Vosotros170estáis en la carne, sino en el esp(ritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros ... (Rom 8,9.11- 13) .
.. .Aprended de que soy manso y humilde de corazóll ... (Mt 11,25-30).
Pero cuando baja del asno ...
Viene cabalgando en un asno. No es un rey guen·ero. Los reyes que hacen ostentación de poder y se imponen con las armas, y hacen entrar en razón (¡qué lenguaje tan extraño!) a los enemigos con el lenguaje de la fuerza, eligen un caballo.
El, por el contrario, con pleno respeto a la profecía de Zacarías (primera lectura), se presenta subido en el lomo de un «pollino de borrica». Porque es un rey pacífico, manso, humilde, que para tener razón apunta únicamente a la dulzura .
.. .Pero después baja del asno y, apenas puestos los pies en tierra, parece olvidar la mansedumbre, queda invadido por una especie de furor sagrado y desencadena un alboroto en el atrio del templo arrui- nando el mercado, aunque era necesario para los sacrificios, y des- pachando a los que lo practican.
La escena de la violenta confrontación frente a los comerciantes del templo parece contradecir la imagen dulce, tranquilizadora, casi patética, de un Jesús que hace su entrada en Jerusalén de puntillas, sobre las pezuñas tratantes de un pollino.
En otras ocasiones Jesús ofrece imágenes suyas en absoluto azu- caradas.
Usa a veces un lenguaje muy duro, y sus palabras, más que caricias, parecen pedradas.
Habla de su misión en términos de espada, fuego, yugo, sal que quema.
Y, sin embargo, este hombre, en absoluto pacífico, que cuando llega el caso saca a relucir tonos polémicos y empuña el látigo (también en sentido real, según la narración de Juan), declara:
-Aprended de mí, que soy manso y humilde corazón.
Una de las rarísimas veces en que Jesús se presenta como modelo y pide explícitamente la imitación, lo hace a propósito de la humildad y de la mansedumbre.
Como para quedar desconcertados.
Baja del asno, después de haber dejado intuir que tiene propósitos de paz, e inmediatamente empuña la fusta para descargarla sobre la espalda de ciertos hombres que se han establecido en los alrededores del templo, y hacen allí negocios lucrativos.
Por tanto deja el látigo y proclama: -Imitad mi mansedumbre.
Pasado el susto, podemos inmediatamente subrayar una cosa im- portante: la dulzura no es, como casi pensaríamos instintivamente, la de personas pasivas, sin nervio, sin ánimos, sin pasiones, emociones.
Es posible aparecer mansos aun estando dotados de una robusta espina dorsal, conservando la capacidad de ver y deindignarsefrente a situaciones intolerables.
El manso no es un resignado, un impotente, incapaz de afrontar los problemas más arduos, y de tomar posiciones frente a la injusticia, la mentira, la hipocresía. Y tampoco es un débil.
La mansedumbre no tiene nada que ver con la inercia, la sosera, la insulsez o la flojera.
Si uno no está dispuesto a bramar, a quemarse por dentro, a albergar en su espíritu una incontenible y gran pasión, jamás podrá hablar ni de humildad ni de dulzura.
La carrera del manso
Podemos todavía añadir una segunda corrección a una cierta ima- gen distorsionada de esta virtud.
La mansedumbre no es un dato genético, el resultado de una feliz mezcla de cromosonas.
Refirámonos a un personaje famoso.
Moisés es presentado como un hombre manso, es más como «el hombre más manso y sufrido del mundo» (Núm 12, 3).
Pues bien, Moisés había inaugurado su carrera con un homicidio. A la vista de un acto de atropello, se le subió la sangre a la cabeza, tomó la defensa del débil hasta degollar a su agresor egipcio, ocultando
Por tanto, no hay duda: Moisés tenía un temperamento violento, fogoso, cargado de agresividad.
Se hizo manso. Y Dios lo eligió como líder de su pueblo preci- samente por su mansedumbre (así pues, un jefe que tiene en un puño la situación, incluso en los momentos dramáticos, con la dulzura).
Por eso la mansedumbre no es un punto de partida.
Se llega a la mansedumbre a través de un trabajo severo, paciente, sobre sí mismo.
y para alcanzar la mansedumbre, hace falta mucha fuerza. No hay dulzura sin fuerza.
La mansedumbre es una fuerza dominada (mansedumbre se deriva de un verbo latino mansuesco, que significa literalmente acostum- brarse, adaptarse a la mano de alguien, o sea, a ser domado), encau- zada, bajo control. Y esto exige un extremo rigor consigo mismo.
Alguien ha dicho que la dulzura es una prerrogativa típicamente femenina. Estoy de acuerdo, sobre todo porque tengo la convicción de que las mujeres, normalmente, están dotadas de mayor fuerza.
No nos dejemos deslumbrar.
Los llamados «hombres de mano dura», que gritan para impresio- nar o para dar fuerza a sus argumentos vacilantes, quc pretenden hacerse respetar recurriendo a la fuerza, que se hacen la ilusión de que confieren eficacia a sus palabras con las voces, en realidad son unos débiles.
Solamente el manso, el no violento, es fuerte.
Quien es humilde, modesto, discreto, se impone sin necesidad de forzar, de exasperar los tonos.
En ciertas polémicas, con posiciones rígidamente contrapuestas e inconciliables, puede ser difícil establecer quién tiene razón. Pero es facilísimo captar inmediatamente quién está equivocado.
Quien usa acentos violentos, desfoga perversidad, rezuma malicia, manifiesta desprecio por el adversario, recurre a la difamación o a las insinuaciones más mezquinas, adopta un lenguaje y un estilo desa- forado, es muy improbable que esté del lado de la verdad.
Mientras que el que mantiene un tono pacífico, se muestra sereno, no agresivo, respetuoso de las opiniones ajenas, atento para no herir a nadie al mismo tiempo que manifiesta sus ideas con convicción serena, quien es paciente, tolerante, siempre dispuesto a escuchar, no digo sin más que tenga razón (o tenga razón en todo), pero ciertamente su fragmento de verdad resulta más aceptable y ... seguro que el otro. Al menos, desde un punto de vista evangélico.
La carga que levanta yel peso que
Será oportuno recordar:
l. Jesús ha formulado una bienaventuranza explícita que se re- fiere a la mansedumbre: «Dichosos los mansos, porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5, 5).
A pesar de las apariencias, los no violentos, o sea, los que ponen la ternura en vez de la fuerza (la palabra griega que traducimos por mansedumbre indica algo de ternura), son los verdaderos amos del mundo. Ellos son los que reciben como don la plenitud de la vida. Precisamente esos que no participan en competiciones furiosas, los
que no andan a la greña por tontadas, la tierra.
2. El Maestro asocia la idea de mansedumbre a esa de su yugo
«llevadero» y de su carga «ligera».
Los «cansados y agobiados» invitados a acercarse a él, son esos que ya no pueden soportar el peso desproporcionado de una ley in- terpretada en clave rigorista, casi inhumana, por los fariseos. Además de ser una ley deformada, deforma la imagen de Dios y desfigura al hombre, lo degrada a esclavo.
Jesús se manifiesta exigente sin ser despiadado como ciertos cam- peones de un moralismo mezquino, sombrío y torvo, que logran apagar la vida, la espontaneidad, el sentido de la fiesta, que hacen sospechoso no sólo el placer sino también la alegría.
El peso desproporcionado, impuesto(¡a los otros!) por los legalistas de todos los tiempos, aplasta.
La carga de Jesús levanta, casi hace volar, hace caminar con paso ligero, de danza.
Las «cargas pesadas», encajadas en las espaldas de los pobrecillos por los maestros judíos, terminan por oprimir al hombre, por tenerlo pegado a la tierra.
Las palabras del evangelio -incluso las más duras- están bajo el signo de la ligereza, constituyen una «fuerza
Alguno usa la imagen de un poderoso reactor que hace despegar al imponente avión. Como contrapunto diría que un tipo de moralismo produce el efecto de un carro que se embarra, y quien intenta salir de allí está tan afanado en el esfuerzo que no logra ver el cielo ....
Jesús no bloquea, no tortura la conciencia. La libera. La suelta.
Un asno a disposición
Para comprender el valor de la mansedumbre, liturgia de hoy
nos ofrece dos indicaciones preciosas.
Ante todo, es necesario inscribirse en la escuela de la «gente sencilla» a quien se revelan, con evidente complacencia elel Maestro,
los secretos más importantes del Reino. Esos secretos que, por el contrario, resultan inaccesibles, con la misma complacencia evidente del Maestro, «a los sabios y entendidos» (a no ser que se decidan a bajar un poco la cabeza, a reducir, no digo la estatura, pero sí el orgullo, a humillar la presunción).
Finalmente es necesario dejarse invadir totalmente por el Espíritu de Dios de que habla Pablo en el texto de la Carta a los romanos (segunda lectura).
En esta perspectiva, la ostentación de poder, la aspereza, los li- tigios, la rigidez moralista -caricatura de la moral evangélica- in- dican inequívocamente que estamos todavía viviendo «según la carne», esa carne-pecado, que conduce a la muerte.
Si, por el contrario, practicamos la mansedumbre, tenemos sen- timientos de ternura hacia todos, estamos entonces bajo el dominio del Espíritu que nos hace vivir.
La mansedumbre puede ser un signo luminoso de resurrección. Finalmente, Jesús sólo se ha bajado momentáneamente del asno, para liquidar ciertos asuntos con ciertos individuos.
Mejor aún, se ha bajado de él para dejarlo a disposición. Cada uno de nosotros puede alquilar ese asno.
Sobre aquella cabalgadura modesta está permitido darse aire de «conquistadores» .
Porque hemos conquistado la mansedumbre.
La dulzura es la única conquista de la que es lícito, en campo cristiano, jactarse. El único motivo de orgullo ... compatible con la humildad.
DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO