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Hay quien hace óptimos negocios hasta en los sueños

In document Torralba 56 (página 191-195)

. ' .El se apareció en .lUellOS a Salomón le dijo: Pídeme lo que quieras ... (1 Re 3, 5.7-12) .

. .A los que aman a Dios todo les sirve para bien ..(Rom

8, 28-30) .

. ' .Al encontrar una perla de gran valor se va a vender todo lo que tieney la compra ... (M! 13,44-52).

Durante el sueño es posible pedir sin avergonzarse

Me agrada, ante todo, la delicadeza de Dios.

Que usa el recurso de aparecerse a Salomón «en sueños». Si se le hubiese aparecido mientras rezaba, las peticiones que le invitaba a formular hubieran resultado fuertemente condicionadas. El novel rey se hubiera visto casi obligado a implorar «cosas espirituales». Durante el sueño es distinto. Cuando uno duerme no debe aver- gonzarse de nada (nos lo aseguran hasta los moralistas más intransi- gentes). Durante el sueño Salomón podía pedir, sin enrojecer, riquezas inmensas, éxitos, gloria, honores y amores continuos, un número desproporcionado de años de vida sin pagar el peaje de la vejez, el extermino de los enemigos y hasta de sus sombras.

Intentemos pensar qué no nos atreveríamos a desear. .. durante el sueño.

y me gusta Salomón. Porque no se hace la ilusión de haber he-

redado la sabiduría y la inteligencia juntamente con la corona de rey. No cree que baste estar sentado en el trono para ver con justicia. No piensa que sea suficiente tener autoridad para tener razón siempre y en cualquier circunstancia. No admite que el hecho de estar instalado en el palacio real le confiera automáticamente la capacidad de tinguir el bien del

Me gusta la modestia de Salomón. Su discreción (¿acaso el dis- cernimiento no se concederá sólo a quien tiene la humildad de reco- nocer que no lo tiene?).

Se declara «un muchacho». Inexperto. Desprovisto. En una pa- labra: en absoluto se presenta como seguro de sí. Se puede sospechar legítimamente que la seguridad es, la mayor parte de las veces, fruto de la presunción.

Me gusta, sobre todo, el detalle de que Salomón pida a Dios «un corazón dócil». No pide súbditos dóciles. Admite que tiene necesidad de docilidad.

No dice: quiero que el pueblo me obedezca sin discutir, que no me cree problemas, que haga lo que yo decido. Sino: haz que siempre esté dispuesto a obedecerte. Deseo que mis súbditos hagan exclusi- vamente lo que te es grato.

Quizás Salomón había entendido el secreto del «fortalecimiento» de la autoridad. Que se obtiene partiendo de la docilidad de ... aquel que manda.

También me gustaría a mí conseguir «un corazón sabio e inteli- gente» como el concedido a Salomón.

Preferiblemente no durante el sueño.

Lo que cuenta no es el precio sino el valor

Me sorprenden los apóstoles que ante la pregunta del Maestro: «¿Entendéis bien todo esto?», responden con serena seguridad:

Quizás lo han entendido, pero de otra manera. Quiero decir, no a nivel intelectual. Muchos puntos quedaban oscuros para la mente. Quizás ni serían capaces de repetir la lección. Pero habían intuido que era precisamente así. Y su vida, sus elecciones, su adhesión total al Señor demostrarán que habían captado perfectamente la sustancia del discurso.

Nosotros, por el contrario, estamos capacitados para interpretrar correctamente las tres parábolas del tesoro escondido, de la perla de gran valor y de la red que se echa en el mar y que recoge toda clase de peces. Pero quizás nuestras vidas no son la ilustración más perti- nente yconvincente del mensaje de fondo de estas tres parábolas.

«Un letrado que entiende del reino de los cielos es como un padre de familias que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo».

Nosotros, probablemente, hemos llegado a «doctores» sin hacernos discípulos. O, mejor, nos hemos hecho la ilusión de que ser doctores (quienes saben todo y están dispuestos a dar lecciones a los demás) nos dispensa del arduo trabajo de ser discípulos y de aprender los secretos del Reino.

«nuevo» de Cristo queda subordinado a lo «viejo» de nuestras más rancias tradiciones o, peor, costumbres.

Más que una capacidad de síntesis y de armonización, tenemos una extraordinaria tendencia a la mezcolanza y a la confusión.

Verdaderos y falsos valores (ahí está la parábola de la selección de los peces) coexisten en acciones poco claras, en las que mantenemos a distancia la sabiduría o incluso recelamos inmiscuirla.

Subrayemos, pues, los puntos esenciales de la página del evangelio: El cristiano es el hombre del descubrimiento gozoso.

El valor que es Cristo y su Reino nos libera de todo lo que satisface muy fácilmente nuestra vida.

-El seguidor de Cristo no es el hombre del desprendimiento, sino de la adhesión. No es la criatura de la renuncia sino de la preferencia por Alguien.

No es un individuo que ha perdido algo. Es uno que ha encontrado. La renuncia, la mortificación, el abandono de algo son el precio que hay que pagar, no el fin de la experiencia cristiana, que es siempre una experiencia gozosa, no «mortificante».

El desprendimiento sólo representa el primer paso, no el resultado obtenido, la meta alcanzada.

¡Qué máscaras!

Hechas estas aclaraciones de fondo, conviene también denunciar dos deformaciones bastante frecuentes.

La primera es peculiar de quien piensa poseer el «único» tesoro

conservando celosamente todas sus bagatelas. Se trata de la pretensión absurda de encontrar sin dejar nada, comprar sin pagar precio alguno, adherirse sin separarse de lo que enreda, ser cliente del Reino sin renunciar al permiso de permanencia en el territorio enemigo, poner los ojos en «la perla de gran valor» pero sin decidirse a abandonar los puestos más miserables del mercado lleno de gente, escuchar la palabra

del Maestro y dejarse encantar la voz de los pregoneros de la

La segunda distorsión es la de quien ciertamente ha renunciado,

pero parece que ha encontrado ... la cara de uno que ha hecho un pésimo negocio o incluso que ha sido clamorosamente estafado.

y existe finalmente una variante. Observando ciertas posturas y comportamientos, parece que algunas criaturas que «han dejado todo» para seguir a Jesús, intentan hacer pagar a los otros el precio de lo que han abandonado, vengarse de lo que han encontrado (sería más exacto decir: ¡de lo que no han encontrado!).

Dios nos libre de los desafortunados, de los frustrados, de los insatisfechos, que se ensañan haciendo pagar caro a los otros sus pesares secretos por todas las cosas que no han dejado de verdad.

Dios nos libre de los pésimos negociantes que, después de haber

vendido todo, ya no saben indicar dónde está el tesoro, la

perla, y se encuentran con las manos ocupadas con muchas cosas y el corazón vacío de amor (Cristo da a entender que es necesario vaciar la caja fuerte, pero no dejar secar el corazón).

Dios nos libre de esos pescadores que, después de haber echado de nuevo los peces buenos al mar, quieren convencerte de la bondad de los deteriorados.

Salomón deseaba «un corazón

El cristiano debería obtener como gracia inestimable un rostro «lleno de gozo» que ... traicione el secreto.

Hace falta la dureza de la piedra para hacer saltar la chispa Sigue el capítulo octavo (uno de los puntos más altos de la «elo- cuencia del corazón», según un intérprete prestigioso) de la Carta a los romanos.

Pablo afirma que existe un proyecto de salvación para el mundo.

y todos están llamados a colaborar. «Escogidos» -con mirada de

amor-, predestinados, justificados, todos son «llamados» a participar en este designio (no se trata del proceso de la salvación personal, sino de la dinámica de la glorificación).

Pablo presenta una tesis más bien atrevida: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

Pero sería necesario, como dice K. Barth, dar ese paso, superar el punto muerto, y ya no habría necesidad de plantear más preguntas, de alegar ciertas pretensiones, de inquietarse por nada.

Se puede incluso no saber nada. Encontrarse en la oscuridad, estar envueltos por el silencio. Y, sin embargo, estar seguros de que Dios no nos defraudará.

Entonces la visibilidad -no excesivamente sublime- del mundo, la invisibilidad insoportable de Dios, la plena conciencia de la propia nada, «concurrirán» a crearnos una gran paz.

La suma de tantas cosas negativas «concurren» para producir una increíble positividad, justificada por el hecho de que Cristo es la resurrección y la vida.

También la piedra más dura de la existencia, cuando se encuentra con nuestro espíritu y roza con la piedra de la «docta ignorancia» del amor de Dios, produce esa chispa que enciende el fuego capaz de iluminar y calentar nuestra vida.

DECIMOCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Multiplicación de los panes

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