LA VIDA EN EL CAMPO I LOS CAMPESINOS
X. LA CAZA EN EL DESIERTO
La caza en el desierto era un pasatiempo para los nobles y los príncipes, y también un oficio. Por un lado, no existe, por decirlo así, ninguna tumba decorada cuyo señor no esté representado acribillando con sus infalibles flechas los antílopes y las gacelas reunidas, como en un zoológico, en un terreno cercado. Por otro lado, los arqueros que hacían la policía del desierto, los comisionados en la montaña del oro de Coptos, cada vez que van a dar cuenta de su misión al gran sacerdote de Amón Menkheperresenb van acompañados por un comisionado de cazas que presenta un botín magnífico: huevos y plumas de avestruz, avestruces y gacelas vivos, animales muertos.66 Ramsés III había constituido equipos de arqueros y de cazadores profesionales encargados, al mismo tiempo que acompañaban a los que recogían la miel y la resina, de traer orix para presentarlos al ka del dios Ra en todas sus fiestas, pues la ofrenda de animales del desierto seguía siendo en plena época histórica, como en la época en que el hombre vivía sobre todo de la caza, la más agradable a los dioses.67
Aficionados o profesionales, todos los cazadores trataban de ahorrarse el trabajo de perseguir indefinidamente una caza dotada por la naturaleza de buenas piernas, corriendo el peligro de extraviarse y convertirse en presa de las hienas y de las aves de rapiña. Conocedores de las costumbres de los animales, de los lugares adonde van a beber, se esfuerzan por atraer al mayor número posible a un terreno preparado donde podrán capturarlos o matarlos a discreción. Elegían el fondo de un valle, donde quizá un poco de humedad mantenía todavía alguna vegetación, cuyos bordes eran tan escarpados que no era posible huir ni a derecha ni a izquierda. Sobre postes tendían dos vallas de red separadas por una distancia que la experiencia juzgaba
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MONTET,Vie privée, 42; Mem. Tyt., V, 30; Wr. Atl., I, 184, 24, 344; Mein. Tyt., I, 22-23; Mem. Tyt., II, 15; Wr. Atl., I, 249.
65 M
ONTET,Vie privée, 6-8, 66. En el templo de Edfu, la diosa Sekhet dice al rey: "Te doy todos los pájaros en sus lagunas." (Edf., II, 164).
66 Th. T. S., V, 9. 67 Pap. Harris, I, 28, 3-4.
conveniente, pero que en las pinturas no podemos apreciar. La red del fondo es continua y prohíbe toda huida. Del lado opuesto han preparado una abertura para el paso de los animales y de los cazadores. En el interior han colocado agua y comida.68 Pronto se llena el recinto. Los animales se entregan a la dicha de vivir como si sus instantes no estuvieran contados. Unos bueyes silvestres gambetean en todo sentido. Unos avestruces bailan para saludar al sol naciente. Una gacela da de mamar a su pequeño. Un asno salvaje alarga el cuello para dormir. Una liebre se instala en un montículo para tomar el viento.69
Pintura tebana de una tumba de la época del Nuevo Imperio.
Antaño los cazadores partían a pie. El señor caminaba con las manos vacías. Su escolta se repartía los víveres, los arcos, las flechas, las jaulas, las cuerdas y los canastos. Un lacayo llevaba las traíllas de lebreles y de hienas cebadas previamente y amaestradas para la cacería. Desde que se había difundido el uso del carro,
68 Th. T. S., II, 6-7; Th. T. S., I, 9; Wr. Atl., I, 53; Mem. Tyt., II, 7; D
AVIES,Five theban tombs, 12, 22, 40
el señor salía en carro, como para la guerra, con su arco y sus flechas. Los chemsus seguían a pie, llevando por medio de palancas cántaros, odres llenos, espuertas, sacos y cuerdas. Cuando la pequeña tropa llega a destino, el jefe se apea de su carro con las armas. Un lacayo tiene asida por las traíllas la jauría de lebreles.70 Desde hace tiempo han renunciado a las hienas, que los cazadores del Antiguo Imperio habían conseguido amaestrar. La caza es bruscamente sorprendida por la lluvia de flechas y por la irrupción de los feroces lebreles. Los desdichados animales buscan en vano una salida. Los acantilados y las vallas los mantienen en el lugar de la carnicería. Ya han sido alcanzados ciervos y bueyes silvestres. Un avestruz se defiende a picotazos del perro que lo acosa. Una hembra preñada pare al saltar. Un lebrel estrangula al animalito que acaba de nacer. Un orix da un salto desesperado, pero cae justo en la boca de su enemigo. Un lebrel ha derribado una gacela y la degüella limpiamente. Según una pintura de la tumba de un tal Usir, parece que en el recinto se han colocado trampas, pero la pintura está demasiado mal conservada para que se pueda describir el mecanismo. Sin embargo, la existencia de esas trampas es cierta. Si el cazador sólo hubiera tenido flechas y perros, no se ve cómo hubiese podido traer tan gran número de animales vivos como lo hacen el tal Usir y un Amenemhat.71 A su regreso, dichos cazadores traen, atados por una pata, un íbice, una gacela, un orix, un avestruz, todos capaces de caminar. Un ayudante lleva a cuestas un pequeño antílope. Otros llevan por las orejas liebres que bien parecen estar muertas. Una hiena suspendida en una pértiga por las cuatro patas, la cabeza colgando, está seguramente muerta. No habían perdido el tiempo; pero otros cazadores, desdeñando las ventajas, o amigos de la dificultad, no temen perseguir los antílopes en su carro rápido como el relámpago. Es lo que hacía el incansable príncipe Amenhótep. Un tal Usirhat se aventura también con su carro en el desierto inmenso, guiando él solo y tirando con el arco. Arrea delante de él un rebaño de antílopes que en su fuga arrastra liebres, una hiena, un lobo, y volverá cargado de despojos.72
70 D
AVIES,Five theban tombs, 12.
71 D
AVIES,Five theban tombs, 23-24; Wr. Atl., I, 53, 32.