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Yo voy de niña y no quiero crecer porque no me gusta como soy, me

In document Psico Gestalt III (página 142-146)

Introducción a las técnicas de la terapia gestáltica

CUENTOS PARA NO VIVIR

T.: Ahora la otra frase, «me pisan los hombres» y la repites también

X.: Yo voy de niña y no quiero crecer porque no me gusta como soy, me

infravaloro mucho y además me da miedo que me hagan daño, ¡es que S. es más grande que yo y siempre me puede! Y por eso voy de niña, para que no me hagan daño. Y la hormiga... pues... soy también yo, otra parte de mí, la que sabe cómo resolver las cosas.

Mediante el cuento ha surgido a la consciencia numeroso material de trabajo. Se ha puesto de manifiesto una polaridad de X, niña sumisa frente a niña rebelde, que se venga dando picotazos». Al mismo tiempo surge su dificultad para mantener una posición de ser, adulta y consecuente, ¿qué gana y qué evita con esa forma de actuar?

Como ya hemos dicho y repetiremos a lo largo de estas páginas la resolución de un problema emocional, desde una perspectiva gestáltica, no surge al averiguar el «por qué» de conducta, sino el cómo de esa conducta y el Para qué. El (<por qué» sólo nos lleva a una puesta racional, emitida desde el intelecto y para solucionar una solución emocional es obvio que sólo podemos abordarla y elaborarla desde su propia perspectiva, la emoción.

Trabajando en ti mismo

¿Cuál es tu sentimiento general con respecto al cuento?

¿Qué sentimiento te despierta la «hormiga?

¿Qué le dirías a la «hormiga» y a «Laura» con respecto a su situación? (Utiliza tus sentimientos, no tu razón).

¿En qué se parece tu situación a la de la «hormiga»? y a la de « ¿Laura?

¿Cómo evitas tú una situación así?

Cuento segundo

Varón, treinta y cuatro años, soltero; motivo de consulta: incapacidad de valerse por sí mismo.

Esto era una vez un niño que vivía con sus padres en una casita que se encontraba en un claro, en el centro del bosque. De la casa partía un camino de tierra, llano y limpio, que haciendo eses se dirigía hacia donde el bosque era más espeso, de manera que a no mucha distancia de la casa ya su dirección se perdía entre los árboles, los cuales, cada vez más juntos entre sí hacían aparecer la casa del claro como rodeada por una corona de sombras que, en contraste con la luminosidad de la zona donde se encontraba la casa, convertía a todo su alrededor en una total oscuridad. Muchas veces, el niño, que jamás había salido del claro del bosque, se sentaba a la puerta de su casa, de donde nacía el camino y se pasaba horas y horas contemplando, casi sin moverse, el punto donde el camino se perdía en la oscuridad del bosque vecino, siempre con las mismas preguntas en su cabeza: «A dónde llevará ese camino?, ¿cruzará el bosque y saldrá al otro lado o se perderá definitivamente entre los árboles sin llevar a ninguna parte?, ¿qué habrá al otro lado del bosque?». Muchas veces, cuando el niño era aún más pequeño, había hecho esas mismas preguntas, y otras parecidas a sus padres pero éstos de forma cariñosa unas veces y enfadados, incluso violentos otras, siempre le habían dado la misma respuesta: «Hijo mío, ese camino, tan llano y bonito, donde apenas se levanta polvo que pueda molestar y por el que resultan tan agradables nuestros paseos, se convierte, tan pronto se adentra en el bosque, en un sendero polvoriento y lleno de piedras, donde el que lo recorre se encuentra, además, expuesto a graves peligros de los que no podrías escapar. Por tu propio bien, hijo mío, jamás deberás de seguir el camino más allá de donde aparece el primer árbol. Si algún día lo hicieras, te

encontrarás ya solo en él para siempre, pues has de saber que ese camino irá desapareciendo a tu espalda a medida que avances por él, separándote definitivamente de tus padres que tanto te queremos. Tal es la maldición que el viejo mago, que junto contigo nos trajo por el aire a esta casa a tu madre y a mí el mismo día que tú naciste, hizo caer sobre nosotros. No puedo decirte a dónde conduce el camino, puesto que yo no lo sé. Por otra parte, no te importa lo que haya al otro lado del bosque pues eres tan sólo un niño y no necesitas un mundo más amplio que este claro del bosque donde vivimos. De manera que sé obediente, no intentes jamás ir más allá de donde te indico y podremos vivir los tres felices muchos años».

Pero si el niño había repetido veces y veces las mismas preguntas a sus padres era, precisamente, porque la invariable respuesta que siempre había recibido no le convencía en absoluto, aunque sí habían conseguido hacer nacer en él el miedo al camino. Finalmente, había acabado desistiendo de conocer por medio de sus padres la respuesta a sus preguntas, al tiempo que el inicial deseo se había transformado en absoluta necesidad, que le impulsaba a buscar las respuestas por sí mismo. Pero el terror que había acabado inspirándole la imagen del camino perdiéndose en la oscuridad del bosque, así como el miedo a desobedecer a sus padres le había impedido hasta entonces adentrarse en el bosque a través del camino que le obsesionaba.

Un día, estando el niño sentado a la puerta de su casa mirando, como muchas otras veces, el punto donde se perdía el camino, se levantó de pronto un gran vendaval de aire. El cielo visible sobre la casa se oscureció en pocos momentos, de forma que el contraste entre el claro y el interior del bosque se hizo menos pronunciado. Al principio, el niño pensó en refugiarse en el interior de su casa, pero algo le hizo quedarse donde estaba. Poco después, el claro estaba casi tan oscuro como el interior del bosque, y los ojos del niño eran capaces de seguir el camino cada vez más hacia dentro del bosque, a medida que se acostumbraban a la falta de luz.

El niño tuvo de pronto una idea, era el momento de internarse en el bosque, pues ahora poda ver mucho mejor lo que en él había. Pero el miedo lo detuvo durante unos momentos. De pronto, casi sin darse cuenta, había vencido al miedo y se encontraba corriendo a toda velocidad por el camino, alejándose rápidamente de la casa. No veía nada a su alrededor, pues sólo se ocupaba de seguir la franja de tierra llana y rojiza que era el camino.

Después de unos minutos de carrera, una punzada en el pecho le obligó a detenerse. En ese momento levantó la vista del suelo y se encontró con que los árboles le rodeaban totalmente, de forma que ni la casa, ni siquiera el claro donde esta se encontraba, eran visibles desde allí. El miedo volvió a su cabeza y se sintió impulsado a volver a la casa. Dio media vuelta y buscó, casi temblando el camino por donde venía. Pero a su espalda no estaba ya ningún camino, sólo árboles y un suelo verde y brillante podía ver en la dirección de donde había venido. El miedo creció hasta casi paralizarlo y sin poder moverse ni pensar estuvo durante un buen rato. Poco a poco volvió a recobrar el control de su mente consiguiendo por fin sobreponerse, decidió que lo único que podía hacer ya era seguir por el camino, hasta que ocurriera algo o se encontrara con alguien a quien poder preguntar. Por otro lado se dio cuenta que llevaba ya un buen rato en el bosque, de forma que debía encontrarse lejos de la casa y sin embargo, aún no había surgido ninguno de los terribles peligros que su padre le anunciaba. Aunque lo del camino había sido verdad, afortunadamente en eso se había equivocado su padre. Esta idea le tranquilizó y más calmado, continuó avanzando por el camino, con decisión y a un buen paso, pero ya sin correr.

Anduvo durante largo tiempo, siempre sin salirse del camino y con el temor a la caída de la noche, que él calculaba que debía estar próxima. El tiempo pasaba y él seguía caminando sin apenas detenerse, pues no sentía el menor cansancio. El camino seguía siendo llano y resultaba cómodo de recorrer. Además una vez dentro del bosque, sus ojos, ya habituados a la poca luz del mismo, distinguían perfectamente todos los detalles, con la misma facilidad que lo hubiese hecho bajo la intensa luz del claro.

Caminaba y caminaba sin esfuerzo y ya hacía rato había dejado de

preocuparse por los árboles a su alrededor y por el camino que, según iba

quedando atrás, se borraba al instante. Tampoco le preocupaba ya la caída de la noche, pues según sus cálculos, debía de llevar caminando ya varios días y la luz en el interior del bosque siempre había sido la misma, de forma que pensó que dentro de ese bosque, la noche que él conocía no existía. De pronto, tras un recodo del camino, creyó distinguir un pequeño punto luminoso, allá a lo lejos en la dirección que el camino parecía seguir. Sus ojos se clavaron en el punto y apretó aún la marcha. A medida que avanzaba, si punto se iba haciendo más brillante. Pensó que había caminado en círculo y que volvía de nuevo al claro, pero de pronto

distinguió una casa que no era la suya, y otras muchas. Aquello debía de ser lo que su padre llamaba ciudad y que él había visto en dibujos. Pronto empezó a distinguir también a la gente que andaba por la calle que nacía a continuación del camino. Empezó de nuevo a correr, pues ahora tenía prisa por entrar en esa ciudad tan iluminada, después de moverse durante tanto tiempo en la penumbra del bosque. Pero ahora corría, no impulsado por el miedo, como cuando dejó su casa, sino con una gran alegría, pues sentía que estaba encontrando las respuestas a todas sus preguntas.

Por fin llegó al punto donde el camino se transformaba en calle, a la entrada de la ciudad. Se detuvo, dudó unos instantes y entró, caminando despacio ahora, en la ancha calle que daba entrada a la ciudad.

T.: ¿Quieres contármelo en primera persona y en presente, como si tú

fueses el niño?

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