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CÓMO LA MENTE DIFERENCIA LA EXPERIENCIA CONSCIENTE DE LA INCONSCIENTE

In document El Crecimiento de La Mente - Greenspan (página 64-67)

Uno de los misterios más fascinantes de la vida intrapsíquica hace referencia a la forma en que algunas experiencias y recuerdos permanecen conscientes, mientras que otros son relativamente inaccesibles a la conciencia. Freud defendía, inicialmente, que determinadas experiencias y recuerdos eran activamente reprimidos debido a los conflictos con otros aspectos de nuestra personalidad. Así, por ejemplo, muchos de los rasgos de la originariamente denominada sexualidad infantil se mantenían fuera de nuestra conciencia por entrar en conflicto con el emergente superego, la conciencia. Anna Freud añadió a esta forma de entender el Inconsciente una explicación de las experiencias de las que nunca somos conscientes de entrada, pero que forman parte de la formación precoz de la mente. Estas teorías fundamentales tienen todavía, en términos generales, plena aceptación en el campo psicoanalítico. Sin embargo, no explican del todo nuestros diferentes grados de acceso a la experiencia pasada.

Nuestras observaciones realizadas en niños pequeños y mayores en la etapa en la que desarrollan las representaciones internas y los símbolos y los organizan de la manera más diversa, nos han proporcionado cierto conocimiento adicional de cómo acontece esta división entre la experiencia consciente y la inconsciente. Parece que los niños tienen acceso a los recuerdos v a las experiencias de la etapa de desarrollo por la que están pasando en este preciso momento pero, frecuentemente, pierden esta vía de acceso cuando entran en la siguiente fase. Hasta qué punto pierden el acceso parece determinado, en parte, por las formas de pensamiento características de la etapa anterior y de la etapa recién iniciada. Cuando los niños, por ejemplo, están aprendiendo a establecer conexiones entre las diferentes experiencias, el recuerdo que tienen de las mismas es muy preciso. Hablan, a menudo, de un juguete especialmente divertido o de algo que ocurrió mientras jugaban con otro niño. No obstante, en cuanto su pensamiento va evolucionando hacia una mayor complejidad lógica —hacia un nivel propio de un niño de ocho o nueve años, en el que las ideas nuevas pueden clasificarse en muy diferentes categorías—el acceso a las experiencias anteriores, organizadas de forma menos rígida, es significativamente menor. En general, el tiempo que ha transcurrido no parece ser el factor principal para que una persona pueda, o no, recordar experiencias pasadas. Todos sabemos, por supuesto, que una mujer de 65 años de edad es capaz de recordar los más mínimos detalles de su adolescencia, mientras que los propios adolescentes tienen serias dificultades en recordar experiencias de cuando iban a la escuela primaria, hace tan sólo unos años. Más difícil les resulta todavía recordar anécdotas de su etapa preescolar.

¿Cómo es posible que una persona pueda recordar fácilmente aquello que ocurrió hace cincuenta años y, sin embargo, otra tenga grandes dificultades para recordar acontecimientos mucho más cercanos en el tiempo? Nuestras observaciones parecen indicar que puede influir la forma en que se organiza la experiencia. La organización mental se asemeja más a los diecisiete y a los sesenta y cinco años que, digamos, a los diecisiete y los tres o cuatro años de edad.

Estos resultados coinciden con lo que, hace unos cuantos años, fue descrito como aprendizaje estado-dependiente».' Se detectó que aquellas personas que habían aprendido algo bajo la influencia de determina-das drogas eran más capaces de recordar estos aprendizajes en estado de drogadicción que cuando no estaban drogadas. Dicho en

otras palabras, las experiencias se recuerdan mejor en el mismo estado mental en el que tuvieron lugar.

A medida que los niños van creciendo, su estado mental cambia en función de su desarrollo. En las primeras etapas de la formación de símbolos, todavía no se han formado muchos enlaces entre las diferentes ideas. En la fase de pensamiento emocional, los puentes lógicos son los que comienzan a conectar las ideas entre sí. Por consiguiente, estas ideas se organizan de forma diferente, en parte debido a la capacidad del niño de clasificar, además, las imágenes y las ideas y de estrechar la relación entre las mismas. Durante la adolescencia y la edad adulta, todavía pueden surgir otros tipos de organización a medida que vamos aprendiendo a anticipar las posibilidades hipotéticas de nuestras conductas y ampliamos el margen de aplicación de nuestras ideas.

La diferenciación entre los símbolos conscientes y los inconscientes es posible que refleje, así, la estructura mental predominante cuando se formaron estos símbolos. Aquellos formados cuando el cerebro está a punto de alcanzar un nivel organizativo maduro probablemente se incorporen al estado de conciencia del adulto, mientras que aquellos formados en etapas organizativas más precoces serían menos conscientes.

Una diferenciación similar puede tener lugar con lo que llamamos recuerdos reprimidos, o la evitación de ciertos recuerdos asociados a aun trauma psicológico. Cuando las personas se vuelven ansiosas su pensamiento, a menudo, retrocede a un nivel anterior. En estado de extrema ansiedad, las personas rara vez son capaces de pensar de forma tan abstracta y diferenciada como cuando están tranquilas. Esta ansiedad desestructurante a menudo conduce a un estado de ánimo uno o dos escalones por debajo de lo que sería habitual. Un niño que está aprendiendo a construir puentes entre sus ideas y a responder a preguntas sobre sus intenciones y sentimientos, puede perder esta capacidad cuando está ansioso y hablar de forma aparentemente inconexa. Adultos habitualmente capaces de ver los diferentes matices de cualquier asunto, pueden volverse en exceso concretos o desorganizados en su forma de pensar.

Traumas psicológicos graves que producen un estado de ansiedad desestructurante suelen vivirse en este estado mental regresivo. La experiencia traumática se asociaría, por lo tanto, con aquellas que tuvieron lugar en esa fase precoz de la organización mental. Es interesante señalar las dos técnicas psicoterapéuticas utilizadas para recuperar los recuerdos traumáticos. Una de las técnicas pretende ayudar al individuo a volver a experimentar ese estado de ansiedad tan desorganizador y, de esta forma, el estado mental en el que se registró la experiencia. La otra se refiere a la libre asociación, donde se ayuda a los pacientes a liberar algunas de las conexiones lógicas que organizan la información para adentrarse en estados mentales propios de etapas evolutivas anteriores. Ambas estrategias ayudan a las personas a recuperar experiencias muy precoces o sen- timientos traumáticos ansiosos o generadores de miedo, inaccesibles al estado consciente, por medio de la recreación de aquellos estados mentales en los que estas experiencias o emociones tuvieron lugar. Una vez se ha abierto la vía de acceso, las experiencias se evalúan desde la perspectiva del contexto terapéutico, utilizando los recursos analíticos del estado mental más maduro o reflexivo de la persona.

Aparte del concepto de represión, Freud ideó una teoría de las defensas a través de las cuales tanto la mente consciente como el superego mantienen ciertas ideas o deseos en un nivel inconsciente, describiendo muchos de estos mecanismos en su trabajo sobre los sueños. Posterior-mente, su hija Anna describió estas defensas, de forma especialmente elocuente, a lo largo de todo el desarrollo infantil. En una de ellas, denominada formación reactiva, una persona que, en el nivel inconsciente, abriga odio y deseos agresivos, puede manifestar afectos opuestos en el nivel consciente y expresar exclusivamente pensamientos agradables para mantener ocultos los pensamientos prohibidos de venganza. Otra defensa, conocida como desplazamiento, implica transferir los pensamientos dirigidos a una persona hacia otra: en lugar de ser consciente de la rabia que siente hacia su padre, exterioriza su cólera con su hermano más pequeño. Freud pensaba que estas defensas estaban influidas por cierta energía interna que fluía de una imagen a otra y que también podían transformar formas más instintivas en otras menos instintivas o neutralizadas.

Nuestra perspectiva evolutiva de la vida interior nos hace pensar en otra teoría sobre estas formas tan frecuentes de manejar pensamientos y deseos indeseables.

En este capítulo, hemos analizado la forma en que los niños aprenden a establecer conexiones entre diferentes ideas y sentimientos. Los padres, a veces, responden de forma precisa y sugestiva a estos pensamientos pero, en otras ocasiones, debido a sus propias ansiedades o a su estructura caracterial, pueden malinterpretarlos, condenarlos o intentar modificarlos. Imaginémonos, por ejemplo, que tanto en el juego de imitación como en los sutiles intercambios relacionales que tienen lugar entre padres e hijos, un padre responde a la expresión de enfado o de «mal-dad» de su hijo como si nunca hubiera tenido lugar o como si cualquier cosa que hiciera el niño fuera siempre agradable y placentera. Imaginé-monos a su vez que, temporalmente, se desentiende, muestra una expresión de enfado o comunica, de cualquier otra forma, que la expresión de rabia o de maldad es peligrosa. En muchos casos, estas dos comunicaciones contradictorias llevarán al niño, al cabo de cierto tiempo, a establecer conexiones entre ambas reacciones. Un niño que crece en una familia más flexible y comprensiva puede asociar el pensamiento «Estoy enfada-do» o «Soy malo porque tengo ganas de darle en la cabeza a alguien», con la reflexión «Seré castigado si lo hago, pero lo puedo decir». El primer niño, sin embargo, puede relacionar «Estoy furioso» o «Soy malo» con «Soy bueno y cariñoso». El niño ha elaborado una reacción basada en la negación de cualquier tipo de sentimiento negativo y reconociendo únicamente las emociones «buenas».

Se presenta, así, la existencia simultánea de dos condiciones opuestas. La ansiedad asociada a sentimientos negativos, con lo que éstos se registrarán en un nivel organizativo, en cierta medida, más bajo y, así, menos accesible, y, al mismo tiempo, la idea relacionada con el deseo de ser bueno. Cada vez que le asaltan sentimientos potencialmente malos o de rabia, el niño únicamente dispone de una clase de ideas enlazadas que puede exteriorizar sin sentir el pánico del alejamiento de su padre o su mirada furiosa.

Recuerde: el niño depende de las demás personas (habitualmente, sus padres o sus educadores) para que le ayuden a elaborar una amplia red de conexiones entre las ideas y los deseos. En la medida en que los padres comprendan con exactitud los mensajes que emite el niño y los vayan elaborando de acuerdo con su desarrollo, su vida interior se irá enrique- ciendo formando un entramado cada vez más lógico y sutil de pensamientos e imágenes que le otorgarán una estructura y un significado. A modo de advertencia, habría que decir que ayudar a los niños a elaborar sus ideas y deseos no es sinónimo de ceder o evitar fijar límites.

Pongamos el caso de un niño que está a punto de pegar a su hermano y su madre le dice: «Con lo furioso que estás, si le pegas, serás castigado». Si, más adelante, coge al niño aparte y le ayuda a hablar sobre su rabia, no sólo habrá impuesto un límite, sino que se habrá unido a él en su propio territorio. Agresividad, límites, castigo y aliento forman todos parte de una única y compleja puesta en escena. Por el contrario, si modifica el significado del guión y acoge la agresión con una mirada que dice «Mejor no me hables de esto» o «Sólo quiero escuchar cosas bonitas», el niño no puede explorar ni expandir su propio espacio emocional.

En ocasiones, no hay mecanismos defensivos disponibles para mantener las ideas fuera del nivel consciente. Únicamente existe una falta de conexión entre el nivel en el que se sienten y experimentan las ideas y el siguiente nivel, en el que las ideas se relacionan con otras ideas. Si diversos ámbitos emocionales se fragmentan de esta manera, la persona se ve muy limitada en sus manifestaciones impregnadas de cualquier tonalidad emocional v parece no estar en contacto consigo misma. Su discurso suena, a menudo, como el guión de un serial radiofónico superpuesto a un drama más profundo.

La existencia de este drama es, frecuentemente, más evidente para los demás que para la propia persona. Estos individuos pueden experimentar imágenes o impulsos fugaces y realizar actos totalmente opuestos a la visión que tienen de sí mismos. Si ceden ante estos impulsos, rápidamente se disocian a sí mismos de sus acciones, como si creyeran realmente que no han tenido lugar.

Como analizaremos con más detalle en el capítulo 6, la disposición propia del individuo —la tendencia, por ejemplo, a dejarse inundar fácil-mente por sensaciones o aparentar cierta insensibilidad y requerir gran cantidad de estímulos— también puede determinar, en parte, lo que permanece consciente o lo que queda relegado en el nivel inconsciente. Una persona muy comprometida que se desborda fácilmente tenderá a culparse a sí misma si algo funciona mal, mientras que un individuo hiporreactivo que reclama constantemente que los demás se

muevan, probablemente culpe a otros en situaciones conflictivas o ansiógenas. De esta forma, ambos crean unos significados conscientes e interconectados para manejar una sensación de sobrecarga o de fragmentación interna. Estas distorsiones surgen, en parte, por el funcionamiento de sus sistemas nerviosos, pero también dependen del grado de dominio de la capacidad para establecer conexiones. Aquellos que no han logrado establecer en-laces entre diferentes ideas parecen más propensos a proyectar sus deseos en los demás o a internalizar los pensamientos y anhelos de otros.

Por lo tanto, cuando hablamos sobre el papel que juegan la represión o los mecanismos defensivos en la diferenciación entre la experiencia consciente e inconsciente, podemos analizar estos fenómenos sobre b base del crecimiento y el desarrollo cerebral. Esta perspectiva aporta teorías adicionales, a la vez que una alternativa a algunos de los constructos hipotéticos que hemos estado utilizando para explicar los hechos.

Analizar el mecanismo con que el cerebro separa las ideas conscientes de las inconscientes nos ayuda a apreciar, de forma más detallada, la importancia de la etapa evolutiva en la que se formaron los enlaces entre las diferentes ideas. Nuestros primeros recuerdos proceden de la fase evolutiva en la que se comienza a formar la futura organización mental adulta, dado que las ideas interconectadas son más fáciles de retomar que aquellas que permanecen libres o que los significados o las sensaciones somáticas que preceden a la formación de las ideas. En esta fase evolutiva, el sentido del sí mismo va más allá de los meros símbolos para experimentar la realidad del mundo, el placer de la fantasía y los vínculos entre diferentes propósitos y sentimientos. Incluso en estos niveles tan elementales estos cambios constituyen, sin duda alguna, un progreso enorme en la evolución del ser humano.

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