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LAS OCUPACIONES DOMESTICAS I LOS CUIDADOS DE ASEO

X.- LOS JUEGOS

Los festines no tenían lugar todos los días. Cuando estaban solos, a los dueños de casa les agradaba instalarse en el jardín, bajo un ligero pabellón, respirar el suave viento del norte, o bien daban en barca una vuelta alrededor de su lago y se entregaban a las delicias de la pesca de caña. Una distracción que los esposos apreciaban mucho era el juego de damas. Jugaban sobre un tablero rectangular dividido en treinta o en treinta y tres escaques. Los peones negros o blancos tienen la misma forma que el peón de nuestro juego de ajedrez. Los jugadores se instalan sobre taburetes, con un almohadón bajo los pies. A menudo los esposos juegan uno contra el otro. Al padre le ayuda la hija, que le ha rodeado el cuello con el brazo. Petosiris juega con sus amigos después de almorzar mientras llega el momento de refrescarse en la sala de la cerveza. No espera ese momento un tebano, y prefiere beber al mismo tiempo que juega a las damas.69 No sabemos nada de cómo se jugaba. Parece ser el resultado de jugadas de dados y no de maniobras libres como en nuestro juego de damas. En épocas remotas, los juegos eran más numerosos y variados. El que tenía preferencia era el juego de la

65

MASPERO,Études égyptiennes, 178 y sigts. (Leide K 6).

66 H

ERÓDOTO,II, 78; PLUTARCO,Isis et Osiris, 17; LUCIANO,De Luctu, 21; PETRONIO,Satiricón, 34.

67 Paheri, 7. 68 D

AVIES,Neferhotep, 18; Wr. Atl., I, 392 (Bruselas E 2877); Wr. Atl., I, 179.

serpiente mehen, que se jugaba sobre un velador en el que aparecía grabada o en trabajo de incrustación una serpiente enroscada, con la cabeza en el centro y el cuerpo dividido en compartimientos. Los jugadores disponían de tres leones, tres leonas, bolas blancas y bolas rojas. Cuando terminaba la partida, todo ese material se guardaba en un cofrecillo de ébano. Ese juego no está ya atestiguado después del Antiguo Imperio.70 Sin embargo, no puede afirmarse que lo hubieran abandonado. Dos tumbas de la primera dinastía, que nos han conservado las más bonitas series de leones y leonas de marfil, nos han guardado también piezas de juego muy curiosas de marfil: unas representan una casa formada por tres edificios de techo puntiagudo; otras se parecen al rey y a la torre de nuestro ajedrez. Los peones son unos cilindros cuya extremidad superior redondeada termina en un botón. Es difícil creer que los varios juegos inventados por sus ingeniosos antepasados fueran abandonados en provecho de sólo uno o dos. Los egipcios eran jugadores. Los esposos, los amigos, jugaban como pasatiempo. Hasta los enemigos podían zanjar por el juego un diferendo cualquiera.71

Los niños jugaban también con juegos que no exigían gran gasto. Si los niños son numerosos, se reparten en dos bandos. En cada bando cada jugador rodea con los brazos el cuerpo del camarada que lo precede. Los dos primeros se enfrentan pie contra pie, entrecruzan las manos, y mutuamente se esfuerzan por hacerse caer. Los que están detrás alientan a su jefe de fila: "Tu brazo es más fuerte que él, mucho. ¡No aflojes!" Los otros responden: "El campo es más fuerte que tú. Apodérate de ellos, camarada."

El juego del cabrito a tierra es una especie de salto de obstáculo.72 Dos muchachos se sientan en el suelo uno frente al otro, con los brazos y las piernas extendidos, bien apartados los dedos de la mano, el talón izquierdo sobre la punta del pie derecho. Forman el obstáculo, y ese obstáculo es el que los demás jugadores deben saltar sin que los cojan. Los jugadores que forman el obstáculo tratarán naturalmente de coger la pierna del que salta y de mandar "el cabrito al suelo". Al saltarín no le está permitido amagar, sino que anuncia su salida diciendo: "¡Aguántate bien! ¡Allá voy, camarada!" Otros niños se disputan carreras, pero sería demasiado sencillo correr con los pies, corren de rodillas, con las piernas cruzadas, sujetando los pies con las manos. Si en la pandilla hay alguno mayor, se pondrá de cuatro patas, y dos pequeños, sujetándose por las manos y los pies, se columpiarán en su espalda. También juegan a tirar jabalinas a un blanco dibujado en el suelo. Este blanco lleva, no se sabe por qué, el nombre del dios Sechemu, el dios del lagar, que es un dios muy respetable. Más bien esperaríamos el nombre del matador de Osiris. La lucha tenía aficionados. Si eran bastante numerosos, una parte de los jugadores forma una especie de torre, cada uno extendiendo los brazos sobre los hombros de sus vecinos. Los otros deben saltar por encima de la torre sin que los coja el guardián.

A veces el juego acababa mal. El niño torpe o tramposo era castigado a puñetazos y a puntapiés. A veces lo ataban como a un verdadero criminal. Sus verdugos lo castigaban con palos que terminaban en una mano.

Las niñas preferían los juegos de habilidad. Hacen juegos malabares. Las más pequeñas, a cuestas de las mayores, se mandan pelotas. También luchan a brazo partido. Pero el pasatiempo preferido era la danza. Toda joven había de saber bailar, y no sólo las que deseaban llegar a ser bailarinas profesionales. Se atan una bola a la trenza y también prolongan el brazo con un espejo o uno de esos palos esculpidos que piden prestado a los muchachos de la vecindad. Así ataviadas, dan vueltas, saltan, se contorsionan, mientras las compañeras hacen coro cantando y batiendo palmas. Su canción, que para nosotros no es muy clara, invoca a Hator, la patrona de todos los placeres. He aquí un modo de bailar al que no le falta lo imprevisto. Dos mayores se colocan de espaldas y extienden los brazos a derecha e izquierda. Otras cuatro niñas, apoyando los pies en los pies de las otras dos, agarran las cuatro manos extendidas y, estirando el cuerpo, quedan colgadas de ellas. A la voz de mando todo el aparato daba por lo menos tres vueltas, a menos que una caída interrumpiera el juego.

En las habitaciones del harén había casi siempre permanentemente arpas, cítaras, laúdes y tamboriles.73 No estaban en balde. Supongo que después de la cena, los cantos, la música, la danza, encantaban la velada pasada en familia. Los relatos igualmente. Un papiro del museo de Berlín, llamado el papiro Westcar, muestra a Keops distraído, y luego prodigiosamente interesado por las historias de magos que cada uno de sus hijos cuenta a su vez. Bien tenemos el derecho de pensar que ese pasatiempo real era también del gusto del que quería encontrarlo en él.

70

MONTET,Vie privée, 372-376; JUNKER,Giza, IV, 37.

71 M

ASPERO,Contes populaires, 4ª ed., 142 (Setna-Khamoïs et les momies). lbíd., 2 ... (Emprise de la cuirasse).

72 M

ONTET,Vie privée, 368-372. Una explicación diferente del juego del cabrito a tierra lo da, según sus propíos recuerdos de infancia, un egiptólogo egipcio, ZAKI SAAD,Khasa Lawiza, Ann. S. A. E., XXXVII, 212 y sigts.

CAPÍTULOV

LA VIDA EN EL CAMPO