A pesar de las notables victorias de von Manstein en el Donbas y en Kharkov, el Ejército Ale- mán en el Este se enfrentaba a un futuro sombrío en la primavera de 1943. Muy aparte de la pérdida de todo el Sexto Ejército y de cuatro ejércitos satélites, el desgaste había una vez más reducido a esa fuerza a una sombra de sus efectivos de 1941. El 1 de abril de 1943, los efectivos del Ejército Alemán en el Este sumaban 2.732.000 hombres en 147 divisiones de infantería y 22 divisiones panzer, 1.336 tanques y 6.360 cañones. Por contraste, el Ejército Rojo tenía
5.792.000 soldados organizados en más de 500 unidades equivalentes a divisiones y apoyados por más de 6.000 tanques y 20.000 piezas de artillería.
Este desequilibrio era particularmente evidente en las divisiones ordinarias de infantería. Incluso antes de la Operación Blau, 69 de las 75 divisiones en los Grupos de Ejércitos Norte y Centro habían sido reducidas del complemento estándar de nueve batallones de infantería con cuatro baterías de cañones, a seis batallones con tres baterías de cañones. Después de la campaña de 1942, esta reducción se convirtió en casi universal. Algunas divisiones retuvieron tres cuarteles generales de regimientos con solamente dos batallones cada uno, mientras que otras redujeron la proporción de apoyo a las tropas de infantería teniendo solamente dos regimientos de tres bata- llones. En cualquier caso, la división resultante carecía de los efectivos para defender frentes amplios y todavía retener alguna reserva para contraataques. Las constantes reducciones de los vehículos de motor y a caballo disponibles hicieron a esta división mucho menos móvil que su predecesora de 1941; las baterías de artillería eran a menudo invadidas porque sus dotaciones no podían trasladar los cañones, y el reconocimiento local y las fuerzas de contraataque estaban a menudo montadas sobre bicicletas.
Durante 1942, muchas divisiones de infantería habían recibido los nuevos cañones antitanque de 75 milímetros que eran mucho más efectivos contra los blindados soviéticos, pero había una escasez general de municiones para estos cañones. La situación era incluso peor en el caso de las distintas unidades ersatz (de reemplazo), tales como las divisiones de seguridad o las divi- siones de campo Luftwaffe, que incluso tenían menos tropas y armas pesadas que las divisiones normales de infantería. Las 22 divisiones de la Luftwaffe eran particularmente vulnerables, de- bido a que pocos de los jefes en esas unidades tenían extensa experiencia en combate terrestre y logística. Cada unidad recién formada tuvo que pagar su propio terrible precio para adquirir la experiencia que las unidades convencionales alemanes tenían en sus memorias institucionales. Los oficiales del Ejército Alemán, constantemente al corriente de la escasez de personal en sus propias unidades, estaban horrorizados ante la idea de 170.000 tropas de la Luftwaffe por enci- ma de la media malgastadas en sus propias formaciones en lugar de llevarlas a las unidades existentes del ejército para respaldar sus efectivos. A lo largo de la guerra, la Luftwaffe y las
Waffen SS continuaron reclutando voluntarios para sus unidades independientes en detrimento de las formaciones convencionales del ejército.
Para complicar aún más las cosas, Hitler intentó erradicar la doctrina defensiva alemana que había resultado ser tan exitosa en ambas Guerra Mundiales. Durante el verano de 1942, las debi- litadas unidades de infantería de los Grupos de Ejércitos Norte y Centro habían sido forzadas a realizar varias retiradas locales bajo la constante presión de los ataques soviéticos. Para detener esta tendencia, el 8 de septiembre de 1942, Hitler emitió la Orden de Defensa del Fuhrer, su más detallada declaración sobre la materia.
Esta orden era una mezcla inconexa de teoría y práctica detallada, pero incluía tres puntos prin- cipales. Primero, Hitler explícitamente rechazaba la famosa defensa elástica, volviendo en lugar de ello a las rígidas (y extremadamente costosas) batallas defensivas alemanas en Francia duran- te 1916. Desafortunamente, ese concepto asumía que el defensor no solamente tenía amplios efectivos de infantería sino también grandes suministros de alambradas, minas antitanque y otros materiales para construir fortificaciones de campaña. Segundo, Hitler sugería que las uni- dades defensoras debían de ser trasladadas lateralmente en el sendero de los ataques soviéticos para aumentar la fuerza. Esto asumía que los defensores alemanes podían identificar certera- mente las concentraciones de tropas soviéticas y predecir los lugares de los futuros ataques, una suposición que fue repetidamente refutada por los superiores planes de engaño soviéticos. Ade- más, dada la insistencia de Hitler de que los defensores aguantaran firme, concentrar fuerzas de esta manera simplemente ponía a mas tropas en riesgo de los masivos bombardeos de la artille- ría soviética. Una vez que la penetración soviética sucedía, el comandante defensor tendría in- cluso menos tropas para rellenar las brechas resultantes. Finalmente, Hitler anunció su intención de dirigir las batallas defensivas personalmente, solicitando a todos los comandantes en el Este que le proporcionaran mapas extremadamente detallados de sus posiciones y evaluaciones de sus suministros y capacidades. Este requerimiento dio otro golpe a uno de los sellos distintivos del éxito táctico alemán –la independencia de los líderes subordinados en elegir los medios para cumplir sus misiones asignadas.
Esta Orden de Defensa era otra indicación de la frustración de Hitler por su incapacidad de re- solver la guerra en el Este. Expresaba esta frustración continuando la tendencia de mucho tiem- po hacia la microgestión, eliminando a los soldados profesionales que no estaban de acuerdo con él. El 9 de septiembre de 1942, Hitler finalizó una serie de desacuerdos con el Mariscal de Campo Wilhelm List relevándolo y asumiendo el mando personal del Grupo de Ejércitos A, dejando al jefe de estado mayor de List para transmitir las órdenes. Dos semanas después, Hitler también relevó al Coronel General Franz Halder como jefe del OKH y estuvo cerca de despedir al General Alfred Jodl, porque éste había apoyado los argumentos de List. El joven sucesor de Halder como jefe del Estado Mayor fue el General Kurt Zeitzier. Zeitzier no fue de ninguna manera una herramienta pasiva del dictador; en cinco ocasiones durante los dos siguientes años, formalmente ofreció su renuncia por cuestiones de principio. Pero Zeitzier carecía del prestigio y de la autoridad de sus predecesores; Hitler incluso lo despojó del control sobre las carreras de los oficiales del Estado Mayor.
Mientras que el Ejército Alemán como un conjunto y la infantería en particular declinaban fir- memente, las fuerzas blindadas y mecanizadas experimentaron un inesperado renacimiento en 1943. En febrero, el confuso estado de la producción de tanques y la mala condición de las divi- siones panzer indujeron a Hitler a hacer volver a Guderian de su retiro forzoso. Conocedor de las maneras de la burocracia nacionalsocalista, Guderian insistió en que él informaría directa- mente a Hitler como inspector general de las tropas panzer. Su nombramiento incluyó autoridad independiente sobre la producción de tanques así como también sobre el control de la organiza- ción, doctrina y entrenamiento de todas las fuerzas blindadas, incluyendo los elementos panzer de las Waffen SS y de la Luftwaffe. En la práctica, por supuesto, los feudos independientes del Tercer Reich no permitieron a Guderian tener éxito completamente. No obstante, durante el período 1943-1944, Guderia realizó maravillas aumentando la producción, rechazando algunos de los cambios de diseño más mal concebidos, y reconstruyendo repetidamente a la fuerza pan- zer para combatir de nuevo.