A finales de marzo de 1943, el barro y la lluvia habían llevado de nuevo a las operaciones móvi- les a una pausa en Rusia. Los dos bandos reconstruyeron sus fuerzas y planificaron para un ter- cer verano de guerra. Esta pausa es otra ocasión apropiada para situar a la lucha en su contexto más grande de gran estrategia, tácticas cambiantes y organización, y conceptos para la siguiente campaña.
LA GUERRA GLOBAL.
Desde los primeros momentos de la invasión de 1941, la Unión Soviética había soportado lo más fuerte del poder militar de Alemania, absorbiendo la fuerza de al menos el 75% de todas las unidades terrestres y aéreas alemanas. En el curso de 1942 y comienzos de 1943, sin embargo, Gran Bretaña y los Estados Unidos hicieron una pequeña pero creciente contribución a la lucha contra Hitler. Esta contribución nunca fue lo bastante grande para satisfacer a Stalin y a sus duramente presionados generales, quienes sospechaban que sus aliados esperaban al margen mientras los alemanes y los soviéticos se desangraban mutuamente hasta la muerte. No obstante, estos aliados ayudaron de formas raramente reconocidas por los líderes o los historiadores so- viéticos.
A lo largo de la campaña de 1942, Hitler se preocupó constantemente por la amenaza de una invasión aliada en Europa Occidental. Semana tras semana, anunció nuevos planes para retirar unidades mecanizadas de elite de Rusia y redesplegarlas en el Oeste. Algunas veces, como en el caso de la División de Infantería Motorizada Grossdeutschland, sus consejeros pudieron disua- dirle, pero era presa de una ansiedad constante. A este respecto, la incursión britanico-
canadiense en Dieppe, Francia, del 18 al 19 de agosto de 1942, fue un fracaso táctico pero un importante éxito estratégico. Hitler inmediatamente envió más reservas a Francia. Pocas sema- nas después, envió a la 22 División de Infantería de Crimea a Creta, donde temía un desembarco aliado. En mayo de 1942, envió a la 1 División Panzer a la montañosa Grecia. Durante el resto de la guerra, la amenaza de una invasión aliada retuvo a un pequeño pero creciente número de divisiones, a menudo unidades mecanizadas, en el Oeste. Algunas de éstas eran unidades agota- das que habían sido retiradas de Rusia para descanso y reconstrucción, pero su ausencia fue mucho más importante para el Ejército Alemán de lo que un déficit similar hubiese sido para el más grande Ejército Rojo.
Noviembre de 1942 resultó ser un severo esfuerzo para la máquina de guerra alemana. En la Segunda Batalla del Alamein (23 de octubre a 4 de noviembre), el Octavo Ejército Británico aplastó al Ejército Panzer Afrika. Inmediatamente después, una fuerza combinada británico- norteamericana invadió el Norte de África Francés. En lugar de cortar sus bajas en el Mediterrá- neo, Hitler respondió de manera previsible enviando todas las reservas disponibles, incluidas varias unidades paracaidistas de elite, a Túnez. Comparadas con los titánicos combates en Ru- sia, las fuerzas alemanas implicadas en el Norte de África eran bastante más pequeñas, general- mente equivalentes a menos de seis divisiones. Sin embargo, llegando en la cima de las bajas en el Este, la campaña del Norte de África tuvo un efecto desproporcionado sobre las reservas es- tratégicas alemanas. A finales de octubre, las fuerzas alemanas en el Este estaban ya escasas en un total de 300.000 reemplazos tras los duros combates de agosto y septiembre. Dada la repen- tina prioridad de tropas y armas para el Norte de África, los comandantes alemanes encontraron imposible reunir reservas estratégicas o incluso mantener a unidades de infantería en Stalingra- do a plena fuerza.
Quizás la mayor contribución aliada a la causa soviética de 1942 a 1943 estuvo en el aire. Cua- trocientos aviones de la Luftwaffe fueron redesplegados desde el Este al Mediterráneo entre noviembre y diciembre de 1942 en respuesta a la amenaza en el Norte de África. De hecho, las bajas alemanas en el Mediterráneo entre noviembre de 1942 y mayo de 1943 totalizaron 2.422 aviones –el 40,5% de todos los efectivos de la Luftwaffe. Más afectado fue el brazo de transpor- te de la Luftwaffe. Además del vano esfuerzo de reabastecer Stalingrado, los pilotos de trans- porte fueron reclamados dos veces para dos grandes oleadas de suministros y refuerzos para el Norte de África –una vez en noviembre de 1942, tras la inicial invasión aliada, y de nuevo en mayo de 1943, cuando las restantes fuerzas alemanas fueron destruidas en Túnez. Solo este
último esfuerzo costó 177 Ju-52 y 6 de los escasos transportes Me-323 “Giant”. Tomados en conjunto, estos tres grandes puentes aéreos en seis meses destruyeron a la fuerza de transporte de la Luftwaffe, despojándola no solamente de aviones sino también de irremplazables instruc- tores de pilotos. Sin estos transportes, las futuras operaciones aerontransportadas y de reabaste- cimiento eran imposibles.
La ofensiva de bombardeo estratégico sobre Europa Occidental fue igualmente costosa para la Luftwaffe. Mucho ha sido escrito sobre las atroces bajas sufridas por la Octava Fuerza Aérea del Ejército Norteamericano en ataques de bombardeo diurnos en 1943. Lo que es a menudo pasado por alto es la fuerte proporción de bajas entre sus oponentes, los cazas interceptadores de la Luftwaffe. Desde marzo de 1943 en adelante, las bajas alemanas de cazas en el Oeste excedier- ton constantemente a las del Este. Incluso en julio de 1943, en el cénit de la Ofensiva de Kursk, 355 cazas alemanes cayeron sobre Alemania pero únicamente 201 sobre Rusia. La determina- ción de Goering y de Hitler de defender al Reich causó que concentraran más y más escuadro- nes de cazas y baterías antiaéreas en Alemania a expensas del Frente del Este. Esta concentra- ción en la defensa aérea nacional y en las acompañantes pérdidas elevadas entre la aviación de caza fueron las causas principales de la pérdida de la supremacía aérea alemana en el Este. Si se dieron cuenta de ello o no, la Fuerza Aérea Roja y el Ejército Rojo debieron al menos parte de su éxito durante 1943-1945 a la valentía sostenida del Mando de Bombarderos de la RAF y de la Octava Fuerza Aérea Norteamericana.
1942-1943 fue también el período en que importantes cantidades de ayuda del Préstamo y Arriendo comenzaron a llegar a la Unión Soviética. La estimación estándar soviética del Prés- tamo y Arriendo es que representó solamente el 4% de la producción soviética, pero en realidar fue mucho mayor. Los Estados Unidos y Gran Bretaña voluntariamente proporcionaron vastas cantidades de aluminio, manganeso, carbón y otros materiales para reemplazar a los suministros capturados por los alemanes en 1941, permitiendo por consiguiente a la fabricación soviética recuperarse mucho más rápidamente de lo que, por otro lado, podría haber sido el caso. Además de materias primas, los aliados enviaron 34 millones de uniformes, 14,5 millones de pares de botas, 4, 2 millones de toneladas de alimentos, y 11.800 locomotoras y vagones ferroviarios. Los norteamericanos se opusieron a unas cuantas peticiones inusuales soviéticas, por supuesto. En 1943, el Comité de Compra Soviético en los Estados Unidos tuvo el descaro de solicitar ocho toneladas de óxido de uranio, ¡un obvio intento de material de fusión para ayudar al novato programa nuclear soviético! En conjunto, sin embargo, los aliados vertieron materiales en la Unión Soviética entre 1942 y 1945, empujando a un historiador reciente a señalar, “Los Aliados compraron la derrota alemana con sangre rusa y pagaron en carne”.
Los camiones del Préstamo y Arriendo fueron particularmente importantes para el Ejército Ro- jo, el cual era notoriamente deficiente en tal equipamiento. A final de la guerra, dos de cada tres camiones del Ejército Rojo eran de fabricación extranjera, incluyendo 409.000 camiones de transporte y 47.000 Jeeps Willys. No es coincidencia que incluso hoy en día “studabaker” y “villies” son palabras familiares para los veteranos de guerra rusos. Los camiones del Préstamo y Arriendo resolvieron uno de las más grandes deficiencias del Ejército Rojo: la incapacidad para reabastecer y sostener fuerzas móviles una vez que habían penetrado en la retaguardia ale- mana. Sin los camiones, cada ofensiva soviética durante 1943-1945 habrían llegado a una para- da tras una penetración más superficial, permitiendo a los alemanes tiempo para reconstrur sus defensas y obligar al Ejército Rojo a realizar otro asalto deliberado.
Otro equipamiento del Préstamo y Arriendo, particularmente vehículos de combate y aviones, resultaron ser menos exitosos, aumentando las sospechas soviéticas de que se les estaban dando cachivaches. Los comandantes soviéticos se quejaron amargamente sobre las armas occidentales proporcionadas cuyos fallos de diseño a menudo no tenían nada que hacer con los políticos alia- dos. Los tanques británicos Valentine y Matilda, por ejemplo, tenían torretas tan pequeñas que no podían ser equipadas con cañones más grandes que de 40 milímetros, haciendo a estos tan- ques casi inútiles contra los tanques alemanes más nuevos y pesados. Por contraste, los tanques T-34 soviéticos y M4 Sherman norteamericanos tenían torretas lo suficientemente grandes para acomonar cañones más grandes posteriormente durante la guerra. El Sherman, sin embargo, desagradaba a los soviéticos porque sus estrechas orugas le hacía menos móvil sobre el barro que sus contrapartes alemanes y soviéticos, y consumía mayores cantidades de combustible. De
hecho, los planificadores del Material de Guerra del Ejército Norteamericano habían normaliza- do este ancho para asegurar que los Sherman entrarían en los transportes oceánicos y a través del equipamiento de puentes norteamericano existente, dos consideraciones que no significaban nada para los soviéticos.
Igualmente, la Fuerza Aérea Roja valoró los aviones de transporte occidentales pero considera- ron inferiores los aviones de combate del Préstamo y Arriendo. Basándose en su experiencia en 1941, los soviéticos querían apoyo aéreo cercano, aviones de ataque terrestre, y cazas de baja altitud. Desafortunadamente, los defensores del poder aéreo británicos y norteamericanos habían descuidado estas funciones en favor de cazas interceptadores y bombarderos de largo alcance. El excelente bombardero ligero A-20 actuó bien en el inventario soviético, pero lo mismo no puede decirse siempre de los cazas. En interés de la velocidad, el Comité de Compra Soviético tuvo que aceptar los aviones existentes y obsoletos que estaban ya en producción, incluyendo los cazas P39 Aircobra, P40 Warhawk y el primer modelo del Hurricane británico. La Unión Soviética complicó la situación más al rechazar permitir a los mecánicos e instructores de pilo- tos aliados entrenar a sus contrapartes soviéticos sobre los aviones. Pero, ases aéreos soviéticos tales como A. I. Pokryshkin y G. A. Rechalov utilizaron P-39 para lograr numerosas victorias. En la primavera de 1943, estos aviones fueron decisivos para permitir a la Fuerza Aérea Roja lograr la superioridad real sobre la cabeza de puente de Kuban, sostenida por el Diecisiete Ejér- cito Alemán al este del Mar de Azov.