En relación con el antiguo mundo mediterráneo se ha ya mencionado que las ramas de las razas nórdico-arias y atlántico-occidentales que habían alcanzado aquella región en tiempos remotos siguiendo sobre todo la dirección horizontal Occidente-Oriente y habían creado allí civilizaciones de diferente tipo, ya en el límite de los tiempos llamados históricos aparecen como entrando en una pronunciada decadencia. Desde el punto de vista espiritual, aun prescindiendo de formas de civilización y de culto visiblemente determinadas por el influjo de troncos aborígenes inferiores y de detritos étnicos de proveniencia austral, las razas del espíritu más visibles en el antiquísimo mundo mediterráneo son de tipo demétrico, amazónico, telúrico, dionisíaco, con cultos y costumbres correspondientes. Tan sólo de aquí por allí, casi como chispazos de redespertar en las clases dominantes o como hebras secretas de una tradición transm itida en la form a de “m isterios” y de iniciaciones, se encuentran elementos de espiritualidad olímpica y heroica. Con respecto a este mundo mediterráneo de los orígenes, las civilizaciones superiores que se pueden llamar propiamente arias de la antigüedad histórica, sobre todo de la Hélade y de Roma, son de fecha reciente, cosa que ha indu cido a B a c h o f e n , no completamente inmune al prejuicio evolucionista pre dominante en su época, a considerarlas como posteriores fases de desa rrollo de las civilizaciones precedentes, allí en donde en cambio, o se trata de fuerzas nuevas agregadas, o de un redespertar, propiciado por distin tas circunstancias, de lo que ya existía, pero que había ya pasado a formas de involución. En otros términos, lo que de más elevado presentó nuestra antigüedad y la misma raza de nuestros progenitores, o es el efecto de nuevas oleadas que conservaban m ayorm ente pura la fuerza de los orígenes hiperbóreos, o bien es un especie de “renacimiento”, de regalvanización de una herencia espiritual solar primordial, sepultada entre los detritos y las civilizaciones crepusculares del llam ado M editerráneo pre-ariano, pelásgico-semítico, íbero-pelásgico, camitico, etc.
De manera más general, y también con referencia a lo que fue crea do en Asia por ramificaciones del tronco nórdico y nórdico-occidental,
el término tan abusado de “ariano” o “ario”, en el orden de la investigación de tercer grado, debe esencialmente ser referido a las formas de civilización y de espiritualidad propias de una “raza heroica”, en el sentido técnico ya mencionado: y enseguida veremos el por qué. Las civilizaciones “arianas” -pueden contarse entre ellas, la de la antigua Grecia, de la antigua Roma, de la India, de Irán, del grupo nórdico-tracio y danubiano- redespertaron por un cierto período a la raza solar bajo la forma heroica, realizando así un parcial retorno de la pureza originaria. Puede decirse de las mismas que el elemento semítico, pero luego sobre todo el judaico, representó la antítesis más precisa, por ser tal elemento una especie de condensador de los detritos raciales y espirituales de las diferentes fuerzas que chocaron en el arcaico mundo mediterráneo. Se ha ya mencionado que, desde el punto de vista de la misma investigación de primer grado, Israel debe ser con siderado menos como una “raza” que como un “pueblo” (“raza” tan sólo en un sentido totalmente genérico), habiendo confluido en el mismo sangres muy diferentes, incluso de origen nórdico, como parece haber sido el caso con respecto a los Filisteos. Desde el punto de vista de la raza del espí ritu las cosas se encuentran en manera análoga: mientras que, en su ne cesidad de “redención” de la carne y en sus aspectos “místico-proféticos” en el Judío parece aflorar la raza dionisiaca, el grueso materialismo de otros aspectos de tal pueblo y el relieve dado a un vínculo puramente colectivista señala la raza telúrica, su sensualismo la afrodítica, y, en fin, el carácter rígidamente dualista de su religiosidad no se encuentra privado de rela ciones con la misma raza lunar. También desde el punto de vista espiri tual es necesario pues concebir a Israel como una realidad esencial com puesta; una “ley”, casi en la forma de una violencia, ha buscado mantener unidos a elementos muy heterogéneos y darles una cierta forma, cosa que, hasta cuando Israel se mantuvo sobre el plano de una civilización de tipo sacerdotal, pareció incluso lograrse. Pero en el m omento en el cual el Judaismo se materializó y, luego y más aun, cuando el Judío se desligó de su propia tradición y se “modernizó”, el fermento de descomposición y de caos, anteriormente retenido, tenía que volver a su estado libre y - ahora que la dispersión de Israel había introducido el elemento hebraico en casi todos los otros pueblos- tenía que actuar por contagio en sentido disgregativo en todo el mundo hasta convertirse en uno de los más pre ciosos y válidos instmmentos para el frente seaeto de la subversión mundial. Separado de su Ley, que se le sustituía a la patria y a la raza, el Judío representa la antiraza por excelencia, es una especie de peligroso paria
étnico, cuyo internacionalismo es simplemente un reflejo de la naturaleza informe y disgregada de la materia prima de la cual aquel pueblo ha sido originariamente formado. Estas concepciones sin embargo hacen también comprender a aquel tipo medio de Judío, que mientras por un lado, para él y para los suyos, como tradicionalismo residual, observa en su estilo de vida un racismo práctico solidario, muchas veces incluso intransigente, en lo que se refiere a los otros deja en vez actuar las restantes tenden cialidades, y ejerce aquella actividad deletérea que, por lo demás, se encuentra prescripta por la misma Ley hebraica e incluso indicada como obligatoria cuando haya que tratar con un no-judío, con el goim.