EL PROBLEMA RELIGIOSO
VI. CRISTIANISMO, RAZA, ESPÍRITU DE LOS ORÍGENES.
Otros equívocos neopaganos se refieren al campo político. El paganismo se convierte aquí muchas veces en sinónimo de la soberanía exclusiva de un poder simplemente temporal. Lo cual es exactamente lo opuesto -ya lo resaltamos- de lo que es propio de los Estados antiguos en donde la síntesis de los dos poderes no significó estatolatría, sino, por el contrario, una base para la espiritualización de la política misma. En cambio en el nuevo paganismo el único resultado a lograr sería aquel por el cual -en la mis ma línea del galicanismo- .se terminara politizando a la e.spiritualidad y a la misma religión. De este modo se invierte así totalmente la exigencia fundamental de los movimientos renovadores de hoy, empeñados en asumir como base una concepción del mundo.
¿Y qué es lo que se debe pensar de ciertos ambientes -baste recordar el de L u d d e n d o r f , o para decirlo mejor de la L u d d e n d o r f , al ser la mu jer del conocido general la verdadera re.sponsable de tales aberraciones- que ponen en un mismo plano al judaismo, a la romanidad, a la iglesia, a la ma.sonería y al comunismo, por el hecho de que su premisa es dife rente de la de la nación-raza? La nación-raza, a tal respecto, amenaza con conducir hacia una oscuridad en la cual todas la vacas son negras y ninguna distinción es más posible. Se demuestra así haber perdido todo sentido por la jerarquía aria de los valores y de no saber ir más allá de una antítesis paralizadora constituida por un internacionalism o destructor y por un nacionalismo particularista, mientras que la concepción tradicional del imperio, o Reich, se encuentra más allá de ambos. La misma se vincula con la idea de una “super raza”, capaz de crear y dirigir hacia una superior unidad jerárquica, en la cual las unidades particulares, definidas en manera étnica y nacional, no se encuentran disueltas en sus caracteres específi cos y en su relativa autonomía, sino llevadas a participar de un más alto nivel espiritual. Por lo demás, otros ambientes también alemanes, haciendo similares giros, habían incluso llegado a extender un acta de acusación contra los aspectos mejores de sus anteriores tradiciones, considerando
a Carlo Magno, a los Hohenstaufen y a los Absburgo, en su “romanidad”, poco menos que como traidores de la nación-raza. Afortunadam ente la misma fuerza de las cosas y el nuevo desarrollo europeo de Alemania se ha encargado de liquidar tales extravagancias.
Por lo que finalmente se refiere a las tonalidades de “heroísmo trágico” y de “amor por el destino”, que algunos de los ambientes paganizantes aquí considerados querrían dar como características de la concepción nórdi ca del m undo, no se trata ello de nada que en verdad corresponda a la espiritualidad nórdico-aria originaria verdadera, sino sólo de un reflejo, el mismo alterado en forma por lo demás estetista hasta lo irreconocible, de la faz crepuscular de derrumbe de una de las razas de origen hiperbóreo. Y éste es el sentido verdadero del ragna-rökkr, término de la mitología
nórdico-escandinava, traducido en forma mántica como “crepúsculo de
los dioses”, pero que más bien significa “oscurecimiento de los dioses”, en alusión al final de un ciclo. Lejos de tratarse de algo que pueda dar su tonalidad a una concepción del mundo, se trata aquí de un simple episodio, retomado en el contexto de una epopeya mucho más vasta, que debe ser comprendida en base a la enseñanza tradicional acerca de las llamadas “leyes cíclicas”. Y aquí cabe decir, aunque sea de paso, que nada se podrá en tender de las verdaderas tradiciones nórdicas, en su contenido superior heroico y olímpico originario, que en última instancia nos es común a todos,
hasta que no nos demos cuenta de que todo el arte de W a g n e r representa
su peor caricatura y su parodia “humanista”, hasta el límite de preguntarse si ello haya acontecido tan sólo casualmente. Y lo mismo hay que pen sar acerca del “romanticismo”, de todo lo que hay de irrflado, “nibelùngico”, de “infinito” en el mal sentido, como un testimonio de la supremacía de la sentimentalidad y de confusos impulsos sobre toda facultad superior que muchos ambientes germánicos atribuyen a la propia tradición, mostrando así que son sensibles sólo hacia los aspectos crepusculares de la misma, hacia los aspectos relativos justamente al período de “oscurecimiento de lo divino” así como hacia toda siniestra confusión. Y es de este modo cómo personas, que sin embargo son reputadas como “germanistas”, como por ejemplo M a n a c o r d a , han sido llevadas a inventar el mito de la “Selva y el Templo” y a suponer antítesis, unilaterales y dañinas para todo cono cimiento ariano, entre el ideal germánico y el verdadero ideal romano, el que por lo demás tal autor comprende tan poco, del mismo modo como los ambientes alemanes antes mencionados comprenden el propio.
Pero una confusión similar que debe ser denunciada, puesto que nos puede tocar en manera directa, es la del “paganismo” que se querría exaltar
en las formas del Humanismo y del Renacimiento, una vez más sobre la base de los temas banales del inmanentismo, de la “afirmación de la vida”, del “redescubrimiento de la sacralidad del cuerpo y de la belleza”, de la superación del “despotismo teologal” y de otros lugares comunes ni si quiera dignos de una logia masónica. En otra parte, en Rrhelión contra el mundo moderno, ha sido precisado lo que al respecto se debe pensar desde el punto de vista tradicional. El “humanista” no es sino un paganismo desconsagrado, que retoma del mundo antiguo los aspectos más exteriores y deletéreos. M ientras que cree ser “completo”, el tipo humanista es en cambio el de una humanidad mutilada que, como bien se ha expresado
G u é n o n , se ha separado de los cielos con la excusa de conquistar la tie
rra. El mismo i mtecedente inmediato, en la dirección de un proce
so de caída, del upu individualista, en el cual la destrucción ya presente, pero en manera menos visible, en un primer momento, debía sin más hacerse luego manifiesta. La nivelación universalista y humanitarista, una civi lización estandarizada y sin rostro, la postración de la raza interna y el debilitamiento de las tradiciones familiares y nacionales, una concepción totalmente desconsagrada del mundo, una judaización a ultranza de la cultura, y así sucesivamente, éstos son los temas del epílogo fatal del desarrollo que se iniciara con los brillantes fuegos de artificio del Humanismo y del Renacim iento, es decir con aquello que, según tales interpretaciones dilettantes de la historia, habría sido una especie de retomo del “paganismo” y de triunfo de la vida ’. Y sobre esto se podría seguir hasta el cansancio.
Ahora bien, todo esto es en verdad “paganismo” en el sentido nega tivo y supuesto por la antigua y moderna apologética cristiana militante. El mismo demuestra, además de una preocupante interpretación, un sentido completamente erróneo del camino que eventualmente, por una acción
' El norteamericano St o d d a r d Lo t h r o pha escrito un libro interesante, TIu’ revolt
a gain st C iviliation, para interpretar racionalmente los m ovim ientos revolucionarios
de la época actual y reconocer com o su substrato b io ló g ico a una sub-humanidad. A lgo similar se podría hacer respecto del Renacimiento y del Humanismo. Sería difícil encontrar entre los tipos más característicos de aquel período -sobre todo en el campo p olítico- un número suficiente de fisonom ías racialmente “en orden”. La regla es en v ez la antiraza, rostros repletos de asimetrías, narices deformes y desproporcionadas, sistem ática deform ación de la lín ea nórdica y así sucesivam ente. S i ben estos sín tomas en sí m ism os no son decisivos, se convierten en significativos si se los considera en relación con lo demás.
positiva, algunas corrientes racistas podrían recorrer. En vez de “trascender” -de superar elevándose- cuando se combate de tal manera, se desciende efectivamente, y ya es una suerte que el adversario no sepa recabar todavía todo el provecho posible.
Hemos desarrollado estas consideraciones, repitámoslo, sobre el plano de los principios con el fin de prevenir confusiones y también para esclarecer, ante las mismas, algunos valores de la antigua espiritualidad aria. Nosotros por ende no creemos indicar aquí alguna solución particular a aquellas que, entre las nuevas corrientes renovadores, van o irán en busca de nuevas formas de espiritualidad, ni tampoco precisar la relación entre las mismas y el cris tianismo. Queremos tan sólo poner de relieve que para ellas debería quedar firme la condición de permanecer por lo menos en el mismo nivel de la tradición que Occidente, por un conjunto de circunstancias no todas afor tunadas, ha tenido como propia; de no perder la cuota espiritual. Para lim itarnos a un único aspecto, el mismo dogm atism o católico cumple esencialm ente una útil función de barrera: im pide que la m ística de la inmanencia y análogas invasiones prevaricadoras desde lo bajo vayan más allá de un cierto punto; establece un rígido límite allí donde rige, o por lo menos debería regir, un conocimiento trascendente y el elemento verda deramente “sobrenatural” y “no-humano”. Ahora bien, se podrá también dirigir una crítica al modo con el cual, en el cristianismo, tal conocimiento y trascendencia, no sin relación con influencias raciales no-arias (por ejemplo, concebir lo sobrenatural exclusivamente como “revelación” es un rasgo típico de la raza del alma denominada “desértica” por C l a u s s ) , han sido muchas veces asumidos y se podrá tender a una rectificación al respec to, tomando como punto de partida concepciones “heroicas” y “olímpi cas” del tipo propiamente nórdico-ario; pero no se puede pasar a críticas “profanas”, no se puede asumir éste o aquel expediente polémico y divagar acerca de una presunta arianidad del inmanentismo, del panteísmo o del “culto de la naturaleza” y de la “Vida” sin concluir en un plano efectivamente inferior y, en suma, no en el mundo de los orígenes, de acuerdo a la verdadera aspiración de la raza, sino en el de la antitradición pura y simple. Este sería en verdad el único modo para inducir a la conversión inmediata al catolicismo practicante e intransigente a cualquiera que alimentase las mejores in tenciones “paganas”.
Estas son consideraciones que seguramente gustarán muy poco, sea a los racistas “paganos”, como a los “cristianos”, puesto que nosotros, al respecto, no hemos seguido sino la causa de la verdad imparcial, después
de haber tomado provecho de las experiencias propias y de las ajenas. A fin de que no se nos malentienda, a pesar de todo lo que ya hemos dicho, repitamos una vez más que nosotros no hemos querido afirmar que el racismo -y sobre todo el racismo italiano- debe encaminarse a revisiones del tipo mencionado; hemos en vez resaltado que será difícil que el racismo, en el momento de desarrollar toda su potencialidad de idea espiritualmen te revolucionaria, no sea llevado a formularse también el problema acerca de la concepción del mundo. Y en el momento en que esto se verificara, es necesario prestar atención de no caer en los equívocos y en los erro res que nosotros hemos mencionado aquí, los cuales, en el fondo, valdrían sólo para hacer el juego a adversarios com unes. En una eventualidad semejante hay que ser capaces de ubicarse en un plano en el cual la confusión doctrinal no es admitida, en el cual todo dilettantismo y toda arbitraria ejercitación intelectual sea excluida, en el cual cualquier subyacencia a confusos impulsos pasionales y a animosidades polémicas sea enérgica mente combatida, en el cual, finalmente y sobre todo, sólo el conocimiento preciso, severo y objetivo del espíritu de las tradiciones primordiales debe ser decisivo.