humana, en la cual cuerpo y espíritu, materia y alma se unen en una superior unidad” y que, acerca del problema de si una cosa determina a la otra, es decir, si la forma corpórea es determinada por el alma o viceversa, ello es una cuestión anticientífica, metafísica, que cae afuera de toda consideración ( Wa l t e r Gr o s s) . Es inútil tratar de cortar

de cuajo este problema, proclamando con Ro s e n b e r g; “ No concordamos

ni con la proposición de que el espíritu cree al cuerpo, ni a la inversa, es decir que el cuerpo cree al espíritu. Entre mundo espiritual y mundo fí­

sico no hay ninguna frontera neta; ambos constituyen un todo inescindible”. En vez es justamente éste el punto que debe ser decidido antes que cualquier otro, porque propiamente a partir de este punto el racismo -no tan sólo como teoría, sino también y sobre todo en sus aplicaciones prácticas- puede recabar su significado; significado de concepción subpersonal y precultural por

un lado, o suprapersonal y supracultural por el otro; significado de revivificación del espíritu del “totemismo” de los pueblos salvajes, o bien de aspiración -aunque sea desviada- de un ideal “clásico”, en el sentido verdadero y tradicional, del término.

La indiferenciación entre lo espiritual y lo corpóreo en efecto es un rasgo característico de la psique de los “primitivos”: en los cuales por lo demás se acompaña con un exacto equivalente del mito racista de la sangre. El tótem es el alma mística de la tribu y de la horda, elevada al rango de un tabú, viviente en la sangre y en la herencia de la sangre de los individuos, concebido como el alma de su alma, como el elemento primario en ellos. Aquí el sujeto, antes que como tal, se siente justamente grupo, raza u horda, y de ello recaba sus rasgos fundamentales distintivos, no sólo biológicos, sino también caracterológicos y, en la medida en que se pueda hablar de ello, culturales. De lo cual se ve que hay un camino para escapar del odiado liberalismo y universalismo yde aquella escisión entre alma y cuerpo, la que los racistas ponen en la cuenta de las concepciones inferiores de los pueblos “desérticos”, levantinos o hebraicos, la cual remite simplemente a formas que identifican a los tipos más bajos de sociedad humana; formas en el fondo prepersonales y fatalistas. En efecto la personalidad que todo lo tenga de la raza, todos sus rasgos, todas sus virtudes, incluso cuando es heroica y dominadora, no es tal por efecto de una acción propia de afirmación y por una superación de sí, sino sólo porque ésta es su herencia y, en tanto raza, no puede ser sino esto, así como un perro es perro y un gato es gato. Una tal personalidad no posee evidentemente nada de lo que se debe comprender verdaderamente y que en cualquier civilización normal

siempre se comprendió como tal. Hitusr, quien posee una similar concepción

fatalista y que en la afirmación; “El hombre supera a la naturaleza” ve -literalm ente- “a la judaicam ente desfachatada, pero también estúpida respuesta de los pacifistas modernos”, se ilusiona pues de poder decir que desconocer la raza significa desconocer la personalidad. A tal respecto, es decir sobre un plano de naturalismo en todo caso, casi lo opuesto se­ ría verdadero. Y es singular que mientras Ro s e n b e r g, Gü n t h e r, v o n Le e r s,

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 198-200)

Outline

Documento similar