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Dejar el viejo balandrán

In document Torralba 56 (página 44-49)

y

ponerse el vestido de luz

.. . gloria {I/I/{/I/ecc .. (ls60, 1-6) . .. .. .. (Ef .. . con .. (Mt 2, 1-12) tiene miedo ...

Se da por supuesto que hoyes la fiesta de la luz, porque la «ma- nifestación del Señor» (epifanía) resulta inseparable de la luz.

Pero ahí está la verdadera pregunta: ¿qué luz? Porque hay diversos tipos de luz (con razón los oricntales hablan dc

y sobre todo: ¿qué postura asumen los hombres ante la luz? Cuando Dios se manifiesta, hay quien responde, quien se pone en camino, busca, y hay quien se esconde y camut1a.

La página del evangelio nos ofrece un retazo significati vo de esta doble y contrapuesta postura adoptada por los hombres frente al mismo acontecimiento .

Los magos explican: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». más tarde, se precisa: «Al ver la estrella, sc llenaron de inmensa

En la vertiente opuesta, rey Herodes se sobresaltó y todo Je-

rusalén con Alguno traduce: «se

En cuanto a la indicación Jerusalén», pienso que se debe

entender la Jerusalén del poder y del saber. Son los sumos sacerdotes y los escribas, convocados por el rey para una reunión de emergencia (¡como si se tratase un peligro público amenazador!), los que tienen motivo para compartir su inquietud y desconfianza. El pueblo, como

mucho, haber tenido una reacción curiosidad, agitación,

Los poderosos son los que se sienten inquietos, se muestran picaces, preocupados.

y es significativo el hecho de que la aparición de bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor a los hombres» (Tit 3, 4) suscite turbación, temor, preocupación en los que tienen autoridad.

La presencia de un Dios que se manifiesta en la debilidad se siente como un peligro, una amenaza para el orden constituido, para las posiciones consolidadas.

El estahlishment tiembla, siente crujir, desde sus cimientos, los propios entarimados. Sospecha que puedan tambalearse las relaciones, que las jerarquías tengan que dejar el puesto a otras, que se cambien las reglas del juego, que se arranquen las máscaras, que se quiten los velos de las apariencias. Todo un mundo, apuntalado de disfraces, amenaza ruina. Basta un niño ...

Frente al niño el rey se da cuenta que está desnudo. Y tiene miedo. Miedo de sí mismo, sobre todo.

Pero quizás la postura de Herodes y de su entourage contiene un elemento positivo. Nos advierte precisamente que no se puede estar tranquilos. No se puede fingir nada. Continuar como si no hubiera pasado nada. Todo eso es imposible.

Cristo constituye una «amenaza» para nuestro trono privado. Pone en discusión nuestros equilibrios cansados. Nos deja al desnudo. velándonos sin piedad lo que somos.

Mejor la turbación, incluso el miedo, que la indiferencia. Mejor la hostilidad que la neutralidad. Mejor el rechazo que la ambigüedad.

Es necesario un capaz de asombrarse y ensancharse El comportamiento de Herodes y de los consejeros de la corona desmiente clamorosamente la escena descrita por el trito-Isaías (pri- mera lectura) e introducida en uno de los poemas más bellos de todo el libro.

Se trata de un triunfo fantástico de la luz, presentado con imágenes de rara belleza.

La luz, que al principio baña la ciudad, desborda pronto y muy ampliamente los confines de Jerusalén. La ciudad, que ha sido hu- millada y saqueada, ahora se convierte en meta de pueblos que vienen a rendirle homenaje y a enriquecerla con sus dones.

El texto que nos interesa tiene este desarrollo progresivo: Comienza a amanecer (v. 1-2).

Los pueblos, todavía envueltos en la oscuridad de la noche uni- versal. se ponen en camino al reclamo de esa luz que rompe de im- proviso (v. 3).

En Jerusalén se asiste a una increíble invasión de camellos y dromedarios. Las caravanas compuestas por extranjeros traen a los judíos dispersos y trasportan tesoros como tributos a entregar en la «ciudad de la luz», donde resplandece la gloria del Señor (v. 4-6).

Se tiene la impresión de que la señal lanzada por el centinela es acogida con una alegría contagiosa. Todos se dejan envolver por la luz y por aquel movimiento desacostumbrado atizado por ella.

Herodes y los suyos, alIado opuesto, se sustraen al anuncio gozoso. Intentan administrarlo, vigilarlo, tenerlo bajo control, ponerlo en un aislamiento prudencial.

Los sabios, en vez de revestirse de luz, se ponen sus viejos y raídos balandranes, se calan los anteojos (es una manera de hablar) profe- sionales, y consultan ceñudos sus textos sagrados llenos de polvo. E inmediatamente emiten, con gravedad, la sentencia: sí, efectivamente, como está escrito, debería tratarse ... pero ...

Pero el resto (que es lo más importante) no les afecta. La búsqueda acaba en la biblioteca de palacio. El camino no es asunto suyo.

La gloria del Señor no puede brillar sobre ellos porque aquellas cabezas están excesivamente llenas de su «sabeD>.

Hay una frase en Isaías, que lo explica todo: «Tu corazón se asombrará, y se ensanchará». La novedad desconcertante, la verdad puede ser acogida únicamente en un corazón de carne capaz de asom- brarse y, sobre todo, de ensancharse.

El corazón de los magos, y antes el de los pastores, y el corazón de todos los apasionados buscadores, es capaz precisamente de exultar y ensancharse hasta albergar el misterio.

El de los detentadores del poder y del saber, por el contrario, es un corazón árido, mezquino, que no trasparenta la mínima vibración en clave de humanidad, dc espontaneidad.

Ellos acumulan informaciones, pero éstas no producen, en pro- fundidad, ninguna emoción verdadera.

Su luz es una luz sin calor, sin participación. Y, a falta de calor, la luz, más que aumentar, se debilita.

Pero en cierto sentido los magos fueron afortunados. Al menos pudieron reemprender el camino, llevar hasta el fondo su búsqueda, llegar al descubrimiento final: «Vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodi lIas lo adoraron».

En otras situaciones históricas, su aventura podía haber tenido un resultado bien distinto. Alguno, después de haberles obligado a en- tregar los tesoros, se habría encargado de adoctrinarlos, enseñándoles todo lo que debían saber, y dispensándoles del viaje hasta Belén, o incluso prohibiéndoselo.

Probablemente se les hubiera tenido por gente de poca confianza o perseguidos como visionarios, portadores de novedades peligrosas.

.. .Y, en medio, tanta oscuridad

Suposiciones aparte, pongamos en evidencia un detalle que sirve para despojar la aventura de los magos de cualquier excrecencia mi- lagrosa.

Se dio una señal inicial (<<hemos visto salir su estrella»): poco más que un relámpago. La misma señal ha sellado la conclusión de la búsqueda (<<la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño»).

Entre el relámpago de la partida y el acompañamiento en el último trecho, se extiende un largo camino, interminable, un camino duro, ciertamente salpicado de dudas, cansancios, pérdidas, desilusiones, esperanzas.

La mayor parte del itinerario lo realizaron, por decirlo de alguna manera, a oscuras. Tuvieron que buscar, preguntar, informarse.

La estrella, después de haber hecho saltar una chispa dentro, des- pués de haber encendido un deseo, sólo vuelve a aparecer al final.

La búsqueda no es nunca una marcha triunfal. lmpl ica numerosas partidas. Y no hay por qué esperar una serie de manifestaciones es- pectaculares.

Lo que cuenta es la perseverancia, la capacidad de no desistir, de no ceder al desaliento y de no desviarse hacia cómodos refugios ni considerarse satisfechos por conquistas provisionales.

Lo que cuenta es la obstinación para caminar también cuando todo parece inútil, absurdo, imposible.

Antes de llegar a ver, a reconocer, a adorar, es necesario soportar la oscuridad, la soledad, la ausencia, el silencio, el cansancio, el hielo.

También nosotros, como los magos, podemos ser hijos de la es-

trella. Sobre todo cuando desaparece de nuestro horizonte después de

haber avivado en nosotros un deseo de luz, y caemos en la cuenta de que, a lo largo del camino que parece interminable, Dios se manifiesta escondiéndose, se hace cercano alejándose, aparece desapareciendo.

Podemos ser «hijos de la estrella» especialmente cuando algún experto nos habla de él poniéndose no el hábito de la luz, sino el mugriento, helador e insoportable balandrán del «oficio». Y usa los anteojos del saber para cerrar los ojos frente a los signos.

misionera?

No he entendido nunca por qué no se celebra hoy el día mundial de las misiones.

La perspectiva de las tres lecturas, y la de Pablo especialmente, que subraya la llamada de todos los pueblos a ser «coherederos, miem-

bros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el evangelio», ofrecen indicaciones muy precisas y abundantes en este sentido.

Es verdad que tendría que ser una jornada misionera con carac- terísticas especiales. Se trataría de acoger, de dejarse interpelar, de hacerse despertar y posiblemente «turbar» por esos que vienen de lejos. Ellos son los que tienen informaciones preciosas que darnos, va- lores que comunicarnos (¡este debería ser el óbolo que san Pedro no podría prescindir!).

Además nace la sospecha de que son ellos los que tienen que evangelizarnos, hacernos descubrir algo vivo, nuevo, que nosotros tenemos congelado desde hace mucho tiempo en los libros, o en el lenguaje, o en las costumbres, o en los ritos.

En una palabra, una jornada misionera gracias a la invasión

de los «transeuntes» desembarcados de quién sabe dónde, tendría como fin verificar si nuestro corazón está aún en disposición de «asombrarse yensancharse».

BAUTISMO DEL SEÑOR

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