Una razón para la fácil victoria alemana fue que, hasta la caída de Voronezh, el Stavka continuó considerando Moscú como el objetivo principal y trató de anticiparse a la ofensiva que, según las operaciones de engaño alemanas, debía de ser lanzada por el Grupo de Ejércitos Centro. El 5 de julio, el Frente Oeste de Zhukov lanzó tres ejércitos (16, 61 y 3 de Tanques) en un ataque de desgaste contra el Segundo Ejército Panzer en torno a Bolkhov , al norte de Orel. El Segundo Ejército Panzer fue apenas capaz de parar este ataque, que de nuevo sufrió de la mala coordina- ción entre los cuarteles generales superiores y de un fracaso en coordinar efectivamente opera- ciones de blindados y de infantería.
El 13 de julio, después que hubiese quedado claro que no estaban siendo cogidas grandes masas de prisioneros soviéticos, Hitler relevó a un victorioso von Bock de su mando tras una discusión concerniente a cómo mejor rodear al Frente Sudoeste en retirada. En su lugar, Hitler nombró al
Coronel General Maximiliam von Weichs como comandante del Grupo de Ejércitos B. En lo sucesivo, Hitler intentó dirigir a los dos grupos de ejércitos en persona. El 16 de julio, trasladó elementos operacionales del OKW y del OKH a puestos de campaña con el nombre en clave de
Wehrwolf cerca de Vinnitsa, en el oeste de Ucrania.
A pesar de tal control remoto, la ofensiva alemana continuó sus éxitos iniciales. El 13 de julio, la penetración estaba completa, y Hitler ordenó que el Grupo de Ejércitos B pivotara hacia el sur y el este para rodear Rostov. Para cumplir esto, volvió a subordinar al Cuarto Ejército Panzer y un cuerpo de infantería del Grupo de Ejércitos B al Grupo de Ejércitos A para encabezar el avance alemán a lo largo de la orilla sur del río Don y relegó a los elementos restantes del Gru- po de Ejércitos B a seguridad de flanco y de retaguardia.
Las grandes distancias en el teatro de operaciones sur puso en una severa tensión a la logística alemana, y a mediados de julio, las divisiones en cabeza del Cuarto Ejército Panzer estaban ya escasas de combustible. El Primer Ejército Panzer, en su papel de apoyo, estaba al principio mejor suministrado con combustible, pero su limitada fuerza bajaba más cada día. Debido a las batallas de Kharkov-Izium, las unidades mecanizadas de este ejército habían comenzado la ofensiva con unos efectivos medios de solamente el 40%; el 16 de julio, habían sido reducidas al 30%, con solamente un batallón de tanques restante en cada división panzer.
Diez días después, las ocho divisiones móviles del Grupo de Ejércitos A tenían una media de solamente 54 tanques cada una.
Aún más importante, el avance alemán fracasó en duplicar los impresionantes botines de prisio- neros del año anterior. Stalin y Timoshenko habían aprendido de sus errores, y el 6 de julio, el
Stavka sabiamente ordenó a los Frentes Sudoeste y Sur realizaran una retirada estratégica, en
lugar de resistir y combatir. Algunas formaciones fueron atrapadas, particularmente en torno a Millerovo (9 y 38 Ejércitos) y al norte de Rostov (elementos de los 12 y 18 Ejércitos). El 20 de julio, Hitler detuvo virtualmente su avance en Rostov para sellar el cerco. Además, algunas de las recién organizadas y pobremente equipadas tropas soviéticas se rindieron muy fácilmente. En conjunto, sin embargo, la mayoría de los ejércitos defensores escaparon de las acometidas iniciales alemanas. Durante las tres primeras semanas de combate, por ejemplo, el Grupo de Ejércitos A capturó solamente 54.000 prisioneros.
Los comandantes soviéticos estaban no obstante preocupados por la velocidad y la profundidad de la ofensiva alemana. El primer avance del Grupo de Ejércitos Sur tenía que cortas los enlaces ferroviarios directos desde Moscú al sur, obligando a las reservas estratégicas a emprender un costoso desvío en tiempo por Asia Central para llegar a la región sur. Las extensas fortificacio- nes de campaña que habían sido construidas por las tropas y los trabajadores civiles soviéticos resultaron ser inútiles por la escasez de ingenieros con experiencia y materiales de obstáculos. Durante las retiradas de julio, el Frente Sudoeste perdió el control sobre muchas de sus unidades subordinadas. El 23 de julio, las unidades de vanguardia alemanas habían alcanzado el río Don, y Rostov estaba defendida por solamente fanáticas tropas del NKVD. Llegando encima de los desastres de Kharkov y Crimea, las repetidas retiradas de julio parecían una ominosa repetición de los fracasos de 1941.
Hitler inintencionadamente acudió al rescate de Stalin al dividir los esfuerzos alemanes. Des- pués de que cayera Rostov el 23 de julio, Hitler abruptamente se centró en el valor industrial y simbólico de Stalingrado. La Directiva Nº 45 del Fuhrer, emitida ese mismo día, transfería al XXIV Cuerpo Panzer del Cuarto Ejército Panzer al Sexto Ejército para reforzar el avance de este último hacia Stalngrado. Este avance también tuvo primera prioridad para el apoyo aéreo y para los cada vez más escasos suministros de gasolina. En retrospectiva, los comandantes ale- manes señalaron esto como el comienzo de la debacle de Stalingrado. Su ofensiva, en lo sucesi- vo, operaría sobre dos ejes divergentes, avanzando al este hacia Stalingrado y al sur hacia el Cáucaso.
Hasta que la red ferroviaria pudiera ser restaurada, los comandantes de campaña alemanes fue- ron obstaculizados por la escasez de petróleo y de transporte. En agosto, cuando el Grupo de Ejércitos A capturó el pequeño campo petrolífero de Maikop, descubrió que los defensores habían sistemáticamente destruido todos los pozos petrolíferos y refinerías en el área. Según se movían más y más lejos de sus terminales ferroviarias, las fuerzas alemanas estaban cada vez más desgastadas al mismo tiempo que tenían que esparcirse para cubrir enormes territorios.
Justo como en 1941, los éxitos tácticos alemanas no sumaron una victoria decisiva, y cada nue- vo avance conducía a ninguna parte. No había objetivos estratégicos obvios al este del río Don, y por lo tanto la atención naturalmente se centró sobre Stalingrado.
Durante el cerco de Rostov, incluso el Sexto Ejército había sido virtualmente inmovilizado du- rante 10 días debido a la falta de suministros. Este respiro permitió al Stavka reestablecer una defensa rudimentaria en la curva del Don. La población civil de la región fue movilizada para construir cuatro cinturones defensivos en torno a Stalingrado. El 12 de julio, el Mariscal Timos- henko asumió el mando de todos los elementos en las proximidades a la ciudad, combinando las fuerzas restantes del Frente Sudoeste (21 Ejército y 8 Ejército Aéreo) con los recién renumera- dos 62, 63 y 64 Ejércitos de las reservas estratégicas en un nuevo Frente Stalingrado. Cinco días después, los restos de los 28, 38 y 57 Ejércitos del Frente Sur fueron absorbidos en el nuevo frente, y el 22 de julio, el Teniente General V. N. Gordov reemplazó a Timoshenko en este críti- co puesto de mando. Al día siguiente, el Sexto Ejército encontró las defensas principales de los 62 y 64 Ejércitos de Fusileros cerca del río Chir, a 80 millas al oeste de la ciudad. El 25 y el 27 de julio, respectivamente, los mitad formados 1 y 4 Ejércitos de Tanques realizaron varios con- traataques locales inconexos que amenazaron al XIV Cuerpo Panzer, que todavía estaba espe- rando reabastecerse de combustible. Al mismo tiempo, los soviéticos abrieron los diques del río Manich, inundando el lugar de cruce del Primer Ejército Panzer sobre el Bajo Don. El resultado fue el aislamiento temporal de las unidades de vanguardia alemanas en el eje del Cáucaso Norte. A pesar de este éxito temporal, los defensores solamente tenían retazos de defensas al oeste de Stalingrado y ninguna más al sur delante del Grupo de Ejércitos A. A finales de julio, los dos ejércitos de tanques fueron virtualmente destruidos en confusas batallas con los alemanes. El 29 de julio, las unidades alemanas destruyeron los últimos enlaces ferroviarios desde Rusia Central a la región del Cáucaso. El casi pánico de este período es ilustrado por la famosa Orden Nº 227 del Stavka, emitida el 28 de julio de 1942. Esta orden es a menudo referida por su título, Ni
Shagu Nazad! (¡Ni un paso atrás!). En ella, Stalin citaba las importantes pérdidas económicas y
humanas del año anterior, explicando porqué más retiradas eran imposibles. La orden mandaba que cualquier comandante u oficial político que se retirara fuera asignado a un batallón de casti- go.
El Grupo de Ejércitos B paró a comienzos de agosto para acumular suministros y trasladar tro- pas aliadas a su flanco norte a lo largo del río Don. Estas acciones fueron obstaculizadas por el hecho de que toda la operación Stalingrado estaba basada sobre una sola y de baja capacidad línea ferroviaria. Como no fue posible hasta septiembre transportar por ferrocarril al Tercer Ejército Rumano al flanco norte, el Sexto Ejército tuvo que dedicar muchas divisiones alemanas a esta misión. Pero el Ejército Rojo no permaneció pasivamente a la defensiva. Desde el 20 al 28 de agosto, un contragolpe de los 63 y 21 Ejércitos del Frente Stalingrado cruzó fácilmente el río Don cerca de Serifimovich, obligando al Octavo Ejército Italiano a retroceder. Al mismo tiempo, un contraataque del 1 Ejército de la Guardia aseguró otra cabeza de puente a través del Don cerca de Kremenskaia. Las fuerzas alemanas desviadas desde Stalingrado fracasaron en eliminar estas cabezas de puente. Éstas y otras dos cabezas de puente delante del Segundo Ejér- cito Húngaro, al noreste de los italianos, causarían grandes dificultades a las alemanes en el futuro. Mientras tanto, los Frentes Oeste y Noroeste realizaron una serie de ofensivas limitadas que retuvieron reservas alemanas e impidieron cualquier intento serio de capturar Leningrado en 1942.
El 28 de agosto, el Frente Transcáucaso finalmente detuvo a los elementos de vanguardia del Grupo de Ejércitos A a lo largo de las crestas del Cáucaso y a escasa distancia de Ordzhonikid- ze. Un potente conjunto de fortificaciones de campaña y superioridad aérea local permitieron a los defensores soviéticos impedir que los alemanes capturaran los grandes campos petrolíferos de Grozny. A pesar del valor propagandístico cuando unas pocas tropas de montaña alemanas plantaron su bandera en el punto más alto de las Montañas Cáucaso, el Monte Elbrus, el avance sur estaba virtualmente exhausto a mediados de septiembre.
Todos los recursos restantes alemanes estaban centrados en el este. El Sexto Ejército reanudó su avance el 23 de agosto, cruzando el río Don y avanzando hacia el Volga, justo al norte de Sta- lingrado. El mismo día, la Luftwaffe lanzó su primer ataque de bombardeo masivo sobre la
misma ciudad. Durante los últimos días de agosto, el Sexto Ejército avanzó firmemente en los suburbios de la ciudad, estableciendo el escenario para la batalla.
STALINGRADO.
En 1942, Stalingrado era una vasta ciudad industrial que se extendía en una estrecha cinta de 15 millas a lo largo del río Volga. Su población de 600.000 habitantes estaba agrupada en torno a tres enormes complejos fabriles: las Metalurgias Octubre Rojo, la Fábrica de Tractores Stalin- grado y la Fábrica de Material de Guerra Barricada. Aunque numerosos cuarteles generales soviéticos estaban implicados, la defensa táctica de la ciudad descansaba en el 62 Ejército del Teniente General V. I. Chuikov, que comenzó la batalla con ocho divisiones.
Para capturar este complejo urbano, el Sexto Ejército y el Cuarto Ejército Panzer tenían un total de 25 divisiones incompletas. El 16 de septiembre, el General Paulus, comandante del Sexto Ejército, recibió el control operacional sobre los elementos de infantería del Cuarto Ejército Panzer, pero incluso esta adición resultó ser inadecuada.
Los defensores soviéticos exhibieron una increíble resistencia, combatiendo hacia adelante a pesar de las fuertes bajas y enormes privaciones. A comienzos de la batalla, Chuikov compren- dió que tenía que neutralizar la superioridad alemana en poder aéreo y artillería. Ordenó a sus tropas que se “arrimaran” a los alemanes, esto es, que permanecieran tan estrechamente cerca que los comandantes alemanes no pudieran usar ataques aéreos sin poner en peligro a sus pro- pios hombres. Durante semanas sin fin, pequeños grupos de combate de infantes e ingenieros de combate del Ejército Rojo estaban tan cerca de sus oponentes que a menudo solamente una sola calle o incluso un solo muro los separaban. Batallas mortíferas de búsqueda y emboscadas fue- ron libradas a distancias medidas en metros. Incluso con esta táctica, sin embargo, los defenso- res fueron lentamente desgastados y hechos retroceder. En octubre, las defensas soviéticas habí- an sido divididas en cuatro cabezas de puente poco profundas, con las líneas del frene a sola- mente 600 pies de la orilla del río. La 187 División de Fusileros se trasladó a una fábrica en la orilla del río con órdenes de defenderla a todo coste. En tres días, el 90% de la división estaba muerto o desaparecido, un espantoso logro por el cual fue redesignada como unidad de la Guar- dia.
Utilizando botes y barcazas para transportar a las tropas a través del Volga de noche, el Frente Stalingrado suministró un firme chorreo de unidades de reemplazo e individuos a la picadora de carne del combate urbano. Otra vez de nuevo, la política del Stavka de mantener grandes reser- vas operacionales y estratégicas permitió a los soviéticos aceptar bajas increíbles y absorber la capacidad ofensiva alemana. Delgadamente esparcidas, las tropas alemanas, especialmente en los regimientos de infantería, sufrieron una firme erosión, pero erosión fue lograda por la Unión Soviético a un enorme coste humano. Tan tarde como el 26 de octubre, el General Paulus espe- raba confiadamente capturar toda la ciudad el 10 de noviembre. Hitler estuvo de acuerdo el 2 de noviembre que los batallones de ingenieros de combate de las divisiones no implicados en el combate serían redirigidos a la ciudad para ayudar a derrotar a los tenaces defensores. Ambos bandos se desangraron fuertemente por unas pocas docenas de edificios en ruinas de la ciudad, mientras el Ejército Rojo se preparaba para contraatacar.
CONCLUSIONES.
La Unión Soviética y sus fuerzas armadas sufrieron derrotas catastróficas durante los 18 meses conocidos como el Primer Período de la Guerra. Sorprendidos cuando no deberían haberlo sido, ni el estado ni sus instituciones militares estaban preparados para la guerra. Aunque numérica- mente superiores sobre el papel, el entrenamiento y el mantenimiento del Ejército Rojo eran bajos; su liderazgo en los niveles medios y superiores era débil, tímido o simplemente inepto, y al nivel nacional fue criminalmente deficiente. Como resultado, durante los primeros seis meses de la guerra, dos tercios de los efectivos inicialmente movilizados del Ejército Rojo (3.137.673 hombres) pereció o pasó a la cautividad, junto con una parte considerable de sus cuadros de mando. Otros 1.336.147 fueron heridos. A finales de 1942, el horrible total de bajas había as- cendido a unos 11 millones.
La misma escala de sus éxitos de junio a julio de 1941 dificultó el avance alemán, las columnas panzer alemanas penetraban fácilmente los escalones defensivos soviéticos más profundos, anti-
cipándose a los iniciales intentos soviéticos de contraatacar basándose en sus planes de pregue- rra. Esta anticipación, especialmente a lo largo del río Dnepr en julio de 1941, envalentonó un desenfrenado optimismo alemán que impulsó a los invasores hacia adelante en posiciones que alargaron a su logística hasta el punto límite y desgastó a los jactanciosos panzer. Pero marcha- ron, alcanzando Leningrado, Rostov y las afueras de Moscú a finales de noviembre y diciembre. El plan estratégico de Hitler implicaba objetivos que alcanzaban más allá de la comprensión europea o del logro práctico, pues incluso el éxito parcial del Ejército Alemán sobrepasó expo- nencialmente los anteriores avances en Polonia y Francia.
La extraordinaria máquina de combate alemana fue derrotada mucho más que por la distancia. El estoque alemán, diseñado para acabar conflictos limpia y eficientemente, fue embotado por repetidos y a menudo torpes golpes de una simple, lenta, pero enorme cachiporra soviética. Esta cachiporra tomó la forma de oleadas sucesivas de ejércitos recién movilizadas, cada una co- brando su precio a los invasores antes de ser aplastadas y reemplazas por la siguiente oleada. Su capacidad de movilización salvó a la Unión Soviética de la destrucción en 1941 y de nuevo en 1942. Mientras el mando alemán se preocupó en mantener un puñado de divisiones panzer ope- racionales, el Stavka formó y desplegó decenas de ejércitos de reserva. Estos ejércitos ni estaban bien equipados ni bien entrenados. A menudo, lo más que se puede decir de ellos era que esta- ban allí, que luchaban, que se desangraban, e inflingían daño a sus enemigos. Estos ejércitos, sumando no menos de 96, finalmente probaron que la cantidad posee una virtud en sí misma. Por necesidad, aquellas unidades soviéticas que sobrevivieron estaban bien educadas en el arte de la guerra.
La supervivencia soviética frente a innumerables desastres fue milagrosa. Ante todo, esta super- vivencia subrayó la capacidad de sufrimiento de la población y de las fuerzas armadas soviéti- cas. Fue como si la vieja práctica médica de sangrar al paciente para restaurar la salud fuera el remedio aceptado por el gobierno soviético. Y se sangró. Bien por designio o por suerte, la hemorragia produjo resultados. A finales de 1942, aquellos que sobrevivieron habían aprendido a luchar y a menudo lucharon bien. Su sacrificio proporcionó a Stalin el tiempo necesario para la movilización industrial que, con el apoyo aliado, proporcionó a los supervivientes abundantes utensilios para emprender la guerra.
En el bando alemán, la Operación Barbarroja, con sus fantásticos y mal definidos objetivos, fracasó. La culpa de este fracaso recayó no solamente sobre Adolf Hitler sino también sobre aquellos comandantes militares que se alistaron en su nueva cruzada, a pesar de las obvias lec- ciones de Carlos XII y Napoleón. Barbarroja fracasó porque los planificadores militares alema- nes aplicaron las plantillas del éxito militar en Europa Occidental a la geografía de Europa Oriental, olvidando que Rusia está anclada en Asia.
La Guerra Relámpago, que había hecho un estoque del Ejército Alemán, fracasó a las puertas de Moscú en 1941. Fue aún más desacreditada en Stalingrado en 1942, y sería enterrada en Kursk en 1943. Los comandantes soviéticos supervivientes a todos los niveles a menudo se convirtie- ron en tan eficiente en el arte del relleno como sus tutores alemanes. De ahora en adelante, las fuerzas alemanas tendrían que combatir a los soviéticos sobre nuevos términos, cada vez más dictados por los mismos soviéticos.
CAPÍTULO 9. OPERACIÓN URANO: LA DESTRUCCIÓN DEL SEXTO EJÉRCITO.