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zadas po r un tra ta d o de paz (su lh )y p actado en el m o m en to de su sum isión. Por o tra p a rte , la mism a crónica co n tien e m últiples alusiones al establecim iento de registros fiscales po r p a rte de estos prim eros g o b ern ad o res, de varios de los cu a­ les se dice qu e efectuaron una descriptio populi, sin d u d a con la intención de re ­ gularizar la percepción del jaradj.

El sistem a m o n etario , que constituye un corolario de la fiscalidad, se in tro d u ­ ce tan to en Á frica com o en al-A ndalus con u n a n otable rapidez. Los tipos im ­ p uestos po r la reform a del califa cA bd al-M alik a fines del siglo vil en O rien te van precedidos po r algunas m onedas híbridas latin o -árab es. A h o ra bien, au n q u e la existencia m ism a de estas últim as da testim onio de la conciencia adquirida po r las a u to rid ad es de la necesidad de facilitar la transición, la brevedad de su em i­ sión (del 703 al 716 en Á frica) m uestra tam bién que se deseab a in stau rar el siste­ m a o rien tal lo antes posible. En al-A ndalus existe, una ru p tu ra co m p lata,e in m e­ d iata con la m oneda visigoda, y las m onedas de transición, latinas o bilingües im itadas de los m odelos africanos, sólo d u ran desde el 7Í1 hasta el 717; después de esta últim a fecha sólo se en cu en tran dinares qu e se aju stan , en su epigrafía y m etrología, al tipo fijado po r la refo rm a de cA b d al-M alik. U n problem a que no está claro, en cam bio, es el de la in terru p ció n de la acuñación de m oneda de o ro en al-A ndalus a m ediados del siglo v m . En efecto, a p a rtir del 745, y tras una interrupción que du ra unos 15 años, debida sin d u d a a la crisis política de m ed ia­ dos del siglo v m , las cecas andalusíes sólo acuñarán dirham s conform es a los tipos acuñados previam ente p o r el califato de D am asco, y esta situación d u rará hasta la proclam ación del califato en C ó rd o b a en el 929. E n esto , com o en otros rasgos institucionales, al-A ndalus p arece conservar estrictam en te la tradición om eya. E s posible q u e, al no h ab er osado asum ir in m ed iatam en te el título califal, los so b e ­ ranos de C ó rd o b a no se creyeran autorizados tam poco a disp u tar a los cabbásíes el m onopolio de la acuñación de o ro . P uede p ensarse tam bién que el oro era , en to n ce s, raro en todo el O ccid en te, y señalar el sincronism o de la interrupción de estas acuñaciones en al-A ndalus y en la G alia en el siglo vm . En el M agrib los idrisíes, sin duda po r las mism as razones, ú nicam ente acuñaron dirham s. En lo que se refiere a los diñares em itidos p o r los aglabíes de Ifríqiyá, p ro b ab lem en te sirvieron sobre to d o para pagar el trib u to debido al califa, m ientras que la circu­ lación in terio r se debió basar fun d am en talm en te en la plata.

Un a RECUPERACIÓN ECONÓMICA DIFÍCIL

La base rural del O rien te P róxim o afectado po r la conquista m usulm ana no debió sin d uda transform arse de m an era inm ediata. La preocupación fu n d am en ­ tal del co n q u istad o r tenía carácter fiscal, según acabam os de ver con detalle: h e ­ red ab a situaciones locales, im puestos bizantinos y sasánidas, y se dirigía a unas com unidades cam pesinas p ara cobrarlos. A u n q u e la invasión árab e p rovocara una cierta sedentarización de las trib u s, en Siria, la D jazíra y E g ip to , esta instalación de algunos beduinos (poco m ás de 150.000 co m b atien tes de Siffin) no pudo ten er consecuencias im portantes sobre la base rural del im perio. P o r o tra p a rte , el atractivo que suponían las ciudades im productivas desorganizó las com unidades rurales y d eterm in ó una ola de deserciones. La ciudad islám ica, que vive de las

DEL MODELO HEGIRIO AL REINO ÁRABE 37

ren tas del suelo y de la fiscalidad y acum ula tan to el prestigio religioso com o el m ilitar, atrae a la población de los nuevos conversos que se ven rechazados po r la dureza de la fiscalidad cam pesina: en la ciudad escapan al jaradj, que les asim i­ la a los súbditos dhim m íes; ad q u ieren la lib ertad y el anonim ato o incluso el p ri­ vilegio de verse adm itidos, com o m aw álí, en una tribu.

Una base rural encogida y aném ica

Las deserciones fu ero n , por ta n to , considerables. Se en cu en tran claram ente expuestas y fechadas en el L ib ro so b re el im puesto territo rial red actad o hacia el 790 por A bú Y úsuf p ara el califa H á rú n al-R ashid; en el Iraq cen tral, en el Sa- w ád, centro fiscal del im p e n o , «datan de hace un ce n te n a r de años ap ro x im ad a­ m ente». La arqueología a p o rta indicios tales com o el a b an d o n o total de los c an a­ les de Iraq e n tre B agdad y el Z ag ro s o e n tre el Tigris y el É u frates; la dism inu­ ción del núm ero de pueblos al pie de los m ontes po r los que circula el río D iyálá «detrás de B agdad», al igual que en la M esopotam ia sep ten trio n al; en o tras reg io ­ nes del Próxim o O rie n te ap arecen los m ism os indicios de deserciones antiguas com o en las franjas n ab ateas de la Palestina m eridional y o rien tal, y en la Siria o rien tal, principalm ente e n tre H im s y Palm ira. E n la D jazira, el co m p o rtam ien to de los indígenas se m odifica deb id o a la instalación de las tribus m u d ár, b ak r y rab ica, todas ellas del n o rte de A rab ia; lo m ism o sucede en Siria d onde se instalan qaysíes y kalbíes, o riundos del Y em en , y en E gipto donde ap arecen qaysíes y num erosos grupos yem eníes que se dispersan hasta el Sudán. Se ha señalado que no d ebe verse en esto un aspecto de la lucha en tre nóm adas y sed en tario s; el equilibrio ecológico de estas regiones no se ve alterad o p o r los pastores; por el c o n trario , se produce una valoración de recursos com plem entarios y surgen in te r­ cam bios en tre la zona lím ite del d esierto y la zona agrícola. D e hecho las oleadas de aban d o n o de las tierras son más am plias y m ás tardías que estas instalaciones. La deforestación y, m ás ta rd e , la crisis dem ográfica son los dos factores que d e ­ sangran p o r com pleto los m ercados urb an o s y provocan la debilitación de los v a­ lores tribales an te un E stad o o p reso r. En el caso de Siria el d esen cad en an te es el d esplazam iento del cen tro político del im perio hacia el Iraq después del 750. En E gipto la dism inución de la superficie irrigada y el ab an d o n o de las franjas occidental y, sobre to d o , o rien tal del D elta son consecuencias tard ías, en el siglo x , del encenagam iento de la ram a pelusiaca del Nilo. A este respecto no es segu­ ro que una reflexión m ás aten ta p o r p a rte del E stad o m usulm án hubiera podido evitarlo, ya que de las siete ram as principales del río utilizadas en la época ptole- m aica sólo q u ed ab an tres en uso a la llegada de los árabes: las de Pelusium , D a- m ieta y R oseta.

No conviene recarg ar dem asiado las tintas del cuadro. A lo largo de las franjas desérticas, en Siria, p o r ejem plo, el p erio d o om eya vio ap arecer m últiples casti­ llos que e ran , a la vez, lugares de cita de los que partían expediciones de caza y centros de grandes explotaciones agrícolas q u e se m antenían gracias a un control m inucioso del agua, recogida en em balses y conducida hacia los grandes recintos cultivados, que se en co n trab an ro d ead o s p o r altas pared es de piedra y ladrillo crudo. Q asr al-H ayr al-S harqí, el «oriental», construido po r el califa H ishám en

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