LA RAZA Y EL PROBLEMA DE LA NUEVA “ELITE”
III. RECTIFICACIÓN DEL HOMBRE MEDITERRANEO
Pasando ahora a la raza del alma, la expresión “hombre mediterráneo” no corresponde más a aquella variedad del tipo ni,, dico-ario, de la cual se ha hablado y que representa el elemento más válido en el conjunto étnico de nuestro pueblo. Expresa en vez un determinado estilo de vida, una cierta orientación del alma; el uno y el otro bailables en los pueblos mediterráneos en general y no por cierto deseables respecto de una vocación ario-romana.
Siguiendo las concepciones de Cl a u s s, al cual se debe una interesante
investigación al respecto, las características del hombre mediterráneo son las que corresponden al término poco fácil de traducir.- Darbietungsmensch. Darbietung quiere decir espectáculo, representación, exhibición. Quie re decirse con esto que sería propio del hombre mediterráneo el valer no tanto para sí, « i no frente a los otros y en función de otros. Sería el hombre deseoso de una “escena”, no siempre en el sentido malo de simple vani dad y de exhibicionismo, sino en el sentido que la animación y el impulso también hacia cosas grandes y sinceras él los recaba de una relación con otros que lo vean, y que la preocupación por el efecto que él hará sobre los observadores y, en general, sobre sus semejantes posee una parte importante en su conducta. Sólo cuando el hombre mediterráneo posee el sentido de hallarse ante una tribuna -imaginaria o real- él podrá dar lo mejor de sí mismo y comprometerse a fondo.
Por lo cual sería inseparable del hombre mediterráneo una cierta pre ocupación por la exterioridad, por la apariencia. Ello nuevamente lo de cimos, no en el sentido tan sólo negativo de apariencias, detrás de las cuales se encuentra el vacío, sino en el sentido de que su estilo más espontáneo de actuar lo llevaría siempre a dar a la acción alguno de los caracteres del “gesto”, de una cosa que debe atraer la atención incluso allí donde quien actúa sabe de tenerse sólo a sí mismo como espectador. Así pues habría un cierto desdoblamiento en el hombre mediterráneo, desdoblamiento de un yo que ejecuta la “parte” y de otro yo que la considera desde el punto de vista de un posible observador o espectador y que se complace con ello.
A hora bien, es evidente que, en la m edida en que un com ponente “mediterráneo” en tal sentido se encuentre presente en la “raza italiana”,
la misma debe ser “rectificada” y a tal efecto, como mejor modelo con trario podría hallarse el del estilo de la antigua raza de Roma, estilo se vero, sobrio, activo, escaso en expresionismos, medido, consciente de manera clara de la propia dignidad. Ser más que parecer, captar el sentido de la propia individualidad y del valor propio independientemente de cualquier referencia externa, amar el aislamiento en la misma medida que acciones y expresiones reducidas a lo esencial, desnudadas de cualquier coreografía y de cualquier preocupación por el efecto. Todos estos elem entos son seguramente fundamentales para el “estilo”, según el cual debe aconte cer la fortificación y la purificación en sentido nórdico-ario de la estirpe italiana. Y allí donde el hombre italiano tuviese en común con el medi terráneo, en una cierta medida, la escisión interior arriba indicada (de actor y espectador), esta escisión debe ser utilizada no en el sentido de una apreciación de los posibles efectos sobre otros y de un estudio para ob tener los deseados, sino en el sentido de una crítica objetiva, de una vi gilancia calma y atenta de la propia conducta y de la propia expresión, que prevenga cualquier prim itivism o y cualquier ingenua inm ediatez o “expansividad”, y estudie la expresión misma no a los fines de la “impresión” sobre los otros y en relación con su juicio, sino en estrecha, impersonal adhesión a lo que se pretende conseguir y con el estilo que se pretende dar a sí mismo.
Con la raza “desértica” y, quizás, como efecto de la presencia en él de algo de tal raza, el hombre mediterráneo tendría además un alma inten siva y explosiva como mutable y ligada al momento: las llamaradas, el deseo irresistible e inatenuado en la vida pasional, la intuición, la llam arada momentánea de la genialidad en la vida intelectual. Así pues un estilo de equilibrio psíquico y de medida no sería su fuerte: mientras que en apariencia, y en especial cuando está en compañía, parece alegre, entusiasta y optimista, en realidad, cuando se encuentra solo, el hombre mediterráneo conoce improvisos abatimientos, descubre perspectivas interiores oscuras y des consoladas que le hacen rehuir con horror cualquier aislam iento y lo conducen nuevamente hacia la exterioridad, hacia la sociabilidad ruidosa, hacia las “erupciones” joviales, sentimentales y pasionales.
Para obtener la “rectificación” de este aspecto, allí donde el mismo se encuentre en verdad presente también en la raza italiana o en algunos elementos de la misma (sobre todo meridionales), no hay que proceder por simples antítesis. La frase de Nie t z s c h e: “Mido el valor de un hombre por su poder de retrasar la reacción” debe por cierto valer como una precisa
directiva educadora respecto de la im pulsividad desordenada y de la
“explosividad”. Pero Nietzsc h emismo nos ha advertido acerca de los peligros
de una “castración moral”. La capacidad de control y el estilo de un equilibrio y de una continuidad del sentir y del querer no debe conducir a un empo brecim iento y a una m ecanización del alma, como en ciertos aspectos negativos del hombre germánico o anglosajón. No se trata de suprimir la pasionalidad y de dar al alma una forma bella y clara y homogénea, pero chata, sino de organizar en su plenitud al propio ser dentro de la capacidad de reconocer, discriminar y utilizar adecuadamente los impulsos y la luces que emanan de las profundidades. Que la pasionalidad tenga una cierta preponderancia en muchos tipos italianos ello es cosa que no puede refutarse; pero esta disposición se resuelve no en un defecto, sino en un enrique cimiento, no apenas se encuentre su correctivo y su contrapeso en una vida ética sólida y sanamente desarrollada: y esta tarea lo está comenzando a realizar la “fascistización” del hombre y sobre todo del joven italiano.