LA RAZA Y EL PROBLEMA DE LA NUEVA “ELITE”
I. LA “RAZA ITALIANA” SENTIDO DE SU ARIANIDAD
Tras estas consideraciones es oportuno decir ya algo específico acerca de la “raza italiana”. En el manifiesto compilado por algunos estudiosos a fin de agilizar el rumbo declaradamente racista del Fascismo se dijo que “la población de la Italia actual es de origen ariano y su civilización es ariana”, habiendo quedado muy poco en ella “de las civilizaciones de pueblos pre- arianos”. Se agregaba que “la concepción del racismo en Italia deber ser esencialmente una dirección nórdico-ariana”. Estos puntos de referencia reclaman aclaraciones también por el hecho de que lamentablemente tras su enunciación, muy poco de concluyente ha sido hecho en Italia y, más aun, la fórmula nórdico-aria, si no ha sido archivada, hoy no tiene el re lieve adecuado y parece no poder impedir que simultáneamente tengan libre curso puntos de vista sumamente distintos e incluso contradictorios: tal es por ejemplo el caso de quien ha pensado en retomar algunos esbozos racistas de Gio b e r o, quien exaltaba la primacía de la estirpe itálica por ser ésta, según él, una noble descendiente de la raza pelásgica, la cual es justamente la pre helénica de la decadencia del arcaico mundo mediterráneo.
Refirámosnos sobre todo a la investigación racial de primer grado. La misma puede efectivamente autorizamos a decir que la “raza italiana” posee caracteres arianos, puesto que en ella, como predominante se tiene al tipo “mediterráneo”, comprendido como la rama morena y de estatura mediana del tronco nórdico-ario primordial, diferenciada del mismo probablemente por “paravariación”. El tipo italiano predominante se encuentra entre los dolicocéfalos de rostro alargado y recto: sus características, en el orden de la raza del cuerpo, hallan correspondencia sobre todo con las de los anglo sajones, con una neta distinción con respecto de los grupos franco-célticos y eslavos, en los cuales la braquicefalia es en vez predominante. De acuerdo
a las investigaciones de Se r g i, hay una correspondencia entre los cráneos
prehistóricos itálicos y los actuales, lo cual pmeba una cierta permanencia del tipo originario durante los milenios. Gü n t h e r, Rip l e yy muchos otros
neo moreno itálico con el mbio nórdico de estatura más alta. Los monumentos y los documentos del antiguo mundo romano confirman este parentesco y hacen aparecer a tal tipo como una rama del mismo tronco, la que se manifestó también en el primer ciclo helénico. Se note en fin que muchos de los rasgos que, según la denominada teoría indoaria de los “treinta y dos atributos”, debería presentar el tipo ario de elite, corresponden al tipo
clásico romano moreno. De Lo r e n z o por ejemplo al respecto establece
un paralelo con César.
Hablar de nórdico-ario con respecto a la raza italiana no debe provocar ninguna reacción nacionalista en la referencia al problema de los orígenes, como si en tal manera se fuese a desvalorizar o, por lo menos, a refutar el aspecto original de tal raza a favor de los pueblos del otro lado de los Alpes y a reconocer las pretensiones de superioridad sostenidas por al gunos racistas nacionalistas alemanes. Tales pretensiones son fáciles de poner en su lugar. En lo relativo a la raza del cuerpo, por ejemplo, la “raza alemana” tiene muy poco que vanagloriarse hoy ante la ario-mediterránea, puesto que es demasiado sabida la difusión que en ella posee la braquicefalia y el grado de mezcla del elemento nórdico con el del “hombre del Este” y del hombre báltico-oriental, considerados ambos para nada superiores: además de los Judíos, por lo menos seis razas, con el reconocimiento expreso de los racistas más ortodoxos, entran a formar parte de la “raza alemana” y la diversidad entre el Bavarés y el Prusiano, el Renano y el Sajón o el Tirolés, no son menores que aquellas que existen entre varios troncos de la “raza italiana”.
En cuanto a los orígenes hemos ya dicho que los pueblos germánicos del período de las invasiones deben ser considerados como las últimas oleadas, aparecidas en la historia, de razas que, en otra corriente, crea ron también en el mundo mediterráneo formas arcaicas de civilización, no sólo antes de que se verificaran tales invasiones, sino incluso antes de que en la península itálica, partiendo de las sedes del Danubio central, apareciesen aquellos troncos del “pueblo de la edad del bronce” y de la “cultura de Tbrranova” (los primeros hacia el 1.500 a.C. y los segundos hacia el 1.100 a.C.), que son erróneam ente considerados por algunos estudiosos como los primeros habitantes arios pre-romanos de Italia. Ya la civilización lígur nos muestra señales muy claras de una remotísima tradición ario-atlántica (una ramificación de la civilización prehistórica franco-cantábrica de los Cromagnon, corriente Occidente-Oriente); dejando a un lado los Etruscos, puesto que fueron em anaciones del ciclo de la
decadencia pelásgico-mediterránea, ya establecida en Italia, así como los Lígures, antes de aquellas oleadas desde el Norte, encontramos algunos troncos de la Italia central, como por ejemplo los Albanos, que presen tan, sea antropológica, como tradicionalmente, elementos de puro origen ariano. Por lo cual, con las debidas limitaciones, cuando es de los pueblos nórdicos del período de las invasiones de lo que se trata, para quien lo quiera y sobre una común base abiertamente aria se podría conservar la fórmula: “Nosotros éramos grandes y Uds. aun no habían nacido”, es decir no habían aun aparecido en los escenarios de la gran historia occidental.
Una vez que se ha clarificado este punto y que se ha puesto de relie ve la parte que en el pueblo italiano posee el tipo dolicocéfalo y la estructura anatómica afín con el tipo rubio difundido en las regiones septentriona les de Europa, hablar de un elemento romano o italiano “nórdico” no debería menoscabar a nadie sino significar un título de nobleza que no se debería dejar refutar tan fácilmente en relación con otras naciones, en especial cuando es de los orígenes en primer lugar y de las vocaciones en segundo de lo que se habla. Ha estado pues bien afirmar que la dirección del racismo italiano debe ser nórdico-aria aun si, para obviar totalmente cualquier equívoco, estaría quizás bien hablar de raza ario-romana para caracterizar al elemento central y válido del pueblo italiano y distinguirlo de otras ramas de la misma familia. Repitámoslo, debe deplorarse que una tesis semejante no haya sido coherentemente desarrollada en todas sus naturales consecuencias. Desde el puro punto biológico, la sangre germánica del período de las invasio nes, significó en Italia un aporte nuevo, no heterogéneo sino revivificador, que confirmó en las generaciones al antiguo componente ario-romano de la estirpe itálica, muchas veces con efectos particularmente fecundos.
En cuanto a la antigüedad romana, muchos racistas, a partir de Gü n t h e r,
se han dedicado a individualizar -de manera directa como indirecta- rastros y testimonios de tipos y caracteres de puro tipo nórdico. La búsqueda se hace persuasiva, sin embargo tan sólo si está integrada con las del racismo de los dos grados superiores. Como hemos ya dicho, ya al limitar los tiempos históricos, el antiguo mundo mediterráneo, y por ende también itálico, se nos presenta como un conglomerado de minas de razas nórdico-occidentales primordiales, constelado de aquí y allí con elementos milagrosam ente permanecidos intactos e iluminado por chispas de luz y por improvisas resurrecciones solares y heroicas además de lo que subsistía secretamente en las venas subterráneas de las tradiciones mistéricas. A hora bien, es
“raza heroica-solar”, que esta raza del espíritu estuvo en el origen y en la base de aquella antigua grandeza romana, que tales fueron las vías por
las cuales ella condujo hasta una tal realización del antiguo tronco hiperbóreo.
En nuestra obra: Rebelión contra el mundo moderno hemos tratado algunos aspectos de una tal “romanidad nórdica” o “solar”.
En segundo lugar, ha sido ya puesto de relieve lo que se debe pensar respecto del llamado “genio latino”. Muchos elementos del antiguo es tilo ario de la vida permanecen en las generaciones sucesivas. Pertene
ce al mismo Gü n t h e rel reconocimiento de que el genio claro y riguro-
.so del pueblo latino y romano debe ser considerado como una herencia nórdica y debe ser bien distinguido del espíritu propiam ente céltico y celtibérico: es, puede decirse, un reflejo del antiguo ideal de la claridad, de la “forma”, del cosmos. En vez, -es bueno repetirlo- al resaltar los aspectos románticos, nebulosos, panteístas, naturalistas del alma de los pueblos germánicos y nórdicos actuales, tal como se reflejan en una cantidad de expresiones culturales bien reconocibles, hay que pensar en una involución acontecida en el campo de la interioridad en ciertas partes de aquellas razas, de modo tal de alejarlas sensiblemente del espíritu de los orígenes. Se puede agregar que otros motivos de sospecha surgen al observar el com porta miento de muchos hombres germánicos apenas llegan al Sur y a la m is ma Italia: aquí ellos son atraídos y doblegados esencialmente por el elemento no ario (y, significativamente, en primer lugar las mujeres), y ellos dan prueba de una inmediatez en el abandono y decaimiento en sensaciones propiciadas por el clima y por las banalidades de lo “pintoresco” m eri dional, que pone en claro la superioridad de aquello que puede haber conservado de “nórdico” la raza italiana, allí donde ella ha sabido mantenerse firme y no se ha dejado arrastrar durante siglos por circunstancias y por ambientes, frente a los cuales la interioridad del hombre germánico muchas veces parece ser en vez inerme, en sus románticas y sospechosas nostalgias por el “Sur”.