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LA EVOLUCIÓN DE LOS GRUPOS

In document El Crecimiento de La Mente - Greenspan (página 182-184)

Tanto a título individual como en sus familias, el comportamiento de los seres humanos refleja el nivel evolutivo que han alcanzado y las tareas emocionales que han tenido que afrontar. De forma similar, también el comportamiento grupa) refleja etapas evolutivas. Una multitud de aficionados al deporte que, enfurecida por una decisión arbitral, in-vade violentamente el terreno de juego, está actuando, claramente, en el nivel de la descarga comportamental inmediata. Los manifestantes por una causa política que denuncian a un líder y, acto seguido, queman su efigie, están simbolizando ideas más que llevarlas directamente a la práctica, pero lo están haciendo de forma marcadamente polarizada. A pesar del impacto y del estremecimiento de un crimen tan monstruoso como fue el bombardeo de la ciudad de Oklahoma, el hecho de que los norteamericanos, aun así, reconocieran que los acusados tenían derecho a una legítima defensa y a un juicio justo, demuestra la muy difundida capacidad de reflexionar sobre valores abstractos y la conformidad para hacer uso de ellos a la hora de tomar decisiones que atañen al bien común.

Las instituciones sociales que intervienen en los conflictos y en la toma de decisiones también tienen un aspecto evolutivo. Aquellas sociedades, por ejemplo, que cuentan con instituciones que fomentan el de-bate y la reflexión, como las que diferencian el poder judicial, el ejecutivo y el legislativo, entre otros, de tal manera que se protegen ante el abuso de poder, están organizadas en un nivel evolutivo diferente de aquellas cuyas instituciones permiten las decisiones unilaterales sin tener que rendir cuentas a nadie. Por mucho que los ciudadanos se sientan frustrados por las ineficacias y los disparates de las democracias modernas, éstas requieren, básicamente, que todas las decisiones importantes y controvertidas del ámbito nacional —desplazar tropas del ejército para llevar a cabo una operación militar, cómo reducir la deuda pública, la autorización del aborto— se sometan finalmente al criterio de la opinión pública y se proceda a su revisión legal. El complicado sistema estadounidense, caracterizado por los diferentes departamentos gubernamentales que pueden ponerse trabas entre sí, el de las campañas electorales excesivamente largas y confusas a la presidencia y las dos cámaras del congreso, está específicamente diseñado para garantizar que los asuntos realmente trascendentales sean aprobados, únicamente, tras un amplio debate y una profunda reflexión. Con todas sus imperfecciones, un aparato gubernamental tan reflexivo parece más evolucionado que uno que permite que un dictador tome decisiones y recurra a imágenes y a estereotipos polarizados para defenderlas, o a la violencia y al terror para ponerlas en práctica. Las instituciones que requieren un pensamiento y una conducta reflexiva ayudan, así, a refrenar las conductas primitivas que surgen en la sociedad, y a organizar la toma de decisiones en unos niveles más simbólicos: debate, negociación y compromiso. Incluso las estructuras que, aparentemente, fomentan la reflexión pueden, sin embargo, emplearse mal ocasionalmente, al servicio de ideas altamente polarizadas. Durante el siglo XIX, por ejemplo, la Corte Suprema justificó la segregación racial en el caso Plessy versus Ferguson. En época de guerra, el proceso reflexivo puede verse comprometido por decisiones gubernamentales tan irracionales como el internamiento de norteamericanos japoneses en California.

Aparte de los diferentes niveles de madurez de las instituciones, las sociedades también son diferentes en función de cómo manejan los te-mas emocionales. Hemos visto que los individuos difieren en su capacidad de reflexionar y de responder a una amplia gama de emociones: cómo una persona, por ejemplo, puede tener representaciones y sentimientos internos sutilmente matizados en lo referente al amor y a la de-pendencia, pero únicamente unas pocas y toscas reacciones ante la rabia, mientras que otra puede distinguir diferentes grados de descontento, irritación y rabia, y manejarse en el área afectiva según el criterio del sí o del no. De forma similar, los miembros de una sociedad pueden reprimir las manifestaciones de ira, digamos, considerándolas groseras o amenazadoras, mientras otros aprueban y glorifican, de forma indiscriminada, la agresividad y la ira, o rechazan los criterios que defienden poner límites a las conductas. En ambos casos, cuando una expresión de rabia es completamente censurada o completamente aceptada, resulta difícil hacer distinciones,

incluso diferenciar las declaraciones justificadas de dignidad personal de la brutalidad gratuita.

Las sociedades que piensan que cualquier desaire o afrenta justifica la revancha considerarán que la confrontación violenta es el método más adecuado para resolver muchos asuntos. Una sociedad que discrimina sutilmente entre una amplia gama de posibles respuestas ofrece, a diferencia de aquélla, algo más que una elección entre una rendición pasiva y la destrucción y la ruina. Tiene, a su vez, mayor capacidad para manejar, de forma reflexiva y matizada, temas subordinados como el derecho a la autodefensa o a llevar armas.

En los Estados Unidos, donde la confianza en uno mismo es un valor central, el tema del deber está mucho menos desarrollado que en una sociedad como la japonesa, donde hay más expectativas referentes a la lealtad y a la conformidad del grupo, sea la familia, los compañeros del colegio o la empresa. Estas presunciones bastante generalizadas acrecientan, a su vez, las expectativas de que las organizaciones tienen el deber de cuidar de aquellos que interpretan los papeles asignados. Junto con el orden institucional, los símbolos visuales y verbales de una sociedad también dejan entrever cómo hacen frente a determinados temas. ¿Qué grado de riqueza y variedad tiene su vocabulario y, por lo tanto, sus ideas para expresar sentimientos como amor, rabia, competitividad o deber? ¿Cómo tratan estos temas la literatura, el arte, la música, el cine, el teatro, los espectáculos televisivos y la cobertura informativa? Cuando un grupo dispone de gran número de palabras o de imágenes simbólicas para representar y de-batir un área experiencial, es obvio que puede afrontar ese bagaje de sentimientos de manera más precisa y probablemente más reflexiva que una sociedad que únicamente se vale de unos pocos símbolos mal diferencia-dos. En un grupo, por ejemplo, que conceptualiza la «masculinidad» como un valor que engloba la fortaleza física, la competitividad feroz y la osadía, las relaciones entre los sexos serán estereotipadas y rígidas, mientras que un grupo que represente esta idea de forma más flexible, median-te palabras y símbolos, permitirá que tanto hombres como mujeres dispongan de una más amplia gama de intereses, de personalidades y de formas de relacionarse unos con otros.

La capacidad que tiene un grupo para manejar y simbolizar los temas emocionales es especialmente importante en su forma de criar y educar a los niños. He observado diferencias entre varias subculturas americanas a la hora de motivar o no a los niños a expresar determinados temas' Cuando un niño pequeño juega con muñecos, por ejemplo, la madre participará gustosa del juego cuando éstos se abrazan o disfrutan de la merienda con los amigos. La madre adopta la identidad de uno de los muñecos, habla con «voz de muñeco» y participa en el desarrollo de la historia. Pero cuando los muñecos se comienzan a pelear, la madre re-prime, inmediatamente, su imaginación y, en su propia voz adulta —y con su carácter adulto— critica la forma en que su hijo está sujetando al muñeco o se queja de que lo va a romper. De forma parecida, si su muñeco critica al suyo, la madre también abandona la escena imaginaria y discute con su hijo como si el reproche tuviera que ver con ella y no con el muñeco. En la relación imaginaria, el niño está intentando incorporar la agresión al mundo de los significados sutiles. En su lugar, su madre insiste, sin querer, en mantener ese tema en un nivel concreto, literal. Cuan-do éste es el patrón interactivo entre padres e hijos, el niño tiende a permanecer concreto en aquellas áreas en las que su padre es incapaz de soportar el empleo de ideas.

Algunas personas pueden relacionarse con sus hijos a través del juego, las discusiones e incluso debates alrededor de diferentes temas emocionales, como el amor, la dependencia, la separación, la pérdida, la rabia, la autoafirmación, la curiosidad y diferentes miedos, por ejemplo, mientras que otros sólo son capaces de manejar uno o dos temas. Los niños que no aprenden, pues, a conceptualizar sentimientos, los expresan, por lo tanto, a través de la conducta. A menudo, son niños pasivos, negativistas o impulsivos. Su pensamiento no evoluciona hacia los niveles abstractos. Estas dificultades pueden atribuirse, erróneamente, a los factores genéticos, más que a las diferentes formas en las que padres o educado-res se comunican con sus hijos. Los colegios pueden reforzar estas tendencias según la forma en la que se aborden los diferentes temas emocionales en clase. ¿Se fomenta el debate, o se pone énfasis en las reglas estrictas yen el aprendizaje mecanizado?

In document El Crecimiento de La Mente - Greenspan (página 182-184)

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