La óptica evolutiva no contempla soluciones fáciles. La auténtica capacidad de sentir y de reaccionar, sin la cual no llegaríamos a ser capaces de emitir respuestas matizadas ni de reflexionar sobre nosotros mismos, logro memorable de la sensibilidad humana, sitúa el ideal del desarrollo mental al más alto nivel imaginable, fuera del alcance de cualquier ser humano. Para ser emocionales debernos ser sensibles, imaginativos, dispuestos a cualquier aprendizaje, a la experimentación e incluso a la sabiduría; debemos ser, igualmente, tenaces, irracionales, atolondrados; ser, en otras palabras, inherentemente imperfectos.
Dado que las experiencias emocionales de origen educacional, a través de las cuales se van desarrollando nuestra mentes, varían tanto de una persona a otra, los individuos se diferencian considerablemente en los niveles mentales que son capaces de alcalizar y de conservar.
Unos tienen dificultades a la hora de entablar relaciones y de modular sus sentimientos y sus conductas. Algunos solamente alcanzan los ni-veles mentales más elementales. Se relacionan y comunican predominantemente a través de la conducta (golpean cuando están enfadados, arrebatan cuando sienten envidia, roban cuando codician). Otros, progresan en el uso de los símbolos, incluyendo las ideas y las palabras, para comunicar sus deseos, sentimientos e intenciones pero, aun y así, tienden a funcionar de forma polarizada y rígida. Unos cuantos van más allá y son capaces de reflexionar sobre los sentimientos, manejar áreas de ambiguas tonalidades grises, colaborar y negociar con los deseos propios y ajenos y
manifestar valores e ideales. Como vimos con anterioridad, la profundidad y la amplitud del desarrollo mental de cada individuo varía considerablemente. El mundo interno de algunas personas abarca muchas vertientes emocionales de la vida: proximidad, dependencia, placer sexual, autoafirmación, rabia, pasión, empatía, celotipia, rivalidad. Otras únicamente experimentan una historia superficial y repetitiva.
Ninguno de nosotros funciona, ni de lejos, de acuerdo con los niveles máximos de su potencial intelectual, en todas las circunstancias y en cada una de las áreas emocionales. Algunos podemos ser capaces de re-flexionar sobre nuestro propio miedo, nuestra rabia o nuestros celos y los de las demás personas, pero no sobre nuestras necesidades o nuestra dependencia. En el caso de otras personas, puede ocurrir justamente lo contrario. El problema no es, por lo tanto, lo que las personas pueden alcanzar en el mejor de los casos, sino lo que cada uno de nosotros ha sido, de hecho, capaz de crear a partir de las experiencias emocionales que configuran nuestras vidas.
La mente de cada ser humano se asienta, pues, en un determinado nivel de imperfección, como lo confirma la experiencia personal de cada individuo, a la vez que el registro histórico de todas las sociedades humanas. La violencia y la destrucción siguen a las migraciones de nuestra especie por todo este planeta. Nadie que esté, al menos superficialmente, al corriente de esas noticias que llenan las portadas de nuestros periódicos cada día, puede creer que la emotividad desenfrenada es poco frecuente en los adultos. Es igualmente evidente que esos casos, excesiva-mente frecuentes, de crímenes v derramamientos de sangre casi siempre se refieren a personas que, lejos de dejarse guiar por lo racional, actúan más bien de forma impulsiva ante sus sentimientos. Pero aparte de circunstancias tan extremas, todos los seres humanos están sometidos, en cierta medida, al imperio de sus emociones.
Cuando la religión configuró el pensamiento occidental, las personas expresaron este hecho en las palabras »pecado» y «maldad». Tanto si consultamos a un teólogo corno aun psicoterapeuta, una sola conclusión parece, no obstante, inevitable: una proporción importante de personas no ejerce la capacidad de reflexionar sobre sus propias emociones y, en su lugar, las ejecuta visceralmente. Incluso aquellos que sí tienen esta facultad, a menudo no saben cómo ponerla en práctica cuando un sentimiento muy intenso o una tensión apremiante se apoderan de ellos.
Un obstáculo para nuestro reconocimiento de esta limitación humana se debe a que la mayoría de nosotros suponemos que las demás formas de pensar reflejan la nuestra. Los adultos, por ejemplo, de forma habitual o en momentos de nerviosismo, atribuyen razones bastante re-buscadas a los niños pequeños, incapaces de producir sutilezas de tal calibre. «Mi hijo siempre me intenta manipulara, puede decir un padre, o «Está causando este problema a propósito». Sin embargo, un niño en edad preescolar, o incluso escolar, pocas veces t iene, de hecho, la perspectiva suficiente para dirigir la conducta de sus padres, ni siquiera para percibirles como personas que poseen una conciencia diferente a la suya propia. Lo que el adulto percibe como confabulación es, con mayor probabilidad, la reacción del niño en los términos mucho más sencillos de su propia comprensión autorreferencial.
Ya hice referencia, anteriormente, al fenómeno de la proyección, en el que una persona atribuye sus propios sentimientos a otra persona. Una tendencia incluso más poderosa. si bien menos admitida, es, a mi modo de entender, la proyección, en otras personas, no simplemente de emociones o de actitudes, sino de la propia estructura mental y del nivel de conciencia.
Una persona capaz de reflexionar, al menos, en unas cuantas áreas emocionales, quizá suponga que cualquiera puede hacer lo mismo. Este fenómeno es especialmente notorio en los caracteres literarios, cuya capacidad autorreflexiva se asemeja más a la del propio autor que a la del personaje en su particular contexto situacional. El soliloquio de Hamlet sobre el valor de la existencia refleja, sin duda alguna, la capacidad sin par del propio Shakespeare para traducir los sentimientos en palabras. De la boca de Huck Finn escucharnos el razonamiento moral de Mark Twain sobre el destino de Jim. Fuera del contexto literario, podríamos pensar que un niño como Huck actúa, en un momento decisivo, en función de unas razones que desconoce, y que un hombre deprimido se hunde en la más profunda desesperación sin pronunciar palabra alguna.
Probablemente, muchos adultos no pueden reflexionar sobre sus sentimientos más allá de cierto punto, y los que sí pueden, sólo lo hacen en determinadas áreas. Tal corno dije, no hay ser humano que tenga la misma capacidad reflexiva respecto a todas las experiencias. Nadie
posee la capacidad de dar un paso hacia atrás y de analizar, con idéntica minuciosidad y flexibilidad, los sentimientos de amor, pérdida, lujuria, agresividad, miedo, rabia, dependencia e intimidad, entre otros. El ideal de un ser humano absolutamente reflexivo es tan ilusorio como el del hombre absolutamente sano, o el que está por completo en forma: una persona cuyo peso, presión sanguínea, nivel de colesterol, visión, etcétera, se ajustan a los valores ideales del cuerpo humano expuestos en los tratados de medicina. Cada uno de nosotros tiene determinados puntos débiles o desarreglos físicos. El ideal de una salud de hierro, de un peso v unos ni-veles de lípidos perfectos, una buena visión y un corazón resistente per- manecen, sin embargo, como unos objetivos que todos podemos tener presentes en nuestra vida cotidiana.
¿En qué nivel estamos situados, exactamente, en la escala evolutiva? La experiencia clínica parece indicar que la mayoría de nosotros funcionamos muy por debajo de nuestro potencial. Yo calcularía que sólo una minoría de adultos, probablemente no más del 20 al 30%, se rigen, mayoritariamente, o al menos cierto tiempo, según los niveles superiores expuestos en el capítulo 5. Los demás abarcan desde los que son capaces de definir sentimientos, pero con dificultades a la hora de establecer conexiones entre ellos, pasando por los que reaccionan ante la vida con afectos polarizados, hasta aquellas personas que viven, en gran medida, en un mundo de descarga conductual en el que los sentimientos se con-funden con las conductas y los estados físicos. Finalmente, se encuentran aquellas personas que viven en un nivel en el que el pensamiento y la conducta, o ambos, se encuentran ciertamente desorganizados.
Por descontado, las personas que han alcanzado unos niveles de funcionamiento mental bastante elevados no se benefician del mismo siempre, o en todas las áreas de la vida. ¿Quién no se ha encontrado a sí mismo atrapado en alguna contienda, aparentemente sin salida, en la que ambas partes se atrincheran en posiciones polarizadas de tipo blanco o negro? ¿Quién no ha reaccionado ante el miedo con la certeza de que la catástrofe va a ser inevitable? Tener la capacidad de pensar de forma reflexiva en determinada área de la vida, no garantiza que uno siempre actuará de esta forma en el futuro. El nivel de funcionamiento mental de una persona depende de cómo responda a una amplia gama de dificulta-des y del grado de estabilidad que mantengan sus respuestas en momentos de estrés o de crisis. ¿Es capaz de permanecer reflexivo cuando se siente ofendido, asustado, insultado, decepcionado, rechazado, preocupado, agotado o apremiado? ¿O acaso retrocede hacia formas de res- puesta rígidas, hacia una polarización del pensamiento o a formas estereotipadas en su modo de proceder? Dicho de otra forma, ¿tiene en cuenta posibles alternativas, sopesa los valores, las alternativas y los diferentes puntos de vista, o estalla emocionalmente, se deshace en lágrimas, responsabiliza a los demás y profiere frases hechas? También nos debemos preguntar en qué áreas emocionales las personas reaccionan de forma reflexiva y coherente, y en cuáles de forma más extremada o desorganiza-da. La rabia, la necesidad de autoafirmarse o la intimidad, ¿sacan a la luz lo mejor o lo peor de una persona?
Las respuestas a estas preguntas reflejan el alcance de sus facultades mentales. Como iremos viendo, lo mismo es válido para todos los grupos de personas, sean parejas, familias, empresas, organizaciones, comunidades e incluso sociedades enteras.