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Quizás la providencia nos da miedo

In document Torralba 56 (página 151-155)

.. .Me ha o!Jandonado me ha olvida- do ... (Is 49, 14-15) .

... El iluminará lo que esconden tinieblas y pondrá al descubierto los designios del ... (l Cae 4, 1-5) . .. .Por tanto 110os agobiéis por el ... (Mt 6, 24-

34).

La memoria no está en la cabeza Se ofrecen tres imágenes de Dios. Dios como madre (primera lectura). Dios como padre (evangelio). Dios como juez (segunda lectura).

La duda de Sión, en ciertas circunstancias, puede ser también nuestra duda. Y quién sabe cuántas veces lo ha sido: «Me ha aban- donado el Señor, mi dueño me ha olvidado ... ».

La respuesta intenta alejar cualquier angustia al respecto: una mujer no puede olvidar de su hijo. Una madre no pierde jamás la memoria.

La lÍlemoria, para una mujer, más que un mecanismo mental, representa un fenómeno fisiológico. En cierto sentido siempre lleva al hijo en el seno, incluso cuando es adulto, cuando está lejos. Forma una cosa con él.

La conmoción, el estremecimiento, el sobresalto de las entrañas, es la forma típica de la memoria materna.

y lo mismo se puede decir de la memoria de Dios. Dios, en efecto, tiene «entrañas de misericordia».

«... Pues aunque Lina madre se olvide, yo no te Sobre

todo después de esta frase, nos gusta oír ese final solemne: ¡Palabra de Dios'

Dios su palabra para garantizarnos que su memoria no

conoce vacíos.

Incluso cuando lo abandonamos, nos alejamos de él, nos olvidamos

La separación sólo es posible por nuestra parte.

Por su parte, nunca se da la separación. El nos sigue llevando «dentro». Como una madre.

Así nos sentimos seguros, más que en la omnipotencia de Dios, en su debilidad infinita.

O sea, en su memoria.

Creer, posiblemente sin tener que experimentar...

Es conveniente confesarlo. Somos los menos indicados para en- tender el evangelio de hoy sobre la providencia del Padre. Nuestra situación es de no-idoneidad.

Quizás hasta podemos creerla. Pero ciertamente no corremos el riesgo de ... experimentarla. La perspectiva nos daría miedo.

Sería necesario que existiese alguien que de verdad tuviese hambre, que no supiese cómo se las iba a arreglar hoy, que no tuviese un vestido de repuesto para sustituir a ese que ya no es un vestido, que no supiese dónde irá a dormir esta noche.

Nosotros, por el contrario, nos preocupamos del alimento. Pero por las calorías y las grasas contenidas en ciertos alimentos, que com- prometen la dieta que nos hemos impuesto bajo el fantasma de la ... gordura o del colesterol.

Nos preocupamos del vestido. Porque nos encontramos siempre atormentados con la duda de la elección.

y cuando estamos lejos de casa, nos confiamos a las estrellas. Que no son las que aparecen ante la vista de los barbudos que duermen bajo los puentes. Las estrellas que nos atormentan están pegadas al nombre del hotel.

Sí, el cuadro propuesto por Cristo, no nos afecta. Como mucho sobre esas frases podemos bordar consideraciones poéticas y alentar suspiros.

En realidad somos desafortunados. En efecto nos cerramos a la posibilidad de experimentar realmente la solicitud del Padre que está en los cielos. De caer en la cuenta de que él está. De sorprendernos de su premura delicada.

Teniendo todo, e incluso demasiado, nos privamos de esa serenidad de la que puede gozar sólo quien se fía total y únicamente de Dios.

Las explicaciones de los entendidos

yla no-explicación de la madre abadesa

y hay que estar atentos para no dejamos tranquilizar en exceso por los intérpretes. Nos explicarán cómo Jesús condena el afán, la ansiedad, el tormento, la codicia de acumular, pero no una prudente previsión.

Cómo la fe no excluye una economía realista.

Cómo Mamonas pueda entenderse de otra manera y acomodarse con alguna oportuna rociada de agua bendita (¿quién ha dicho que sólo los bancos suizos pueden «lavar» el dinero negro?), e incluso ponerse devotamente al servicio de Dios (pero falta demostrar que el Señor agradezca esos servicios. Cuando Jesús ha querido explicar qué es el servicio, en la última cena, ha cogido una toalla no un cheque ... ). Cómo, para evitar que el dinero no se convierta en ídolo, es su- ficiente que no llegue a ocupar el corazón del hombre (pero los ricos se contentan con que el dinero esté en la caja fuerte, no creen que el corazón sea la sede más apta para depositarlo).

Los entendidos precisarán que el meollo del discurso de Jesús es la elección entre el ser y el tener. Que el primado es el del amory no el de la utilidad. Que el hombre es la medida de todas las cosas. Y así van aclarando, puntualizando, y... escabulléndose.

Sí, escuchemos respetuosamente estas interpretaciones. Pero no las usemos como tranquilizantes.

Jesús nos invita a ser «despreocupados», o sea, a un abandono sereno y confiado en las manos del Padre, y no a sentirnos seguros con las sutilezas de los comentaristas.

Si se nos hace arduo comprender la providencia de Dios es porque no tenemos fe, no porque ese evangelio sea particularmente difícil.

Jesús no nos invita a estudiar más, sino a tener el coraje de arries- gar, experimentar, o sea, a fiarse, o sea, a creer.

La abadesa de un monasterio muy querido para mí, me aseguraba con una sonrisa serena:

nosotras la providencia es la realidad más fácil de admitir. No sé si podemos decir que creemos en ella. ¿Es posible creer en algo que vemos todos los días?

Quizás tiene más razón la abadesa, que los doctores con sus mi- nimizaciones. No se cree en la providencia. Se cree (¡pero de verdad!) en Dios. Entonces y sólo entonces, la providencia se convierte en una cosa que ves, tocas, pruebas.

y así por la noche duermes tranquilo -como aquellas monjas- porque no tienes nada, no te queda nada para mañana, pero tienes un Padre.

y cuando, por la mañana, oyes llamar a la puerta, te limitas a comentar:

sabía ...

Hay tiempo para el juicio

Pablo reduce el ministerio apostólico a algunas líneas esenciales: ser servidores (ministros), administradores de las riquezas secretas del proyecto de Dios, mantenerse fieles a la cruz de Cristo (vida humilde y donación sin reservas).

El servidor dice pertenencia y referencia a un amo. Por consiguiente su obra nunca puede convertirse en motivo de auto-exaltación, auto- complacencia, o pretexto para reivindicar consensos humanos o ce- lebrar éxitos.

Pablo somete su obra únicamente al juicio de Dios. Ni

fía de la propia conciencia. «La conciencia, en verdad, no me re-

muerde; pero tampoco por eso quedo absuelto». Sabe es fácil

confundir la inocencia con la ignorancia. Alguien ha dicho que «una buena conciencia es un invento del demonio».

Entonces Pablo proclama: «Mi juez es el Señor». No quiere decir que el jefe sea incensurable en sus decisiones y en sus comporta- mientos, y consiguientemente que no pueda ser sometido a discusión por la comunidad (postura peligrosísima, como es fácil verificar tam- bién hoy).

El administrador, en efecto, tiene que responder tanto ante Dios como ante los beneficiarios.

En relación a la situación particular de la parroquia de Corinto, Pablo rechaza con indignación ser juzgado por personas sectarias, fanáticas, presuntuosas, que examinan y critican las posiciones del apóstol dejándose llevar de sus displicentes y presumibles criterios partidistas.

Se nos ofrece más bien una recomendación válida para todos: «No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor».

El único juez es Dios, y el único juicio válido es el suyo. Los veredictos humanos están «fuera de tiempo», son prematuros, porque anticipan arbitrariamente el día del juicio.

Las sentencias pronunciadas antes del juicio último, y además por jueces no autorizados (¡ellos son los que han inventado ese oficio, que llaman servicio!), se convierten inevitablemente en pre-juicios.

«El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón». Y entonces aparecerán injustificadas, hi- pócritas y descaradas las autodefensas enardecidas entre las que nos debatimos hoy.

«Entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece». Y se mos- trarán ridículas las apreciaciones y las aprobaciones humanas.

Es improbable que quien busca los aplausos de los hombres y se entusiasma con ellos, conserve después el gusto de la alabanza por parte de Dios.

NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

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