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Vamos a ver!

In document Psico Gestalt III (página 146-149)

Introducción a las técnicas de la terapia gestáltica

CUENTOS PARA NO VIVIR

T.: Ahora la otra frase, «me pisan los hombres» y la repites también

X.: Vamos a ver!

Esto era una vez yo, que vivo con mis padres en una casita que se encontraba en un claro. De la casa parte un camino de tierra llano y limpio, que haciendo eses se dirige hacia donde el bosque es más espeso, de manera que a no mucha distancia de la casa ya su dirección se pierde entre los árboles, los cuales, cada vez más juntos entre sí hacen aparecer la casa del claro como rodeada por una corona de sombras, que convierte a todo su alrededor en una total oscuridad. Muchas veces, yo, que jamás he salido del claro del bosque, me siento a la puerta de mi casa, donde nace el camino y me paso horas y horas contemplando, casi sin moverme, el punto donde el camino se pierde en la oscuridad del bosque vecino, siempre con las mismas preguntas en mí cabeza:

« ¿A dónde lleva ese camino? ¿Cruza el bosque o sale al otro lado, o se pierde definitivamente entre los árboles sin llevar a ninguna parte?, ¿qué hay al otro lado del bosque? Muchas veces, cuando yo era aún más pequeño, había hecho esas mismas preguntas y otras parecidas, a mis padres, ero éstos, de forma cariñosa unas teces y enfadados, incluso violentos, otras, siempre me han dado la misma respuesta: «Hijo mío, X, ese camino, tan llano y bonito, donde apenas se levanta polvo que pueda molestar y por el que resultan tan agradables nuestros paseos, se convierte, tan pronto se adentra en el bosque en un sendero polvoriento y lleno de piedras, donde el que lo recorre se encuentra además expuesto a graves peligros de los que no podrás escapar. Por tu propio bien, hijo mío,

X, jamás debes de seguir el camino más allá de donde aparece el primer árbol. Si algún día lo haces, te encontrarás ya solo, en él, para siempre, sin posibilidad de volver atrás y sin que nosotros podamos hacer nada para salvarte, pues has de saber que ese camino va desapareciendo a tu espalda a medida que avanzas por él, separándote definitivamente de tus padres que tanto te queremos.

Tal es la maldición que el viejo mago, que junto contigo nos trajo por el aire a esta casa a tu madre y a mí el mismo día que tú naciste, hizo caer sobre nosotros. No puedo decirte a dónde conduce el camino, puesto que yo no lo sé. Por otra parte, no te importa lo que haya al otro lado del bosque, pues eres tan sólo un niño y no necesitas un mundo más amplio que este claro del bosque donde vivimos. De manera que sé obediente. No intentes jamás ir más allá de donde te indico y podemos vivir los tres felices durante muchos años».

Pero si yo he repetido veces y veces las mismas preguntas a mis padres, es, precisamente, porque la invariable respuesta que siempre he recibido, no me convence en absoluto, aunque sí ha conseguido hacer nacer en mí el miedo al camino.

Finalmente, he acabado desistiendo de conocer, por medio de mis padres, las respuestas a mis preguntas, al tiempo que el inicial deseo se ha transformado en absoluta necesidad, que me impulsa a buscar las respuestas por mí mismo. Pero el terror que ha acabado inspirándome la imagen del camino perdiéndose en la oscuridad del bosque, así como el miedo a desobedecer a mis padres me han impedido hasta hoy adentrarme en el bosque a través del camino que me obsesiona. Un día, estando yo sentado a la puerta de mi casa, mirando, como muchas otras veces en el punto donde se pierde el camino, se levanta de pronto un gran vendaval de aire. El cielo visible sobre la casa se oscurece en pocos momentos, de forma que el contraste entre el claro y el interior del bosque se hace menos pronunciado. Al principio pensé en refugiarme en el interior de mi casa, pero algo me hizo quedarme donde estaba. Poco después, el claro está tan oscuro como el interior del bosque, y mis ojos son capaces de seguir el camino cada vez más hacia dentro del bosque, a medida que se acostumbran mis ojos a la falta de luz.

De pronto tengo una idea, es el momento de internarme en el bosque, pues ahora puedo ver mucho mejor lo que en él hay. Pero el miedo

me detiene durante unos momentos. De pronto, casi sin darme cuenta, he vencido al miedo y me encuentro corriendo a toda velocidad por el camino alejándome rápidamente de la casa. No veo nada a mí alrededor, pues sólo me ocupo de seguir la franja de tierra llana y rojiza que es el camino.

Después de unos minutos de carrera, una punzada me obliga a detenerme. En ese momento levanto la vista del suelo y me encuentro con que los árboles me rodean totalmente, de forma que ni la casa, ni siquiera el claro en donde ésta se encuentra, son visibles desde allí. El miedo vuelve a mi cabeza y me siento impulsado a volver a la casa. Doy media vuelta y busco, casi temblando, el camino por donde vengo. Pero a mi espalda no está ya ningún camino, sólo árboles y un suelo verde y brillante puedo ver en la dirección de donde he venido.

El miedo crece hasta casi paralizarme y sin poder moverme ni pensar estoy durante un buen rato. Poco a poco vuelvo a recobrar el control de mi mente y consiguiendo por fin sobreponerme decido que lo único que puedo hacer ya es seguir por el camino, hasta que ocurra algo o me encuentre con alguien a quien poder preguntar. Por otro lado me doy cuenta de que llevo ya un buen rato en el bosque, de forma que debo encontrarme lejos de la casa y sin embargo, aún no ha surgido ninguno de los terribles peligros que mi padre me anuncia.

Aunque lo del camino ha sido verdad, afortunadamente en esto se ha equivocado mi padre. Esta idea me tranquiliza y más calmado, continúo avanzando por el camino, con decisión y a buen paso, pero ya sin correr. Ando durante bastante tiempo, siempre sin salirme del camino y con el temor a la caída de la noche, que yo cálculo que debe estar próxima. El tiempo pasa y sigo caminando sin apenas detenerme, pues no siento el menor cansancio. El camino sigue siendo llano y resulta cómodo de recorrer. Además, una vez dentro del bosque, mis ojos ya habituados a la poca luz del mismo, distinguen perfectamente todos los detalles, con la misma facilidad que lo hago bajo la intensa luz del claro.

Camino y camino sin esfuerzo y ya hace rato que he dejado de preocuparme por los árboles a mi alrededor y por el camino que, según va quedando atrás, se burra al instante. Tampoco me preocupa la caída de la noche, pues según mis cálculos, debo de llevar caminando ya va-nos días y la luz en el interior del bosque siempre ha sido la misma, de forma que pienso que dentro de ese bosque, la noche que yo conozco no existe.

De pronto, tras un recodo del camino, creo distinguir un pequeño punto luminoso, allá a lo lejos en la dirección que el camino parece seguir. Mis ojos se clavan en el punto y aprieto aún más la marcha. A medida que avanzo, el punto se va haciendo más grande y más brillante. Pienso que he caminado en círculo y que vuelvo de nuevo al claro, pero pronto distingo una casa que no es la mía, y otras muchas. Aquello debe de ser lo que mi padre llama ciudad y que yo he visto en dibujos. Pronto empiezo a distinguir también a la gente que anda por la calle que nace a continuación del camino.

Empiezo de nuevo a correr, pues ahora tengo prisa por entrar en esa ciudad, tan luminosa, después de moverme durante tanto tiempo en la penumbra del bosque.

Pero ahora corro, no impulsado por el miedo, como cuando dejo mí casa, sino con una gran alegría, pues siento que estoy encontrando la respuesta a todas mis preguntas.

Por fin llego al punto donde el camino se transforma en calle, a la entrada de la ciudad. Me detengo, dudo unos instantes y entro, caminando despacio ahora, en la ancha calle que da entrada a la ciudad... ¡bueno, y ahora qué!

T.: ¿Podrás adaptarlo a tu vida real? ¿Buscando los elementos que puedan

ser similares?

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