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UNIDAD QUERIDA POD CfilSlO

In document 100 fichas sobre ecumenismo.pdf (página 92-94)

L A V O L U N T A D D E JESÚS PARA S U S D I S C Í P U L O S

A . " Q u e t o d o s s e a n U n o "

El movimiento ecuménico siempre ha encontrado su fundamento bíblico más originario en el pasaje del evangelista Juan: "Que todos sean uno, Padre, como Tú y yo somos uno, para que el mundo crea" (Jn 17, 21). Este texto, expresión máxima de la voluntad de Jesús hacia su comunidad, ha inspirado toda búsqueda de unidad entre los cristianos.

Si el tiempo y la costumbre llevaron a los cristianos a ver la situación de división como normal, la aparición del movimiento ecuménico significa tomar conciencia de la contradicción existente entre la voluntad de Jesús expresada en este texto y la realidad de una Iglesia divi- dida.

B. " C o m o Tú y yo s o m o s u n o "

La unidad de la Iglesia encuentra su fundamento más hondo en la unidad trinitaria, en la profunda comunión que existe entre el Padre y el Hijo, animada por el Espíritu. El movimiento ecuménico ha intuido desde sus inicios que la unidad a la que aspira no puede limitarse a una unidad meramente institucional sino que busca una auténtica comunión entre sus miembros, cuyo fundamento y punto de referencia se encuentra en la comunión ¡ntratrinitaria. Porque el retorno a la unidad de los creyentes es una conversión a la unidad de Dios (Móhler).

Como afirmaba K. Raiser en la VIII Asamblea del Consejo Ecuménico de Iglesias (Harare, 1998): "La comunidad no es el resultado de un acto de voluntarismo por parte de las Iglesias. Tiene su centro en el compromiso común con Jesucristo. A medida que las Iglesias buscan a Dios en Cristo, descubren la comunidad que constituyen. Así pues, la comunidad no es sim- plemente el resultado de un acuerdo institucional entre organismos eclesiales organizados y sus dirigentes. Es más bien una realidad dinámica y relaciona que abarca a las Iglesias como manifestaciones del pueblo de Dios en toda su plenitud".

En el intento por alcanzar una comprensión común de la naturaleza de la Iglesia, la koi-

nonia se ha revelado como un concepto clave, que ha ayudado a las Iglesias a caminar hacia

una eclesiología ecuménica con una mayor fundamentación trinitaria. Esta nueva perspecti- va, centrada en el Dios trinitario que en su mismo ser es koinonia, conduce hacia una ecle- siología de comunión.

Esta comprensión de la unidad como koinonia permite igualmente una visión dinámica de la unidad que va mucho más allá de lo institucional, buscando una auténtica comunión entre sus miembros. Así lo expresa M. May: "Los aspectos personales y de relación son más impor- tantes que los aspectos institucionales y de organización. Claro, sin los aspectos instituciona- les, los aspectos personales y de relación se dificultan. Pero no podemos crecer en la unidad a menos que esa unidad sea resultado de un crecimiento en las relaciones personales a cada nivel de la vida de la Iglesia. Las actitudes personales y de relación son el tejido vivo de nues- tra unidad y el signo de que nuestra unidad está enraizada en la propia vida de Dios que fluye en nosotros".

2 . "PARA Q U E E L M U N D O CREA"

A. La d i m e n s i ó n s a c r a m e n t a l de la u n i d a d

La búsqueda de la unidad no sólo debe mantener una dimensión teológica, buscando la misma comunión existente entre el Padre y el Hijo. Debe estar también animada por una visión sacramental, que le impulse a convertirse en signo respecto al mundo. Así, la unidad deberá, no sólo ser profunda e íntima como las relaciones que existen en el seno del Dios trinitario; también debe ser significativa, para que el mundo crea en Cristo.

El concilio Vaticano II ha recogido esta dimensión de signo de la Iglesia, definiéndola como "sacramento y signo universal de salvación": "La Iglesia es en Cristo como un sacra- mento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" [LG 1).

El documento Iglesia y mundo de Fe y Constitución explica el significado de la Iglesia como 'signo': "..i'fodo el discurso de la Iglesia como 'signo' es posible solo si está directamente rela- cionado con el 'misterio' de Cristo, el 'misterio revelado' de la voluntad salvífica de Dios de unir a todas las gentes y a todas las cosas en Cristo a través de la predicación del evangelio y de la respuesta a él. Así, la Iglesia es un signo que apunta más allá de ella misma hacia Cristo, con quien ella está al mismo tiempo íntimamente unida como su cuerpo".

B. La n e c e s i d a d de t e s t i m o n i a r en c o m ú n el evangelio

El ámbito misionero es el espacio en el que el movimiento ecuménico ve la luz. El testi- monio contradictorio de unos cristianos que, predicando a un mismo Cristo, vivían sin embar- go enfrentados, constituyó un fuerte obstáculo para la misión, impulsando a los cristianos a abrir caminos de acercamiento mutuo.

El teólogo K. Barth expresa de este modo la profunda contradicción que entraña esa situación de división: "...No hay duda de que en tanto la cristiandad esté formada por Iglesias diferentes que se oponen entre sí, ella niega prácticamente lo que confiesa teológicamente: la unidad y la singularidad de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo. Pueden existir buenas razones para que se planteen estas divisiones. Puede haber serios obstáculos para poder eli- minarlas. Puede haber muchas razones para explicar esas divisiones y mitigarlas. Pero todo eso no altera el hecho de que toda división, como tal, es un profundo enigma, un escándalo". Las Iglesias han comprendido la necesidad, no sólo de no vivir enfrentados, sino de dar, en la medida en que sea posible, un testimonio común del evangelio. El documento El reto del

proselitismo y la llamada al testimonio común [1995) declaraba como finalidad del documento

"animar a todos los cristianos a seguir su vocación para dar conjuntamente testimonio del plan salvífico y reconciliador de Dios en el mundo de hoy y de ayudarles en el ejercicio de su misión, a evitar cualquier competición que contradiga su vocación común".

Ficha

"...Algunos o bien sue- ñan en una unidad muy cercana a la uni- formidad o bien se acercan a la defensa a ultranza de un plura- lismo sin límites. Sin embargo, la uniformi- dad asfixia la comu- nión, mientras que ciertas discrepancias sobre puntos funda- mentales la vuelven no viable. La unidad sin diversidad hace a la Iglesia un cuerpo muerto; el pluralismo sin unidad hace de ellas un cuerpo des- pedazado. ¿Sabremos, junto al Espíritu de

Dios, entendernos acerca del sano equili- brio que implica la comunión de las co- muniones?" (J.-M.

Tillard)

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