LA RAZA Y EL PROBLEMA DE LA NUEVA “ELITE”
VI. LA ITALIA NUEVA LA RAZA Y LA GUERRA.
En la medida en que en estas consideraciones acerca de la “rectificación de la raza mediterránea” se ha mencionado sólo a algún punto de relieve, puede tenerse ya el sentido de que el prejuicio “antinórdico”, desde el lado italiano, se basa en un equívoco y que una m isma poca consistencia po seen las notorias y teóricas oposiciones entre Norte y Sur, oposiciones que en realidad son sólo literarias y derivadas de actitudes unilaterales y de dilettantes. Lo que para nosotros es lo importante, como por lo demás lo es para cualquier pueblo, puesto que ningún pueblo actual puede pretender ser de raza pura, es una decisión interior. Hay que poner a la raza en la encrucijada y obligarla a una especie de profesión de fe. El sujeto debe pues elegir entre los diferentes componentes de su pueblo. Así como es verdad que en la raza italiana existen núcleos importantes de la raza nórdico-aria en el espíritu, en el alma y en el mismo cuerpo, del mismo modo es tam bién verdad que existe junto a ello la Italia de los tipos pequeños, de rasgos y sentimientos alterados por cruzas seculares, tipos sentimentales, ges ticulantes, impulsivos, profunda y anárquicamente individualistas, una Italia del “d o lcefa r niente”, de las rimas en “cuore e am ore”, de los m aridos meridionales celosos, de las mujeres “ardientes” pero embotadas en prejuicios burgueses, con polichinelas, maquerones y cancioncitas. Por un tiempo demasiado largo allí en donde se hablase de Italia, es en esta Italia que enseguida se pensaba en el exterior y, es necesario reconocerlo, los Ita lianos han contribuido, aun simplemente no reaccionando, en la forma ción de un mito semejante y tan poco alentador.
Ahora bien hay que decir que esta Italia antirracista, burguesa, superficial, desbandada, aria tan sólo por una mera manera de decirlo, se ha virtualmente terminado en el momento en el cual el Fascismo ha dado vuelta y proscripto el régimen demoparlamentario y se ha dado resueltamente a la construcción de una nueva nación romana y guerrera, entre otras cosas, bajo el signo de aquella Aguila y de aquella Hacha, comprendida en &\fascio, los que son símbolos primordiales de la misma tradición hiperbórea. Y también desde el punto de vista exterior, si la nueva Italia posee plena conciencia
de sus bellezas naturales, su orgullo no es precisamente por ser el país de los turistas extranjeros resonante en mandolinas y en Solé mió, con todos los demás accesorios de una coreografía edulcorada: la Italia fascista quiere más bien ser y valer como un mundo nuevo de fuerzas duras y tem pla das, como un mundo heroico compenetrado de conciencia ética y de tensión creadora, opuesto a cualquier abandono o decadencia del alma, que tiene por símbolo no a las tarantelas y al claro de luna sobre las góndolas, sino a los poderosos y férreos pasos de la marcha romana, la que tiene su facsímil preciso en los desfiles prusianos.
Con todo ello se puede decir que la decisión en sentido nórdico-ario del alma italiana ya ha acontecido y, en verdad mucho antes que la doctrina de la raza entrase oficialmente a formar parte de la ideología del Fascismo y que una cierta coyuntura de intereses políticos acercase a Italia con Alemania.
Con respecto a los antecedentes de una tal decisión es necesario sobre todo indicar la experiencia de la gran guerra. Al hablar de los elementos
que dan relieve a una raza del alma, Cl a u s sha justamente resaltado que
justamente una tal experiencia ha diferenciado a dos generaciones, dejando una huella indeleble en quien la ha vivido y convirtiéndolo casi en el exponente de una “raza” en sí, por ser distinto de todos quienes no han combatido. Esta postura debe sin embargo ser precisada en el sentido de que no para todos el hecho de la guerra ha tenido el mismo significado. Este ha en vez constituido una especie de prueba. Es verdad que la guerra determina la crisis de la pequeña personalidad burguesa, del yo cerrado en los estrechos límites de su opaca y egoísta vida. Pero esta crisis puede tener, de acuerdo a los casos, un final diferente. Al leer libros como los famosos de Re m a r q u e o de Ba r b u s s ese tiene la sensación precisa de que la guerra puede llevar
a una superación del individuo, significando sin embargo el retomo al estadio
de una “raza de naturaleza”. Los personajes de Re m a r q u epor ejemplo, si
bien no creen más en nada, si bien constituyen una “generación quebra da aun cuando las granadas la han ahorrado”, no se convierten ni en v i les ni en desertores: pero no son más que un manojo de instintos, fuerzas desencadenadas y reflejos e impulsos elementales, los que llegan a testimoniar la regresión del sujeto en un plano en verdad sub-personal, los que los llevan adelante hacia pruebas trágicas de todo tipo.
Pero en otros seres la solución es absolutamente diferente: si la gue rra los conduce igualmente a superar los límites de la conciencia simplemente individual, esto en ellos adquiere el significado de un despertar espiritual,
de una superación interna, de una especie de ascesis activa y de catarsis. Desde el punto de vista colectivo, por medio de ellos comienza a despertarse y a afirmarse también la más alta “raza” de un pueblo: se tiene una nueva revelación de las fuerzas más prol . das y originarias de la estirpe ’.
Y bien, si la prim era solución se encuentra en señalar que mientras aquellos que, vueltos del frente, se dedicaron a hacer el proceso a la guerra y al intervencionismo italiano pasando a alimentar la falange de la sub versión marxista y comunista, el Fascismo, desde la primera hora, se declaró el exponente de la Italia combatiente, intervencionista y victoriosa, de la Italia que sólo gracias a la guerra sentía haber alcanzado una nueva concien cia heroica y que se mantenía tan firme en sus posiciones como decidi da en terminar con los restos de un régimen y de una mentalidad superada. En tal manera se crearon nuevos límites de la comprensión, se diferen ció una “raza del alma” la cual, en el desarrollo del Fascismo, asumió rasgos siempre más precisos. Si en el período insurreccional e ilegal del Fascismo podía haber quizás todavía dudas respecto de las tendencialidades que en esta experiencia riesgosa, alimentada por las fuerzas profundas redespertadas por la guena, habrían tomado la primacía, en el momento en que Mussolini asumió legalmente el poder y el gobierno, en concertación con la Monarquía, la corriente de las fuerzas de la “raza de los com batientes’ alcanzó a purificarse de toda escoria y se desarrolló en un sentido sin más romano. Un seguro instinto dio a una masa incandescente y dinámica precisos puntos de referencia, convirtiéndola en la materia prima para la construcción de un nuevo Estado y para la formación de aquel hombre -antiguo y nuevo a un mismo tiempo, y de estilo esencialmente nórdico-ario- del cual se ha hablado.
Tales son los antecedentes del redespertar racial que, aun allí en donde la palabra raza no fue ni siquiera pronunciada, se ha determinado en la sustancia italiana. El proceso de la selección y de la formación de la raza nórdico-aria italiana ya se encuentra en pleno curso y se trata tan sólo de individualizar los puntos del itinerario que aun queda por recorrer.
' Puede ser útil señalar que en texto más importante de la ascesis guerrera ariana, el B h agavad-gitá, la justificación espiritual y, es más, m etafísica de la guerra y del heroísm o y el desdén por todo sentim entalism o y humanitarismo son m encionados com o formando parte de la “sabiduría solar primordial” que habría sido transmitida al primer legislador de la raza indo-aria por el “Sol” y luego habría pasado com o herencia a una dinastía de reyes sagrados.