1 . U N I D A D E N L A V E R D A D
A. El precio de la u n i d a d es la v e r d a d
Ya se ha estudiado en el capítulo 5o el tema de la unidad, tema fundamental en la cues-
tión ecuménica. Ahora, analizando la cuestión de la verdad habrá que señalar desde el prin- cipio que no cualquier tipo de unidad sería suficiente para llenar las ansias de manifestación y realización que tienen las Iglesias hasta ahora divididas.
Solamente la unidad en la verdad recibe aceptación unánime por parte de las Iglesias com- prometidas en el diálogo ecuménico. Querer prescindir del núcleo del depósito revelado inter- pretado según la propia tradición eclesial en vistas a manifestar la plena unidad cristiana sería considerado como una especie de traición que en ningún caso ayudaría a dar pasos seguros y firmes respecto a la plena reconciliación cristiana.
Y es que esconder, guardar silencios respetuosos, actuar o manifestarse delante de los demás, como si no existiesen convicciones propias de fe y certezas eclesiales, sería autoen- gañarse y engañar a quien entra en diálogo serio con vistas a la plena comunión. De ahí la denuncia del "falso irenismo" que hace el Vaticano II: "Nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo, que pretendiese desvirtuar la pureza de la doctrina católica y oscure- cer su genuino y verdadero sentido" (UR 11).
B. Un precio c a r o
El precio a pagar por la unidad cristiana -si así cupiese hablar- es caro. Se ha repetido numerosas veces que la unidad plena entre cristianos será un don, pero un don precedido por una tarea, y en esta tarea lo que se exige a las Iglesias y a los cristianos es nada fácil: decir la verdad.
Jean Guitton con un realismo extremo escribió en su libro Silencio sobre lo esencial. "Quiero insistir en un aspecto que a menudo se pasa en silencio: la separación de los cristia- nos, que es un escándalo, conserva su honor, si nuestro primer deber de conciencia es bus- car la Verdad. Ahora bien, nosotros, los unos y los otros, hemos preferido la verdad cruel a la falsa caridad, y desunirnos visiblemente antes que unirnos en la ambigüedad. En política se hubiera buscado una 'coexistencia pacífica', un 'compromiso histórico', una alianza 'objetiva'. Con razón decía Bonhoeffer, pensador reformado: 'El concepto de herejía emerge de la fra- ternidad de la Iglesia y no de una falta de amor. Un hombre actúa fraternalmente con respecto a otro si no le oculta la verdad. Si yo no digo la verdad a mi vecino, le trato como a un paga- no. Y, si digo la verdad a alguien que tiene otra opinión, le muestro el amor que le debo'".
2 . L A J E R A R Q U Í A D E V E R D A D E S A. El n ú c l e o cristológico y trinitario
Algunos teólogos protestantes advirtieron ya que el Concilio Vaticano II había supuesto un punto de inflexión para la Iglesia Católica respecto al movimiento ecuménico. Y el tema que mayor agradable sorpresa supuso para Osear Cullmann fue, sin duda, el número 11 del Decreto de ecumenismo que trata de la "jerarquía de verdades".
"En ningún caso debe ser obstáculo para el diálogo con los hermanos el sistema de expo- sición de la fe católica. Es totalmente necesario que se exponga con claridad toda la doctri- na. Nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo, que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica y oscurecer su genuino y verdadero sentido. La fe católica hay que exponerla al mismo tiempo con más profundidad y con más rectitud para que tanto por la forma como por las palabras pueda ser cabalmente comprendida por los hermanos sepa- rados. ~*\
Finalmente, en el diálogo ecuménico los teólogos católicos, bien imbuidos de la doctrina de la Iglesia al tratar con los hermanos separados de investigar los divinos misterios, deben proce- der con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no olviden que hay un orden o 'jerarquía' de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su cone- xión con el fundamento de la fe cristiana. De esta forma, se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más pro- fundo y una exposición más clara de las incalculables riquezas de Cristo" (UR 11).
El fundamento de la fe cristiana es, sin duda, el núcleo cristológico y trinitario.
B. Su i m p o r t a n c i a para el e c u m e n i s m o
Ya se ha recordado la importancia dada por O. Cullmann a este texto vaticano. Pero desde este texto no se podría deducir que entre los artículos de fe, unos son "más verdaderos que otros" -si cupiese expresarse así- o que todos no son igualmente vinculantes. Incluso, hay que decirlo, el Concilio no adoptó la distinción entre verdades 'esenciales' y verdades 'no esenciales', como querían algunos.
Pero es manifiesto que no todas las verdades de fe poseen el mismo nexo con el núcleo y fundamento de la fe, es decir, los dogmas cristológicos y trinitarios. Por eso desde el Decreto de Ecumenismo se puede afirmar que la fe es un conjunto estructurado en el que algunos artículos aparecen más estrechamente relacionados con su fundamento que otros. Pero ello tiene consecuencias fundamentales a la hora de la tarea de restablecer la plena unidad cris- tiana. Las Iglesias poseen ya una hermenéutica teológica capaz de discernir lo que es abso- lutamente necesario, los desarrollos justos de cada tradición eclesial, e incluso lo que es secundario y que no podría en ningún caso pedirse a las demás Iglesias que no han vivido esos desarrollos doctrinales.