El «éxito» del Islam*
76 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA
A p a rtir de aquí, y en una segunda e ta p a , la concurrencia de las diversas co rrien tes estéticas hizo surgir una fuente de inspiración original que resu ltó , en definitiva, b astan te h om ogénea de un ex trem o al o tro del D ár al-Islám . D ad o qu e la p a re d , la p u e rta , la colum na o el plato no d eb en utilizarse com o c o m e n ta rio o ilustración de un versículo sagrado o de un tra ta d o jurídico, carece de im p o rtan cia que el arte a p u n te , o no, a la realid ad , a lo concreto. Por ello la ex p re sión artística m usulm ana será ab stracta, se situ ará al m argen de la vida, com o p u ro sueño y m isterio, sin m ás significado que la arm onía de las form as. La esti lización, la g eo m etría, la im bricación y la repetición infinita de las figuras consti tuyen su tem a fundam ental. C urvas, contracurvas, rom bos, m ocárabes y o rn a m entos florales que se m ultiplican, d eb id o a un h o rro r al vacío que es, aquí, to talm en te m edieval, sobre el estuco, la m ad era, el m arfil, el barniz de los azulejos, el tejid o , el vestido, hasta alcanzar un exceso q u e resulta agobiante para nuestra estética occidental. Los dos únicos elem entos q u e p odrían ro m p er esta m onotonía e x u b eran te no alteran m ucho el conjunto: el p rim ero es el «arabesco», o sea, la inscripción piadosa en rasgos estilizados que se m ezcla con la d ecoración, la cual, a su vez, tom a sus form as del aspecto m ism o de la escritura árab e que se co n stru ye a base de bucles y cortos segm entos curvados. E stas inscripciones resu ltan , a veces, difíciles de distinguir de la o rn am en tació n floral vecina. En lo que respecta a la introducción, típicam ente «oriental», de m otivos a base de figuras de an im a les, tan to si se tra ta de m onstruos com o de fauna real, elefantes, cam ellos, leo nes, pavos reales, pero tam bién aves fénix, drag o n es, unicornios, pájaros de fu e go, que en co n tram o s luchando, en fren tad o s, fo rm an d o filas, la estilización les hace p e rd e r b u en a p arte de su in terés «óptico», que es sustituido por eTv&lor sim bólico que en carn an y que resulta bien conocido.
Sin d u d a, es algo artificial el co n tem p lar el nacim iento de este arte desde la ciudad: m uchos palacios rurales han desaparecido. P ero la riqueza y el costo p ro bable del arte d esarro llad o en la co rte o asociado con el culto justifican su asocia ción con los centros fundam entales de aculturación q u e son los en o rm es c o n ju n tos u rbanos.
A l Oeste, una reanimación y no un despegue...
E n el O este, las indicaciones relativam ente n um erosas que poseem os sobre el d esarro llo de la función del «señor del zoco», el sáhib al-süq, en C órd o b a y en Q ayraw ftn, d eben relacionarse con los aspectos g enerales del desarrollo u rb an o q u e, p o r su p a rte , se m uestran de acu erd o con los m odos de urbanización que ap arecen en todo el m undo m usulm án. A q u í, una vez m ás, p uede insistirse en la precocidad de esta estructuración u rb an a de tipo oriental.
Qayraw&n, en sus o rígenes, es una ciudad-cam pam ento que p uede com p ararse con Kfifa, B asra o F u stát, en las q u e, de e n tra d a , se delim itan los barrios tribales y el núcleo m onum ental. El g o b ern ad o r H assán ibn al-N ucm án (692-705) e m p re n dió, de m anera muy activa, la construcción de la m ezquita cated ral y sabem os que la o b ra fue concluida bajo el califa H ishám ibn cA bd al-M alik (724-743). E n ella se utilizaron las técnicas del ladrillo y la reutilización sistem ática de las c o lum nas antiguas; es una de las m ás bellas del Islam (80 m p o r 135 m son las m e
EL MUNDO DE LOS CABBÁSÍES 77
didas del conjunto constituido p o r el patio y el o ra to rio ), contiene 17 naves de techo plano y una cúpula sobre el tram o en el que se abre el m ihrábi La d e c o ra ción, a base de cerám ica con reflejos m etálicos, deriva d irectam en te de Sam arra. La m ezquita fue o b jeto de m odificaciones sucesivas después del 774 y, m ás tard e, en 836 y 862 fue am pliada de nuevo y su alm inar cu ad rad o adquirió m ayor altura h asta alcanzar los 30 m. T am bién hacia esta época se construyó su m ercado c en tral, a lo largo del Sim át, la gran avenida q u e dividía la ciudad en dos; el g o b e r n ad o r Yaztd ibn H átim , algo m ás ta rd e , lo estru ctu ró y especializó de acuerdo con los oficios. P ero al m argen de este urbanism o oficial, la ciudad se estructura asim ism o de m an era esp o n tán ea en to rn o a los zocos y m ezquitas de b arrio , m u chas de las cuales ap arecen d o cu m en tad as desde an tes de m ediados del siglo vin. La capital de Ifriqiyá siguió creciendo a ritm o rápido en época aglabi, pero los g o b ern an tes de esta dinastía la d uplicaron co nstruyendo ciudades principescas a la m anera cabbásí: p rim ero fue al-cA bbásiyya, en los com ienzos de la dinastía y, m ás tard e, R a q q á d a , a fines del siglo IX. P ara las necesidades de ap ro v isio n a m iento de agua de esta m etrópolis se llevó a cabo, ya desde la época de los go bern ad o res, y, m ás ta rd e , d u ra n te el p erío d o aglabí, una red com pleta de obras hidráulicas —depósitos de alm acen am ien to y can alizacio n es— de la que todavía qu ed an restos en los alred ed o res de la ciudad.
La línea g eneral de la evolución es la m ism a en todo el occidente m usulm án au n q u e debe ten erse en cu en ta q u e, en la m ayoría de los casos, se tra ta de la reanim ación y de la reestru ctu ració n de ciudades antiguas en decadencia m ás que de la fundación de ciudades nuevas. La excepción principal está co nstituida, evi d e n te m e n te , p o r Fez, fundada hacia el 789 bajo Idris I y, m ás ta rd e , am pliada a principios del siglo ix po r Idris II, quien distribuyó a los árabes p ro ced en tes de Ifriqiyá y al-A ndalus en barrios tribales. En T ú n ez, la m ezquita cated ral (la Zay- tü n a) fue co n stru id a p o r el g o b e rn a d o r Ibn a l-H ab h áb (732-741) y se vio ro d ead a, ráp id am en te, de zocos. E n el M agrib occidental, la urbanización del país se d esa rrolló d en tro del m arco de los principados idrisíes, cuyos centros fueron ciudades fundadas en el siglo ix, com o al-B asra, o p eq u eñ o s núcleos preislám icos. D e e n tre ellos, varios acuñan m on ed a y las a b u n d an te s em isiones de dirhem es dan tes tim onio de la progresiva «m onetarización» de la econom ía.
A penas con q u istad a C ó rd o b a, el g o b e rn a d o r al-Sam h (719-721) hace recons tru ir en p iedra el p u en te rom ano sobre el G uadalquivir y restau rar la m uralla parcialm ente d erru id a. La historia de las am pliaciones sucesivas de la m ezquita aljam a, corazón m aterial y espiritual de la aglom eración, ofrece claros indicios sobre el crecim iento de la gran m etrópolis andalusí. E n al-A ndalus, este edificio tiene un papel que p uede co m p ararse al san tu ario de Q ayraw án, en el M agrib: hacia el año 766 o 768 se em pezó a co n stru ir, en el em plazam iento de la cate d ral, adquirida a los cristianos, un edificio al qu e se hicieron continuas adiciones hasta m ediados del siglo x , con lo qu e adquirió un tam año grandioso. La sala de o ra ción (180 m po r 120 m ), m ás g ran d e que las de Sam arra o F u stát, com porta 19 naves sostenidas p o r m ás de 850 colum nas de m árm ol, unidas por una doble red de arcos de pied ra blanca y ladrillo rojo. V arias cúpulas recu b iertas d e m osaico, una decoración floral a base de estuco y paneles de alab astro grabados con ins cripciones piadosas dan testim onio de una inspiración claram ente a u tó cto n a, «vi sigótica», por no decir rom ana. E ste edificio, el m ás considerable que nos ha le