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Por una Iglesia del amor

In document Torralba 56 (página 103-108)

.. ciudad se de ... (Hech 8, .

. .Para dar de .. : pero man- sedumbreyrespeto ...(l Pe 3, .

.. .Alque ama, lo Padre lo amaréy (]élOn 14. 15-21).

Su único deseo

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos",», Si me amáis",

No dice: si sois valientes, si entcndéis, si parecéis inteligentes .. , Tampoco dice: si sois obedientes

y mucho menos: si no queréis ir al infierno. Si me amáis ...

El estímulo, la motivación, el estilo de nuestra conducta, no puede ser más que el amor.

Si es otra cosa, nuestros comportamientos, si bien irreprensibles desde el punto de vista de la observancia formal de la ley, no son cristianos.

Jesús, en los discursos de despedida, no nos deja una doctrina, un manual de instrucciones, y muchos menos un código.

Nos deja deseo, un único deseo. Que amemos.

Si hemos aprendido a amar, hemos aprendido lo fundamental. Si hemos entendido el amor, hemos entendido todo lo que había que entender.

Si me amáis .. , puedo marchar tranquilo. Puedo fiarme de vos- otros. Porque haréis las cosas como es debido. Porque haréis la única cosa agradable a Dios.

La Iglesia es la Iglesia de Cristo, no cuando es el lugar de la obediencia, de la disciplina, de la organización perfectamente fun- cional, de la ortodoxia, de la cultura, sino cuando es la Iglesia del

Si no es la Iglesia del amor no es ni Iglesia. Si me amáis ... no me avergonzaré de vosotros. Si me amáis, mi}misión puede considerarse cumplida.

Jesús, antes de partir, no distribuye ningún diploma, ningún doc- torado, ningún certificado de autenticidad cristiana.

Dado que pueda existir un documento de este tipo, tal certificado no es válido en absoluto. Queda condicionado por un «si».

Si me amáis ...

Nuestros actos quedan autentificados por su firma, «si» están es- critos en la lengua del amor.

No estamos «sin Padre»

Quizás hay que referirse a la pregunta de Felipe, a la que hemos aludido el domingo pasado:

-Señor, muéstranos al Padre y nos basta ...

Felipe sufre de la ausencia del Padre. Piensa que una visión re- mediaría esta falta.

Jesús le responde que la visión la tiene ya ante los ojos desde hace tiempo y no se ha dado cuenta de nada:

-Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces ...? Solamente el mundo, que se ha colocado fuera de esta manifes-

tación, no logrando a Jesús, tampoco «ve» al Padre.

El discípulo, empero, no puede sufrir la falta de esta visión: -Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.

Pero ahora Jesús está a punto de marchar. Y los amigos podrían sufrir de verdad por la ausencia.

Sin embargo, a través del don del Espíritu, «el otro Defensor» (el primero ha sido Cristo mismo), esta falta no se acusará. Porque el Espíritu continúa la presencia de Cristo, y consiguientemente la del Padre, en medio de los suyos.

«No os dejaré huérfanos ... ».

Se diría que la preocupación dominante de Jesús es la de no de- jarnos sin Padre.

Mientras él estaba sobre esta tierra, no nos faltaba el Padre. Ahora que él marcha, nos asegura que el Padre no abandona la tierra, no abandona a los hijos. El Padre permanece con nosotros.

-No os dejaré huérfanos ...

El hombre es el donde irrumpe el universo celeste.

El hombre es el donde habita algún Otro.

Se ofrece a los discípulos la más grande experiencia religiosa posible.

Rechazando este amor, conerán el riesgo de hacer fracasar la más inaudita revelación, la más increíble visión.

Falta precisar que la «visión» de que podrán gozar los discípulos, no es la de Jesús de Nazaret, sino la del Señor resucitado, en el que reconocerán al Padre:

«... Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre».

Entonces (aquel día). No es un día misterioso, escondido quién

sabe dónde en el calendario, y que se sorteará en una especie de lotería celeste.

«Ese día» puede ser hoy, para nosotros, si dejamos de lamentamos, como Felipe, de la falta, y caemos en la cuenta de la presencia del don que ya se ha ofrecido a nuestros ojos.

Ese día puede ser este día si cesamos de sentirnos huérfanos.

El estado de «sin Padre» lo dejamos atrás.

En cierto sentido, se nace huérfanos y nos convertimos en hijos.

Nos basta muy poco ...

En el fondo Felipe se contentaba con poco: una aparición mo- mentánea y «nos basta».

Sin embargo el retomo del Cristo pascual no es cuestión de un momento, sino de permanencia.

Toda la pedagogía del Maestro consiste en impedir que nos con- tentemos con poco.

Tenemos inclinación a decir, también en el campo religioso, «nos basta». Sin embargo él quiere llevarnos a reconocer: «No nos basta». Y, de todos modos, nos ofrece continuamente algo mucho más allá de lo que «nos basta».

Para nosotros es importante asegurar un espacio.

En efecto, la experiencia propuesta se coloca en un espacio que está dentro del hombre.

El Espíritu, lo asegura Jesús, estará «siempre con vosotros».

y otra fórmula significativa: «vosotros conmigo y yo con vos-

otros» .

También Pedro (segunda lectura) nos coloca en esta perspectiva: «Hermanos: glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor».

Así pues, la experiencia del cielo, se hace posible sin tener que abandonar la tiena (<<ese día», que podía hacer pensar en la eternidad, se convierte en «este día»; y el cielo habita en la tierra... Tiempo y geografía resultan alterados).

El creyente no es uno que tenga la obligación de visitar muchos santuarios. Porque el santuario que debe frecuentar, para no intenum- pir su relación con lo divino, lo tiene dentro.

El cristiano no tiene necesidad de ir lejos para al Señor ni de asistir a alguna manifestación del cielo.

La verdadera desgracia para nosotros es que estamos dispuesto a lanzarnos muy lejos, pero se diría que tenemos miedo a ir muy cerca, a llegar al centro de nosotros mismos.

Una comunidad misionera

Por tanto, la Iglesia de la interioridad jamás puede ser una Iglesia que se aísla, replegándose sobre sí misma.

Lo contrario de la interioridad no es sólo la exterioridad, sino intimismo.

La página de los Hechos (primera lectura) nos presenta una munidad marcadamente misionera.

Felipe (de nuevo aparece el diácono que no se limita al «servicio

de las bajó a Samaria a predicar.

y su actividad apostólica se convierte en liberación llena de alegría. Pedro y Juan, que han tenido noticia de la acogida de.la pala- bra de Dios por parte de la región «herética» (en aquellos tiempos las relaciones sobre la fe no eran gritos de dolor), corren desde rusalén para llevar, a través de la imposición de las manos., el don del Espíritu.

Pero el impulso misionero de la Iglesia, según las preciosas y muy actuales indicaciones señaladas por Pedro en la segunda lectura, va acompañado por un estilo de «mansedumbre y respeto», de sinceridad (<<en buena conciencia»), de magnanimidad (<<mejor es padecer ha- ciendo el bien ... , que padecer haciendo el mal»).

Cuando se da esta praxis, que es la reprobación clamorosa del fanatismo, de la intolerancia, de la propaganda, de la agresividad, queda uno sereno incluso frente a los ataques y las calumnias de los enemigos (<< ... queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo»).

O sea, al Padre se le puede hacer ver sólo de la «manera» como le ha manifestado el Hijo.

Por esto podemos ya completar los rasgos de la Iglesia pascual. Además de los sugeridos el domingo pasado (trasparencia, compro- miso, voluntad de entender), digamos:

-Iglesia del amor.

-Iglesia de la interioridad.

-Iglesia de la liberación (no en la línea de la fuerza, sino de la

-Iglesia de la coherencia prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere»). Y, naturalmente, a quien nos pide dar razón de nuestro amor. La esperanza se hace interesante sólo cuando es convincente el amor que manifestamos. Aquí «dar razón» no significa simplemente responder, sino dar cuenta presentando hechos concretos. Si el lenguaje de la fe resulta incom- prensible para muchos, el creyente adopta el lenguaje de la esperanza y del amor.

La esperanza y el amor no se gritan, y mucho menos se imponen. Son una experiencia que contar, en voz baja, estando en medio de los demás, caminando con ellos ...

ASCENSION DEL SEÑOR

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