.. El ... ilumine su rostro sobre ti te conceda su favor; el Señor se fije en tiy te conceda la ... (Núm
6, 22-27) .
.. .Así que ya no eres esclavo, sino hijo ... (Gál 4, 4-7) . ... Y le pusieron por nombre JeslÍs ... (Le 2. [6-21).
Dejemos que Dios nos felicite el nuevo
Hoy se intercambian felicitaciones. lo más natural.
Por otra parte, no cuesta mucho decir «feliz año» a las personas que encontramos. Pero sería interesante comprobar cómo nos las arre- glaríamos y qué diríamos si uno de esos individuos, un día cualquiera, nos viniese diciendo que las felicitaciones no han funcionado, que el año se ha puesto mal para él y que tendría necesidad de que nosotros le ofreciéramos algo concreto para enderezar la situación y lograr que el año se haga pasablemente «bueno» ...
Prefiramos que sea Dios quien nos desee «feliz año». El es, antes que nadie, quien hoy nos manda las felicidades regalándonos el nuevo año.
El nuevo año nos lo da él, no el calendario. La felicitación de parte de Dios se llama bendición.
La bendición es algo más que una vaga felicitación. Esas palabras no son simples palabras. Contienen una fuerza, son portadoras de una energía, producen lo que expresan.
La bendición eficaz, poderosa, creadora.
Dios, que la fuente de la vida, al bendecimos nos comUlllca vida.
Renovar el rostro de Dios
Hoy la liturgia no habla de números, de cifras, de cuentas, sino de rostros y nombres.
Será oportuno, al menos en esta ocasión, «renovar» el rostro de Dios.
Quizás la imagen a que vinculamos nuestra fe y nuestra piedad se ha cubierto de la pátina gris de la costumbre, que ha quitado esplendor, belleza, encanto a ese rostro. La distracción, el descuido, le han vuelto descolorido, privado de expresividad.
Renovamos el mobiliario de la casa, la cocina, la vajilla, los mue- bles. Y no nos preocupamos de aquella imagen descolorida, siempre la misma, privada de vida, chata, apagada.
Puede incluso suceder que aquel rostro, retocado burdamente, asu- ma los rasgos deformados de un juez severo, de un frío legislador, de un «recaudador de impuestos» inhumano.
La estupenda bendición contenida en la primera lectura nos ayuda oportunamente a «renovar» este rostro de Dios que hemos descuidado durante mucho tiempo hasta hacerlo in'econocible (si lo comparamos con ese, original, que aparece en las páginas de la Biblia).
Es un rostro bañado de luz y que nos inunda de luz (<<el Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor». Y, en el salmo responsorial, invocamos: «El Señor nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros»).
Es un rostro «propicio», o sea, que nos es favorable, nos manifiesta benevolencia, protección. Dios se ha «vuelto» de nuestra parte. No es amenazador, sino que nos comunica paz, serenidad, tranquilidad.
¿Queremos decir que es un rostro sonriente? Sí, hoy nos adentra- mos por el camino del nuevo año con la conciencia de que este camino está iluminado por la sonrisa de Dios.
y también la imagen de la Madre de Dios, de quien hoy celebramos la fiesta (a los ocho días del nacimiento del Hijo, cae el onomástico de la madre, porque el verdadero nombre de María es «madre»), es sin duda una imagen bajo la enseña de la sonrisa.
La Virgen que lleva en los brazos «el fruto de su vientre», no puede ser una madre lastimera, doliente, lacrimógena.
La madre sonríe al Hijo y a los hijos.
El descubrimiento del nombre
Para legitimar ese rostro benévolo de Dios está el descubrimiento del nombre.
Dios quiere ser llamado por su verdadero nombre, del que es celoso.
Nosotros no hemos inventado este nombre. Nos ha sido revelado por Cristo (<<les he dado a conocer tu nombre», Jn 17, 26), Yes
«gritado» nos informa Pablo en la segunda lectura- en nues-
tros corazones, por el Espíritu santo.
Este nombre es «Padre», más aún papá querido, padre mío.
Decir que Dios es padre significa afirmar que Dios está de parte de la vida, comunica la vida, es amante de la vida, quiere la felicidad de sus hijos.
Decir que Dios es «papá» sugiere que la relación que debemos establecer con él no está bajo el signo del miedo y de la sumisión, sino de la familiaridad, espontaneidad, confianza, intimidad, además de la docilidad.
Pero hoy el evangelio nos recuerda también la imposición del nombre al Hijo de Dios venido a asumir la condición humana: «Le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción».
Ahora ese nombre coincide perfectamente con el del Hijo,
expresa a la letra el sentido de su misión. Jesús, en efecto, significa
«Dios o también «Yahvé es generoso».
Jesús es portador, no de las amenazas o de los castigos del Padre, sino de su voluntad de salvación y de sus dones.
Jesús se ha hecho nuestro hermano para hacernos saber que Padre nos busca, busca lo que estaba perdido. No para pedirnos cuen- tas, sino para enriquecernos. Y que nosotros tenemos necesidad de perdón, de liberación, renovación.
Jesús ha venido a informarnos de que hay una mano extendida hacia nosotros para sacarnos fuera de nuestras esclavitudes, de nuestros miedos, de nuestras miserias, y llevarnos hacia la luz, la paz, el amor. Que hay una presencia que nos hace salir de una vida desvaída e insulsa, para hacernos experimentar la plenitud.
de mi rostro
Descubrir el nombre y el rostro de Dios quiere decir, por consi- guiente, recuperar nuestro rostro y nuestro nombre.
Somos hijos, no esclavos. Hemos sido liberados de las cadenas de la ley para movernos en el espacio y según el código del amor.
Ser hijos comporta una mentalidad de hombres libres.
y esto implica un rostro que manifieste nuestra condición. En el nuevo año debemos comprometernos sobre todo a «renovar», además del rostro de Dios, nuestro rostro.
Cada uno de nosotros. lo quiera o no. es responsable del propio rostro.
No se nos ha asignado, sin más, un rostro que simplemente bemos llevar, nos guste o no.
Se nos ofrece, más bien, la posibilidad de tener un rostro. El rostro lo construimos, lo merecemos, no lo heredamos. Es tonto decir: «No puedo hacer nada, ésta es mi cara».
La cara depende de ti, es responsabilidad tuya, eres tú su artífice. No es cuestión de disfraz, ni tampoco de cirugía plástica. El rostro se forma desde dentro.
Muchos rostros no son verdaderos, han quedado mal hechos, que se fabricaron o se rehicieron desde fuera.
El rostro auténtico, mi rostro, se forma desde dentro.
Para una recuperación del rostro del otro
Pero el cristiano es un rostro que busca otros rostros. Los encuentros que cuentan son los que se dan entre rostros. Ciertas personas, que a lo mejor están a cuarenta centímetros de distancia, resultan inalcanzables. No arriesgan el rostro. No se ponen con el rostro. Es demasiado comprometido.
El rostro está «enmascarado», defendido, protegido, sustraído a la mirada, escondido quién sabe dónde.
Se comunica con cualquier otra cosa, no con el rostro.
y cuando no está de por medio el rostro, no existe comunicación, sino engaño, desconfianza, instinto de defensa.
El cara a cara es muy embarazoso, comprometedor, costoso. Sin el rostro, se evita al otro, se le escamotea.
En mi horizonte debe aparecer el rostro del otro. Un rostro según la fórmula del. Mancini «que hay 'que mirar, respetar, acariciar». El mismo filósofo dice: «La gran moralidad de mi estar entre los rostros se puede expresar por esa simple postura del 'aquí estoy', 'heme aquí', una disposición que quita al yo la nota de protagonista» y lo hace disponible, sin pretender reciprocidad. O sea, ofrecimiento desinteresado de lo que soy en la verdad de mi ser, despojado del yo prepotente y prevaricador.
Debo «responder» (responsabilidad deriva precisamente de res-
pondere) al otro y del otro, aceptando el «cara a cara».
Se dice que sólo se puede disparar a un hombre cerrando los ojos, evitando mirarle a la cara. Creo que es verdad (aunque me queda la sospecha atormentadora de que no faltan excepciones. Existen indi- viduos infames que llegan a la violencia contra un niño sin ser disua- didos, parados, por su rostro, por su mirada).
Es cierto, de todos modos, que para hacer cálculos, para decidir en base a las frías normas de un código, debo quitar los ojos del rostro elel hermano.
Con la indiferencia borro el rostro del otro.
Con la avidez y la codicia lo hago objeto, mercancía de consumo. Con los ojos inyectados con el veneno del desprecio suprimo al otro.
Es necesario desmantelar mi rostro agresivo, hostil contra el otro. Es urgente liberarlo de todo instinto de dominio, posesión, utilitarismo. Restituirle transparencia, simplicidad, acogida.
Sí, es necesario que deje sitio al rostro del hermano, en un doble movimiento de vaciamiento de mí mismo y de abandono.
SEGUNDO DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD