1 U N G É N E R O D E D I Á L O G O E N U N T I E M P O D E A C E R C A M I E N T O
A. M á s allá del conflicto a b i e r t o y la resignación silenciosa
Tras siglos de enfrentamiento y división, con el movimiento ecuménico los cristianos han dado pasos trascendentales de acercamiento que han conducido al encuentro y al diálogo.
El Decreto Unitatis Redintegratio ha descrito la actitud que está a la base de este nuevo talante: "Sobre las faltas contra la unidad vale también el testimonio de San Juan: Si decimos
que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso y su palabra ya no está en nosotros (1J n 1,10).
Humildemente, por tanto, pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nos- otros perdonamos a quienes nos hayan ofendido" (n. 7).
Dice el teólogo Theo Buss que difícilmente podremos ponernos de acuerdo sobre cómo unirnos si antes no nos hemos puesto de acuerdo en por qué nos separamos. El diálogo, por tanto, debe versar no sólo acerca de cómo unirnos, sino también sobre las causas y razones que llevaron a la separación.
B. Características del g é n e r o del diálogo
En el diálogo ecuménico, las cuestiones debatidas se abordan dentro del marco más amplio que supone justamente la división del cristianismo. El auténtico problema es que los cristianos están divididos, más allá de las cuestiones doctrinales particulares.
El horizonte que se persigue es alcanzar una mejor comprensión de la posición de los otros. Se intenta buscar cuál es la intención que inspira su posición, su intuición central, cuál es la intencionalidad dogmática que anida tras una proposición de fe, qué parte de la verdad tratan de preservar. Al mismo tiempo, se realiza un esfuerzo por exponer las propias creen- cias de la forma más clara y fiel. Se busca además tener una percepción global de los otros, más allá de visiones parciales e incompletas que desfiguran el ser de los otros.
El Decreto Unitatis Redintegratio expone cómo debe realizarse el diálogo entre teólogos de diferentes Iglesias: "En este diálogo expone cada uno, por su parte, con toda profundidad la doctrina de su comunión, presentando claramente los caracteres de la misma. Por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada comunión" (n.4)
En el diálogo ecuménico, se tiene conciencia de estar ante dos mundos espirituales dis- tintos. Por ello, Unitatis Redintegratio establece: "Hay que conocer la mentalidad de los her- manos separados. Para esto se requiere necesariamente un estudio que debe realizarse según la verdad y con espíritu benévolo. Los católicos adecuadamente preparados deben adquirir un mejor conocimiento de la doctrina e historia, de la vida espiritual y cultual, de la psicología religiosa y de la cultura propia de los hermanos" (n. 9).
2 . D I A L O G A R P R O F U N D I Z A N D O E N L A V E R D A D
A. Dialogar no significa renunciar a la propia f e -
Ante la perspectiva del diálogo brota con frecuencia un temor: ¿se relativizan las propias creencias entrando en el diálogo? ¿supone una traición de la propia fe?
Aram I responde del siguiente modo: "El diálogo con nuestro vecino no menoscaba en absoluto nuestra total adhesión a nuestra fe. En la interacción dialogada con otros, nuestra propia fe se enriquece, se afina y se fortalece. Dialogar significa dar testimonio, es decir, vivir el acontecimiento de Cristo en medio de las ambigüedades, incertidumbres y polarizaciones de este mundo. Significa también escuchar y tratar de entender la fe y las perspectivas de los demás. El diálogo es una salvaguardia contra el sincretismo. Es una búsqueda de una comu- nidad más amplia".
Congar se ha referido también a la relación entre el diálogo y la fidelidad a la verdad con- fesional recibida: "Desde el punto de vista de la verdad que profeso, la apertura ecuménica, de la que el diálogo es la consecuencia y el medio, no supone, en absoluto, la confesión de hallarme en el error; es perfectamente compatible con la convicción de hallarme en la verda- dera Iglesia (...) La apertura al diálogo sólo supone tener conciencia del poder y del deber de hacerse más profundo, de plantear mejor ciertas cuestiones, de conocer y formular mejor la verdad de su solución: y esto con la aportación de los otros (.••) La apertura al diálogo impli- ca como necesaria y suficiente, a un tiempo, la conciencia de no poder identificar totalmente lo que, en el momento presente, profeso, en el estado en que lo profeso en la actualidad, con el Absoluto de la Verdad, a la que me declaro llamado".
B. ...sino r e c o n o c e r la p a r t e de verdad q u e a n i d a en los otros
Recordando la actitud del papa Juan XXIII, el dominico Chenu hablaba así de la necesi- dad de una nueva comprensión de la verdad: "No atrincherarse en la verdad objetiva, como en un terreno propio, y exigir que el otro se someta primero a ella: sino, aun sin disimular los disentimientos, reconocer y medir el lugar en el que una común verdad 'compromete' a unos y otros. Dicha comunión nada tiene que ver con una táctica o una estratagema apologética". No se puede tampoco olvidar que existe una inadecuación entre 'la Verdad' y nuestra ver- dad. La plenitud de sentido de la Revelación supera nuestra verdad. En el diálogo buscamos darle a la verdad que profesamos toda la plenitud posible, conscientes de que la verdad que los hombres poseemos nunca abarca la plenitud del Absoluto, al que dicha verdad se refiere. La filosofía contemporánea ha puesto de relieve cómo la adquisición de la verdad se rea- liza dialécticamente. A través del diálogo y el conocimiento de esa parte de verdad que anida en los otros, accedemos a un conocimiento más profundo de nuestra propia identidad.