VIL LA RAZA HIPERBOREA Y SUS RAMIFICACIONES
X. EL PROBLEMA DE LAS CRUZAS
í í l i r o
P W e iie c e n
Es evidente que, una vez que se ha tenido presente todo esto, el pro blema mismo de las cruzas y de sus efectos debe ser estudiado en manera sumamente más profundizada de lo que habitualmente se hace, siempre que nos mantengamos en el terreno de la doctrina y no se busquen en vez orientaciones oportunas tan sólo por su utilidad práctica.
A nivel general, el carácter pernicioso de las cruzas debe ser sin más admitido, y el mismo es cuanto más evidente en tanto los elementos ra ciales de las dos partes son decididamente heterogéneos. Subrayaremos además que el carácter deletéreo de las cruzas no se manifiesta tanto en la determinación de los tipos humanos desnaturalizados o deformados con respecto a su raza originaria del cuerpo, sino sobre todo en la realización de casos en los cuales lo interno y lo externo no se corresponden más, en los cuales la raza del cuerpo puede estar en contraste con la del alma y ésta a su vez puede contradecir a la raza del espíritu o viceversa, dando pues lugar a seres quebrados, semihistéricos, a seres que, en sí mismos, no se encuentran más, por decirlo así, en su propia casa. Y cuando ninguna resistencia interior, ningún redespertar de la fuerza formativa primordial se verifica y, en vez, a las anteriores cruzas se agregan nuevas cruzas, el resultado es la creación de una verdadera amalgama étnica, de una masa desarticulada, informe, seminivelada, para la cual comienza a convertirse en verdadero el inmortal principio de la igualdad universal. Debe ser resaltado aquí que, al constatar en esta más vasta y perniciosa forma el efecto de las cruzas, se relativiza el valor de las determinaciones raciales puramente antropológicas hechas por la investigación de primer grado, siendo muy posible, por tal camino, que un hombre de tipo, digamos “nórdico” en el cuerpo, se encuentre poseyendo un alma mediterránea y que, en cuanto al espíritu, en sus relaciones no sea más el caso ni siquiera de hablar de raza, al no poderse hallar en él ningún instinto, sino sólo alguna idea vaga extraída de una civilización esencialmente vaciada y estandarizada, como es justamente la del mundo moderno.
De cualquier manera no debe pensarse que las cosas siempre vayan así y que en las cruzas, para los hombres, se verifiquen procesos tan “neutros”,
fatales y positivamente previsibles, como en el caso de las combinacio nes químicas. Se descubre aquí en un cierto racismo cientificista, una nueva curiosa contradicción, puesto que, mientras que éste, al referirse a la idea de la raza en general, en contraposición con el mito igualitario reivindica el valor y la realidad de aquello que es diferencia, desconoce en cambio este mismo principio al suponer un idéntico desenvolvimiento de los procesos de cruza y de herencia para todos ios tipos y para todas las razas, conci biéndolas pues, a tal respecto, como absolutamente iguales. La concepción tradicional de la raza debe rectificar este punto y esclarecer aquello de lo cual se trata en la realidad.
Como premisa, el ámbito al cual se debe referir es el de las razas humanas en sentido superior, opuestas por nosotros a las “razas de naturaleza”. En materia de principios se debería presumir que cada raza derivada del tronco hiperbóreo posee, potencialmente, un tal carácter, por más decidida que sea a nivel práctico la desmentida que las condiciones actuales de las razas “blancas” parezcan dar al respecto. Por lo demás, para ponerlo bien en claro, la doctrina tradicional de la raza dejará libres a las ramas hoy existentes de reconocerse en uno o en otro tipo de razas -de “naturalezza” o supe riores- y advertirá que las siguientes consideraciones valen exclusivamente para quien siente pertenecer a una raza humana, en un sentido propio y no naturalista.
Para la defensa de la raza de este tipo es evidente que existe una do ble condición. Al corresponder aquí la idea de raza al afinamiento, a la selección y a la formación operada en la realidad biológica por una más alta fuerza y transmitida como potencialidad a través del vehículo de una herencia no sólo biológica, sino también interna, es evidente que se trata de preservar y de defender esta herencia misma, de conservarla pura como una conquista preciosa, pero que al mismo tiempo, si es que no en primer lugar, debe mantenerse viva la tensión espiritual, el fuego superior, la interna alma formadora que elevó originariamente a aquella materia hasta esta determinada forma, traduciendo a una raza del espíritu en una correspon diente raza del alma y del cuerpo.
Sobre esta base en otra parte hemos ya resaltado que las conocidas ideas de D e G o b in e a u y de sus continuadores -casi siempre menos geniales- acerca de la causa del ocaso de las civilizaciones deben ser rectificadas, en el sentido de que la decadencia de las civilizaciones no es siempre el puro y mecánico efecto de la decadencia acontecida por mezcla de la raza del cuerpo del correspondiente pueblo. Se confundirían así, en más de un caso, las causas
con los efectos, siendo verdad en vez que una raza, con la civilización que a ella le corresponde, decae cuando su “espíritu” decae, es decir cuando viene a menos la íntima tensión, con la cual ella surgió a la vida en un contacto creador con fuerzas de la naturaleza, en el fondo, metafísica, y a la cual ella ya le debió su forma y su tipo. Cuando el núcleo central se disuelve y oscurece, la superraza se convierte en simple raza de naturaleza y como tal ella puede, o corromperse, o ser arrastrada por la fuerza oscura de las cruzas. Varios elementos biológicos, étnicos y psicológicos se encuentran en tal caso privados del íntimo lazo que los mantenía unidos en forma no de una especie de haz, sino de una orgánica unidad, y la primera acción alteradora bastará para producir rápidamente la degeneración, el ocaso o la mutación no sólo moral y de civilización, sino también étnica y biológica de aquel pueblo. Y en este caso, y sólo en éste, como se ha ya dicho, se verificarán con la m ayor aproxim ación, los diferentes determ inism os estudiados por las investigaciones acerca de las cruzas y de la herencia, puesto que entonces la raza, descendida al plano de las fuerzas de la na turaleza, subyace -y no puede no subyacer- a las leyes y a las contingencias propias de un tal plano.
La prueba de una tal verdad se encuentra en el hecho de que no son raros los casos de civilizaciones o razas que se eclipsan y degeneran por una especie de extinción interna, sin la acción de cruzas. Se puede mencionar a tal respecto a poblaciones salvajes, permanecidas muchas veces aisladas casi insularmente de cualquier contacto. Pero ello vale también para ciertos subgrupos de la raza aria europea, los cuales hoy se encuentran presen tando muy poco de la alta tensión heroica que definió su grandeza has ta hace apenas algún siglo, aun no habiéndose aquí verificado ninguna notable alteración por mezcla de su raza del cuerpo.
La preservación de la pureza étnica -allí donde la misma sea prácti camente posible- es una de las condiciones favorables para que también el “espíritu” de una raza se mantenga en su fuerza y pureza originaria: del mismo modo, a nivel normal, en el sujeto la salud y la integridad del cuerpo son garantías para la plena eficiencia de sus facultades superiores. Sin embargo deben hacerse dos reservas al respecto. En algunos casos un obstáculo a ser vencido, una materia a plasmar que resiste, llega a excitar, a reavivar y a potenciar la fuerza formativa, siempre que no se sobrepase un cierto límite. No deben por lo tanto excluirse los casos en los cuales una cruza, allí donde no actúen elementos raciales propios heterogéneos, en vez de alterar, vaya a reavivar y a fortificar a una raza. No somos de
la opinion de C h a m b e r i.a in -un dih ante, inmerecidamente tenido aun hoy en alta consideración en ciertos ambientes racistas- según el cual las mismas
razas superiores serían solo felices cruzas (según la analogía con lo que
aconteció en las especies animales, en donde los “pura sangre” de tipo superior provienen justamente de especiales mezclas); sin embargo es un hecho muy resabido que, al considerar a las tradiciones nobiliarias, las cuales son el único cam po de experiencia racista centenaria que nos ofrece positivamente la historia, vemos que en ellas la pureza endogàmica ha muchas veces tenido por efecto la degeneración, mientras que el injerto de una sangre diferente en un determinado momento ha en vez galvanizado la estirpe. Con esto tenemos pues la prueba de que la cruza, por supuesto mantenida dentro de ciertos límites, puede tener la función de un reactivo. La pre sencia del elemento heterogéneo impone al núcleo interno de la raza una reacción; ella lo reclama hacia sí, si estaba adormecido, le impone una defensa, una reafirmación. Es pues una prueba: la cual, como toda pmeba, puede tener un final positivo o negativo. En tales casos la “raza interna” puede reclamar para sí misma la fuerza necesaria para superar el obstáculo, para reducir lo heterogéneo en lo homogéneo (veremos más adelante lo que acontece con las leyes M e n d e l ) : y entonces el proceso da lugar a una especie de brinco, de reanimación, casi de movilización general de la latente herencia racial en sentido superior: es en la plenitud de su significado, la
voz de la sangre. En los otros casos, o cuando la cruza ha verdaderamente