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EL GRUPO DE LAS RAZAS “ARIAS”.

In document Julius Evola - La Raza Del Espíritu (página 60-64)

VIL LA RAZA HIPERBOREA Y SUS RAMIFICACIONES

VIII. EL GRUPO DE LAS RAZAS “ARIAS”.

La más reciente de todas es la emigración de la tercera oleada, la que ha seguido la dirección norte-sur. Algunas ramas nórdicas recorrieron esta dirección ya en épocas prehistóricas. Son aquellas que por ejemplo dieron lugar a la civilización dórico-aquea y que llevaron a Grecia el culto del Apolo hiperbóreo. La últimas oleadas son las de la llamada “migra­ ción de los pueblos” acontecida con la decadencia del Imperio Romano y corresponden a las razas de tipo propiamente nórdico-germánico. A tal respecto, se debe hacer una observación muy im portante. Tales razas difundidas en la dirección norte-sur descienden más directamente de ramas hiperbóreas que fueron las últimas en dejar las regiones árticas. Por tal razón ellas presentan, desde el punto de vista de la raza del cuerpo, una mayor pureza y conformidad con el tipo originario, habiendo tenido menores posibilidades de hallarse con razas diferentes. Lo mismo no puede sin em bargo decirse respecto de su raza interna y de sus tradiciones. Al m antenerse durante más tiem po que sus razas herm anas en un clim a convertido en particularm ente áspero y desfavorable, ello no pudo no provocar en ellas una cierta materialización, un desarrollo unilateral de ciertas cualidades físicas y también de carácter, de coraje, de resistencia, constancia e inventividad, lo cual tuvo como contrapartida una atrofia del aspecto propiamente espiritual. Ello ya se lo encuentra entre los Espartanos; pero en mayor medida en los pueblos germánicos de las invasiones, que nosotros podemos seguir llamando “barbáricas”, sin embargo no respecto de la civilización románica degenerada, frente a la cual aparecieron aquellos pueblos, sino en relación a un superior estadio, del cual aquellas razas habían ya decaído. Entre las pruebas de una tal degeneración interior, u oscure­ cimiento espiritual, se encuentra la relativa facilidad con la cual tales razas se convirtieron al cristianismo y luego al protestantismo; por esta razón, los pueblos germánicos en los primeros siglos, tras el derrumbe del im­ perio romano de Occidente, hasta a C a r l o m a g n o , no supieron oponer nada importante en el ámbito espiritual a las formas crepusculares de la romanidad. Ellos fueron fascinados por el esplendor exterior de tales formas, caye­

ron fácilmente víctimas del bizantinismo, no supieron reanimar aquello que subsistía aun de nórdico-ario, a pesar de todo, en el mundo medite­

rráneo, sino a través del camino de una fe inficcionada, en más de un aspecto,

por influencias raciales semítico-meridionales, en tanto las mismas más tarde dieron forma al Sacro Imperio Romano bajo el signo del catolicismo. Eis así como también racistas alemanes como G ü n t h e r , han debido reconocer que, para querer reconstruir la concepción del mundo y el tipo de espi­ ritualidad propia de la raza nórdica, hay que referirse menos a los testi­ monios contenidos en las tradiciones de los pueblos germánicos del pe­ ríodo de las invasiones -testimonios fragmentarios, muchas veces alterados por influjos extraños o decaídos bajo la forma de supersticiones populares o de folklore- cuanto a las formas superiores espirituales propias de la Roma antigua, de la Hélade antigua, de Persia y de la India, es decir de civili­ zaciones derivadas de las primeras oleadas.

Al conjunto de las razas y de las tradiciones generadas por estas tres corrientes, transversal la una (rama de los ario-nórdicos), horizontal la otra (rama de los nórdicos-atlánticos o nórdicos-occidentales), vertical la última (rama de los ario-germánicos), puede aplicarse, no tanto para una confor­ midad verdadera, sino más bien en base a un uso hecho corriente, el término “ario” o “ariano”. Queriendo tomar en consideración a las razas defini­ das por los estudiosos más notorios y reconocidos del racismo del primer grado, podemos decir que el tronco de la raza aria que tiene su raíz en la hiperbórea primordial, se diferencia de la siguiente manera. Se encuentra sobre todo, como raza rubia, la rama llamada en sentido estricto “nórdica”, que algunos diferencian en subrama teutonórdica, dálíco-fálica, fino-

nórdica; la m isma rama en su mezcla con las poblaciones aborígenes

sármatas ha dado lugar luego al llamado tipo est-európida y est-báltico. Todos estos grupos humanos, desde el punto de vista de la raza del cuerpo, como se ha mencionado, conservan una m ayor fidelidad o pureza con respecto a aquello que se puede presumir que ha sido el tipo nórdico pri­ mordial, es decir hiperbóreo.

En segundo lugar, se deben considerar razas ya más diferenciadas respecto del tipo originario, sea en el sentido de fenotipos del mismo, es decir de formas a las cuales las mismas disposiciones y los mismos genes hereditarios han dado lugar bajo la acción de un ambiente diferente a mixtovariaciones, es decir, a variaciones producidas por una más acen­ tuada mezcla; se trata de tipos prevalecientemente morenos, de estatura más pequeña, en los cuales la dolicocefalia no es la regla o no es dema­

siado pronunciada. Mencionamos, utilizando las terminologías más_en boga, a la conocida raza del hombre del oeste (westisch), la raza atlántica que, como la ha definido F i s c h e r , es diferente de la otra, la raza mediterrá­

nea, de la cual a su vez se distingue, según P e t e r s , la variedad del hombre

euroafricano o afro-mediterráneo, en la que el componente oscuro tiene

mayor relieve. La clasificación de S e r g i , según la cual estas dos últimas variedades coinciden en mayor o menor medida, es sin más rechazable y desde el punto de vista del racismo práctico, sobre todo del italiano, se encuentra entre las más peligrosas. De igual manera es equívoco llamar, junto a P e t e r s , pelásgica a la raza mediterránea: en conformidad con el sentido que tal palabra tuvo en la civilización griega, es necesario con­ siderar al tipo pelásgico, en cierta medida como algo en sí, sobre todo en los términos del resultado de una degeneración de algunas antiquísimas ramas atlántico-arias antes de la aparición de los Helenos. En especial desde el punto de vista de la raza del alma se confirma este significado de los “pelasgos”, entre los cuales se encuentra también el antiguo pueblo etmsco.

En una cierta medida también puede reputarse como raza en sí misma a la raza dinárica, porque, mientras la misma, en ciertos aspectos pro­ pios, está mayormente cerca del tipo nórdico, en otros muestra caracte­ res comunes con la raza armenoide y desértica, y, tal como la que algu­ nos racistas definen propiamente como raza alpina o de los Vosgos, se muestra prevalecientemente braquicéfala: señal ello de las cmzas acontecidas según otras direcciones. La raza aria del este (ostisch) tiene también caracteres distintos, sea físicos como psíquicos, por lo cual se aleja sensiblemente del tipo nórdico.

No hay nada en contra, desde el punto de vista tradicional, en asumir en la doctrina de la raza de primer grado las precisiones que los diferentes autores hacen respecto de las características físicas y, en parte, también psíquicas, de todas estas ramas de la humanidad aria. Tan sólo que acerca del alcance de todo esto no hay que hacerse excesivas ilusiones, en el sentido de establecer rígidos límites. Así pues, si bien no son ni blancas ni rubias, las razas superiores del Irán y de la India, y si bien no sean blancos, muchos antiguos tipos egipcios pueden sin más remitirse a la familia aria. No sólo ello: autores como W i r t h y K a d n e r , que han buscado utilizar los recientes estudios sobre grupos sanguíneos para la investigación racial, han sido inducidos a retener más cercanos al tipo nórdico primordial algunas ra­ mas norte-americanas pelirrojas y algunos tipos de esquimales, más que la mayor parte de las razas arias indoeuropeas aquí mencionadas; y en este

orden de investigaciones, por ejemplo, resulta también que la sangre nór­ dica primordial en Italia tiene un porcentaje similar al de Inglaterra, y de­

cididamente superior al de los pueblos germánicos. Es necesario pues no

permanecer en esquemas rígidos y pensar que, salvo casos sumamente raros, la “forma” de la superraza originaria, en mayor o menor medida latente, impedida o superada o extenuada, subsiste en lo profundo de todas estas variedades hum anas y, dadas ciertas condiciones, puede volver a ser predominante y a informar a un determinado tipo en que se le muestre su correspondencia, aun allí en donde menos se podría sospechar, es decir, allí donde los antecedentes, según la concepción esquemática y estática de raza, habrían hecho en vez aparecer como probable la aparición por ejemplo de un tipo de raza mediterránea, o indo-afgana, o báltico-oriental.

Emilio B o u t r o u x , en una clásica obra acerca de la contingencia de las leyes de la naturaleza, ha comparado la regularidad de los fenómenos, que permite previsiones científicas relativamente exactas, con el curso de un río, cuyas aguas siguen un lecho que sin embargo ellas mismas se han cavado, por lo que ellas pueden modificarlo y, en circunstancias excepcionales, incluso abandonarlo. Ha considerado pues a las leyes naturales como una especie de “costumbre” de las cosas: lo que originariamente pudo tam ­ bién ser un acto libre, al repetirse, se automatiza y mecaniza y concluye apareciendo como una necesidad. Si ello vale para las leyes de la natu­ raleza llamada inanimada, física, ello en mayor medida vale también para el campo de las razas. Las disquisiciones propias del racismo de primer grado, que en ciertos autores llega hasta a distinciones de una pedante­ ría casi escolástica, calzan en la medida en que las fuerzas de las razas, por decirlo así, siguen una especie de ley de inercia, que las automatiza y las fija en el estado en el cual, en un determinado momento, se encontraron. Sólo en estas condiciones los figurines diseñados para cada una de las razas arlas calzan, los determinismos se verifican y la ciencia halla su campo de acción. Pero en el m omento en el cual las fuerzas m ás originarias comenzaron a moverse, estas construcciones muestran su relatividad y una excesiva atención concedida al racismo de primer grado y a sus resultados “científicos” puede resultar incluso dañina para los fines de la acción racista creativa y evocativa.

IX.

ACERCA DE LOS LIMITES

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