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En el infierno del sadomasoquismo El caso Wayne

In document Las Muchas Vidas Del Alma[1] (página 132-141)

Muchos lectores se molestarán sin duda de la abundancia de recuerdos repulsivos y crueles presentados en este libro. A algunos, las imágenes correspondientes les podrán parecer incluso siniestras o sensacionalistas. Pero la psiquis humana es un reflejo de nuestras relaciones sociales. Si la violencia en la calle y en el metro forma parte de la vida cotidiana y también se puede ver en grandes cantidades en el cine, ¿por qué entonces no debería existir justamente bajo la superficie del inconsciente?

Cuando me encontré con Wayne con motivo de un taller en alguna parte del oeste, jamás se me habría ocurrido relacionar la palabra "violento" con ese hombre grande y fuerte de aproximadamente treinta y cinco años. Yo lo clasifiqué más bien en la categoría de "gigante apacible". Y de hecho él era un hombre bondadoso y amable, que como se comprobó, trabajaba con jóvenes difíciles de educar y tenía mucho éxito en su profesión.

Iniciamos una conversación y ya pronto se vio que Wayne estaba intensamente dividido interiormente. Él tenía solamente poco o casi ningún interés por las mujeres y había crecido en una relación muy escasa con su madre. Sexualmente se sentía atraído por hombres jóvenes en primer lugar. Afortunadamente Wayne era demasiado prudente como para ceder ante esa tendencia en su profesión ni siquiera en lo más mínimo, ya que eso habría sido perjudicial, como él muy exactamente lo sabía. Pero en su fantasía el no podía naturalmente reprimir completamente deseos al respecto. Con esas fantasías, se mezclaban en él imágenes sadomasoquistas, sobre las cuales casi no se atrevió a hablar durante nuestra primera sesión. Pero no solamente con su madre Wayne había tenido una mala relación, sino también con su padre, un hombre autodestructivo, que antes de su prematura muerte se había dedicado al juego y a la bebida. Como él mismo había crecido sin padre, no era sorprendente que se sintiera atraído por jóvenes huérfanos de padre.

Wayne, que practicaba regularmente levantamiento de pesas, estaba dotado abundantemente de músculos en todo el torso, pero especialmente en los brazos, en el cuello y en los hombros. Cuando vi su paquete de músculos, se me ocurrió de inmediato la designación "coraza.", creada por Wilhelm Reích. Instintivamente percibí que bajo esa fuerte musculatura se escondía una gran cantidad de rabia reprimida. Además, era característico del estado corporal de Wayne, que él sufría de tensión crónica al lado derecho de la espalda superior. Él también me relató que algún tiempo atrás se había lesionado un disco intervertebral levantando pesas. Además, él tenía miedo de ahogarse, y al nadar tenía permanentemente temor de no recibir suficiente aire.

Tal como muchos "gigantes apacibles" que hacen grandes esfuerzos en centros de preparación física o en gimnasios, también en Wayne contrasta una persona casi tímida con un cuerpo poderoso, que siempre se encuentra en condiciones óptimas, como listo para combatir. ¿Yacía escondida en él la historia de un guerrero que presionaba por expresarse? ¿Y cómo estaba conectado todo eso con sus fantasías sadomasoquistas y su preferencia por los muchachos?

Muchas personas que se someten a una terapia a causa de síntomas corporales desagradables, han perdido tan completamente el contacto con los rastros de experiencias almacenadas en su cuerpo, que la terapia sólo progresa lentamente. Las emociones más fuertes están tan divididas en aquellos casos, que se necesita mucho más tiempo para acercarse a ellas. Con tales clientes hago frecuentemente primero trabajo corporal y de respiración, o también los envío a un buen terapeuta corporal. Una terapia de preexistencia, que solamente hace aflorar imágenes sin sentimientos, mientras allí yace un cuerpo que respira poco profundo y totalmente tenso, es una pura pérdida de tiempo, tanto para mí mismo como para el cliente. Quien procede así, empeora más bien la separación entre el cuerpo y el espíritu/alma.

Afortunadamente, Wayne no estaba dividido en esa forma. Él ya había conocido en otras terapias el procedimiento de la imaginación dirigida y el significado de imágenes internas y había aceptado que en él actuaban diversas subpersonalidades. Además, yo evalúe positivamente nuestras perspectivas de éxito, porque él por lo menos era capaz de reconocer sus fantasías sadomasoquistas, aunque contra resistencias internas. Y tales imágenes pueden hacer de puente en la profunda separación entre el cuerpo y el espíritu/alma. De ese modo, algo así como la visualización de una escena violente trae consigo ineludiblemente ciertas sensaciones corporales: un hormigueo en el estómago, una picazón, sequedad en la boca o fuertes latidos del corazón o sensación de tensión en los genitales, etcétera. Y cuando la parte del cuerpo a la que pertenecen tales imágenes, las "reconoce", entonces se originan emociones en forma natural. Una vez que se ha producido esa conexión entre las visualizaciones, las emociones y las sensaciones corporales, entonces puede aflorar el recuerdo correspondiente, preexistencial o "actual", y conduce con su propia dinámica directamente a una cierta catarsis o relajamiento psíquico.

En el caso de Wayne comenzamos con un trabajo intensivo de respiración y tratamos de esa manera de ablandar su poderosa coraza pectoral. En vista de la franqueza que él manifestaba frente al lado oscuro de su vida de fantasías, no me sorprendió que en su primer recuerdo aparecieran rasgos que estaban en evidente oposición con su personalidad consciente. La escena casi me hacía recordar al Dr. Jekyll y Mr. Hyde:

Yo escolto a esa elegante dama a su coche. Aparentemente nos encontramos en el siglo dieciocho. Yo estoy vestido como un noble; zapatos con hebilla, pantalones blancos, chaqueta larga, sombrero a la moda. Soy cortés, pero interiormente estoy furioso. No puedo obtenerla y mientras menos puedo obtenerla más la odio. Quiero matarla. Quiero hacerle daño, tal como ella me ha hecho daño a mí".

Como no se me escapa que aquí tenemos que ver con un afecto cargado de violencia, impulso a Wayne a indagar los sentimientos de ese hombre en toda su intensidad y a dejarse llevar por ellos;

"La odio. Quiero matarla". Él aprieta los puños, levanta los hombros y repite con la cara desfigurada por la indignación: "Yo te mato ramera. Baja de una vez y hazlo... Yo me encuentro en una posada en uno de los cuartos de arriba. Estoy con esa camarera o lo que sea. Mi pantalón está abierto. Ella me está atendiendo sexualmente. Pero eso no me proporciona ningún alivio y me pongo cada vez más furioso con la mujer que no puedo obtener...

¡Hazlo, hazlo! ¡No, no debes hacerlo! ¡No, no debes hacerlo! Cómo te odio, por Dios. Los odio a todos ustedes... Yo la pincho una y otra vez... Con una tijera... por todas partes hay sangre... en su cara, en su pecho... Bueno, ahora ella está muerta. Ya pasó. No siento ninguna compasión. Orino sobre ella... En realidad habrías merecido un trato aún peor... Ramera... No siento ninguna compasión. Ahora me siento mejor”.

Otras imágenes aparecen ante los ojos interiores de Wayne: cómo golpea a un cuidador de ganado, cómo le corta la garganta a un niño en alguna parte en el mar. Las visiones provienen aparentemente de su existencia en el siglo dieciocho o de otra vida. Todas ellas forman parte obviamente de aquel complejo sádico extremadamente poderoso. "Observe otra vez hacia dónde ha dirigido finalmente su rabia en aquella existencia", le pido a Wayne.

"Me encuentro en una oscura calle empedrada. Yo sigo a ese hombre en su camino a casa. El no tiene ninguna sospecha, porque yo estoy bien vestido. No tengo miedo de nadie. Soy un hombre grande. El hombre es el padre de la mujer que quiero tener a toda costa. El me

encuentra ordinario. El ya no me deja entrar a su casa. Ahora él recibe lo que se merecía.

Lo alcancé. Le agarré la garganta con las manos. Yo soy muy fuerte. Sus huesos se rompen. Lo dejo caer y lo pateo con la bota en la cara. Lo único que siento por él es desprecio. No me harán nada, porque soy muy fuerte. Todos me temen”.

Él habla de los habitantes del pequeño pueblo donde sucede todo eso. De hecho, todos lo consideran una amenaza social que muy seguido pierde el control de sí mismo. En la actualidad se designaría a una persona así como antisocial. Pero él cae en un engaño por parte de los lugareños. Un miembro de la nobleza del pueblo lo reta a duelo en un bosque, donde un grupo de personas le preparan una emboscada al asesino. Un acto ilegal, pero completamente efectivo. Él hombre es dominado y luego le atraviesan una vara puntuda en el estómago; enseguida le arrancan las piernas al difundido estilo en la Edad Media, de destrozar a una persona amarrándola a cuatro caballos, de los pies y de las manos respectivamente. Para terminar, le entíerran un cuchillo en el pecho. Sus últimos pensamientos están llenos de ansias de venganza y de odio: "Me las pagarán. Voy a torturar a muchas personas más".

¿Pero por qué ese hombre está embrutecido de esa manera? Le pido a Wayne que retroceda a una parte anterior de la historia de ese hombre y que busque posibles referencias. Ante sus ojos interiores pasan rápidamente las siguientes escenas:

"Soy un bebé. Estoy acostado en una especie de pesebre, pero afuera bajo la lluvia. Cerca se encuentra una mujer vestida magníficamente. Sin embargo, ella no tiene ningún interés por mí. Ella no me quiere. Yo tengo un miedo terrible y me siento muy solo.

Ahora tengo trece años de edad. Ese viejo me persigue. Él tiene una constitución muy fuerte. Él trabaja como herrero en la propiedad. El dice que yo le he robado su dinero. Me golpea con un látigo. Yo estoy muy triste. No valgo nada. Ellos sólo quieren hacerme daño, pero pagarán por eso".

Algunas cosas indican que la brutalidad de ese hombre se puede atribuir en parte al rechazo y a la frialdad de su madre. Aparentemente el padre del villano murió cuando éste era todavía un bebé. Finalmente él se va de la propiedad de los padres y se desarrolla como un vagabundo violento y criminal, que se proporciona su subsistencia por medio de mentiras, robos y engaños; un estafador del siglo dieciocho, que permanentemente se siente tratado injustamente y de esa manera pasa de un enfrentamiento a otro, hasta que finalmente termina con su propia muerte.

En el personaje, cuyo destino revive Wayne una vez más, ya está instalado el doble tema de herir y ser herido. "Ellos sólo quieren hacerme daño, pero pagarán por eso", dice abiertamente su letanía de venganza, una letanía que está dirigida tanto contra los hombres como también contra las mujeres. ¿Pero se puede atribuir tanta disposición a la violencia, solamente a una madre fría y rechazadora y a un herrero que golpeó brutalmente a ese hombre cuando era un niño? Claro que no, puesto que ya en nuestra sesión siguiente aflora desde otra capa del complejo de Wayne, una figura no menos brutal.

Esta vez Wayne se ve como un soldado profesional en una de las épocas más brutales y sangrientas de la historia occidental, justamente en la Edad Media, en la época de las cruzadas. Wayne puede acordarse con exactitud de una gran parte de esa vida. Todavía más fuerte que cualquiera de las otras personalidades violentas que aparecieron durante nuestro trabajo, la imagen de ese soldado estaba cargada con energía erótica y sádica. Probablemente esa repelente historia había esperado permanentemente en el trasfondo de su consciencia y nutrido las fantasías sadomasoquistas, por las cuales él se sentía en igual medida atraído como atormentado. A

continuación quiero reproducir la escena clave de aquella vida como soldado, rebosada de violencia:

"Soy un caballero con una armadura que al parecer es de procedencia italiana. Estoy sentado sobre un caballo, vestido con un casco y botas y con una lanza en la mano. La parte superior de mi cuerpo está cubierta por una túnica, donde luce una cruz blanca. Yo soy el jefe de ese grupo de soldados. La campiña está caliente, polvorienta y pedregosa; un paisaje mediterráneo o del cercano oriente. Nos encontramos en la periferia de un pequeño pueblo. Un poco más lejos hay una madre con su hijo de aproximadamente doce años de edad. Yo espoleo mi caballo, cabalgo hacía la mujer y le atravieso el pecho con mi lanza. Arrastro a la mujer, que está casi muerta, detrás de mí. Luego saco la lanza de su pecho, me bajo, la perforo, le destrozo la cara, le ensarto mi lanza en sus genitales. Después lanzo su cuerpo por la saliente de una roca cercana. El hijo mira horrorizado ese espectáculo llorando desenfrenadamente. Yo limpio la sangre de mi lanza y voy donde el muchacho. Le doy un duro golpe y le ordeno que deje de llorar y que venga conmigo. Después les exijo a los habitantes del pueblo que vayan a sus casas y mando a mis hombres a ocupar el pueblo y a tomar lo que necesiten. Ahora me voy cabalgando con el muchacho, después de haber explicado que tal vez vuelva, pero que posiblemente no”.

Para ese cruzado el muchacho es solamente un botín de guerra homosexual. Pero el secuestro del niño pone de manifiesto algo más, como se puede deducir de la conversación consigo mismo que "Wayne" tiene mientras se va cabalgando con éste.

"De repente siento haber matado a la mujer y haber secuestrado al muchacho. Me hace pensar en un joven que una vez fue mi amante; él era tan frágil y desvalido”.

Evidentemente la temprana adolescencia había sido de central importancia en el desarrollo psicológico de Wayne; es decir, una época en que la brutalidad, la traición y la tristeza penetran una y otra vez en la vida de la joven persona. El sádico del siglo dieciocho se acuerda cómo fue golpeado por el herrero y cómo de inmediato sintió tristeza, que sin embargo, reprimió a favor de sus sentimientos de venganza. En la vida actual de Wayne su padre había muerto cuando el joven tenía esa edad. Él se da cuenta también, que no es casualidad que justamente haya elegido una profesión que lo relaciona mucho con jóvenes inadaptados y solitarios. Ese sensible ámbito está evidentemente marcado de muchas maneras por las experiencias negativas de otras existencias, lo que en su vida actual provoca nuevamente el dolor por la muerte de su padre.

Las dificultades que le causan a Wayne entregar o recibir amor en una relación padre-hijo, también se hacen evidentes en los siguientes episodios de la vida del cruzado:

"Ahora estoy con el muchacho en ese castillo. Los he obligado a darme alojamiento y comida. Me traen agua para un baño. Lavo al muchacho y le echo aceite. Él tiene un miedo terrible.

'¿Comprendes por qué he matado a tu madre?', le pregunto. 'Sí, noble señor', responde él.

'No lo creo. Las mujeres solamente sirven para traernos al mundo. Aparte de eso, podemos hacer con ellas lo que queramos'.

'Yo juego con sus genitales y los chupo. Luego lo amarro a él a la mesa y lo golpeo, naturalmente no muy fuerte. Eso me excita, por eso ahora hago que él me chupe los genitales. Después lo penetro por el ano, pero eso no me satisface. Estoy Heno de desesperación, tristeza y rabia. No se me concede ningún placer. Tomo un cuchillo y le abro el estómago; al hacerlo grito. Le saco el corazón. Después hago que los sirvientes boten su cuerpo”.

Ese chocante episodio manifiesta cuan ¿olorosamente el acorazado Yo-guerrero que está en Wayne anhela amor, pero es incapaz de desprenderse del odio endurecido y de la disposición a la violencia que se han encerrado en él. De esa manera, el cruzado fluctúa entre cariño y atención por un lado, y crueldad y desprecio por el otro. Pero su deseo sexual por el muchacho es, no obstante, un intento de amar y reconocer un lado profundamente herido de su ser. Pero nuevamente se le atraviesa el odio nacido de su propio dolor. Un terrible conflicto interior parecido expresó Osear Wilde, cuando esperaba en la cárcel de Reading su proceso por homosexualidad. Con esto él reflexionó acerca de la inminente ejecución de otro preso, que había matado a su propia esposa:

Pero todos matan lo que aman. ¡Escuchen bien esto! Este lo hace con una mirada venenosa, y aquel con palabras zalameras. El cobarde lo hace con el beso, el valiente con la espada. Unos matan su amor cuando jóvenes, los otros cuando viejos;

Este ahorca el deseo con las manos, con las manos de oro:

El mejor necesita un cuchillo, porque así el muerto se enfría pronto.

El impulso de "matar" y de reprimir la imagen de lo que más anhelamos pero que nunca hemos recibido; en el caso de Wayne tanto el amor de la madre como el del padre; actúa profundamente en el interior de todas las personas, como Wilde ha visto muy claramente. Si cedemos a ese impulso, caemos en un círculo vicioso kármico. Cuando buscamos las raíces de la crueldad de aquel cruzado, llegamos primero a su nacimiento:

"Estoy naciendo... por todas partes alrededor de mí están esas mujeres grandes. Mi madre está débil. ¡Oh, no, ella se muere! Ellas no se preocupan de eso. Nadie muestra algún interés. Podrían matarme si quisieran”.

La madre muere al dar a luz. El cruzado crece como un huérfano que no es querido y es tratado por su padre casi como un esclavo. Él tiene una hermana que por lo menos es amable

con él. A los catorce años de edad él mata finalmente a su padre, incendiando la casa mientras

éste duerme.

Otra vez los mismos motivos que fueron determinantes para la vida en el siglo dieciocho; sólo que más insensibles y siniestros: sin madre, un padre brutal y una vida de amarga crueldad.

Wa\Tie se da cuenta ahora que el crimen del cruzado a la mujer y al muchacho, repite

exactamente en papeles cambiados, lo que a él mismo le sucedió en aquella vida. Al matar a la

madre, deja huérfano al muchacho, tal como él había quedado huérfano después de su

nacimiento. Después mata al muchacho; en la persona del cruzado; y por medio de ese hecho, él

mismo resulta ser un padre inhumano. Ese suceso es un alarmante ejemplo de lo que Jung ha

dicho acerca de la inversión de los opuestos psíquicos: "Siempre resultamos ser exactamente lo

que más combatimos".

Observado desde el punto de vista de los presagios kármicos, la inversión repetida de

determinados estados interiores en su opuesto, es el peor de todos los círculos viciosos. Mientras

las mujeres, más fuertemente se sentían atraídas hacia figuras maternales odiosas o rechazadoras. Pero mientras más había tenido que sufrir él con aquellas madres crueles cuando era niño, más grande era el odio que les demostraba a éstas cuando era adulto.

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