1 . ¿ES A L C A N Z A B L E L A V E R D A D ?
A. No t o d o es igual
La duda -parte de la reflexión del ser humano- puede penetrar a veces en la mente humana y hacer que la búsqueda de la verdad -de la unidad cristiana en nuestro caso- se traduzca en mero ejercicio académico en el mejor de los casos y, en el peor, que permanez- ca como palabra última.
Es el riesgo de un cierto pensamiento moderno que se contenta, en numerosas ocasio- nes, con la búsqueda de verdades de tipo positivista, pero que renuncia a orientarse hacia ver- dades que trascienden al hombre.
"La filosofía moderna, dejando de orientar su investigaciones sobre el ser, ha concentra- do la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capaci- dad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condi- cionamientos. Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han lle- vado la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo gene-
ral" [Fides et ratio, 5b, 5c).
La duda metódica, la opinión débil, pueden llevar al indiferentismo como si todo fuese igualmente válido. Y ese es un peligro tanto en la filosofía como en el ecumenismo, el tema que nos ocupa en estas fichas. "En esta perspectiva, todo se reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por una parte la reflexión filosófica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez más cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones existenciales, hermenéuticas o lingüísticas que prescinden de la cuestión radical sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios" [Fides et ratio, 5c).
B. N e c e s i d a d de t e n e r puntos de referencia
Se viene hablando desde hace tiempo de la posmodernidad, de la época del pensamien- to débil y fragmentado. Juan Pablo II añade en su encíclica: "En consecuencia han surgido en el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de difusa desconfian- za respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales pregun-
tas" [Fides et ratio, 5c).
Si el hombre se define como "aquél que busca la verdad", necesita auténticos puntos de referencia que sean universales y, en cierto sentido, absolutos que vayan despejando dudas e incertidumbres. Si la duda es parte de la reflexión del ser humano no puede nunca ser la última palabra. Hay "verdades definitivas", pero dando por supuesto esta afirmación como evi- dente, el pensamiento, la teología "tiene que seguir explorándolas, ellas siguen siendo provo- cativas, literalmente, y nos llaman a introducirnos más en la profundidad del misterio" (T. Radcliffe).
2 . TESTIGOS D E L A V E R D A D A. El t e s t i m o n i o de la vida
El testimonio de la vida es, sin duda, el más convincente. El testigo de la verdad por exce- lencia es el que da su vida por la verdad. Y en nuestro caso hay testimonios que no se pue- den olvidar: el ecumenismo de los mártires.
"La Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires (...) Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes -sacerdotes, religiosos, laicos- han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo. El testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, como reve- laba ya Pablo VI en la homilía de la canonización de los mártires ugandeses" (Tertio millenio
adveniente, 37).
Ser testigo de la verdad a través del testimonio de la vida ha llegado a ser una de las más cualificadas dimensiones del ecumenismo de hoy. Siguiendo con el texto antes citado se lee: "Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quie- nes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria. Esto ha de tener un sentido y una elocuencia ecuménica. El ecumenismo de los santos, de los mártires, es tal vez el más convincente. La communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los ele-
mentos de división" (Tertio millenio adveniente, 37) B. El t e s t i m o n i o de la doctrina
Pero el testigo de la verdad es también el que ofrece y traduce al lenguaje de hoy la doc- trina de siempre. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, fue llamado por Pablo VI, "apóstol de la verdad". Y fue apóstol de la verdad no sólo por los contenidos "sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo (...) Tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios, portante, no pueden contradecirse entre
sí" (Fides et ratio, 43).
Recogemos algunos testimonios sobre varios teólogos-testigos de la verdad. Karl Rahner: "Aparece hoy como la figura más eminente de la teología católica del siglo XX. Profundamente sensible a los problemas del hombre moderno y a las necesidades de la Iglesia, ha contribui- do de modo determinante a hacer del Concilio Vaticano II el Concilio del diálogo entre la Iglesia y el mundo". Yves Congar. "Sus doctrinas no son fruto de especulaciones abstractas, no son el resultado de deducciones analíticas de los principios del sistema, sino la conclusión de una profunda meditación sobre las fuentes de la Revelación, sobre la sagrada Escritura y sobre la tradición". Henry de Lubac: "Aparece como un innovador, pero su innovación no apun- ta a destruir el pasado sino a restaurarlo. Es lo que afirmó en un discurso a los estudiantes católicos franceses, al tratar de la renovación promovida por Juan XXIII: 'Esta renovación se ha de hacer a través de una radicación más profunda en la fe y en la tradición cristiana, por- que el catolicismo o es tradicional o no existe". Hans Urs von Baltasar. "La teología de von Baltasar responde maravillosamente a las exigencias del diálogo ecuménico, sea con la teo- logía evangélica sea con la ortodoxa; con la evangélica por el uso constante del lenguaje y de las fuentes bíblicas, por el cristocentrimo, por el primado absoluto de que da a la Palabra de Dios, por la doctrina del juicio divino y sobre la cruz; con la ortodoxa por la asiduidad con que alcanza las fuentes patrísticas y griegas y por el aliento contemplativo, místico que da a su teologizar".