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El «éxito» del Islam*

72 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

ros y que se lim pian reg u larm en te d esde el ex terio r de las casas: p ru eb a de ello es su contenido arqueológico, hom ogéneo y c o n tem p o rán eo de la época en que fueron ab an d o n ad as. E l ingenio, el afán de lim pieza y la eficacia se descubren, incluso, en F u stát en la construcción, en las terrazas en las que se en cu en tran sistem as de captación de vientos frescos q u e, a contin u ació n , se distribuyen m e ­ d ian te canalizaciones: to d o ello llevará, en los siglos x y xi, a la m ultiplicación de instalaciones hidráulicas. A sí, en u n a casa sim étrica o rd en ad a en to rn o a una canalización a cielo a b ie rto , una fu en te, provista de una cascada q u e hum edece y refresca el aire, conduce a un estan q u e con su rtid o res y criaderos de peces rojos, ro d ead o de arriates y zanjas p ara los árboles. E ste m odelo, qu e ya es fati- m í, tiene una doble sim etría o rien tad a y co rresp o n d e a las casas de grandes di­ m ensiones.

La tipología diversificada de las ciudades islám icas y la originalidad de las fo r­ m aciones u rb an as y de sus topografías no deb en hacernos olvidar q u e la g e n e ra ­ ción de las ciudades cabbásíes p resen ta rasgos com unes: surge una clase que sube y que recibe el nom bre de «patriciado», constituida p o r gentes que viven de las ren tas de la tierra , po r profesionales de la religión y p o r m ercaderes, y que se codea con los re p resen tan tes del p o d er cen tral, los secretarios, o sea, los funcio­ narios de las oficinas, y los m ilitares. C on diversos orígenes religiosos (nestoria- nos, zo ro astrian o s, m usulm anes) y sociales (juristas y profesores de tradiciones

—h a d ith — y dihgarts, antiguos funcionarios sasánidas del distrito , m ercad eres de

la ru ta de la seda que lleva desde el Ju rásán hasta la T ransoxania y la C h in a), pero estrech am en te asociados en función de los m atrim onios que los llevan a fu­ sionarse, ráp id am en te, en fam ilias de actividades económ icas m uy variadas, los linajes patricios de N ishápúr unen el prestigio de la ascendencia árab e y m usulm a­ na de los con q u istad o res (los H arash t, fam ilia de cadíes, descienden, p o r ejem plo, del califa cU th m án , de quien tom an el n om bre) y las realidades del p o d er e co n ó ­ mico local: los H arashí-cU th m án í reciben tam bién num erosas p ro p ied ad es por sus m atrim onios con hijas de funcionarios y se asocian, en el siglo x , a m ercad eres de origen p ersa, los Balawí.

U na im agen arqueológica e x trao rd in ariam en te precisa de la hegem onía de la clase d o m in an te nos la p roporcionan las excavaciones de F ustát y de Siraf: son m ansiones inm ensas, que parecen fortificadas, protegidas po r los alojam ientos de los p o rtero s y, a veces, con e n trad as acodadas. Su extensión resulta sorprendente:/ en Siraf los dom icilios excavados m iden en tre 210 y 540 m 2 de superficie en la| p lanta b aja, con una m edia de 361 m 2, sin c o n tar la planta alta. E n F u stát la p lan ta, m enos clara (los m uros, con frecuencia, han sido arrasad o s al nivel de los cim ientos), y la irregularidad de la parcelación, nos p erm iten , a p esar de to d o , reconocer conjuntos m uy am plios y hacen surgir dos m ódulos distintos: uno, sen ­ cillo, con un solo p atio , que tiene de 180 a 200 m 2, y o tro , con doble p atio , y 400, 500 y hasta 1.200 m 2. E n am bos lugares, el em porium iranio y la m etrópolis egipcia, estas en o rm es m ansiones o cupan to d o el espacio, especialm ente en el cam po de excavaciones de F u stát B (350 m de longitud p o r una an chura co m p ren ­ dida e n tre 50 y 100 m ), en el que enm arcan am plios com plejos industriales (talle­ res de alfarería y vidrio). N o se e n c u en tra ningún tipo de h áb itat de m en o r e n v er­ gadura con la excepción de ciertos restos de squatters tardíos situados en los islo­ tes m uy destruidos que rod ean la encrucijada principal. Las casas patricias, que

EL MUNDO DE LOS CABBÁSÍES 73

en F u stát han sido den o m in ad as «castillos», ap arecen p erfectam en te unidas sin d ejar en tre sí espacio alguno qu e p e rm itie ra la presencia de un tejido de casas p eq u eñ as q u e o cu p ara los huecos. T am p o co se e n cu en tran casas de alquiler, del tipo de la antigua ínsula, q u e los visitantes caracterizab an p o r sus m últiples pisos. ¿D ó n d e vive el «vulgo», la clase baja? y ¿d ó n d e están las tiendas? Si p uede p e n ­ sarse que los inm igrantes vivían en hab itacio n es de alquiler situadas sobre las te ­ rrazas de los patricios y que los tra b a ja d o re s h ab itab an en los m ism os talleres, estas constataciones m ultiplican los lím ites de la p reten d id a exuberancia de los m ercados y del desarrollo de la clase m edia de los artesanos. Surge, entonces, una im agen de la ciudad que m anifiesta la d ep en d en cia íntim a de los asalariados y supone la integración de los débiles en el seno d e estas grandes casas: esto ilus­ tra la existencia de clientelas fam iliares y, de m an era m ás g eneral, la base fam iliar de la organización u rbana.

Un poderoso dinam ism o artesano y una expansión artística

El desarrollo urb an o im pone y estim ula una diversificación creciente de las actividades, que se desarro llan a la som bra de las residencias de la «élite». La ciudad m usulm ana hered a de la A n tig ü ed ad tard ía una extensa gam a de oficios a rtesan ales cuyo núm ero se ha p recisado y m ultiplicado deb id o , en p a rte , a la p reocupación puntillosa p o r la calidad y p o r el control de los precios. D e e n trad a hay que prescindir de la idea de una vida co rp o rativ a que ag ru p ara a los m aestros artesan o s en una asociación priv ad a o b lig ato ria, así com o de la teo ría de un ca­ rácter iniciático y dem ocrático de las agrupaciones profesionales a p a rtir de un «pacto de honor» artesan o cuyo gran m aestro habría sido el b arb ero del P ro feta, S alm án el P ersa, llam ado «el P uro». Se ha podido d em o strar que esta especula­ ción es tard ía y que establece una confusión e n tre el nacim iento de la fu tu w w a , una sociedad política sin carácter p rofesional, co n tam in ad a po r los ritos iniciáti- cos de los ism á^líes, que surge a fines del siglo IX, y la organización estatal d ed i­ cada a la supervisión del trab ajo u rb an o .

E sta últim a es muy antigua: en ciertos oficios se organiza desde la época om c- ya y, bajo los cabbásíes, em pieza a so m eterse al control de los guardianes del com ercio, los alm otacenes o m uhtasibs. É stos son especialistas elegidos para ga­ rantizar la calidad del p ro d u cto , supervisar los precios y asegurar que los m aes­ tros se inscriban en los registros fiscales. B ajo su guía los oficios se m antienen abiertos: el ap ren d izaje, la adm isión en la profesión y su ejercicio no están so m e­ tidos a ninguna regla restrictiva o coercitiva. T am poco se im pone la localización topográfica de las actividades p o r m ás que se vea con buenos ojos la agrupación de los oficios que perm ite una vigilancia m ás fácil. Si nace un «espíritu de c u er­ po», ello se d eb e al m ism o peso sociológico qu e hace que los hijos sigan las p ro ­ fesiones de sus p ad res o de sus tíos y sólo podem os citar un núm ero lim itado de casos de conflictos de grupo e n tre oficios (encargados de baños co n tra com ercian ­ tes de sal en La M eca, oficios de la alim entación c o n tra zap atero s y m ercad eres de telas en M osul, en 919 y 929). E n este cuadro institucional o co n tra él, el m undo artesan o no m anifiesta ninguna aspiración d em ocrática d eterm in ad a y no se constata ninguna pen etració n m asiva de las teorías ism á^líes en los m edios p ro ­

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