y
alguien excesivamente visible, lo esconde ...
Los hermanos eran constantes en escuchar la de los apóstoles, la vida común, en la del pan las ... (Hech 2, 42-47) .
... Lafuerza de Dios os custodia clllafe para la salvacióll ... (1 Pe 1, 3-9) .
.. .Dichosos los que crean sin haber visto.. (In 20, 19-31).
El punto de referencia no puede otro Alguien nos prueba.
Alguien ha entrado en el tiempo nuevo.
Alguien tiene intención de hacer, antes que escribir, una historia nueva.
Alguien intenta demostrar que es posible inaugurar, inmediata- mente después de la resurrección de Cristo, y del don del Espíritu
(que, en la de Juan, es «alentado» la tarde misma de la
pascua), una manera distinta de vivir.
Entendámonos. La primera comunidad cristiana entrelaza las pro- pias raíces, en un terreno de común humanidad, con las de todos los otros (la conclusión del texto de los Hechos, «eran bien vistos de todo el pueblo», indica claramente que se mezclan sin remilgos con la gente). Y sin embargo, aparece
Baste pensar en laespeculación, decididamente desacostumbrada, que la caracteriza. «Lo tenían todo en común; vendían posesiones y
bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno». Así pues, intensas operaciones de venta para ventaja de los otros, especialmente de los más necesitados.
El hermano no es sólo el que comparte mi misma fe, sino el que participa, tiene libre acceso a mis bienes.
Así pues, desaparición de cualquier discriminación de tipo eco- nómico. Una praxis del compartir y de la solidaridad sustituye a una lógica patronal y privativista.
La comunión espiritual se expresa, de una manera visible, en el compartir los bienes materiales, donde se privilegian sobre todo las categorías más débiles.
Ah, pero sé muy bien que Lucas pinta, en el primero de los tres «sumarios» con los que interrumpe la narración de los Hechos para presentar visiones de conjunto, panorámicas, de la vida eclesial, un cuadro con tintes ideales (y hasta idealistas en ciertos casos) .
Tiene que haber también sombras (de hecho, el episodio del pítulo Sque tiene como protagonistas a Ananías y Safira, representa algo más que un incidente: es signo revelador, quiero decir, profecía, de que el mal no se mantiene prudentemente al margen de la Iglesia; que donde hay hombres, aun investidos por el «soplo», llevan consigo sus pesos y misterios, impulsos de generosidad pero también mez- quindad).
Pero es importante, aun reduciendo el conjunto a una perspectiva realista, subrayar el empeño, la voluntad de realizar un proyecto tinto, casi loco respecto a los modelos habituales.
Por eso Lucas usa un verbo griego, proskarterein. que significa literalmente «ser asiduos, fieles, perseverantes, determinados en algo». En un palabra, no eran veleidosos. No tenían, como se dice hoy, «un discurso que explanar» o «una temática que desarrollar». Llevaban adelante, con decisión, un compromiso concreto. Producían «signos» visibles y legibles por todos.
«Hacían muchos prodigios y signos ... ». No se dice que creyeran en los milagros. ¡Los hacían!
Esta perseverancia no afecta sólo al ámbito litúrgico: escucha de la enseñanza de los apóstoles (parece que la palabra, entonces, tenía un primado indiscutible, y que el único libro de texto adoptado por la comunidad era el evangelio ... ), «fracción del pan» (se trata del ágape fraterno al que seguía la eucaristía), oraciones(¡«en el templo», juntos con los que no se habían adherido al mensaje de Cristo!). Se expresa también en la organización de la comunidad, una organización cier- tamente no de corte jurídico, sino la expresada con una palabra sig- nificativa: fraternidad. Y, finalmente, se revela en las relaciones con el mundo exterior.
y todo en un clima de simplicidad y alegría.
Evidentemente, las cosas no correrán siempre sin tropiezos. Se producirán huidas, distorsiones, yerros bastante llamativos. Lo hemos dicho: es un proyecto de vida ideal.
Pero siempre queda un programa con el que debemos confrontar- nos.
Después todas las interrupciones, desajustes, e interpretaciones inexactas, la referencia fundamental no puede ser otra.
Dos pilares que aseguran la solidez de la construcción
Pedro (segunda lectura) subraya con fuerza la dimensión de la fe y de la esperanza y, por supuesto, del amor, sobre e! que se funda e! edificio de la Iglesia y de la vida de cada miembro.
Los frutos de la esperanza, en particular, maduran también en la estación rígida de las pruebas y sufrimientos inevitables.
Pedro parece dejar entender que esta estación ingrata es de breve duración: ... de momento».
Probablemente intenta sugerir que es limitada, en relación con la eternidad.
O quizás hace entender de una manera realista que después de un «momento» de tiempo de dificultades, habrá otro momento de tiempo de otras dificultades, yasí sucesivamente. En una palabra, «un mo- mento» de tiempo después de otro ...
y de esta manera se consolidan la fe y la esperanza, y se prueba el amor.
Pero también en el rigor de esta estación intenninable de! dolor, luce el sol de un «gozo inefable ytransfigurado».
Por otra parte Pedro atribuye a la Iglesia una nota «conservadora». La Iglesia posee «una herencia incorruptible ... imperecedera». Pero con esta precisión desilusiona amargamente a todos los nostálgicos incurables de una Iglesia inmobilista: esta herencia no ha de custodiarse aquí abajo. «Os está reservada en el cielo».
Entonces, como la herencia ha sido transferida allá arriba, ycon- siguientemente aparece como inexpugnable, la Iglesia puede moverse sobre la tierra con libertad.
No teniendo nada que defender aquí abajo, nada que conservar sobre la tierra, la Iglesia debe estar siempre en camino.
Es interesante caer en la cuenta de una observación insólita. No- sotros, ateniéndonos a la palabra de Pedro, seremos custodiados «en la fe para la salvación».
Por tanto, nosotros no somos los que custodiamos la fe. Es la fe la que nos guarda.
Es esencial, pues, dejarse custodiar por la fe la salvación».
Aquí hemos de reconocer humildemente que la Iglesia, a veces, tiende a olvidar esta indicación del primer papa.
Ha habido tiempos, en efecto, en los que para custodiar la fe, se ha sacrificado literalmente a las personas, se las ha condenado, se las ha hecho desaparecer.
De todos modos, «bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Je- sucristo» que continúa usando misericordia con nosotros y así nos consiente entender y remediar los errores.
Dichosos aquellos que, aun habiendo visto, creerán ...
La página del evangelio que ya he comentado en otras ocasiones, nos presenta una comunidad en crisis.
Crisis general de miedo, que se resuelve con la presencia y el don de la paz del Resucitado.
Crisis de un discípulo, Tomás, que no logra creer como se requería, fiado de la palabra de los otros testigos.
no veo ... no lo creo».
Alguno insinúa maliciosamente que Tomás puede considerarse afortunado. Si no hubiese intervenido Jesús a tiempo, se le hubiera echado de la comunidad por «rebelde».
Dejemos a un lado esta hipótesis.
Lo importante es que aparece el Resucitado, y no le apunta con el dedo amenazador.
Al contrario, invita provocatoriamente al apóstol reacio a meter el dedo en sus heridas.
O sea, a ver y a tocar los signos de un amor que se ha manifestado en el Calvario y que no decae, y que se ofrece pacientemente a todos, también a los «rezagados».
y así nosotros, Iglesia, estamos invitados a preguntarnos: ¿cuando alguno no cree nuestra palabra, cuando un hermano se encuentra en
dificultad, cuando ciertas rodillas se muestran reacias a doblarse en un gesto de adoración, qué tenemos para presentarle (excluida, en- tiéndase bien, la puerta ...)?
Quiero decir: algo que ver, que tocar.
El dedo amenazador jamás ha salvado a nadie, jamás ha constituido un argumento convincente.
Me atrevería a decir que hoy el riesgo se ha vuelto del revés. Para muchos, la dificultad de creer no viene de la invisibilidad del Resucitado.
La gran dificultad, el impedimento, muchas veces, está en lavi- sibilidad de los cristianos, en la excesiva visibilidad de los testigos.
Sí, «dichosos los que, aun no habiendo visto, creerán».
Pero, añadamos también, «dichosos los que, aun habiendo visto, seguirán creyendo ...
TERCER DOMINGO DE PASCUA