.. .No odiarás de corazón atuhermano ... No te vengarás ni guardarás rencor...(Lev 19,1-2.17-18).
... Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio ...(1 Car3, 16-23) .
... Ysisaludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? .. (Mt5,38-48).
¿Sabías que las avestruces son delicadas de estómago?
El hecho es que nos tragamos todo, especialmente en la Iglesia. En comparación nuestra, las avestruces, que también ingieren todo lo que encuentran, son seres delicados, un poco remilgados, con dieta especial.
Nosotros engullimos sin respirar incluso piedras berroqueñas. Y ni siquiera advertimos un ligero malestar, un leve dolor de estómago.
Veamos la liturgia de hoy. Se encajan en ella distintas piedras berroqueñas, y todas de grandes proporciones.
Pablo, comenzando por la segunda lectura, nos advierte que somos iglesias vivas «<¿no sabéis que sois templos de Dios?»), que en nuestro cuerpo ha puesto su morada el Espíritu (<<el Espíritu de Dios habita en vosotros»), y que, consiguientemente, todo gesto nuestro es sa- grado, cada paso es el de un templo que se mueve (no somos nosotros los que vamos en peregrinación a los santuarios ... Nosotros somos «santuarios» itinerantes).
Con otras palabras: el templo es lo que vosotros sois.
y nos advierte también que es necesario dimitir del club de los sabios de este mundo y pedir la admisión en el de los necios. Porque Dios juega con la sabiduría, enreda a los sabios en su astucia, les enmaraña en sus sutilezas dialécticas.
La sabiduría mundana, aunque progrese, jamás llegará ni siquiera a rozar la sabiduría de Dios. Para alcanzarla, debe trasformarse en necedad.
En una palabra: la vocación específica del cristiano es la de la locura. Lo entendió perfectamente Francisco de Asís.
«Cristo me ha llamado, idiota y sencillo, para que siguiese la locura de la cruz, y me ha dicho: 'Quiero que seas un nuevo loco en el mundo, y que con las obras y la palabra prediques la locura de la cruz'» .
Aún advierte Pablo que nadie se gloríe en los hombres, ni siquiera en los propios jefes, promovidos muy fácilmente a «grandes». Quien se siente orgulloso del propio líder, quien lo exalta desconsiderada- mente, falsea su relación con Cristo. Solamente él debe tener peso en la vida del creyente.
y además, vosotros no pertenecéis a los jefes. Son ellos los que os pertenecen, dependen de vosotros, están a vuestro servicio. Es más, Pablo proclama: «Todo es vuestro», si vosotros pertenecéis a Cristo. Una piedra de grandes proporciones nos alcanza desde las remotas lejanías del Levítico: «Seréis santos, porquc yoelSeñor vuestro Dios, soy santo».
y una piedra todavía más imponente se nos viene encima de las laderas de aquella montaña: «Sed perfectos como vuestro Padre ce- lestial es perfecto».
Intentemos ahora reflexionar un instante. ¿Es posible tragar, como si fuese la cosa más natural del mundo, piedras tan indigestas? Está bien, podemos ser carnívoros o vegetarianos. Pero parece que nuestro estómago no está preparado para triturar piedras.
Sobre todo: ¿cómo es posible cargar con estas palabras (<<sois templos de Dios», «seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo», «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»), y después continuar viviendo con el estilo de antes, sin advertir la necesidad de aportar la más pequeña variación en la partitura que interpretamos todos los días?
¿Cómo es posible que escuchemos una música de ese estilo y
después continuemos con la misma sinfonía?
Sería más honesto, incluso más valiente, decir: «No, es demasiado. Debe haber alguna equivocación. No podemos ser nosotros los des- tinatarios de esas propuestas. puesto que estamos hechos de carne
(débil) y de huesos (frágiles). nos ha llegado por equi-
vocación una carta que no era nosotros, y la devolvemos al
remitente» .
Una vez, algunos discípulos, por los alrededores de Cafarnaún, tuvieron la lealtad de protestar: «Este lenguaje es duro, ¿quién puede soportarlo?» (.In 6, 60). O sea: «Ahora exagera ... ¿cómo es posible
y abandonaron la sinagoga, porque aquel alimento ofrecido les resultaba indigesto.
Pero nosotros hemos aprendido buenos modales, no protestamos, no decimos nada, no nos sorprendemos de nada, no dejamos traslucir la más mínima reacción, aceptamos todo .
.. .Sabemos tanto que todo queda como antes.
Que no logremos digerir esas piedras, puede ser comprensible (los discípulos tenían la impresión de que no lograrían ni siquiera digerir «el pan bajado del cielo»).
Pero que no provoquen ni siquiera un rasguño en la piel, que no provoquen ni siquiera un golpe de tos cuando pasan por la garganta, que no nos quiten el aliento ni siquiera un instante, es verdaderamente un milagro.
Sí, el milagro de los supervivientes.
Es nuestra especialidad. Logramos sobrevivir después de todo eso que nos echa encima la palabra de Dios.
Desgraciadamente todos somos supervivientes, salvados. Tran- quilos, en absoluto emocionados. Todo regular. Tenía que terminar así. ..
Ni uno que haya fallado. Ni uno que haya logrado ... no resistir.
El factor «extraordinario»
Sí, liberados de lo extraordinario.
«y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraor- dinario?».
La vocación del cristiano, es una vocación a la locura, y también a lo extraordinario.
Metamos bien en la cabeza esta palabra, clavemos en el corazón esta espina: lo que caracteriza al cristiano es lo «extraordinario» (en griego: perissón).
El factor del cristiano es el factor «e»: extraordinario, o sea, lo que es insólito, en absoluto normal, no sale solo, no es natural, no sigue la moda común.
Es lo que supera abundantemente las medidas del buen sentido, del cálculo juicioso.
Es lo que va más allá de lo posible.
Esta, y no otra, es la «justicia mayor», que sobrepasa a la de los escribas y fariseos.
«Donde no existe este factor singular, extraordinario, no hay nada de cristiano» (D. Bonhoeffer).
El cristiano se hace «visible» sólo con lo extraordinario.
No se trata, entiéndase de abandonar el campo de acción
Sino de insertar en él el elemento excepcional (una excepción que luego es la regla, según el código cristiano).
Refirámonos ahora también al saludo (al abrazo). ¿Cuándo sucede que un cristiano, que pasa por una ciudad cualquiera, diga: «Quiero pararme, porque tengo que ir en busca de un enemigo, tengo que ir a saludar a una persona antipática»?
En la Iglesia se ven personas que, en el momento de la paz, intercambian apretones de manos calurosos, e incluso se besuquean con efusión, pero siempre en el círculo de los «nuestros». El apretón de manos se hace tibio, flojo, cuando se trata de un extraño. Y, naturalmente, antes nos hemos colocado fuera del alcance del ene- migo ...
Algo que hacer, después de la explicación
dejemos que nos expliquen los exegetas el significado y el alcance de la ley del talión, la normativa sobre las fianzas, la praxis del embargo o encautación por parte de los ocupantes romanos en Palestina, el concepto de prójimo y de enemigo en el antiguo testa- mento, el insulto representado por la bofetada ...
Pero después, pongámonos a rostro y corazón descubiertos, sin defensas, delante de la página del evangelio de hoy, que presenta las últimas dos «antítesis».
Debo caer en la cuenta que es tarea mía limpiar el corazón de la cólera, del odio, del resentimiento, de la malignidad, de la mezquin- dad, del instinto polémico.
Yo soy quien debo esconder las garras, deponer Ja mentalidad represiva.
Yo soy quien debo perdonar, dar sin cálculos, amar a los enemigos, rogar por los perseguidores, desear a Jos malvados todo el bien posible, saludar a los que me muestran un rostro feroz o vuelven la cara hacia otra parte, encontrar a los que quisiera esquivar, beneficiar a quien
no lo merece o me ha procurado muchos líos, amar a los que no
aman a nadie y a quien nadie ama.
Añadiría dos consideraciones, para impedir que alisemos en de- masía las ásperas piedras que Cristo nos ha echado encima:
l. Puedo considerarme hijo del Padre celestial, pretender ser
reconocido por él, sólo lo imito en el perdón, y en el amor hacia los enemigos, los malos, los bellacos, que me ofenden. Esta es la «perfección» a la que estoy llamado en cuanto «hijo».
2. En el nuevo testamento se habla de enemigos refiriéndose
exclusivamente a los que están contra ti, los que te tienen odio, te hacen mal, te rechazan.
El enemigo es siempre y sólo el que siente enemistad por ti. En efecto, es inconcebible que un cristiano considere a alguien como enemigo.
No es tenida ni siquiera en cuenta la eventualidad de que un dis- cípulo de Cristo nutra enemistad hacia alguien ...
y ahora, si tenemos, coraje, hennanos llamados como yo a lo
extraordinario, deseémonos, sin que contraigamos una amigdalitis,
«buen provecho».
No nos preocupemos. Si hoy estamos un poco mal, si advertimos un cierto peso, hemos dado el primer paso en el camino de la curación; estamos abandonando el territorio de la «normalidad».
OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO