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Levantar los ojos hacia abajo

In document Torralba 56 (página 57-62)

.. . marchó. como le había dicho el Señor ...(Gén

12, 1-4) .

... Torna parte en los duros trabajos del evangelio, según las que Dios te dé ...(2 Tim 1, .

.. .Al ojos /10 vieron a nadie que a solo ...(Mt 17, 1-9).

Lafe está segura cuando está en prisión

Creo que lo primero que tenemos que hacer hoyes encuadrar la frase que Pablo escribe a Timoteo (segunda lectura): «Esa gracia se ha manifestado por medio del evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida

No podemos abrirel evangelio más que para esto: buscar en él la vida (es más, el esplendor de la vida) y descubrir en él nuestra llamada a la inmortalidad.

Pero para alcanzar tal meta final de gloria es necesario «pasar a de pruebas, persecuciones, sufrimientos.

«Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del evan- gelio ... Y es decisivo ese detalle, que nuestra traducción omite, «conmigo». La exhortación de Pablo es eficaz porque él, el primero, está demostrando la propia fidelidad al evangelio en la prueba más dura, encontrándose además en la condición de prisionero.

La transmisión del mensaje es una especie de cadena. En este caso, se trata de cadenas reales.

Pablo es guardián del «depósito» de la fe porque la ha puesto a buen recaudo, con él, ¡en la prisión!

No demuestra el coraje en la defensa de la verdad denunciando, acusando, haciendo sufrir e incluso torturando a los que yerran (¡cosas que ayudan, en la mayor parte de los casos, a hacer carrera!). Sino pagando con las cadenas, en la propia carne, el precio de la coherencia. Sería interesante poder verificar cuántos jueces de los distintos tribunales de todos los tiempos estarían dispuestos a sufrir, por la fe, las penas que ellos infligían a los otros.

El único lugar en que la fe se conserva en toda su integridad, y recobra toda su fuerza, es la celda de una cárcel.

Los defensores más creíbles de la fe han sido y serán siempre los mártires.

¡Ay!, que los «charlatanes» se asoman a las plazas cuando no hay nada que arriesgar.

Cuando los testigos dejan apagar el fuego dentro, entonces se encienden las piras.

Caminar esperando y esperar caminando

La vocación de Abrahán (primera lectura) es la de cualquier cre- yente. «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré» .

Cuando Dios llama, arranca de todas las seguridades precedentes, hace salir de los marcos inmutables en los que colocábamos nuestra identidad, quita los puntos de referencia acostumbrados, desaloja de las madrigueras confortables.

La fe es viaje, travesía interminable.

Entre la llamada y la consecución de las promesas se extiende el territorio interminable de la oscuridad (solamente aclarado por alguna llamita con la que Dios reafirma su fidelidad), de la soledad, de la prueba, del aislamiento, de la provisionalidad.

Abrahán, para establecer un vínculo con Yahvé, debe realizar una serie ininterrumpida de rupturas (no sólo las iniciales que, a pesar de las apariencias, resultan las más fáciles, sino todas las que vienen después).

Dios no hace vivir a Abrahán en la seguridad sino en la inseguridad. Le quita las seguridades, una después de otra.

No lo alimenta de certezas, sino de promesas. No le ofrece conquistas, sino bendiciones.

y la única realidad sólida que le presenta, para apoyar los pies, es un camino que no termina nunca.

Abrahán aparece, como un nómada, y como un «desanaigado». Sin embargo, existen creyentes para los que tener fe significa «acampar» (no en el sentido del nomadismo, sino de la sedentariedad y del sueño).

Otros, que apenas llegados a la fe, levantan el puente levadizo, y se «enrocan», asustados y rabiosos, en la posesión definitiva, into- cable.

y hay otros que interpretan la aventura de la fe como un «prote- gerse», más que como un arriesgarse. Olvidan que Yahvé ha quitado a Abrahán precisamente todas las protecciones externas.

«Abrahán como le había dicho el Señor». Es necesario, incesantemente, abandonar las casas maternas y paternas, desenredarse de los rígidos esquemas en los que estamos atados, arrancarse de las tenaces telas de araña de las costumbres (también mentales) en las que hemos sido capturados.

Sólo si nuestra vida y nuestra fatigosa búsqueda se convierten -como las de Abrahán- en «bendición» para todas las familias de la tierra, más allá de cualquier particularismo, podemos defender que nos encontramos en la línea de la vocación.

Abrahán «no sabe» nada. «El fin del viaje propuesto es un país del que Abrahán sólo sabe esto: que Dios quiere dárselo» (van Rad).

Abrahán «no ha encontrado» nada. Ha encontrado una palabra que le hace perder todo lo que tenía ...

Abrahán -como dice Ruperto- caminó esperando y esperó ca- minando.

Advirtamos por fin, cómo, sorprendentemente, este viajero, mo- delo de fe obediente, no dice una palabra, no comenta.

Parece que su vocabulario sólo tiene un verbo: partir.

Cuando hablamos de viaje, no debemos pensar en el que los otros deben emprender, como si el nuestro estuviese ya acabado. El viaje hay que hacerlo cada día juntos.

No acepto que alguien me diga: «Dichoso tú, que has llegado a la fe».

Un creyente, si es verdaderamente tal, aparece necesariamente un comprometido en una travesía.

No sabría decir a nadie dónde he llegado. Sólo puedo advertir que me he ido ...

Seguir escuchando y escuchar siguiendo

El centro de la escena de la transfiguración se encuentra ... en dos puntos.

La revelación desde lo alto. O sea la voz: «Este es mi Hijo, el amado ... Escuchadle».

No se le puede escuchar sino siguiéndolo.

Es más, la única manera para escucharlo consiste en tenerlo detrás recorriendo el mismo camino.

Jesús es un maestro itinerante. No tiene una cátedra fija. Sus lecciones se imparten a lo largo de un itinerario imprevisible y no siempre grato a nuestros pasos. Frecuentar sus cursos significa fre- cuentar el camino (mejor, su camino).

Así pues, toma la cruz (este es el material didáctico fundamental, el libro de texto insustituible) y ven tras de mí.

Camina y aprenderás. Camina y verás. Camina y descubrirás. Si lo escuchas, te pone en camino. Y si te pones en camino tienes la posibilidad de escucharlo, de no perder ni siquiera una palabra.

Pero está también la respuesta desde abajo.

«Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, qué hermoso es estar aquí».

Le exclamación de Pedro se critica normalmente como «incom- prensión» o incluso «tentación».

Me parece, por el contrario, que es la reacción normal, más que justificada, frente a la manifestación de la gloria. Si no hubiese dicho, extasiado, «¡qué hermoso!», si no hubiese manifestado el deseo de «estar» en aquel marco de luz, habría demostrado que la cosa no le afectaba (no nos afectaba), que el paraíso no está hecho para nosotros, que la oración, la contemplación no es asunto nuestro.

Es lógico y justo pararse, estar, gustar la belleza del don, cuando Dios se asoma a nuestro horizonte gris, lo incendia, lo transfigura, nos traspasa con su luz.

Un célebre convertido de nuestro tiempo cuenta que un día entró en una iglesia, todavía «sin Dios», lo encontró y salió trasformado después de diez minutos.

No me han convencido esos diez minutos. Conozco, pobre de mí, a muchos cristianos, a quienes bastan diez minutos. Que son devotos, buenos, fieles durante diez minutos. Quc agradecen las predicaciones de diez minutos (incluidos los avisos). Que tienen diez minutos de tiempo, no más, para dedicarlos al prójimo.

Entendámonos. Dios logra atrapar a una persona en mucho menos de diez minutos. Pero es la persona «fascinada», cegada por la luz, la que tiene necesidad de muchos más de diez minutos para rehacerse, para recuperarse del estupor, para gozar, gustar, acoger, dejar lugar a la gracia, manifestar el propio agradecimiento.

No hay prisa para ir a escribir un libro que informe a los otros del encuentro (Jesús dice a sus amigos que no hay prisa, es más. que por ahora no deben hablar del acontecimiento ... Hay que esperar otro viaje, sobre otro monte, el del Calvario: después que haya subido a ese monte. y cuando ellos también hayan estado all í. podrán garse a contar ... ).

Es necesario «permanecer» allí el mayor tiempo posible. Hay davía demasiado polvo acumulado, excesiva opacidad, mucho sancio, mucha rigidez, demasiadas incrustraciones que deben caer. No es cuestión de adquirir un bronceado espiritual, sino de dejarse transfigurar. La luz, para que nos bañe, tiene necesidad de tiempo. Y nosotros hemos de disponernos a prolongadas «exposiciones».

Por favor, no descalifiquemos apresuradamente la salida de Pedro (lo he hecho también yo, en algún escrito. y ahora me doy cuenta del error y pido perdón).

Por otra parte. es raro encontrarse con cristianos que, a salida de una función, confiesen:

-Qué lástima que se haya terminado. Era tan hermoso. Nos ha- bríamos quedado allí para siempre ...

Ninguna predicación mía sobre la transfiguración ha provocado jamás en los oyentes un «deseo de tienda» (de diván, sí, pero no es lo mismo ... ).

No es frecuente encontrar a alguien que, después de haber escu- chado a un predicador de la palabra hablar, transfigurado, del cielo, comente: «No veo la hora de ir allí».

Es lícito suponer, por el contrario, que el mismo encargado de ilustrar la «felicidad eterna», de informar sobre el más allá, no ma- nifieste un ansia irrefrenable por abandonar lo de aquí abajo para ir a gustar aquella felicidad «que es la única verdadera».

Así pues, demos las gracias a Pedro porque no ha hecho nada para esconder su propia satisfacción, se ha declarado pagado más allá de cualquier espera y ha dejado claramente entender, después de aquella experiencia, que valía la pena prolongarla ...

Por suerte, al menos él no ha tenido prisa por salir, no ha mirado de soslayo el reloj.

Tenía que aprender, permaneciendo el mayor tiempo posible en aquel espacio de luz cegadora, a «levantar los ojos» hacia abajo. Que siempre es la operación más difícil.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

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