... Pero Dios lo resucitó al tercer día .. (Hech 10, 34.37- 43) .
.. .Porque muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios .. (Col 3, 1-4) .
.. .El ángel habló a la.s mujeres: no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el No está aquí: ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos.. (Mt 1-10).
¡Feliz pascua'
y así la muerte se ha convertido en una pascua, en un paso. La muerte, que normalmente cierra la estación de la vejez, y ella misma es vieja cuanto el mundo, da a luz, en su vejez milenaria, a la vida.
El sepulcro se convierte en una especie de cuna.
y quien -como las mujeres- se dirige a una tumba, es informado de que el muerto está esperando, impaciente, pero en otro lugar, por el camino ...
Feliz pascua, pues.
Decir «feliz pascua» equivale a decir: la pascua es tuya, y para ti. Entra, toma todo lo que es tuyo.
Todo, en efecto, se pone a disposición de todos.
Celebrar la pascua no significa ser espectadores de este evento inaudito, oír su narración por enésima vez, sino vivirlo juntamente con el protagonista.
Festeja la pascua, quien «toma parte». Nos lo recuerda el texto de la Carta a los romanos (6, 3-11) que se lee en la misa que cierra la gran vigilia.
Se trata de morir de ser sepultados con él (el bautismo no es
Si no estamos «unidos» en su muerte, no podemos estarlo en su resurrección.
El hombre viejo, o sea, el hombre del pecado (el pecado nos envejece, nos entrega inexorablemente a la muerte), está condenado a la pena de la crucifixión.
y la sentencia ya ha sido ejecutada en el Gólgota.
«Porque habéis (Col 3, 3). La comunicación del naci-
miento, para ser válida, va acompañada del anuncio de la muerte. La entrada en la vida nueva, el vivir como resucitados, aquí, en esta tierra, sólo es posible si hemos hecho nuestros funerales ...
Cristianos, hermanos míos, no nos hagamos ilusiones. El territorio de la pascua no es un lugar exótico, acariciado por el sol, donde podemos pasar unas vacaciones felices, y que alcanzamos sin dificultad «sobrevolando» el territorio donde llevamos cansinamente nuestra vida habitual.
No es cuestión de sobrevolar, sino de pasar a través de.
El «paso» no es facultativo, sino obligado.
y no podemos cargar con el acostumbrado bagaje de miserias y
baratijas, con las dosis acostumbradas de vieja» (1 Cor 5,
7), con los pesos habituales de las costumbres rancias, las preocu-
paciones de siempre por cosas de aquí abajo».
Es necesario hacer desaparecer todo esto, dejarlo atrás, sepultarlo. En la nueva creación se entra desnudos (Cristo abandonó los ves- tidos de la muerte en el sepulcro, se desinteresó de ellos. La vida no tiene necesidad de reliquias. El viviente deja rastros incandescentes en los corazones), para ponerse el vestido de la luz.
Así pues, Cristo nos pone a disposición tanto su muerte como su resurrección.
Pone a nuestra disposición su pascua.
Los creyentes realizan, juntamente con él, una
Solamente si «pasamos a de todo el misterio pascual, nos
hacemos capaces de vivir.
Ha cambiado el tiempo (y otras cosas ... )
Mateo es muy preciso cuando cuenta la partida de las mujeres, aquella mañana.
Es un viaje breve, pero que resultará decisivo. Llevará al descu- brimiento más increíble que jamás se haya hecho desde el origen del mundo.
«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro». La información es completa, puntillosa: quién, dónde, cuándo y para qué.
Pero todos estos detalles precisos tienen un vicio de fondo: estaban bien ... hasta ayer. Hoy están superados.
Las mujeres (y con ellas todos los demás) no han advertido el cambio acaecido en el tiempo, y consiguientemente no caen en la cuenta de que su calendario ya no sirve, porque ha caducado.
El tiempo ya no es aquél, y no puede medirse de la misma manera. Ha comenzado un tiempo nuevo, se ha abierto una historia nueva. Ese no es, simplemente, el primer día de otra semana (para los judíos, el domingo). Es el primer día de una nueva creación.
No es la aurora de otro día. Es la aurora de un mundo nuevo. Todo comienza de nuevo. Porque todo ha sido rehecho, todo hoy nace nuevo.
La guardia no ha logrado impedir la verdadera, la gran revolución. El universo carcelario, donde todos estábamos encerrados, ha sal- tado por el aire, se han abierto de par en par las puertas.
Es necesario re-inventar el calendario.
Con la navidad, Cristo viene al viejo mundo. Y esa fecha entra en la vieja historia de los hombres.
Es a partir de la resurrección, no de la navidad, cuando hay que calcular el tiempo, revisar los calendarios.
El «día hecho por el Señor» es el que se convierte en el primer día del mundo.
Las mujeres aún no se han dado cuenta de la revolución, del aire nuevo de libertad que respira aquella mañana perfumada de primavera (pero es una primavera que no tiene nada que ver con las precedentes). Se hacen la ilusión de que van a empalmar con el día anterior, con lo que ha sucedido antes (fueron las últimas que abandonaron el sepulcro; «sabían» porque se habían quedado allí a ver).
Pero el hilo se ha roto, el puente ha saltado, se ha cortado el camino. Aunque consigan llegar a la tumba, se ha abierto una grieta, se ha excavado un abismo entre los dos mundos (<<tembló fuertemente la tierra» y se abrió un abismo).
Los aromas, las flores se quedan en sus manos. Ya no podrán llegar a destino.
Aunque sabían, necesitan ser informadas de la novedad sensacio- nal.
Aunque buscan, en un territorio conocido, caen en la cuenta de que están buscando en un lugar equivocado. «No está aquí». Este es el último lugar donde podrías encontrarlo.
Ya no es posible la continuidad. Hay que tomar el tema desde el principio. La muerte, que dormía tranquila (no tenía necesidad de guardias), ha visto que le han robado, a sus ojos, su presa «segura», y se ha encontrado con las manos vacías.
Resulta trastocada también la geografía. por delante de vosotros a Galilea».
Esa Galilea donde viven codo con codo judíos y paganos. Con la pascua nos encontramos en la verdadera tierra prometida, una tierra nueva, anunciada por los profetas (ls 66, 22).
El don de Dios es tan grande que sólo la tierra entera puede contenerlo. Ya no hay límites.
Y a Cristo habrá que descubrirlo cada día. En todos los lugares. El nos precede, sin falta. En las encrucijadas de la vida.
El centro del mundo se ha movido hacia otro lugar. Puede estar en todas partes. Allí donde él se manifiesta, donde nos alcanza y se deja alcanzar, ese es el centro del mundo.
Pero no basta encontrarlo. La pascua no es completa cuando nos encontramos cara a cara con el Resucitado, cuando se experimenta su presencia.
La pascua es anuncio, testimonio.
Pensábamos que teníamos que informar de su muerte. Pero urge detener deprisa los anuncios de muerte. Y enviar una comunicación de vida.
Es necesario llevar a los hombres a «ver». Llevar los signos de su presencia.
Cierto, algo debe cambiar en los «testigos».
El «terremoto» no puede menos de provocar un desconcierto en el territorio de su corazón. O, al menos, algún sobresalto.
Si dentro de nosotros no se ha producido nada, si ese «terremoto» no nos ha tocado, entonces no tenemos absolutamente nada que en- señar.
Decimos «feliz pascua» y sabemos que no ha pasado nada, y no pasará nada.
Hemos sido sorprendidos y quedamos aprisionados en el «fin». Se nos ha escapado el principio ...
Sentados en aquella piedra, dejémonos calentar por el sol
Quisiera fijar aquella imagen de rara sugestión: «Un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima ... » (Mt 28,2).
Tenemos que acercarnos también nosotros. Pedimos al ángel que nos deje un poco de sitio en aquella piedra enonne.
Tenemos una cierta experiencia de piedras.
Llevamos habitualmente dentro una piedra de grandes dimensio- nes. Es el peso, aplastante, de la indecisión, de la oscuridad, de las resignaciones, del egoísmo, del cansancio, de las innumerables escla- vitudes.
Ni siquiera llegamos a plantearnos la preocupación de las mujeres: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Ya nos hemos acostumbrado. La llevamos encima, como una condena ine- vitable.
Pero; en esta ocasión, si abrimos los ojos y el corazón, caemos en la cuenta de que Alguien está dispuesto a correr la piedra. Es más, ya lo ha previsto.
Finalmente también nosotros podemos sentarnos encima. Y permanecer allí, en silencio, en una esquina, calentándonos al sol.
También la piedra, como la pascua, está a nuestra disposición para dejarnos rehacer por la luz.
Ojalá seamos atrapados por un deseo de resUlTección.
Quiero decir: que no quede la resurrección postergada para mañana, esperada para dentro de treinta o cuarenta años.
Hay que anticipar hoy, inmediatamente, nuestra resuITección. Después de todo, resucitar es la única manera que tenemos para estar vivos.
SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA