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VII ENTRETENIMIENTOS REALES: LOS DEPORTES

La gran ocupación del rey era la guerra. Desde la infancia, los príncipes se preparaban para ello. Sesostris, dicho de otro modo Ramsés II, había sido preparado por su padre, lo mismo que todos sus camaradas, a ejercicios continuos y a las fatigas del cuerpo. A ninguno de ellos se le permitía probar alimento alguno antes de haber corrido ciento ochenta estadios. De modo que llegados a la edad viril eran todos atletas.28 El poema de Qadech y muchos otros textos ponderan la fuerza física del rey, su resistencia, su destreza, su valentía, pero si queremos detalles sobre la educación deportiva de los jóvenes príncipes los hallaremos en una estela de Tutmosis III,29 el valiente guerrero, y sobre todo en una estela de su hijo y sucesor Amenhótep II30 que fue, según los médicos que han examinado su momia, un hombre de vigor excepcional, de quien sus contemporáneos decían: "Es un rey de brazo tan pesado que nadie puede armar su arco, ni entre sus soldados, ni entre los jeques de los países extranjeros, ni entre los grandes de Retenu." 31 Véase, pues, cómo empleaba el tiempo un príncipe cuyo nacimiento lo designaba para ocupar el trono de Horus. "Alcanzaba dieciocho años en la plenitud de su fuerza. Había aprendido a conocer todos los trabajos de Montu. No tenía igual en el campo de batalla. Había aprendido equitación. No tenía rival en ese numeroso ejército. No había un solo hombre que pudiese armar su arco. No podía alcanzársele a la carrera." En una palabra, un atleta completo. Había llevado su adiestramiento en tres direcciones, a la vez remero, arquero y caballero.

"Era de brazo resistente e incansable mientras tenía el remo y gobernaba a popa de su barco real, como jefe de una tripulación de doscientos hombres. En la parada, cuando esos hombres habían hecho la mitad de un atur de navegación, no podían más: tenían los miembros fláccidos, apagados. En cambio, Su Majestad se mantenía firme con su remo de veinte codos. En la parada, cuando amarraba su barco real, había hecho tres

aturs de gobernalle sin tomar descanso en la franquía. La gente se regocijaba al verle hacer eso."

Por lo demás, no hay que olvidar que la función de piloto se había hecho menos pesada desde que el timón estaba sostenido cerca de la extremidad por un astil y por una muesca practicada a popa en el eje, o en los costados cuando había dos gobernalles. En el Antiguo Imperio, los pilotos manejaban con las dos manos, sin ayuda alguna, los remos que servían de timón y para luchar contra la corriente o cambiar de dirección había que hacer un esfuerzo prodigioso. No hay verdaderamente ninguna razón para creer que el príncipe volviera al antiguo sistema. Pero el manejo del timón, aun después de los perfeccionamientos indicados, exigía sin duda

27 Las escenas están estudiadas al detalle en MONTET,Les reliques de lárt syrien dans l'Égypte du Nouvel Empire, París, 1937, Cap.

I.

28

DlODORO, I, 53.

29 Estela encontrada en el templo de Montu en Erment, Ex oriente lux, 1939, 9. 30 Gran estela encontrada en Gizeh, publicada por V

ARILLE,Bulletin I.F. A. O., XLI, 31 y siguientes

31 K

UENTZ,Deux stéles d'Aménophis, II, 6-7. Otros textos exaltan la fuerza física de Amenhótep II: Urk., IV, 976-7; Ann. S. A. E., XXVIII, 126; Medamoud, 1326-1327; 145; Bulletin of the metropolitan Museum of arts, 1935, II, 49-53.

mucha fuerza y resistencia.

Un buen arquero ha de saber apreciar los arcos: "Armó trescientos arcos duros para comparar el trabajo de sus fabricantes, para distinguir un obrero ignorante de un conocedor." De modo que luego de elegir un arco irreprochable, como ni un solo hombre, fuera de él mismo, hubiera podido armarlo, he aquí lo que hizo:

"Entró en su puesto septentrional y halló que le habían preparado cuatro blancos de cobre de Abisinia de un palmo de espesor. Veinte codos separaban un poste del siguiente.

"Cuando Su Majestad apareció en su tiro como Montu en su poderío, empuñó el arco, tomó cuatro flechas al mismo tiempo y avanzó tirando a los blancos, como Montu, con sus animales. Las flechas salían del otro lado. Luego atacaba otro.

"Ese es un golpe que nadie llevó a cabo, ni del que nunca se oyó hablar, tirar una flecha contra un blanco de cobre y que ésta saliera y cayera al suelo, excepto [por] el rey fuerte y poderoso que Amón ha hecho victorioso."

En realidad, el príncipe Akheperuré no hacía sino renovar una hazaña de su padre, Menkheperré, quien también traspasaba con sus flechas una chapa de cobre. Lo que no dejaba de ser una bonita proeza. Si, como Ulises, Akheperuré hubiese podido volver a su casa bajo el aspecto de un mendigo, con su brazo invencible y su arco incomparable hubiera podido castigar a los que pillaban su palacio y deseaban sus mujeres.

Un guerrero perfecto amaba sus caballos, y aun todos los caballos, más que a sí mismo. Por más que el príncipe Nemarot sólo reinaba en una parte del Egipto Medio, tenía una cuadra en su capital Chmunu. Durante el asedio todo el mundo padeció, caballos y hombres. Piankhi, al entrar en la ciudad como vencedor, visitó las caballerizas. Vio los graneros sin forrajes, los caballos hambrientos. Se apiadó y también se encolerizó al comprobar que la ceguera de su adversario había dejado a tan hermosos animales en semejante estado: "Tan cierto como que estoy vivo y que amo a Ra y que mi nariz florece en vida, a mi corazón le duele más que hayas dejado hambrientos a los caballos, que todo el daño que has hecho por tu maldad. ¿No sabes que la sombra del dios está sobre mí? No le he faltado. He nacido del vientre divino. Dios me ha hecho existir desde el huevo. La simiente divina está en mí. Pongo por testigo a su Ka de que no obro sin que él lo sepa. Es él quien me ordena obrar." 32 Ramsés III no confiaba en que sus oficiales verificaran si sus caballos eran bien cuidados y los mantenían en estado de hacer campaña. En traje de gala, el bastón en una mano, un látigo en la otra, encuadrado por sus portaparasoles y sus portaabanicos, seguido por sus oficiales de ordenanza, llega a la gran cuadra de palacio. Retumba el toque del rey. Los mozos de cuadra saltan a su puesto. Cada uno recoge las riendas de una pareja de caballos. El rey los inspecciona uno tras otro.33

El príncipe Amenhótep, en su más tierna edad, y mucho antes que estuviese en condiciones de emprender los trabajos de Montu, dominaba las necesidades de su cuerpo. Quería a los caballos y de ellos se glorificaba. Porque los amaba, conocía todas las maneras de domarlos. Los éxitos que obtenía llegaron a oídos del padre. El terrible Menkheperré se sintió feliz y orgulloso de lo que se decía de su hijo mayor. Y dijo a los que le rodeaban: "Que le den el más hermoso tiro de la cuadra de Mi Majestad que se halla en [el nomo] del Muro [blanco] y decidle: "Ocúpate de ellos, cuídalos, prepáralos, fortifícalos. ¡Te lo suplicamos!" Así alentado y con ayuda de Rechef y Astarté, esos dioses del país de donde venían los caballos, el joven príncipe puso manos a la obra." Hizo de ellos caballos sin igual, incansables mientras los llevaba de las riendas. No sudaban durante una larga carrera.

La mayoría de esas caminatas se desarrollaban en la región al oeste de Menfis, en la cercanía de las grandes pirámides. Cuando el ureaus brilló en su frente Amenhótep ordenó que se hiciera un descansadero donde se erigió la gran estela de piedra blanca que nos ha conservado el recuerdo de sus proezas. El hijo de Amenhótep, Tutmosis, tomó a su pecho renovarlas. Le agradaba tirar al blanco cerca de la gran esfinge, y luego iba a cazar los animales del desierto. Un día se quedó dormido entre las patas del monstruo, que se le apareció y le ordenó que quitara la arena que lo ahogaba, con lo que merecería sentarse en el trono de Geb. El príncipe no podía dejar de obedecer ni de referir a la posteridad un sueño tan maravilloso.34 Sin la piedad de

32 P

IANKHI,64-69, Urk., III, 21-22. 33 Medinet-Habu, 109-110.

34 Es lo que hizo en la estela que erigió entre las patas de la gran esfinge, publicada por E

RMAN,Sitzungsberichten pr. AK. (philosophish-historischen Classe 1904, 428-444).

esos jóvenes, no sabríamos cómo se prepararon para la función real.

VIII. - LAS CACERÍAS REALES

Tirar a un blanco de cobre, cazar los antílopes en el desierto próximo a las pirámides, bajo la protección de Harakhté, eran diversiones de príncipe. Deportes más excitantes esperaban al Faraón, que no tenía más que desearlos para medirse allende el Eufrates y al sur de la catarata con bestias feroces que ya no había posibilidad de encontrar en los dos desiertos que bordean el Nilo egipcio.

Así, en el valle del Eufrates, en un lugar llamado Niy, donde el río corre entre dos rocas, el rey Menkheperré y su escolta tropezaron con una manada de ciento veinte elefantes. El combate comenzó en el agua. "Ningún rey había hecho jamás semejante cosa desde el tiempo del dios." El más grande de esos elefantes estaba colocado, sin duda por voluntad del dios, frente a Su Majestad, que se halló en gran peligro. Afortunadamente, su viejo compañero de armas Amonemheb estaba allí. Le cortó la trompa al monstruo. Su amo le dio el oro de la alabanza. Sin embargo, calló la abnegación de Amonemheb en el relato oficial que mandó grabar en la estela de Napata, aun cuando declara: "He dicho esas cosas sin felonía. Aquí no hay mentira alguna." No hubiéramos sabido la verdad si Amonemheb no hubiese compuesto a su vez un relato, demasiado corto, de esa caza memorable.35 Pero, ¿quién nos dirá si algún soldado de grado más modesto que Amonemheb tomó parte en el acontecimiento?

Los textos conocidos omiten decirnos si Seti y Ramsés cazaron el elefante en el Eufrates y el rinoceronte entre la tercera y la cuarta catarata, pero los bajo relieves de Medinet-Habu representan a Ramsés III cazando el león, el toro silvestre, el antílope.36 El rey va equipado como si marchara a la guerra. Está montado en su carro. Bajo el vientre de los caballos, un león herido, boca arriba, trata de arrancarse con las garras la flecha que tiene hundida en el pecho. Otro león, alcanzado por dos flechas y una jabalina, va rugiendo a esconderse entre el cañaveral. Un tercero salta de un bosquecillo situado detrás del carro, pero el rey se ha dado vuelta, jabalina en mano, y el nuevo agresor no evitará el golpe mortal.

Cazando cerca de un pantano bordeado de cañas y de altas hierbas, la tropa real persigue a un hato de toros silvestres. Los soldados armados, como para la batalla, con arcos, picas, espadas y broqueles, están colocados en fila. Los animales, enloquecidos, obligados a huir en línea recta, son alcanzados por el carro del rey, quien también va armado como para la guerra con el arco triangular y una pica. Un toro acribillado de flechas ha caído boca arriba en un bosquecillo y mueve las patas. Otro ha rodado bajo los pies de los caballos. Un tercero, de un salto desesperado que le endereza la cola y le saca la lengua fuera de la boca, ha querido tirarse al agua, pero cae, agotado, de rodillas.

La caza a los antílopes, comparada con esas persecuciones apasionantes, parece una diversión. El rey, solo en su carro, se mete sin escolta en el desierto. No intenta, como los burgueses de Tebas o los cazadores profesionales, atraer gacelas en un espacio cerrado, sino que si divisa a lo lejos una manada de asnos salvajes o de antílopes, apura el paso hasta darle alcance.

IX.-EL REY EN LA INTIMIDAD

Cuando volvía de un largo viaje o de una correría por el desierto, el rey encontraba bastante entretenimiento

35 Según la estela de Napata, publicada por R

EISSNER,Inscribed Monuments from Gebel Barkal, AZ, LXIX, 24-39 y la inscripción de Amenemhart, Urk., IV, 890.

en sus palacios de Pi-Ramsés,37 de Menfis o de Tebas. Tan a gusto se hallaba Akhenatón en su palacio nuevo de Akhetatón, que casi nunca se alejaba. Padre tierno, marido fiel, hijo afectuoso, sólo estaba a gusto en compañía de la reina y de las princesas. Le acompañaban en sus paseos. Con él entraban en el templo. Asistían a las distribuciones de recompensas. Ayudaban al rey a recibir a los delegados extranjeros. Le preparaban brebajes y golosinas. La reina cogía la tetera y el colador para servirle ella misma una infusión caliente. Cuando la reina madre visitaba a sus hijos, la felicidad era completa. El almuerzo y la cena se preparaban también en familia.38 Pero no es seguro que esos modales fuesen los de todos los faraones. Akhenatón reaccionó contra muchas costumbres e ideas de la época precedente, que volvieron a florecer después de él. A principios de la dinastía XVIII el rey vivía mucho menos en familia. El rey Ahmosé, al ir a descansar en su diván, encuentra a la muy alabada, muy graciosa hija real, hermana real, divina esposa, gran esposa real Ahmosé-Nefertari. ¿Sobre qué versará la conversación? Sobre el bien que podrían hacer a los que están allá, a los muertos que reclaman agua y mesas de ofrendas guarnecidas en todas las fiestas del cielo y de la tierra. Algo asombrada, la reina, que quizá esperaba alguna cosa más galante, pregunta: "¿Por qué esos pensamientos? ¿Por qué razón ese discurso? ¿Qué ha penetrado en tu corazón?" El rey, junto a ella, le respondió: "Es que me he acordado de la madre de mi madre, de la madre de mi padre, la gran esposa real, la madre real, Teti-Cheri, justa de voz, cuya sepultura y monumento están en el presente en el polvo de Tebas y de Tini. He dicho esto a tu lado, porque Mi Majestad deseaba hacerle una pirámide y un castillo en To-dyusir, en la vecindad del monumento de Mi Majestad, que se le cave su estanque, se planten sus árboles, se establezcan sus panes, se los dote de hombres y terrenos, posean rebaños, tengan sacerdotes de doble, encargado de ceremonia atentos a sus quehaceres y hombres conociendo su función."39 Es de admirar la piedad del rey, la dignidad de su lenguaje, las consideraciones que atestigua a su mujer, pero no podemos dejar de pensar que a la reina quizá le hubiera gustado más hablar de otra cosa. Ramsés II era menos austero. Los numerosos textos que hablan de Pi-Ramsés, la residencia que fundó sobre las ruinas de Avaris, en la Delta oriental, alaban el encanto y la alegría. Se comía bien. Se bebía mejor. El vino tenía gusto a miel. Se coronaban de flores. Aclamaban al rey todos los días. En suma, un paraíso.40 En Akhetatón la vida se desarrollaba también entre fiestas, pero había al menos una diferencia. El rey hereje practicaba las virtudes familiares, tal como las entendemos. Los Ramsés amaron el cambio. Con Ramsés II, cinco mujeres, que sepamos, han llevado el título de gran esposa real. Ese número no es extraordinario para un rey que reinó sesenta y siete años, pero ciento setenta y dos hijos prueban que no se atuvo ciertamente a las esposas oficiales. La penuria de nuestros documentos no nos permiten imaginar cómo conseguía entenderse toda esa gente. Anotemos solamente un ejemplo de galantería del gran rey. Había concluido la paz con su adversario Khattusil, rey de los hititas. Sin embargo, las hostilidades no cesaban. Cada vez que una tropa egipcia se encontraba con otra hitita había batalla. Khattusil tomó una gran resolución. Despojándose de todos sus bienes y con su hija bien amada a la cabeza, los envió a Ramsés. El cortejo salió en la mala estación, pero el dios Sutekh, que no podía negar nada a Ramsés, su lejano descendiente, hizo un milagro a pedido suyo. Sobrevinieron días de verano. Un sol radiante alumbró el largo viaje de la princesa desde su capital, en el centro del Asia Menor, hasta Egipto. Pero no fue todo. Ramsés decidió levantar un castillo fuerte entre Egipto y Fenicia, al que llamó Ramsés-grande-de-victorias. Lo colocó bajo la protección de cuatro divinidades, dos asiáticas, Sutekh y Astarté, y dos egipcias, Amón y Uadyit. Amontonó en él provisiones, envió cuatro estatuas y él mismo fue a esperar a la princesa y su escolta y conducirla a su gran residencia de Pi-Ramsés, mientras el pueblo expresaba ruidosamente su alegría de ver a tan hermosa princesa y que, por primera vez, los soldados hititas y egipcios fraternizaban.41

Los sucesores de Ramsés II no intentaron quitarle esa gloria. El propio Ramsés III, aun cuando quería igualarle en todo, se contentó con tres esposas y una decena de hijos, pero le gustaba la sociedad de las mujeres. Jugaba gustoso a las damas con bonitas personas desnudas, que le traían flores, bebidas y golosinas.

A los reyes les gustaba también la sociedad de sus compañeros de armas y de cacería, y asimismo la de la gente reputada por su saber. Khufu convoca a sus hijos y sucesivamente cada cual le refiere un cuento. El mismo Khufu, al saber que en su tiempo existe un sabio que es también hacedor de milagros, lo manda buscar por uno de sus hijos. Snefru manda que venga a la corte un sabio que conoce el pasado y sabe leer en el porvenir. Mucho después, Amenhótep III confiaba a un sabio, que llevaba el mismo nombre que él, sus

37

Poema de Qadech, ed. Ruent, 338-339.

38 D

AVIES,El Amarna, III, 30-34, 4, 6, 18, 13; IV, 15.

39 El Cairo, Cat. gen., 36002. 40 M

ONTET,Drcrme d'Avaris, 116-129.

aprensiones y su deseo de ver a los dioses.