• No se han encontrado resultados

EL COMERCIO Y EL DINERO

VII EL TRABAJO DEL CUERO

XI.- EL COMERCIO Y EL DINERO

En los dominios del Estado, en los dominios de los grandes dioses, se llevaba una contabilidad muy estricta de los comestibles y de los productos que entraban diariamente y de lo que el personal consumía. Era un circuito cerrado. Los almacenes y los depósitos rebosaban de mercancías, pero esas mercaderías se destinaban al uso de una fracción de la población. Cuando todas las necesidades de esa colectividad quedaban satisfechas, el excedente podía entregarse al comercio. O bien, dos grandes dominios trocaban directamente sus productos. O bien, los productos de un dominio se vendían a negociantes que los comerciaban por su cuenta y riesgo. Al lado de los grandes dominios colectivos existía una masa de propietarios particulares, grandes, medianos y pequeños, criadores, o productores de granos, de frutas y de legumbres que debían abastecerse de vestidos, muebles, objetos de adorno o de lujo, y que no podían hacerlo sino vendiendo el excedente de sus cosechas o de sus ganados. También había artistas libres, que explotaban un taller del que eran propietarios, y vivían de lo que fabricaban. Por último, había comerciantes que no producían nada, sino que compraban y volvían a vender todo lo que tenía curso en el país. Todo ese mundo, compradores, vendedores y comerciantes, se encontraba en los mercados. El campesino del cuento ha cargado sus asnos con todos los buenos productos del oasis de la sal. Si no lo hubieran desvalijado en el camino, si hubiese podido alcanzar con su carga la buena ciudad de Nen-nisut, hubiera extendido en la plaza su natrón, sus pájaros acuáticos, sus pescados secos y los hubiese cambiado por pasteles, géneros, vestidos. Su mala suerte ha sido excepcional. En tiempos ordinarios, cuando la policía era buena guardiana, cada cual llegaba sin tropiezo. En la tumba de Khaemhat,55 el artista ha representado mercaderes que han expuesto bultos y canastos y gesticulan, sentados o de pie, vociferando. Esos mercaderes tienen un tipo muy especial. La cabeza es

52

Ibíd., 128.

53 En la confesión negativa, Libro de los muertos, 125 A, frase 6, el difunto declara: "No he obligado, cada día, a la gente a trabajar

más allá de lo que podía hacer."

54 M

ASPEBO,Histoire, II, 540-541; Pap. de Turín, 42, 2-3, 46-17.

enorme. La cabellera, abundante y rebelde. Los clientes que llegan con el saco al hombro gesticulan también y, sin duda alguna, su vocabulario no era ni menos rico, ni menos subido que el de los mercaderes. La llegada de un barco extranjero, que venía ya sea del Alto Nilo, ya sea de Siria, atraía, al mismo tiempo que los curiosos que siempre se divertían al ver a los extranjeros de traje abigarrado y su pacotilla, a unos comerciantes que instalaban un puesto y vendían provisiones a los fenicios. Éstos les entregaban en cambio un cuerno decorado o una cabeza encajada en un colmillo de elefante.56

El trueque de mercaderías lo facilitaba la costumbre que habían tomado tempranamente de evaluar los comestibles o los productos manufacturados por medio de una unidad llamada chat. En un documento de la IV dinastía una casa está evaluada en chat.57 En un papiro de la XVIII, una esclava, los servicios de una

esclava durante un tiempo determinado, están valorados del mismo modo.58 Sin embargo, dicha unidad era puramente ideal. Jamás se les ocurrió a los medios oficiales cortar rodajas de metal de peso uniforme exactamente controlado, y contrastarlas, pero los negociantes y el público conocían el peso de oro, de plata o de cobre que correspondía a un chat. De modo que no podían cambiarse mercancías por monedas. Pero el que deseaba vender una casa y había podido entenderse con un comprador sobre su valor en chat recibía animales o granos por el mismo valor. Este caso era sencillo. Si se trocaban animales u objetos cuyo valor no era equivalente, había que evaluar la diferencia en chat y hallar una mercadería que una de las partes podía proveer y la otra aceptar. Esto no se hacía sin discusión. Parece que el chat cayó en desuso hacia la época de los Ramsés, porque no hacía que las transacciones fuesen más fáciles. Nunca se trata de él en el gran papiro Harris, donde se señala muy exactamente en deben de 90 gramos y en qites de 9 gramos el oro, la plata, el cobre y las piedras preciosas, sin indicar el valor de éstos en modo alguno. En este documento, como además en el calendario de Medinet-Habu, se enumeran los celemines de cereales, las canastas de frutas, los sacos o espuertas de diferentes tamaños para otros productos. Los animales y los árboles se cuentan por especies. Cuando nos dicen el número de bueyes, de bueyes salvajes, de orix, de búbalos y de gacelas, suman esos números para dar el total de cabezas y lo mismo se hace con las aves, pero sin que experimenten la necesidad de fijar el valor de un modo cualquiera. Si hubieran querido hacerlo hubiesen expresado ese valor por su peso de oro, de plata o de cobre. El precio de un buey varía de treinta a ciento treinta deben de cobre. Un saco de trigo candeal (boti) equivale a un deben de cobre.59 Pero en general el comprador no estaba en condiciones de entregar cobre, y aun menos plata u oro. El pago en metal precioso sólo se vio en tiempos de los últimos Ramsés, cuando el saqueo de los templos y de las tumbas puso en circulación cantidades bastante grandes de esos tres metales enterrados desde hacía siglos en los hipogeos o guardados en los templos. Un ladrón dedica un deben de plata y cinco qites de oro a una compra de terreno; otro adquiere dos bueyes por dos deben de plata. El esclavo Dega fue pagado con dos deben de plata más sesenta de cobre. Cinco tarros de miel se adquirieron por cinco qites de plata, y un buey por cinco qites de oro.60 Antes de ese período de anarquía, los compradores, a falta de metal, pagaban con mercancías que el vendedor aceptaba y que se valoraban al peso del oro, de la plata o del cobre. El escriba Penanuqit vende un buey estimado en ciento treinta deben de cobre y recibe en cambio una túnica de lino que vale sesenta deben, diez sacos y tres celemines y medio que valen veinte deben, perlas de un collar que valían treinta, y por último dos túnicas de un valor de diez deben.61 Una tebana que adquirió de un mercader una esclava por el precio de cuarenta y un deben de plata, enumera ante los magistrados diferentes artículos, unos, piezas de tejido, entregados por ella directamente, otros, objetos de bronce y de cobre que serán reunidos por diferentes personas.62

El Estado mismo no tenía otro método de pago. Unamón, que fue a negociar una compra de madera al rey de Biblos Zekerbaal, obtuvo enseguida siete piezas de madera, por las cuales dejó como prenda su propio barco. Manda que le envíen de Tanis cántaros y pilas de oro, cinco cántaros de plata, diez piezas de lino real, quinientos rollos de papiro, quinientas pieles de buey, quinientos veinte sacos de lentejas, treinta cestos de pescado fresco, y en otro envío cinco piezas de lino real, un saco de lentejas y cinco de pescado seco.68 La historia no dice a qué peso de oro o de plata equivalía esa pacotilla. Al rey de Biblos no le preocupa, en

56 D

ARESSY,"Une flotille phénicienne, d'après une peinture égyptienne", en Revue archéologique, 1895, 286-292 y pl. 14-15; MONTET,Reliques de l’art syrien, 12.

57 Urk., I, 157; SOTTAS,Étude critique sur un acte de vente immobiliére au temps des pyramides, París, 1913. 58 GARDINER,Four papyri of the 18th dynasty from Kahun, AZ, 1906, 27-48.

59

GARDINER,The Chester Beatty papyri, N9 1, Londres, 1931, págs. 43-44.

60 Pap. 10052 del Br. Mus., pl. 11, 14-30; Pap. 10053, Vº, pl. III, 6-16. 61 Pap. Chester Beatty, I, Vº D y pág. 43.

62 G

ARDINER,A lawsuit arising from the purchase of two slaves, J. E. A., 1935, 142.

apariencia. Manda cortar los árboles, los hace arrastrar hasta la ribera, y por último los entrega al enviado de Amón, pero antes le hace una escena espantosa. Es de creer que tanto el egipcio como el sirio habían hecho cada cual por su parte una conversión de esas mercaderías en oro y plata y que las dos partes eran equivalentes. Sea como fuere, le ausencia de una moneda verdadera hacía laboriosas las transacciones. Eso explica la mímica expresiva de los vendedores en la tumba de Khaemhat y las interminables discusiones que procedieron a la conclusión del trato entre el rey de Biblos y su comprador egipcio.

CAPÍTULOVII