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ORFEBRES, JOYEROS, LAPIDARIOS

LAS ARTES Y LOS OFICIOS

V. ORFEBRES, JOYEROS, LAPIDARIOS

20 N

EWBERRY,El Bersheh, I, 16-16.

La época de los vasos de piedra, que había sido llevada a un punto elevado de perfección en la primera dinastía, aún florecía en tiempos de los Ramsés. En el alabastro, el esquisto, el mármol brecha, se labran jarras, jarros y ánforas, tazones, copas y fuentes, a veces enriquecidos con figuras humanas o animales. Las herramientas eran muy sencillas. La pieza más característica era un taladro injerto en una pieza de madera guarnecida de cuero en la extremidad superior. El artesano le daba vueltas en la mano sujetando el bloque de piedra entre las rodillas. A veces había fallas. A fuerza de taladrar perforaban la pared, pero la desgracia podía repararse. Se cortaba limpiamente la parte deteriorada y se le colocaba un remiendo. La tumba de Tut-ankh- Amón nos ha conservado piezas que son testimonio de más virtuosismo que de gusto, a las cuales muchos preferirán la hermosa ánfora representada en la tumba de Puyemré,22 cuyo único adorno lo constituye una corta inscripción jeroglífica.

El trabajo del metal empleaba gran número de artesanos. El tesoro de Bubastis, con sus vasos de oro y plata, sus páteras, sus zarcillos, sus pulseras, las joyas de la tumba de Siptah, las del Serapeum, que están en el Louvre, constituyen sin duda, para el período de los Ramsés, un conjunto menos rico y menos variado que la prodigiosa colección de Tut-ankh-Amón y la de Psusenés, pero consultemos el gran papiro de Harris que enumera la liberalidades de Ramsés III hacia los dioses. A cada instante se trata de oro, de plata, de cobre, de lapislázuli, de turquesas verdaderas. Las puertas de los santuarios tebanos eran de oro, de cobre que brillaba como oro. Había estatuas vestidas de oro. Mesas de ofrendas, cráteras de plata. Los decretos que se tomaban en favor de Amón se grababan en grandes láminas de oro, de plata o de cobre. El lujo de la casa grande y del barco sagrado desafiaba toda descripción. El templo de Tum, en On, poseía una balanza de oro como no hubo otra igual desde el tiempo del dios. Encaramado en el soporte, un grave cinocéfalo presidía las pesadas. Se enumeran estatuas del Nilo de veintiuna materias diferentes. Las estatuas de verdadero lapislázuli y de turquesa eran 13.568, las de oro y las demás sólo alcanzaban a la mitad de ese número, lo que es bastante respetable. No había templo que no poseyera su tesoro. Agreguemos, para darnos una idea de la actividad de los obreros del metal, todo lo que los reyes y los particulares tenían en sus casas o llevaban puesto.

En los talleres comenzaban pesando el oro y la plata antes de entregarlos a los que habían de elaborarlos.23 Las balanzas sólo servían para eso, por lo menos en este mundo, y para pesar el alma en presencia de Osiris y de los dioses del Amentit. Los cereales se medían con el celemín. Los lingotes de cobre asiático se contaban, pero desdeñaban pesarlos. La balanza se componía de una columna donde encajaba la cabeza de Maat, la diosa Verdad, provista de un cuchillo de metal y de un astil con un fiel en el centro, al que se hallaban suspendidos, por una triple cuerda, dos platillos iguales. En el momento de pesar, bastaba con poner el astil con todos sus accesorios sobre el cuchillo y verificar si los platillos se equilibraban. Las pesas tenían la forma de un buey agachado. El metal se presentaba en forma de anillas. El operador detenía con la mano las oscilaciones de los platillos y contorsionándose verificaba la posición de la balanza, que debía coincidir con la vertical. El escriba, que había sacado del estuche la paleta y el cálamo, registraba los resultados en presencia del jefe de los artesanos del templo, que se apoderaba del oro que acababan de pesar y lo entregaba a los artesanos.

Éstos iban a necesitar hilo para las cadenas, chapas y cintas para las joyas, grandes placas para los vasos y las copas, tubos para los brazaletes, lingotes.24 De modo que primero había que fundir el metal para obtener esas diversas formas, y para ello había que introducirlo en un crisol que se colocaba en un hornillo. Los egipcios fundían el oro y la plata a fuego libre. Media docena de hombres colocados en círculo alrededor del hogar activaban la llama soplando en largos tubos terminados por un manguito de barro con un agujero pequeñito. Bromeaban, lo que no carecía de mérito, pues era un trabajo agobiador. Ese método, que era el de los tiempos antiguos, fue mejorado a principios del Nuevo Imperio. Los tubos se adaptaban a unos odres colocados en el suelo provistos de una cuerda que abría o cerraba a discreción una abertura practicada en el lado opuesto. El soplador se ponía encima de dos odres gemelos Con una cuerda en cada mano, pesaba alternativamente en uno o en otro. Tiraba de la cuerda del odre abandonado a sí mismo y soltaba la cuerda cuando presionaba al odre, de modo que el aire saliera por el tubo. De esa manera, dos hombres hacían con menos trabajo la tarea de seis.25 Cuando el metal estaba en fusión, dos hombres, que no temían ni el calor ni el humo, tomaban el crisol con dos brazos de metal. Le rompían el ángulo. El metal se echaba en lingoteras

22

Mem. Tyt., II, 23.

23 Th. T. S., V, 11, III, 8. 24 V

ERNIER,La bijouterie et la joaillerie égyptiennes, El Cairo, 1907; 2ª parte.

25 Wr. Atl., I, 316-317; N

EWBERRY,Rekhmara, 18. Véase la continuación de las operaciones en los talleres de los orfebres en Th. T. S., III, 8; V, 11-12; Mem. Tyt., II, 23; IV, 11; Wr. Atl., I, 263, 59, 50, 229.

alineadas en una tabla. De ahí retiraban cubos que se confiaban a obreros que disponían de una piedra grande que hacía las veces de yunque y de una piedra manejable que servía de martillo. Con esas sencillas herramientas obtenían hilos, barras o láminas. El martilleo acababa por endurecer el metal, aun cuando fuera muy puro. Se le devolvía su ductilidad recociéndolo. El obrero asía la plancha con unas pinzas y la acercaba a un hornillo, que atizaba con un soplete a boca. Los hilos se estiraban en una hilera para hacerlos cada vez más delgados. Esos procedimientos tan sencillos daban casi todas las formas que el orfebre necesitaría. No tenía más que cortarlos y unirlos. El obrero que quiere fabricar una copa de oro o de plata se sienta en un taburete delante de un barrilete sólidamente plantado en la tierra, y con un martillo bien llevado dará a su plancha la forma deseada. Terminado el trabajo de construcción había que ocuparse de la decoración. La gramática decorativa de los egipcios era de infinita riqueza. Tanto podían vestir una crátera o un ánfora con motivos geométricos o florales encuadrando una escena de género o una escena religiosa, como contentarse, en un arranque de sobriedad, con una corta inscripción jeroglífica perfectamente grabada en un vaso de forma muy pura. Luego de los retoques finales y última limpieza, el objeto terminado se expone en una estantería, que al final de la jornada estará adornada con las más variadas piezas.