EL D O N DEL E S P Í R I T U
La unidad de la Iglesia es fruto de la acción del Espíritu; en ese sentido es don. Pero es también fruto de la cooperación humana; por ello, es también tarea.
A. El 'soplo e c u m é n i c o ' del Espíritu
La aparición del movimiento ecuménico en el siglo XX es obra del Espíritu Santo. Sólo gra- cias al impulso del Espíritu, los cristianos han podido reconocer la situación de división y sepa- ración entre las Iglesias como algo contrario a la voluntad de Jesús, superando así una cos- tumbre que les hacía ver el estado de división como algo normal.
El dominico Y. Congar explica así esta acción del Espíritu: "Bajo la dirección del Espíritu Santo, se nos ofrece, quizá, más especialmente la posibilidad de comprender mejor el peca- do del escándalo y la división, de recordar con más eficacia las palabras del Señor sobre la unidad y, a través de todo esto, tener un nuevo acceso hacia la 'verdad completa'".
El Decreto Unitatis Redintegratio, refiriéndose a la aparición de la inquietud por la unidad, afirma: "Esta gracia ha llega a muchas almas dispersas por todo el mundo, e incluso entre nuestros hermanos separados ha surgido, por el impulso de Espíritu Santo, un movimiento dirigido a restaurar la unidad de los cristianos" [n. 1).
Y no sólo el movimiento ecuménico. Las numerosas dificultades, tanto dogmáticas como históricas, culturales, políticas, etc. que deben ser superadas para lograr la unidad, han lleva- do al convencimiento de que la unidad sólo puede ser resultado de la acción de Dios a través del Espíritu, pues es algo que supera todas las posibilidades humanas. El don de la unidad es fruto de la acción del Espíritu.
B. La n e c e s i d a d de orar en c o m ú n pidiendo el d o n de la u n i d a d
Conscientes de que la unidad es obra de la acción del Espíritu, los cristianos han com- prendido la importancia de orar en común por la unidad visible de la Iglesia. Será, en este sen- tido, decisiva la aportación del P. Couturier, sacerdote francés que en los inicios del movi- miento ecuménico, propondrá su celebre fórmula de oración "por la unidad que Cristo quie- ra, por lo medios que él quiera y cuando él quiera", permitiendo con ello trascender las fron- teras confesionales de la oración y posibilitando que cristianos de diferentes Iglesias se reu- nieran para orar juntos por la unidad [ver ficha 53).
Desde los inicios, la oración por la unidad constituye uno de los pilares del movimiento ecuménico. Acompaña a todo encuentro ecuménico, ya sea de carácter doctrinal, institucio- nal, etc., constituyendo con frecuencia uno de sus momentos más intensos. Por ejemplo, en las Asambleas del Consejo Ecuménico de Iglesias, el culto adquiere una identidad perma- nente, que entra a formar parte de la historia de la misma Asamblea. Un caso especialmente significativo es el de la llamada 'Liturgia de Lima' preparada para la reunión de Fe y Constitución celebrada en Lima 0982), que se ha institucionalizado ya como liturgia que posi- bilita la intercomunión ente los cristianos.
2. LA TAREA H U M A N A
A. Tarea de todos los cristianos
Se trata de una tarea encomendada a toda la Iglesia. Así lo expresa el Vaticano II: "La pre- ocupación por el reestablecimiento de la unidad atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores; y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cris- tiana diaria o en las investigaciones teológicas e históricas" (UR 5). El ecumenismo no es por tanto una ciencia reservada a especialistas, sino algo que debe marcar todos los aspectos de la vida de cada Iglesia.
Llevar esa tarea adelante exige, como presupuesto necesario, desarrollar una actitud de tolerancia. Aunque no han faltado voces cristianas abogando por la tolerancia y el respeto hacia las otras Iglesias, la historia muestra que la tolerancia no ha sido la virtud principal en la trayectoria del cristianismo. Por ello la primera tarea que se impone es adoptar una actitud de tolerancia mutua y de respeto, como presupuesto necesario que haga posible la recepción del don de la unidad. La tolerancia es un 'paso hacia', no es la meta. Habrá que ir más allá y transitar los caminos del diálogo, el encuentro fraterno, la cooperación en común, etc. Pero es una primera actitud necesaria, sin la cual el don del espíritu difícilmente se hará presente.
El cardenal Mercier expresaba así el laborioso pero hermoso camino ecuménico: "Para unirse, hay que amarse; para amarse, hay que conocerse; para conocerse, hay que encon- trarse; para encontrarse, hay que buscarse".
B. Actuando juntos
"Hacer juntos todo aquello que la conciencia no nos obligue a hacer por separado": ésta ha sido la máxima que durante décadas ha animado la tarea ecuménica, impulsando a cris- tianos de diferentes Iglesias a emprender un sinfín de iniciativas en común.
El movimiento ecuménico pronto intuyó la necesidad de los cristianos de dar un testimo- nio común. No en vano, la misión será el ámbito en el que el movimiento ecuménico vea la luz, por la toma de conciencia del grave obstáculo que suponía para la evangelización el que las distintas Iglesias desarrollaran de forma aislada esa misión.
El Decreto Unitatis Redintegratio establece: "Todos los cristianos deben confesar delante del mundo entero su fe en Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y con empeño común en su mutuo aprecio, den testimonio de nuestra esperanza, que no confunde. Como en estos tiempos se exige una colaboración amplísima en el campo social, todos los hombres son llamados a esta empresa común, sobre todos los que creen en Dios y aun más singularmente todos los cristianos, por verse honrados con el nombre de Cristo (...) Por medio de esta cooperación podrán advertir fácilmente todos los que creen en Cristo cómo pueden conocerse mejor unos a otros, apreciándose más y cómo se allana el camino para la unidad de los cristianos" (n. 12).