1 . N O S O M O S D U E Ñ O S D E L A V E R D A D
A. Sólo Dios habla bien de sí m i s m o
Ya en la ficha 61 se afirmaba que la Verdad , con mayúscula, es Dios mismo del que sabe- mos lo que él ha querido revelar y al que no poseemos -no es un objeto- sino que él mismo nos posee. Desde esa afirmación se hace ilusoria toda pretensión de "adueñarse" de la ver- dad.
Se ha recordado también la ambivalencia de nuestro hablar sobre Dios. La grandeza del lenguaje humano mantiene una constante tensión dada su ambigüedad. Las palabras no pue- den encerrar la verdad de Dios, sólo pueden aproximarnos a la frontera del misterio divino. Y es que la palabra, toda palabra humana, es siempre inadecuada, nunca expresa del todo lo que se pretende decir: "El engaño empieza en el momento en que la palabra se considera adecuada a su propósito" QVI. de Goedtj.
No hay adecuación perfecta entre hablar y significar. Si esto es verdad en el plano semán- tico y antropológico, mucho más cuando se trata de hablar de Dios. Aquí la palabra humana se queda muy pobre para significar la verdad de Dios. "Sólo Dios habla bien de Dios" (K. Barth). La pregunta sería, ¿entonces no cabe hablar adecuadamente de Dios?
B. El hablar del h o m b r e sobre Dios t i e n e q u e estar s i e m p r e a la " e s c u c h a de D i o s "
No cabe hablar de Dios si primero no se le ha escuchado. Y no sólo en el sentido indivi- dual y privado, sino en el sentido comunitario y eclesial, es decir, en nuestro contexto, en el sentido ecuménico.
Dios tomó la iniciativa. Habló por su Palabra comunicándose, convocando y suscitando un pueblo. Así nació Israel y el Nuevo Israel, la Iglesia. Ello abre la posibilidad de poder respon- der a Dios desde la fe-confianza y de poder hablar de él.
El diálogo primordial entre Dios y su Iglesia sólo es posible por la iniciativa divina y por la escucha y obediencia de la comunidad eclesial. Ahí encuentra su sentido la vida litúrgica, es decir, el culto divino; la predicación y la "diakonía" de la Iglesia en sus múltiples manifesta- ciones, y la reflexión teológica eclesial.
Los cristianos somos herederos del pueblo judío, somos herederos del "Escucha Israel". "No en vano la piedad judía se ha centrado alrededor de la recitación del famoso Sema Israel, 'Escucha.lsrael', extraído del Deuteronomio 8, 4-9; texto al que se añade Dt 11, 13-31 y Núm 15, 37-41. Esta solemne advertencia enunciaba, previamente a cualquier contenido, la condi- ción fundamental de la alianza constitutiva del pueblo de Dios, a saber, escuchar a Dios con esta escucha obediente que es la fe: 'Escuchad mi voz y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo" (Jer 7, 23...) (Y. Congar).
2 . N U E S T R A S V E R D A D E S " S I R V E N " A L A V E R D A D
A. La revelación bíblica, referente imprescindible del hablar cristiano sobre Dios
La respuesta de la Iglesia, de las Iglesias, a la revelación de Dios al pueblo hebreo, expre- sada primeramente a través de una tradición oral y que quedó fijada más tarde en el texto bíblico, constituye propiamente la fe. Pero esta respuesta ha ido adquiriendo a lo largo de la historia expresiones muy diversas, según los contextos y culturas.
Esta respuesta que constituye la vida de la Iglesia se manifiesta, como se ha recordado, en la vida litúrgica -principalmente eucarística-, en la predicación de los pastores y en la "dia- konía", y en las diversas teologías o reflexiones sobre Dios y sobre ella misma. Pero cada una de esas de esas manifestaciones tiene un referente imprescindible y central: la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. Tanto la vida litúrgica, como la predicación, el ser- vicio eclesial y la reflexión teológica están bajo la Palabra de Dios. Ésta -el Antiguo y Nuevo Testamento- es la regla por la que se mide la vida entera de la Iglesia.
Podemos responder a Dios con nuestras palabras, porque en su revelación ha usado nuestras palabras. "Dios ha hablado, pero con historias y palabras de hombre, en un lengua- je de hombres. Y no en un lenguaje 'en sí', intemporal, que no existe, sino en la historia y el
lenguaje de David (10 siglos antes de Jesucristo), de Jeremías (7 siglos antes), de Pablo, de Juan. Historias y formas de expresión marcadas cada una de ellas por su propio contexto cul- tural, de vida, de destino" (Y- Congar).
Pero la respuesta eclesial a la revelación divina en algunos casos toma forma de "dogma". El dogma -y será necesario recordarlo frente a tantas distorsiones sobre el significado de la idea de "dogma"- intenta liberar la verdad de Dios frente a la comprensión cerrada que pro- pone la herejía, ya que ésta consiste en la declaración individual, al margen de la Iglesia, que intenta abarcar la verdad de Dios en una proposición que se quiere verdadera. El sentido del dogma, en cambio, intenta más bien preservar el misterio inefable de la fe que el "descubrir" y "clarificar" la verdad que con él parece desear expresar.
B. Cristo, m e t a y centro del c a m i n o e c u m é n i c o
Todas las Iglesias proclaman unánimemente que Cristo "es el camino, la verdad y la vida". Es doctrina bíblica. Y dirigiéndose a un discípulo diría el mismo Señor: "Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14, 9). Por eso en Cristo todas las Iglesias encuentran la meta y el centro no solamente de su caminar ecuménico, sino también la sola posibilidad para hablar de Dios a los hombres con sentido.
El teólogo Yves Congar ha afirmado que el hablar cristiano sobre Dios tiene que ser nece- sariamente un hablar "cristológico". Esa será la forma cristiana de servir a la verdad de Dios. Decía así: "Hoy que la fe se presenta tan difícil, y que el lenguaje sobre Dios parece velado, Jesucristo conserva un gran atractivo. La Iglesia es contestada, a menudo rechazada, no se espera nada de ella; Dios es discutido, y muchos estiman que es casi imposible hablar de Él (cosa que yo niego); por el contrario, Jesucristo es poco contestado. Esta constancia incor- pora la convicción determinante de mi teología".