LOS FUNERALES I LA VEJEZ
III.- LA PREPARACIÓN DE LA TUMBA
Ya con la conciencia tranquila, cada egipcio podía prestar todos sus cuidados a su casa de eternidad. Los reyes empezaron siempre muy tempranamente. La construcción de una pirámide, aun mediana, no era cosa de poca monta. Se mandaban verdaderas expediciones para traer a la planicie de Gizeh o de Saqqarah los bloques de granito o de alabastro. Desde principios del Nuevo Imperio la necrópolis real fue transportada al valle de los reyes, al oeste de Tebas. Los descendientes de Ramsés I, aunque oriundos de la Delta, imitaron a aquellos a quienes suplantaron y siguieron horadando en la montaña tebana esos hipogeos, a veces de un centenar de metros, donde se despliega una extraña decoración en las paredes de los corredores y de las cámaras. Se sigue el viaje nocturno de Ra por las doce regiones del mundo inferior, su lucha contra los enemigos de la luz, pero nada recuerda lo que el rey hizo cuando vivo. En ningún lugar se dirigen a los visitantes. Pues la tumba real no estaba preparada para recibir visitas. Era un dominio cerrado, cuya entrada misma había de quedar secreta.24
Muy distintas eran las tumbas de los particulares, que normalmente se componían de dos partes diferentes. La tumba, cavada en lo hondo de un pozo, estaba destinada al difunto. Una vez acostado éste en el sarcófago y cumplidas las últimas ceremonias, se tapaba la entrada de la tumba, se llenaba el pozo, y nadie, en principio, debía perturbar su soledad. Pero encima de la tumba, todo un edificio se abría a los sobrevivientes. La fachada se levantaba en el fondo de un patio en el que unas estelas proponían a la admiración de las generaciones las
23 Véase la carta de Osiris a Ra en Pap. Chester Beatty I, pl. XV.
24 Anna, que vivió en tiempos de los tres primeros Tutmosis, refiere que ha dirigido el arreglo de la tumba real en la soledad, sin que
virtudes y los servicios del difunto. A veces en este patio, cerca de un estanque, se habían dado maña para que crecieran palmas y sicómoros.25 De ahí se pasaba a una sala generalmente más ancha que larga cuya decoración era un verdadero encanto. Hasta el techo estaba decorado con ornamentos vegetales o motivos geométricos de colores vivos. En las paredes, en los pilares, unas pinturas representaban, en sus momentos más característicos, la vida del difunto. Gran propietario, asistía a los trabajos del campo, cazaba los antílopes en el desierto, arrojaba el "búmeran" a los pájaros acuáticos, el arpón a los hipopótamos, tomaba parte en la pesca. Como jefe de los talleres de Amón, vigilaba escultores, joyeros, ebanistas. Magistrado, centralizaba las rentas de la corona. Soldado, instruía reclutas. Se le veía recibido en audiencia por el rey, introduciendo en el palacio largas filas de delegados extranjeros que venían de los países que no conocían Egipto, encorvados bajo el peso de sus tributos, a implorar el soplo de vida. Luego de dar la vuelta de la sala, el visitante se metía en un largo pasaje. En un lado veía al difunto ir en barco a Abidos, en el otro, los episodios de un entierro llevado según todas las reglas. El pasadizo llevaba a una última sala donde ya no se trata sino de la piedad del difunto. Adoraba a los dioses, hacía la libación en honor de éstos, presentaba un brasero encendido, recitaba himnos. En recompensa, consumía las provisiones indefinidamente renovadas que debía a su piedad y a su previsión.26
Sarcófago del escriba Eneua, dinastía XIX. (Actualmente en el Louvre.)
El sarcófago era naturalmente la pieza más importante del mobiliario fúnebre. Cuando vivía, Neferhotep visitó más de una vez el taller donde se confeccionaba el suyo. Vio su alojamiento futuro colocado sobre dos taburetes y artesanos sentados o de pie que se ocupaban de pulirlo, grabarlo y pintarlo. Vio al sacerdote que lo rociaba con un agua santa.27 El rey y la gente muy rica no se conformaban con un solo ataúd. La momia de Psusenes, ya protegida por una máscara de oro, estaba en un sarcófago de plata en forma de momia, que llenaba muy exactamente otro sarcófago igualmente momiforme de granito negro. Éste se hallaba a sus anchas en una vasta pila rectangular decorada interior y exteriormente con divinidades encargadas de la guardia de la momia. En la tapa combada se hallaba tendida la imagen del difunto representado con los atributos de Osiris, mientras que bajo la tapa estaba suspendida Nut, la diosa del cielo, rodeada de las barcas de las constelaciones. Su cuerpo menudo y gracioso se tiende a unos centímetros por encima del sarcófago de granito negro. Por sus ojos de piedra, el rey se hartaba indefinidamente de la belleza de la diosa, que le daba un eterno beso. Así quedaba realizado uno de los votos que formulaba todo egipcio para su eternidad: ser un habitante del cielo, viajar entre las estrellas que ignoran el descanso y los planetas que ignoran la destrucción. Por lo demás, habían esculpido ojos en el costado de los sarcófagos, gracias a los cuales veía tan bien como Ra y Osiris, y puertas que él trasponía para salir de su palacio y volver a su antojo.
La riqueza y variedad del mobiliario dependía naturalmente de los medios de cada cual. El de Tut-ankh- Amón desafía la imaginación: lechos de gala, camas de descanso, carros y barcos, armarios y cofrecillos, butacas, sillas y taburetes, todas las armas, todos los bastones conocidos en su tiempo, objetos de adorno,
25 Véase la viñeta publicada en M
ASPERO,Histoire, II, 516, según una estela del N. E. en el museo de El Cairo.
26 Para mayores detalles véase la introducción de Th. T. S., t. I. 27 DAVIES,Neferhotep, 27; Wr. Atl, I, 124.
juegos, vajilla, objetos litúrgicos. Como miembro del reino osiriano, el rey había de repetir los actos piadosos que hacía en vida. Como jefe de familia, como soberano, seguiría recibiendo a sus hijos, a sus familiares, a sus amigos, a sus súbditos y tendría que tratarlos. Con esa intención se preparaba una vajilla abundante. Se ponían a un lado, para depositarlas en la tumba, piezas de la vajilla real, al mismo tiempo que se preparaban aves, trozos de carne, frutas, granos, líquidos, todo lo que se come y todo lo que se bebe.
El sarcófago lo completaba un cofre de madera o de piedra y los cuatro vasos que llamamos, sin razón por lo demás, vasos canopes. Estaban éstos destinados a recibir los órganos retirados del cuerpo durante la momificación y colocados bajo la protección de cuatro dioses y de cuatro diosas. Uno de esos dioses, Amset, tenía cabeza humana, Hapi, cabeza de cinocéfalo, Duamutef, cabeza de chacal, y Qebehsenuf, de halcón. La tapa del primer vaso representaba, pues, una cabeza humana, y las otras tres una cabeza de cinocéfalo, de chacal, de halcón. Algunos, muy finos, estimaban que no era bastante. Fabricaban pequeños ataúdes de oro o plata, compuestos, como los verdaderos, del depósito y la tapa. En ellos se pondrían los cuatro paquetitos momificados, y luego se depositarían esos cuatro ataúdes en los vasos de alabastro.
Preparación de sarcófagos y de lo necesario para la tumba bajo el Nuevo Imperio. El sarcófago parece hecho de una suerte de cartón, para cuya confección el obrero (abajo a la izquierda) trae tiras de lino. El sarcófago (abajo a la derecha) es pulimentado y pintado; un obrero agujerea la madera de la base. Arriba a la izquierda, serran una tabla y cortan el pie de un escabel con una azuela. Detrás, la comida de los operarios; al lado, un obrero descansando.
Los campos de Iaulu, en los cuales reinaba Osiris, eran, como el jardín de Cándido, el lugar más hermoso del mundo, pero había que cultivarlos como se cultivaba un dominio real, arar, sembrar, escardar y segar, cuidar los canales de riego y hasta hacer trabajos cuya utilidad no vemos claramente, por ejemplo, transportar la arena de una orilla a la otra. Esos trabajos, que a un terrateniente le parecían naturales, parecieron, al contrario, intolerables a los que habían pasado la vida en ociosidad o habían ejercido oficio distinto al de agricultor. Ningún pueblo ha creído tanto como los egipcios que la imagen de una cosa o de un ser poseía en cierta medida sus facultades y sus propiedades. Habían dado con el remedio. Bastaba con fabricar estatuillas que podían trabajar en lugar del difunto. Esas estatuillas, de loza barnizada, a veces de bronce tenían la forma de una momia. El rostro es a veces muy individual. Razones tenemos para creer que quisieron hacer un retrato. Si no se buscó el parecido, la finalidad ha sido alcanzada de todos modos, pues la inscripción indica al menos el nombre y el título del personaje cuyo lugar ocupa: "El Osiris, primer profeta de Amonrasonter Hornekhti." A menudo un texto más desarrollado define los trabajos de que la estatuirá habría de ocuparse: "El Osiris N dice: "Oh, estatuita (uchebti), si el Osiris N es contado, llamado, designado para hacer todos los trabajos que han de hacerse ahí, en la necrópolis, como un hombre para sus propios negocios, para hacer prosperar los campos, para regar las riberas, para transportar la arena de este a oeste y viceversa, para arrancar las malas hierbas, como un hombre para sus propios negocios." ¡Yo hago, aquí estoy! "así dirás tú".
Una vez que se largaron en esa dirección, los egipcios multiplicaron esas estatuillas para evitar para siempre jamás las faenas amenazadoras. Han trazado entre sus manos, o en las espaldas, herramientas y sacos. A los trabajadores han agregado escribas y vigilantes, porque detrás de todo equipo de cultivadores se perfilaba el indispensable funcionario. Por último, se han puesto a fabricar todo un material de pequeños objetos y herramientas en miniatura para ponerlas a disposición de las estatuillas, palancas de acarreadores de agua o de arena, canastas y espuertas, azadas y mazos, de bronce o de loza. Ese material, para que no corra el
riesgo de que lo roben o lo empleen con otros fines distintos a los que desea el cliente, está inscrito con el mismo nombre que las estatuillas.28
La misma idea ha sugerido que se fabriquen para el muerto algunas estatuillas de mujeres desnudas. Los reyes, los príncipes, tenían concubinas y no querían perder esa buena costumbre en el otro mundo. Las hemos encontrado en la antecámara de Psusenes. Unas llevaban un nombre real, otras un nombre de mujer. Pero nos compadeceríamos de ese rey si en vida eligiese a sus concubinas como ha elegido a sus muñecas.29
A las momias les gustaban los atavíos tanto como a los vivos. Por lo demás, a menudo se adornaba a la momia con joyas que el difunto había llevado estando vivo, pero más a menudo se fabricaban nuevas. He aquí la lista de lo que necesitaba la momia de un rey o de un gran personaje:30
La máscara, de oro para el rey y los príncipes de la sangre; de cartón y de yeso pintado para los particulares.
Un cuello formado por dos chapas rígidas de oro tabicado representando un buitre con sus alas desplegadas.
Uno o varios collares de oro, piedras, perlas de loza, formado por varias hileras de perlas o de piececillas, de uno o dos cierres, a veces provisto de un colgante de oro y piedras calibradas, a veces de loza. Uno o varios pectorales con su cadena. El motivo más habitual era el escarabajo alado flanqueado de Isis y de Neftis. En el reverso del escarabajo grababan la célebre invocación del corazón: "Oh corazón mío, corazón de mi madre, corazón de mis diferentes edades, no te alces en mi contra como testigo, no te opongas a mí en el tribunal, no hagas inclinar el platillo en mi desventaja ante el guardián de la balanza, pues tú eres el Ka que está en mi cuerpo, el dios Khnum que guarda mis miembros intactos. No dejes que mi nombre huela mal... No digas mentira contra mí ante el dios."
Otros escarabajos, alados o no, grabados, pero sin cuadro, corazones de lapislázuli provistos de una cadena con el nombre del difunto grabado.
Brazaletes flexibles y rígidos, huecos o macizos, para las muñecas, para los brazos, para los muslos y los tobillos.
Dediles para los dedos de las manos y de los pies. Anillos para cada dedo.
Sandalias.
Amuletos y estatuillas de divinidades que serían suspendidas al cuello o prendidas en el pectoral.
Las divinidades encargadas de proteger al muerto eran principalmente Anubis y Thot, debido al papel que representaban durante el peso de las acciones, pero la elección no estaba limitada. No se desdeñaban los halcones, los buitres de alas desplegadas, ni las cabezas de serpiente, pues la serpiente es el guardián del cerrojo que tiene cerradas las puertas de las diferentes secciones del otro mundo, ni los fetiches de Osiris y de Isis, ni el ojo udya.
A todos esos adornos había que agregar aún reproducciones, en miniatura, de una multitud de objetos como bastones, cetros, armas, atributos reales o divinos que siempre era bueno tener al alcance de la mano.
No era fácil tarea pedir el material tan complicado, tan costoso, y vigilar la buena ejecución. Pues el porvenir del difunto dependía en buena parte, a pesar de lo que sobre el particular piensen algunos melancólicos, del cuidado que había dedicado a su casa de eternidad, a su mobiliario, a sus adornos. Muy lejos de ser un lugar de reposo y tranquilidad, el otro mundo estaba lleno de añagazas de las que no se libraban si no se habían tomado todas las precauciones imaginables.
28 S
PELEERS,Les figurines funéraires égyptiennes, Bruselas, 1923, Kêmi, IX, 82-83.
29 Kêmi, IX, 78-79.