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Ni siquiera un milagro logra abrir los ojos a quien no está ciego

In document Torralba 56 (página 66-72)

Yo Lo he descartado. La de Dios 110 es como

lo mirado mira las aparien-

cias, pero el .. (1 Sarn 16. 1.6-

7.10-13) .

.. .En otro erais tinieblas, ahora sois el1 el Caminad como hijos de la .. (Ef 5,8-14) . ... Sólo sé q/le ciego ahora ...Un9, 1-41).

Los deberes de la escuela /lO son dijfciles

Podemos escribir, en una hermosa imagen, cuatro frases y mandar en este domingo hacer linos deberes.

«El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón», «Yo soy la luz del mundo».

«Despierta tú que duermes ... y Cristo será tu luz».

«Ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) ... »,

Lo primero, pues, dos maneras de mirar. La mirada del hombre se queda en la fachada, queda capturada por las apariencias. La de Dios penetra hasta sondear el corazón y descubrirnos lo que está dentro, Jesé hace desfilar ante Samuel -examinador por encargo de siete de sus hijos, de manera que le permita obtener la pro- moción de uno de estos al cargo de rey,

Pero Dios advierte al seleccionador de confianza, ya desde el primer examinado: «No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado, La mirada de Dios no es como la mirada del hombre ...

Ninguno de los siete «mejores», «fiables», obtiene la aprobación decisiva.

La elección cae,., en el octavo, sobre el más pequeño, que está fuera, guardando el rebaño y que, por tanto, ni siquiera le han pre- sentado al examen. David, precisamente,

Los criterios del juicio de Dios no son los nuestros. Sus valora- ciones aparecen inevitablemente discordantes respecto a las de los «expertos» .

Dios ve y aprecia lo que para el hombre carece de importancia. Y, al contrario, no ve, y considera despreciable eso que llama la atención y gana las simpatías de los hombres.

Es verdad que ninguno de nosotros se puede creer que escruta los corazones.

Pero no se nos permite limitamos a inspeccionar con la mirada la superficie, el barniz, el disfraz, el uniforme, las formas exteriores, los carnés.

Si hoy observamos con ojos desencantados ciertas elecciones, en los campos más diversos, caemos en la cuenta de que el hombre tiene en cuenta, además de la apariencia (grave distorsión de la mirada ya anterior a los tiempos de Samuel), la pertenencia (desfase bastante difundido y relativamente reciente, que tiene la ventaja de eliminar, sin ni siquiera tomarse la molestia de examinarlos y juzgar su valor efectivo, a un gran número de candidatos). Con otras palabras: la fiabilidad se establece en una óptica parcial, miope, interesada.

A diferencia de lo que hizo Samuel, se descarta a quien está dando buena prueba de lo que es en el trabajo, y se privilegian los participantes en el desfile.

La mirada alcanza sólo la antecámara. No llega hasta los campos ...

El tema de la luz

El episodio de la curación del ciego de nacimiento se coloca en la perspectiva del evangelio de Juan. En el «libro de los signos» (cap. 1-12) Jesús se manifiesta como vida y luz. Pero la actitud de la mayor parte de los hombres es el rechazo.

En los episodios precedentes predomina la dimensión de la vida: nuevo nacimiento (Nicodemo), agua viva (la samaritana, figura que hemos encontrado el domingo pasado), elpan de vida.

En esta página, en cambio, prevalece el tema de la luz.

y el centro es la afirmación solemne de Jesús: la luz del

Inundo» (v. 5).

Se trata de una de las páginas más bellas, vivas, «movidas» del cuarto evangelio. Dentro, además, está engarzada una pequeña joya de penetración psicológica: y es la impugnación, veteada de ironía, de simplicidad y de argucia popular, que un analfabeto, el ex-ciego, hace del saber, arrogante y torpe, de los doctos fariseos.

Después, el encuentro de Jesús con el ciego sanado se describe con trazos de rara sugestión, aunque esas líneas, descamadas, no conceden nada a la retórica.

Para facilitar la lectura (amigos, os aseguro que vale la pena dedicar media hora de vuestro domingo al repaso personal del texto) será bueno descomponer la narración en siete escenas. Así:

1. Narración del milagro (v. 1-7).

2. El ciego interrogado por la multitud curiosa (8-12).

3. El ciego sometido a interrogatorio por parte de los fariseos (13-17).

4. Investigación realizada por los jueces a sus padres (18-23). 5. Nuevo interrogatorio al ciego por parte de los judíos y ex-

pulsión (24-34).

6. Encuentro de Jesús con el ciego y curación (35-38).

7. Choque de Jesús con los fariseos y severo juicio contra ellos (39-41).

El capítulo 9 de san Juan es, ya desde antiguo, una óptima me- ditación inserta en la liturgia bautismal.

Pablo (segunda lectura) nos brinda una reflexión acerca del «paso» fundamental que se da en la inmersión del bautismo: de las tinieblas a la luz. Pero pone en evidencia sobre todo las consecuencias. No basta con haberse convertido en «hijos de la luz». Es necesario com- portarse corno tales. Hay que producir «el fruto de la luz» (sí, quizás no lo habíamos pensado nunca: existen árboles ornamentales y plantas que dan fruto; pero existe también una luz ornamental, decorativa, y una luz que «da fruto»). En particular: bondad, justicia y verdad.

Bondad, justicia y verdad. Todo escrito con minúsculas, y no por casualidad. Empezamos a dar esos frutos «minúsculos». Poco a poco

llegaremos (no hay prisa) a usar ¡con mucho pudor! también las

mayúsculas.

y con esto el deber estaría cumplido de una manera decorosa (eso espero, al menos).

Pero si nos referimos en particular al episodio movido de la cu- ración del ciego de nacimiento, hay algunas cosas, no demasiado agradables, de las que hay que levantar acta. Aludo a ellas rápida- mente.

La culpa de «saber» no teoría, sino hecho

Ante todo hay que decir que el problema grave no es el ciego. Son los otros. Para Jesús, curar al ciego resulta relativamente fácil (un poco de tierra amasada con la propia saliva, seguidamente la orden de irse a lavar a la piscina de Siloé). Desgraciadamente no logra abrir los ojos a los que dicen que ven muy bien y continúan, obstinadamente, teniéndolos cerrados.

Al ciego le bastó ... el milagro.

Para estos otros el milagro no vale para nada. Al menos mientras continúen diciendo: «Nosotros vemos».

La narración se abre con un solo ciego en escena. Y se cierra con el escenario (que además es el de la vida ordinaria, también la de hoy) abarrotado de numerosos ciegos incurables (lo hemos dicho: Jesús no puede «milagrear» a los que pretenden ver cenando los ojos a la luz) y culpables (ciegos voluntarios, que tienen la pretensión de iluminar, o sea, cegar a los otros).

También es interesante notar cómo de un mismo hecho, que está a la vista de todos, salgan dos líneas contrapuestas: el beneficiado llega progresivamente a la fe, esto es, a la curación completa. Los fariseos se van cerrando cada vez más en su rechazo. No se dejan cuestionar por el hecho. Puesto que el hecho, la novedad, pone en discusión su saber, niegan el hecho, no quieren verlo.

Siempre pasa lo mismo cuando los principios se tambalean ante la «vida», cuando las teorías son puestas en crisis por los hechos. Existen maestros que confunden la verdad con el juicio propio. Y si los hechos los contradicen, niegan ... los hechos.

Seguimos. Es verdaderamente paradógica la situación de aquel desgraciado. Lleva encima una especie de condena.

Primeramente una grave enfermedad, contraída ya en el naci- miento.

Una vez curado, sin ni siquiera haberlo pedido, se convierte en un caso que provoca discusiones y polémicas infinitas (también los apóstoles dejaron de lado a la persona, y se interesaron únicamente por el «caso» en su aspecto teológico: «¿Quién pecó, éste o sus pa- dres?» ).

Se diría que a todos les venía mejor que se hubiera quedado como estaba: ciego y mendigo. La curación desencadena una serie de in- convenientes. Es un incidente desagradable. El caso se resuelve en un engorro. Su presencia resulta fastidiosa, embarazosa, hasta intolerable. Jesús cura, libera, da vida. Y los otros se empeñan en charlotear, discutir, interpretar, indagar, procesar, contestar, presentar objeciones. La curación, en efecto, no es reglamentaria, porque ocunió en sábado, violando una disposición precisa de la ley.

Jesús ha preferido el hombre al código, ha privilegiado el bien de una persona sobre la salvaguardia de las instituciones, no se ha dejado llevar por la preocupación jurídica, sino de su humanidad.

Incluso a los padres ese hijo curado les crea problemas, puede procurarles situaciones desagradables y, por eso, en cierto sentido, se lo «quitan de encima».

El ex-ciego se hace incómodo, insoportable, sobre todo frente a los hombres del saber. El, un miserable, un analfabeto, un «don na-

die», sin títulos, uno que «no sabe» (y lo reconoce), tiene la desfachatez de oponerse con un hecho pequeño, incontestable, porque es fruto de experiencia directa: «Yo era ciego y ahora veo».

«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Ellos, desgraciadamente, no tienen necesidad de aprender de nadie. La verdad ya la tienen escrita en sus papeles. Se han apropiado de ella, la han secuestrado y la gestionan según su propio arbitrio.

Su poder se apuntala en el saber, y ahí ejercitan una especie de monopolio.

y pobre de aquel que se arriesga a referir un hecho, un aconte- cimiento, una experiencia que obligue a revisar sus posiciones. Las cavilaciones son su arma. El desprecio la postura de fondo.

Haciéndose la ilusión de que tienen en sus manos, y en sus cerebros áridos, la verdad, terminan por esconderla, manipularla, y presentar únicamente la verdad

y apenas caen en la cuenta (nunca escasean los informadores) de que circula una verdad libre, simple, trasparente, no oficial, no con- trolada, que despunta al aire libre, allí donde se vive, donde ha su- cedido. Alguien que no mira el «caso» sino a la persona (él no ha

creado los ha modelado los rostros), entonces se enfurecen,

recurren a los insultos, a las excomuniones. «y lo expulsaron ... ».

Todo estaba establecido de antemano. «Los judíos ya habían acor- dado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por mesías». Precisamente hay que pasar por ellos para que sellen el milagro y hasta para pedir el milagro, para recibir la ración de luz segura, para aprender a ver según su óptica, para saber cómo hay que juzgar.

Si uno intenta abrir los ojos (y si Alguien se los abre), se hace peligroso, se le expulsa.

Si no estás de acuerdo con nosotros, te pones contra Dios, y debes ser tenido como un miserable pecador.

Si te obstinas en ver la realidad tal como es, eres un visionario, un idealista, un iluso.

Ellos creen que ven mejor que los otros porque tienen la osadía (y los medios) para deformar la realidad.

Quien no comparte los prejuicios, las fórmulas puestas en circu- lación, las soluciones prefabricadas, quien rechaza el conformismo, quien, teniendo la cabeza sobre los hombros, la usa para hacer algo agradable al Dador, se hace subversivo.

Parece como si el «ver» fuera la enfermedad temible, una

especie de contagio, que hay que reprimir usando rápidamente los medios drásticos. Especialmente si es un ver «distinto», nuevo, que pone en discusión posiciones y privilegios adquiridos. De hecho,

ellos preparan los antídotos inmunizadores contra este azote, una pecie de SIDA, que afecta a los ojos abriéndolos peligrosamente ...

Se dice comúnmente que el ciego curado es símbolo de la soledad de la fe.

Me parece verdad sólo hasta un cierto punto.

En realidad él, rechazado con desprecio, discriminado, excluido de la casta, tiene la suerte de encontrarse cara a cara con Cristo, que le sale al encuentro precisamente cuando todos se lo han «quitado de encima».

El diálogo es verdaderamente iluminador. -¿Crees tú en el Hijo del hombre?

quién es ... ?

-Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. -Creo,

y se pone de rodillas.

Ha encontrado en Cristo el nuevo «santuario», donde adorar. Solamente ahora puede decirse que la curación ha sido total. (¡Y el milagro no es «probado» por la ciencia, sino por la fe!). ¿La soledad?

Cristo le ha dado la vista, que le permite verlo a él sobre todo. Y esto es10 que cuenta.

Hay que advertir que ciertos maestros están ciegos (<<no son bIes»), porquc no tienen intención alguna de aprender.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

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