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No tengáis miedo: Dios es débiL

In document Torralba 56 (página 168-176)

.. .Mis amigos acechaban mi tra.\pié... (ler20,¡-13) .

.. No hay proporción entre la culpavel dOIl ...(Rom 5, 12-15) .

... Vosotros los cabellos de la tenéis COIl- ... (Mt 10, 26-33).

Dios me da miedo

temáis».

No temáis nada. No temáis a nadie. Temed a Dios.

A Dios hay que tenerle miedo. Pero no tanto porque puede per- dernos (<<temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo ... »). Me atrevo a decir que cuando uno tiene miedo a Dios por el infierno en el que puede sepultarlo, ya ha «perdido» a Dios, ya se ha separado de él, ha perdido el sentido de la verdadera relación con él, que sólo puede caracterizarse por la confianza y el amor. Dios no recupera a nadie con el terror.

Por otra parte, se ha preocupado hasta de un solo cabello de mi cabeza (en ese caso, yo tengo que haberle procurado abundantes y justificados motivos de inquietudes ... ), no puede aceptar por las buenas que yo vaya a terminar en aquella especie de incinerador de las in- mundicias de Jerusalén que es la gehenna.

y si se preocupa de dos gorriones, no podrá desentenderse de la suerte de un hijo (aunque torpe).

No, no es en este sentido como hay que temer a Dios.

Más bien es necesario tenerle miedo porque te confía una misión que te expone a todos los riesgos, que te sitúa en unestado de conflicto.

Hay motivo para tener miedo a un Dios que te impone temer»

pero que, al mismo tiempo, te lanza a unas situaciones en absoluto tranquilizadoras.

Te dice: tengáis miedo». Pero después te va metiendo en

Ninguna inmunidad contra los peligros

Acerquémonos a Jeremías. Es un tipo sensible, de ánimo delicado. Vulnerabilísimo. Apasionado. Temperamento poético. Y hasta un poco sentimental. Aficionadísimo a su tierra y en particular a su pueblo Anatot.

No desea sino vivir tranquilo y mantener relaciones cordiales con todos.

Sin embargo Yahvé le confía una palabra que quema, que corta, que arranca sin piedad seguridades, que echa por tierra previsiones optimistas, denuncia, amenaza.

Ese mensaje, antes aún de alcanzar a los destinatarios, provoca laceraciones profundas en el ánimo del mismo profeta.

Así Jeremías, muy a pesar suyo, se convierte en un aguafiestas. Es considerado como pájaro de mal agüero. Objeto, primero de es- carnio, después de hostilidad, calumnias, acusaciones infamantes, de- nuncias (también de parientes y amigos), persecuciones.

No se le ha permitido ni siquiera formar una familia.

Cuando la misión confiada por Dios consiste en molestar la tran- quilidad ajena, se hace añicos el sueño de una vida tranquila, regular, sin sobresaltos, del mensajero.

Es verdad que el profeta advierte la presencia de Dios que está a su lado «como fuerte soldado». Pero Dios no interviene para librarlo de los golpes. Parece que tiene las armas descargadas.

Lo mismo sucede al discípulo de Cristo.

Está bajo la protección paterna de Dios. Pero queda «expuesto» a todas las pruebas, incluso las más brutales. No se le concede ninguna inmunidad divina contra los peligros.

Por otra parte, algo parecido le ha sucedido al Maestro. El Padre no ha corrido para arrancar al Hijo de la cruz, no ha fulminado a los verdugos.

Sobre la cruz Dios se hace voluntariamente impotente (impotente en cuanto a la fuerza, a la autoridad, al prestigio, a la venganza, a la justicia punitiva). Impotente para hacerse respetar. Y conserva úni- camente el poder del amor y del perdón.

Así pues, no se trata de tener ánimo porque Dios interviene, porque llega en el momento justo (como en algunas películas) para romper el asedio de los enemigos.

Dios no interviene. Y mucho menos desde fuera.

El riesgo del amor es la debilidad. Que comporta también el re- chazo. La soledad.

Cuando el amor recurre a la fuerza para hacerse valer, a la ley para tutelar los propios derechos, se pone en contradicción consigo mismo, se desmiente.

La única razón del amor es ... el amor. Su única fuerza es el no recurso a la fuerza.

¡Dios no Lo quiere!

¿y entonces dónde hay que buscarelmotivo por el que no debemos temer, visto que Dios se abstiene de intervenir milagrosamente para evitarnos las dificultades, las incomprensiones y los conflictos?

Me parece que la clave está escondida en esa frase un poco mis- teriosa: «¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos?y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre». Los entendidos nos explican que el cuarto es en realidad elas, o sea, una monedita de cobre, cuyo valor corresponde a la decimosexta parte de la paga diaria de un jornalero agrícola.

Pero esta traducción no me convence.

Es difícil admitir que el Padre «quiera» que un pajarillo sea herido con perdigones o atrapado en los cepos (aunque en tiempos de Jesús, podía ser alimento al alcance de los bolsillos de los pobres).

Tampoco me parece correcto atribuirle la culpa de la calvicie «<has- ta los cabellos de la cabeza tenéis contados»), o de cualquier otra catástrofe mucho más grave.

El texto griego dice simplemente: «... sin el Padre».

Por tanto me parece que la frase podrfa leerse correctamente así: «Ni siquiera un gorrión (o un cabello de vuestra cabeza) cae sin el Padre».

Lo que quiere decir: «Prescindiendo del Padre», «sin queelPadre lo sepa».

Diría: sin que el Padre esté implicado.

Esto cambia radicalmente todo el significado.

Por lo que la confianza, la tranquilidad, el abandono, el coraje del apóstol perseguido, objeto de oposiciones incluso furibundas, se funda en la certeza de que Dios está implicado. Tiene que ver con nuestras dificultades, con los conflictos que encontramos a causa del evangelio (y hay que comprobar que la causa sea de verdad la del evangelio, y no que anden de por medio otros intereses inconfesados o inconfe- sables, porque ese caso las persecuciones no son ya «inevitables», sino «obligatorias» ... ).

Nosotros quisiéramos a Dios como escudo, pararrayos, refugio blindado, acolchado religioso encargado de amortiguar los golpes que así no arañarían nuestra piel.

Sin embargoDios está con nosotros dentro. Encaja todos los golpes

desde dentro.

Nosotros pretendíamos una función «impermeabilizadora» de

la fe.

La fe, por el contrario, se expone. Juntamente con Dios (en cierto sentido es Dios quien cae con el pájaro que es abatido, junto a la víctima que se desploma acabada bajo las torturas).

La fe deja filtrar el agua más amenazadora por todas partes. La fe abre un paso. Y por allí se meten las tempestades más devastadoras. Pero, a través de ese paso «providencial», pasa una

presencia. Yeso es lo que más cuenta.

Lo que se agotay lo que desborda

En esta óptica, adherirse a Cristo (nuevo Adán) para derrotar las fuerzas del mal y de la muerte (simbolizadas en el viejo Adán), según la difícil argumentación de Pablo en la segunda lectura, significa ase- gurar el triunfo -que, aunque no es visible, ni evidente ... es vic- torioso- del bien, de la justicia. de la verdad, con los mismos medios empleados por Cristo. O sea, dejándose crucificar.

Es decisiva la frase: «Sin embargo no hay proporción entre la culpa y el don ...».

Sobre el Calvario solamente hay una cruz.

Sobre el Gólgota se encuentran, y se cruzan, en la misma cruz, el

pecado del hombre que mata al Hijo de Dios, y el don de Dios que

ofrece a su Hijo.

La cruz representa el punto álgido de la culpa y el punto álgido del amor. Pero, mientras el pecado, a pesar de la aparente victoria, termina allí, se agota allí, el amor, desde allí, «desborda sobre

La culpa, alcanzada aquella altura, no puede subir más. La gracia, por el contrario, se vierte, desborda, sumerge todo y a todos.

El amor, aun derrotado (es más, precisamente por estar dcrrotado), sigue dando todoysiempre.

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Un

vaso de agua puede bastar

... Vanws a prepararleullahabitación cerrada, en el piso superior, le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y así cuando venga a visitarnos se quedará allí... (2 Re 4,8-11.14.16) .

... También nosotros andemos en una vida nueva .. "(Rom

6,3-4.8-11) .

... El que os recibe a vosotros me recíbe a mí .. (Ml 10,

37-42).

Elprecio necesario

Quizás lo hemos olvidado.

Seguir a Cristo comporta desprendimientos, renuncias, contrastes, luchas. Adherirse a él implica la necesidad de realizar opciones de- cisivas, no ciertamente fáciles.

Jesús es exigente. Excesivo.

Sus pretensiones son totalitarias. No admite medias tintas, solu- ciones de compromiso.

Declara abiertamente que ha venido a «echar» (o sembrar) sobre la tierra, no la paz, sino la espada (sí, a sembrar espadas). O sea, a hacer explotar las contradicciones, a poner en crisis, a producir des- conciertos, a provocar laceraciones profundas entre individuosyen el interior de la persona misma.

No es posible seguirle sino cargando con la cruz.

Parece como si Jesús te invitase a caminar en su segUimIento después de haberte quitado el terreno sobre el que apoyabas los pies. El riesgo que corremos es el de leer estas frases del «discurso como si fuesen un lenguaje simbólico, como si Jesús ha- blase por hablar.

Ciertamente, en tiempos de Mateo, la pertenencia a Jesús deter- minaba tensiones, rupturas, divisiones, desgarros incurables en el mis- mo tejido familiar.

Todavía hoy, en ciertos países, el testimonio valiente de la propia fe se paga con la persecución, a veces hasta violenta, y la coherencia cristiana te pone brutalmente fuera de juego, te puede hacer perder el trabajo, te «califica» como huésped -real o potencial- de un hospital psiquiátrico, si no es de la prisión.

Denunciar la injusticia, te puede proporcionar -como a mi amigo Lele- el cuerpo agujereado por unas sesenta puñaladas, y abandonado en la noche como pasto de los animales de la selva.

Levantar la voz contra los poderosos para defender a los pequeños, comporta -como en el caso del obispo Romero- la eventualidad de una misa interrumpida por una descarga de metralleta. Y en la cabeza no encuentras ni siquiera la aureola del martirio, sino la etiqueta de «subversivo». Como diciendo: El se lo ha buscado. Así aprenderá a ser más prudente (pero ya no tiene necesidad de aprender; en todo caso somos nosotros los que tenemos necesidad urgente de aprender el valor profético de aquella muerte, y de esas otras de tantos como él, a este lado o al otro de todas las cortinas). Así aprenderá a «servir» el evangelio con guantes, y no a «tirarlo» como una piedra (el equi-

valente del la espada de Cristo) cuando andan de por medio

los poderosos y los prepotentes.

Hay muchos cristianos, obispos, sacerdotes, misioneros, que viven peligrosamente(ipor suerte para nosotros!).

Pero para muchos de nosotros esas eventualidades -cárcel, tor- turas, asechanzas, riesgos para la vida y para el pan-aparecen de- cididamente remotas.

Es más, en ciertos casos, el carnet de cristiano (más cristiano que los otros), puede facilitar una carrera, conseguir un puesto (a lo mejor con perjuicio de alguno que tiene más necesidad y lo merece más,

pero que no tiene delante del nombre la palabra ni tampoco

un certificado de ortodoxia que mostrar), garantizar una promoción, procurar apoyos decisivos.

Un cristianismo a bajo precio, una fidelidad que asegure privilegios y favores, tiene bien poco que ver con Cristo.

Uno que mira de donde sopla el viento, y se abandona a la corriente, puede hasta llegar lejos, e incluso muy alto. Pero existe un riesgo: que se encuentre en la dirección opuesta respecto a Aquel que, fun- dador de una raza de desviados, ha sido clavado en una cruz.

Tenemos todavía la esperanza de ver también hoy, en medio de nosotros, cristianos modestos que llevan silenciosamente su cruz de cada día, que encajan golpes y humillaciones (en casa, en la fábrica, en la oficina) a causa de su obediencia al mensaje de Cristo, que soportan animosamente situaciones penosas, que son capaces de un heroísmo secreto, que sirven generosamente en la sombra.

Si sabemos ver y entender, ellos son quienes constituyen la me- moria viviente de lo que significa tomar en serio las exigencias de la vocación cristiana.

La suerte de perder la propia identidad

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Tenemos que caer en la cuenta ante todo del significado y del valor de las palabras.

«Encontrar la vida» quiere decir administrarla juiciosamente, cu- rarla, defenderla, gozarla en términos de comodidad, gestionarla según nuestros intereses personales, organizarla según nuestros programas utilitaristas. O sea, «reservarse», tomar todas las precauciones, ga- rantizarse seguridades, desinteresarse de los demás.

«Perder la vida», por el contrario, significa jugársela sin dema- siados cálculos oportunistas. Arriesgar todo. Gastarse sin reservas. Darse apasionadamente. Estar dispuesto a perder todo (¡también el tipo!) por un valor auténtico.

Es inútil contarnos bobadas.

La realización de sí mismo, según el evangelio, no es otra cosa que perderse.

Tengo la posibilidad de reencontrarme sólo cuando ya no me re- conozco.

El negarse a sí mismo, no ser personaje, ponerse contra sí mismo, no entrar en esquemas prefabricados, renunciar a programarse según modelos homologados, ignorar los aplausos ajenos, perder los apoyos acostumbrados: esta es la única forma de hablar de la identidad cris- tiana. Encuentra la propia identidad sólo si no se preocupa de ella, no la busca, no se la propone obsesiva y ostentosamente.Osea, si acepta dejársela dar, incrustarse dentro de otro, con la marca de fuego de la cruz.

En el signo de la hospitalidad

y así el «discurso misionero», que en su comienzo nos presenta temibles lobos al acecho (<<os mando como ovejas entre lobos»), se cierra con un benéfico «vaso de agua fresca».

Me gusta mucho esta conclusión en clave convivia!. Porque mitiga la impresión de severidad y de dureza de las palabras de Cristo, in- troduciendo una nota clara de humanidad.

Los lazos, que quizás se han roto -incluso en el ámbito familiar- por la adhesión a Cristo y por las rigurosas exigencias de la misión,

se recomponen al final a través de la solidaridad expresada por un vaso de agua fresca (¡todavía siento que me quema en la garganta aquel agua de un pozo, que me negaron hace unos años en un mo- nasterio, precisamente en Palestina!).

El tema de la hospitalidad no es ciertamente secundario en la liturgia de hoy (la primera lectura está dominada por la escena sugestiva que tiene por protagonistas a la mujer de Sunem y a Eliseo).

Me limito a notar:

- Acoger significa también, en cierto sentido, adherirse al mensaje del misionero, tomar en consideración su propuesta.

La hospitalidad ofrecida al «profeta como profeta» resulta sin duda la más difícil. Porque el profeta, igual que Cristo, nunca aparece demasiado recomendable según una cierta mentalidad. Es portador de una palabra tajante, distinta, desconcertante, que trastorna todos los equilibrios. La presencia de un profeta en casa está muy lejos de ser. .. tranquilizadora.

-Es significativa la califIcación de «pobrecillos». El discípulo puede pedir y conseguir hospitalidad solamente si se presenta como pequeño, modesto, miserable, discreto, no entrometido, no estorbo, no importante, no personaje engreído, presumido y pretencioso.

- Me parece que hay que tener presente también la nota sobreen- tendida de «nómada». El verdadero misionero no hace de turista, ni busca una cómoda colocación a cuenta de otro.

Entra de puntillas, preocupado de no ser peso para nadie. Se con- tenta con poco. Y está siempre preparado para salir al camino, porque el evangelio10empuja hacia otra parte.

y aunque le gusta la compañía, no duda en aceptar serenamente la soledad ligada estrechamente a su existencia itinerante.

Los que ofrecen generosa y prontamente hospitalidad a los dis- cípulos (no parando mientes en otros títulos fuera de ese de siervos del evangelio), participan del mismo premio que los que sirven al evangelio. Su servicio es un servicio prestado a Jesús mismo.

Ciertamente la salvación pasa a través de la cruz. Pero pasa también a través de un simple vaso de agua fresca.

Finalmente estará bien recordar que el primero que practicó la hospitalidad con nosotros fue Cristo. El cual -como nos recuerda Pablo en la segunda lectura- nos ha acogido en el bautismo permi- tiéndonos participar en su mismo destino (muerte y resurrección) e internándonos en el camino de una «vida nueva»», dejando atrás los espolios del mal antiguo.

Si podemos considerarnos «vivientes», si no estamos dispersos como desterrados, lo debemos a que él nos ha hecho una señal para que entremos ...

DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Hay que alquilar un asno

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