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Dios ama a la muchedumbre (pero no la puede soportar)

In document Torralba 56 (página 164-168)

.. mi propiedad personal en/re todos los pueblos .. (Ex 19, 2-6) .

.. .Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados COll

Dios por la de su Hijo ... (Rom 5, 6-11) . .. .Al a las se compadecia de ellas ...(Mt

9,36-10,8).

La muchedumbre deja el sitio al pueblo

Dios ama a la muchedumbre. Puede ser un tema interesante para quien mide su popularidad por la gente que logra reunir en una plaza, o en un estadio, o en una sala de conciertos, para quien está obsesio- nado por la audiencia, para quien se preocupa de datos estadísticos.

Hay que precisar inmediatamente: Dios ama a la muchedumbre pero no la puede soportar, o sea, no quiere que quede siempre como muchedumbre, la cura de la enfermedad que la deforma y la hace irreconocible: la enfermedad precisamente que la convierte en multi- tud.

y así tenemos dos escenas paralelas. En las faldas del Sinaí se congrega una masa de fugitivos. Y Yahvé les pone delante lo que ha hecho en favor de ellos: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí».

Y entonces puede adelantar sus propuestas: «Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza vosotros seréis mi pro- piedad personal entre todos los pueblos».

A través de una decisión libre, aquellos individuos pueden con- vertirse en la comunidad de Dios, una.posesión de la que se muestra celoso, y con quien establece una relación privilegiada de comunión,

Una comunidad, no replegada sobre sí misma, celosa de los propios privilegios, sino encargada de conservar la memoria viva de la libe-

ración obtenida gracias a la intcrvención gratuita de Yahvé, y de testimoniar ante todas las naciones las maravillas realizadas por Dios. Así un batiburrillo de gente recibe la vocación de convertirse en

pueblo de Dios: para mí un reino de sacerdotes y una nación

santa».

No se trata, para Israel, de entrar a formar parte de una estructura prefabricada, rígidamente definida, jurídicamente fijada, sino deser pueblo, o sea, organismo vivo, sujeto responsable de una historia,

protagonista, interlocutor de Dios.

También en el evangelio Jesús se encuentra ante la multitud. Y se

compacede de ella estaban extenuadas y abandonadas 'como

ovejas que no tienen pastor'».

La piedad, mejor la ternura de Cristo, se debe al hecho de que la multitud es sólo multitud. Y no admite que se quede en multitud: algo amorfo, anónimo, impersonal. Números más que rostros. Cantidad más que personas. Objeto manipulable, instrumentalizable, susceptible de engaño, más que sujeto consciente y responsable.

Esa gente aparece cansada, extenuada, porque vive en un estado de dispersión y de abandono.

No reconocida, no amada, explotada descaradamente por los más di versos intereses.

Jesús expone la situación a sus discípulos, representándola con la imagen de la mies (una imagen de esperanza, pues).

y les implica en su «compasión» (que hay que entender, literal- mente, en el sentido de «padecer-con»), en su proyecto.

Les contrata como obreros.

Deberán, 10 primero, rezar. Lo que implica la necesidad de sin- tonizar con la ternura de Dios, de comprometerse con su voluntad de salvación, de levantar acta de su plan a favor de la humanidad.

y después deberán partir. Jesús les hace apóstoles, o sea, enviados, y les confía una misión.

Se ocuparán de aquellas multitudes transformándolas cn el nuevo pueblo de Dios.

Distantes por excesivamente cercanos

Pero precisemos mejor la distinción entre masa (o multitud) y pueblo (o comunidad).

Partimos de la experiencia de cada día.

Cada uno de nosotros, en muchas circunstancias, se encuentra en contacto con la multitud. Con frecuencia formamos parte de ella (y no vemos la hora de dejarla, recurriendo a todo tipo de estratagemas para salir fuera lo más pronto posible): cuando hacemos cola ante una

ventanil1a, cuando estamos como sardinas en un autobús, aplastados en la estación del metro, en fila en una autopista durante un atasco maldito, pisados en el supermercado a una hora punta.

El aspecto más deprimente de ser multitud es verse rodeado de desconocidos. No puedo adivinar los sentimientos, los pensamientos, los proyectos de quien respira sobre mi cuello.

No sé si aquella mujer que me está dando en las rodillas con la bolsa de la compra vive una situación familiar serena o desesperada.

Si ese individuo de aire impenetrable va a reservar sus vacaciones o a oír la sentencia de un médico que ha examinado ciertas radiografías. Si la muchacha que provoca mi curiosidad divertida por todo ese metal de que está decorada de la cabeza a los pies, reza o recita solamente canciones locas.

Si la religiosa con aire inexpresivo ha hecho también voto de amor.

Si el que ha tomado al vuelo el ascensor ya repleto tiene prisa por llegar a casa porque es esperado con ansia gozosa, o si en la familia se comporta como padre amo y señor.

Cada uno, entre la multitud, lleva escondido el propio misterio, las propias penas, los problemas, las dificultades, las esperanzas más tenaces, los proyectos.

En la masa la persona queda borrada. Su verdadera identidad oculta.

La multitud, paradógicamente, constituye el refugio secreto

donde cada uno puede esconderse, esconder lo que lleva dentro (lo mejor y lo peor y ... lo más), sustraerse de los demás, negarse al otro.

La enfermedad de la multitud es el desconocimiento. Cuanto más cerca estamos, casi pegados unos a otros, me atrevería a decir com- penetrados, tanto más separados estamos. No nos comunicamos, nos mantenemos desconocidos.

Se está frente a frente, pero son rostros cerrados, impenetrables, que se rechazan. Miradas apagadas, lejanas, que sólo dicen una cosa: estoy en otra parte.

Convertirse en pueblo, en comunidad, significa, por el contrario, conocerse, encontrarse con la mirada, comunicar, hablar, escuchar.

En una palabra: descubrirse, exponerse.

y significa también dejar circular la vida, la simpatía, el calor humano.

En una comunidad los individuos no se limitan a estar uno junto al otro, sino que se comprometen a crear comunión.

Cuando una masa se transforma en pueblo, entonces el otro se haceinteresante para ti.

No una multitud más numerosa, sino una multitudllIenus multitud Sí, a los discípulos no se les invita a establecer el orden en la multitud, a ponerla en fila, organizarla, manipularla a placer, juntarla, adoctrinarla, sino a curarla de su resignación a ser solamente multitud, masa inerte.

Las enfermedades de que se deberán ocupar los apóstoles, en esta perspectiva, son sobre todo el anonimato, la soledad, la pasividad, la alienación, el desinterés.

A los apóstoles se les encarga «sacar» personas de la masa, buscar rostros, llamar a cada uno por su nombre. Dar a cada uno el sentido de un proyecto divino que lo interpela en primera persona, y del que es corresponsable. Acostumbrar a tener ideas propias, a arriesgar el corazón.

Hay quien está mudo porque nadie jamás le ha dado la palabra. Quien está sordo porque nadie le ha enseñado a escuchar a los demás.

Quien está ausente porque nadie le ha pedido expresarse. Quien se ha perdido porque siempre le han dicho que tiene que ir donde van todos, hacer Jo que hacen todos, no salirse de la fila.

Quien está desorientado, confuso, porque vive confundido en me- dio de los otros, y nadie jamás le ha revelado su rostro verdadero reflejado en una mirada limpia, nadie le ha hecho descubrir su con- ciencia y nadie le ha informado para lo que vale.

Los amigos de Cristo no son «enviados» a incrementar las filas del nuevo pueblo de Dios, a crear una multitud cada vez más numerosa (en todo caso a hacerla ... menos multitud).

Su tarea es hacer que las personas sean conscientes de esta nueva realidad: han sido llamadas a ser pueblo, a reconocerse, a encontrarse, a realizar el mismo proyecto divino, aunque sigan siendo ellas mismas. Los «enviados» se manifiestan fieles en la medida en que parten del mismo punto en que se ha situado Cristo: la ternura.

No son portadores de una doctrina, sino de un amor.

Ese amor que ha llevado a Cristo Jesús a morir sobre la cruz por «nosotros pecadores» (como nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy).

y los mismos apóstoles son ex-pecadores perdonados, reconcilia- dos a través de la sangre de Cristo.

Sí, ellos son los primeros «reconciliados» con Dios. Y consiguien- temente están capacitados para llevar a cada uno un mensaje de re- conciliación.

Como si dijesen a todos los que han sido engullidos, desaparecidos en la masa:

DUODECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

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