Freud ha demostrado que un síntoma histérico, como por ejemplo, un brazo paralizado, muchas veces es una expresión simbólica congelada de un suceso reprimido relacionado con dolor. Así por ejemplo* la incapacidad de movimiento de un brazo puede tener algo que ver con miedo al contacto o a un abrazo. En el último tiempo, la psicología popular nos ha familiarizado con términos como "idioma del cuerpo" o "molestias psicosomáticas".
Cuando escucho las historias de mis clientes, observo al mismo tiempo la expresión de su cuerpo y me hago entregar, además, un informe detallado acerca de sus enfermedades corporales, poniendo especial atención, bajo qué circunstancias de vida se ha presentado cada enfermedad. Con eso he aprendido, que en cada síntoma orgánico crónico; especialmente cuando éste no reacciona con un tratamiento convencional, como por ejemplo, dolores de espalda, eyaculación precoz o asma; está escondida una antigua historia de duros golpes del destino^ de miseria o de una muerte violenta. Las personas que sufren de dolores de espalda, a menudo ven ante sus ojos interiores, escenas en las cuales son apuñalados, golpeados, triturados o quebrados, o tienen que sufrir una carga insoportable. En relación con la eyaculación prematura, aparecen con frecuencia imágenes de vergüenza, de humillación o de abuso sexual. Los asmáticos experimentan múltiples estados que se caracterizan por el miedo a ahogarse o a la muerte por asfixia.
El cuerpo y sus diversos sufrimientos, dolores y disfunciones, presentan testimonios sumamente elocuentes de la historia del alma, si solamente se sabe leer correctamente los signos. Mi procedimiento terapéutico es totalmente sencillo. Les pregunto a mis clientes solamente; "¿Cómo se siente su dolor?" En busca de una descripción apropiada, la persona se concentra en el complejo somático y encuentra metáforas que la mayoría de las veces revelan muy rápidamente los elementos de una historia. Un dolor puede mostrar rasgos asombrosamente específicos: "Tengo la sensación de que algo entra a mi cabeza por el ojo izquierdo y sale por un lado del cuello", me dijo una vez un cliente. Segundos después él vio de repente una flecha y se encontró inesperadamente en un campo de batalla, donde fue derribado por el fuego enemigo. "Mi brazo se siente como si alguien o algo lo tirara y lo retorciera", explicó otro cliente. "¿Y qué lo tira?", pregunté, "Oh¿ ayuda^ es un animal, un león. Estoy en la arena de un coliseo. Me destrozan".
Poco después él experimentó otra vez su horrible fin como mártir cristiano y en forma sorprendente desaparecieron muy rápidamente los dolores crónicos, para los cuales no se había podido encontrar anteriormente una explicación orgánica.
Pero aunque determinadas molestias físicas en la vida actual tienen sus causas específicas, yo estoy entretanto más convencido que nunca, que cada enfermedad, cada accidente y cada vulnerabilidad, se compone de varias capas. Si cada equivocación tiene corno base un complejo
reprimido; como observó Freud; ¿por qué no debería eso entonces también regir para cada caída sobre el hielo, cada accidente automovilístico y cada enfermedad que nos ataca inesperadamente? En caso de que efectivamente cada infortunio que nos ocurre tenga como origen un complejo reprimido, ¿no podría quizás haber detrás de ese complejo una agobiante experiencia preexistencial?
El hecho de que los problemas orgánicos frecuentemente tienen una causa preexistencial, se ha confirmado reiteradamente en el transcurso de mi trabajo terapéutico. Por eso he procedido a informarme con mis clientes, de todas sus enfermedades, accidentes y molestias crónicas más importantes, y especialmente de la edad en que aparecieron por primera vez, cuando me relatan la historia de su caso.
Jane, una cliente de un poco más de cuarenta años de edad, experimentó en la regresión terapéutica, otra vez la existencia de una mujer de la época de los pioneros del oeste norteamericano, que había sido tan gravemente herida en la columna vertebral por un carro al volcarse, que falleció por eso. Tan sólo bien al final de la regresión, me di cuenta que había olvidado completamente preguntarle por su edad en aquel entonces. "¿Qué edad tenía usted, cuando quedó debajo del carro?", pregunté yo. "Veintisiete años", dijo ella muy decididamente. "¿Y hace usted alguna asociación en esta vida con el número veintisiete?", sondeé. De repente apareció una expresión de asombro en su cara. "Oh, Dios mío", exclamó ella, "a los veintisiete años tuve que ir al hospital a causa de una grave infección a los ríñones. Los médicos tuvieron dificultades para diagnosticar correctamente la enfermedad. Casi hubiera muerto esa vez". Ella se puso la mano en el lado izquierdo de su espalda. "Los dolores eran insoportables; exactamente aquí, justo en esta parte donde esa vez me golpeó el carro". Después, cuando seguimos conversando, se hizo cada vez más evidente que ella había sufrido una gran crisis a los veintisiete años, tanto en esta vida como en esa anterior. Atormentadoras dudas acerca del rumbo que debía tomar en su vida y sentimientos de inferioridad a causa de su condición de mujer soltera, se habían presentado en ese momento crucial de su vida anterior y la habían llevado directamente a la catástrofe. Cuando en su vida actual habían aparecido problemas parecidos, su cuerpo había comenzado en cierto modo, a repetir una vez más la antigua historia.
Ocasionalmente los síntomas orgánicos aparecen en los clientes desde el principio, como en el caso de un joven escritor que una vez me consultó. Ese hombre joven había tenido varios accidentes al esquiar, que habían hecho necesarias muchas operaciones en su rodilla derecha, cuyas consecuencias se hicieron notar en él cuando tenía como treinta años de edad, siempre en forma de severos ataques de dolor. Al indagar esos dolores, se dejó ver que por lo menos tres existencias anteriores tenían relación con la pierna. Primero, él relató acerca de una amputación de la pierna en las trincheras de la primera guerra mundial. Luego vino un recuerdo del siglo dieciocho, donde había caído en combate y le habían disparado en la misma pierna, debajo de la rodilla. Y finalmente él experimentó una existencia mucho más anterior, en la que había perdido la pierna de un modo aún más horrible. Todo parecía como si él reviviera en esta vida, sus antiguas heridas de guerra, aunque la profesión que había elegido no concordaba con eso.
En otro caso todavía más serio, traté a un hombre que sufría mucho por su impotencia; también en él se había fijado en una determinada zona del cuerpo, un complejo preexistencial profundamente arraigado. El hombre, al que llamaré Gregory, ya había intentado con otras terapias infructuosamente. En nuestra entrevista yo adquirí la impresión, que el sentimiento predominante que él relacionaba con sus genitales, era vergüenza. Además, sus genitales eran extremadamente sensibles.
Poco después que le había pedido a Gregory que se entregara completamente a la vergüenza relacionada con sus genitales, él se encontró trasladado a un castillo del tiempo de la Revolución Francesa. El está vestido como un bufón exhibiendo los genitales. Delante de él se
encuentra una muchedumbre indignada, que en ese momento se ha abalanzado a través de las destruidas puertas del castillo. La gente lo rodea, lo golpea salvajemente y lo castra. Él no se defiende y muere con la idea: "Lo tengo merecido ". Cuando le pido que pase a una fase anterior de esa vida, salen claramente a la luz, las causas de su muerte y de su vergüenza sexual. El joven servidor de su Señor en el castillo, designado ya tempranamente como bufón, es obligado a participar en los excesos de los degenerados y aburridos nobles, a los que está expuesto sin protección. Una de las prácticas de esa gente que él detesta profundamente, consiste en obligarlo a hacer sus bromas, mientras los nobles señores se divierten abusando sexualmente de la manera más perversa, de una muchacha campesina que han secuestrado. Frecuentemente las muchachas son asesinadas y ocultadas secretamente, después de haber sido horriblemente maltratadas. Impotente de poder hacer algo contra esas infames prácticas y profundamente afectado por el cruel destino de las jóvenes mujeres que pertenecen a su misma clase social, el bufón repara finalmente su impotente complicidad, ofreciendo sus genitales en sacrificio a la horda de campesinos que penetra al palacio. El tiene la sensación de haber traicionado a su propia clase, a las muchachas y a su sexualidad. Tales pensamientos y sentimientos se activaban en el subconsciente del hombre, cada vez que quería efectuar un acto sexual con su mujer. El hecho de haber podido contar esa horrible historia, ayudó mucho a Gregory a recuperar su autoestima y a mejorar la relación matrimonial con su esposa.