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Las bromas del viento

In document Torralba 56 (página 113-117)

...Al oír el ruido acudieron en masa, y quedaron des- concertados, porque cadaUlIOlos oía hablar en su propio idioma ... (Hech 2,1-11) .

.. .En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común ... (lCor 12,3-7.12-13) .

.. .Exhaló su aliento sobre les dijo: Recibid el Espíritu santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados ... (1n20, 19-23).

«De repente un ruido.del cielo como de un viento recio, resonó en toda la' casa donde se encontraban ...».

Por favor no echemos la llave.

Al menos una vez, seamos descuidados. Dejemos entornadas puer- tas y ventanas, de manera que el viento las sacuda ruidosamente e irrumpa dentro dejando que organice todos los desastres que quiera.

No nos conformemos con que se filtre a través de las rendijas. Dejemos que sople con fuerza, aunque tengamos que echarnos a tierra.

Permitámosle que levante los cortinajes solemnes, rompa los velos delicados, haga oscilar peligrosamente las lámparas.

Consintámosle que haga volar los sombreros de nuestras cabezas, las cofias, las mitras, pelucas y peluquines, máscaras, gafas, bolsos ... y si arranca alguna página de nuestros códigos, si arrastra lejos las folias de los discursos ya preparados, no corramos tras ellos. El fuego, después, se encargará de quemarlos, yserá una gran ganancia para todos.

El viento silva rabioso, revuelve, levanta, arrastra, desbarata, bufa, desordena, sacude, arranca de raíz, barre, abofetea (sí, al menos hoy tengamos el coraje de no esquivar esas bofetadas). Es su oficio. Pero es necesario concederle que lo haga hasta el fondo.

Con frecuencia intentamos administrar el Espíritu, dosificarlo, re- glamentarIo. Nos hacemos la ilusión de hacerlo entrar para garantizar el orden, para avalar las decisiones ya adoptadas, para legitimar las opciones ya hechas, para que desarrolle la función de árbitro en nues- tros juegos, con las reglas cuidadosamente fijadas por nosotros.

Hagamos la prueba, al menos una vez, de acogerlo como elemento de turbación, improvisación, verdadera inspiración, desorden, des- barajuste de todas las reglas prefijadas, desaparición de los programas ya definidos, portador de cosas jamás vistas, jamás oídas, jamás ex- perimentadas antes.

Recémosle, invoquémosle, supliquémosle. Pero, después, por fa- vor, no corramos a refugiamos, no nos escondamos en los agujeros de siempre.

«Se llenaron todos de Espíritu santo ...». Venga, tengamos el co- raje, al menos una vez, de dejamos habitar por el viento.

«Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas

que se repartían posándose encima de cada uno de ellos»

Es todavía más difícil no tener miedo al fuego.

Este no es un fuego decorativo, una llama pintada. No es la tibieza benéfica que emana de nuestra tranquila chimenea privada.

No decidamos lo que debe ser quemado por el fuego. Su acción devastadora no deja nada, ni siquiera nuestros recuerdos más queridos.

La nueva creación nace de un colosal, incontenible incendio. El Espíritu viene a encender una pasión.

¿Manos delicadas, estáis dispuestas a manejar el fuego?

¿Bocas sabias, tenéis alguna duda para dejaros quemar por car- bones ardientes?

Funcionarios, burócratas, viejos irreprensibles y sentenciosos, ¿qué diríais si hoyos sorprendierais enamorados, si en vuestros labios exangües florecieran palabras apasionadas?

Jueces con el ceño fruncido, gruñones incorregibles, incurables cómicos, tímidos porteros, comediantes de gestos controlados, criados ceremoniosos, deponed vuestros miedos y vuestras prudencias, y en- contraréis al menos hoy un impulso, una vibración, un estremeci- miento, una emoción, una conmoción, un gesto espontáneo.

Topos experimentados, dejad de excavar vuestros innumerables cubículos subterráneos, salid fuera al descubierto, dejaos invadir por la alegría de vivir y de ... hacer vivir, dejaos embriagar por el perfume, dejaos sorprender por la variedad de los dones que el Espíritu, en su prodigalidad, distribuye por todas partes y a todos, sin pedir previa- mente vuestra autorización.

Individuos severos, emparedados en la oficialidad, caed en la cuen- ta de que el Espíritu -viento y fuego- juega, se divierte, sirviéndose quizás de vuestros instrumentos de trabajo. Hoy puede suceder que no encontréis ya en su lugar vuestros sellos gastados. O también que, presionando uno sobre un documento administrativo, en vez del lema y del escudo aúlico, os quede impreso el rostro de un pobre,

°

de un muchacho burlón.

Sí, el Espíritu se ríe de vuestra seriedad.

Viento y fuego tienen una característica en común. Son incontro- lables, imprevisibles, no programables.

La Iglesia se muestra fiel al Espíritu en la medida en que no tiene la pretensión de administrarlo.

Acepta gozosamente que se le escape de las manos.

«Quedaron desconcertados ... Enormemente sorprendidos ...»

Sorprendidos (<<fuera de sí») los espectadores, los oyentes. Pero

únicamente porque aparecían «fuera de aquellos hombres que

-usando la expresión de habían bebido del Espíritu.

En efecto, el Espíritu, si bien es una realidad interior (la nueva alianza, profetizada por Jeremías 31, se sella en el interior de los corazones), pone a las personas «fuera de sí».

Los discípulos, el día de pentecostés, son tenidos incluso por bo- rrachos.

Individuos reflexivos, almidonados, en los que cada gesto, cada adjetivo aparece cuidadosamente vigilado, pesado, calculado, previ- sible, habéis equivocado la fecha de nacimiento: ciertamente no habéis nacido el día de pentecostés. Más aún, es como si ni siquiera hubierais nacido.

La Iglesia puede despertar entusiasmo, únicamente si logra contar «las maravillas de Dios» abandonando un estilo protocolario, distante, frío, anónimo, para adoptar otro estilo bajo el signo de la frescura, de la fantasía, de la impertinencia, de la provocación.

Los hombres de pentecostés sorprenden, no porque aparezcan co- medidos, discretos, sino porque resultan «excesivos», un poco locos, irregulares. No son catalogables, no respetan las ceremonias.

Fuera de sí.

Fuera de los esquemas.

Fuera de casa (es extraño: el viento irrumpe en la casa para echar fuera a los ocupantes ... ).

,Nadie puede decir 'Jesús es Señor' si no es bajo la acción del Espíritu»

y no digas que no sabes dónde encontrar al Espíritu.

Si logras decir una oración, es porque el Espíritu te la ha puesto enel corazón.

Si, rompiendo el cerco de tus intereses, vas a buscar, sin que nadie te vea, a un pobre hombre devorado por la soledad, es el Espíritu quien te ha empujado.

Si tienes fuerza para olvidar, para perdonar, es el Espíritu quien se hace sentir.

Si encuentras a uno que, en lugar de fórmulas, frases de conve- niencia, consejos moralizantes, respuestas prefabricadas, te dirige una palabra viva, eficaz, original, que te calienta e ilumina el corazón, ése ciertamente está «inspirado».

Si lees una página resabida del evangelio como si la descubrieses en ese momento, has sido guiado por el Espíritu.

Si te avergüenzas de tus pecados, yte entran de improviso ganas de nacer (Jesús «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu santo»: esta, no puede haber dudas, es una acción creadora, como el primer día ... ), quiere decir que el Espíritu se interesa por ti,

concentra sobre ti su acción purificadoray fecundadora ... Jesús (Mt 12, 31-32; Mc 3, 28-30) habla de una blasfemia o de un pecado contra el Espíritu que no obtendrá el perdón.

Este pecado misterioso, sobre el que se devanan los sesos los intérpretes, ¿no será acaso el no aprovecharse del Espíritu, ignorarlo, mantenerse lejos, tener miedo a quemarse con el fuego, oponer el peso abrumador de las costumbres y de los inmobilismos para no dejarse arrastrar por el viento?

¿Esta blasfemia no consistirá en conceder al soplo «recio» sólo una sutil y vigilada fisura, en lugar de ventanas y puertas abiertas y golpeadas?

¿Acaso el pecado que no obtiene perdón no será el de estar en casa tiritando y pretender calentarse extendiendo las manos sobre una llama pintada en la pared?

¿La blasfemia irreparable no será el hablar de coraje cristiano sin haber intentado jamás ofrecerle al menos la mitad del espacio que normalmente asignamos al miedo? ¿no será quizás hablar de pente- costés sin haber experimentado nunca su «embriaguez»?

SANTISIMA TRINIDAD

No

hay

que poner el misterio

por encima de las nubes

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